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26 de marzo de 2025

Pesadilla (El visitante)

 




Algunos de mis amigos cercanos tienen a bien saber de mis intimidades cuando surgen novedades casuales, de esas irresponsables que sacuden vidas y nos derivan en preocupaciones.

Por ejemplo, conversaba con Diego Alejandro de cómo la vida pierde los colores y en ellos, se van imágenes que quizás pensábamos estaban prestas a ser admiradas. 

Reflexiones que se avecinan en estas letras que por más que intenten ser amistosas, suelen ser ingratas y hasta complejas, unas reflexiones que se destinan ser olvidadas, así como a veces, se olvidaron de mí. Por demás no es otra la visita a este noticiero que lo inmarcesible de lo cotidiano, de esos sucesos que se van iluminando en minutos pendencieros.

Cruzamos frases de profunda paciencia con seres que nos incomodan, pero somos igual de tratados al pesar de una ilusión que ronca con el tiempo.

En compañía de Martina, la mayor, dormía a profundidad hasta que el onírico universo de las deidades me hizo sentir, pensar, que un visitante de misteriosa procedencia se arrojara sobre la cama, a altas horas de la madrugada. En ese salto, impetuoso por demás, Martina atacaba y atrapaba a quien yo no podía ver.

Volví a quedar dormido con el pensamiento latente de que mi negra había atrapado a aquel invasor, pero es ese el misterioso empuje de lo que no entendemos lo que me hizo despertar horas más tarde, abriendo los ojos con una pregunta en particular: ¿Dónde está y qué fue lo que atrapó Martina?

En evidente condición no había nada sobre la cama, Martina seguía durmiendo como la dama que es, yo, sentado sobre el borde simplemente pensaba si fue un sueño o si realmente algo ocurrió.

Una cotidianidad de empujones, de bromas, de silencios, de partituras regadas sobre el suelo, como una alfombra de papel que espera a la pintura caer en una tarde de oficios.

Sin entender qué era o qué fue, sin saborear al invisible capricho de lo que no entendemos, como señalaba el señor Colón: un tema incompleto porque le falta respuesta.

Martina, quizás, esté escribiendo su versión de los hechos, de la pesadilla, del visitante, del cansancio de las 04:00 am, del devenir de la cotidianidad en sus bigotes, de todo en cuanto ella asuma como los caprichos de una gatuna adversidad.

De un visitante que se dejó atrapar.

AV

1 de marzo de 2025

Tranquilidad (Malos pensamientos)

 



Imagen tomada de: https://images.app.goo.gl/o7fyTr639wBNFnEb6 

A SMURF CAT WALKING IN THE FOREST

 

Muchas veces caemos en pensamientos producto de la saturación, nos alejamos de ese momento de paz para cuestionar cada acción, para poner en duda cada situación que vivimos.

Se nos hace exagerado notar cómo lo que teníamos en calma se nos va desestabilizando de la manera más absurda posible. Recuerdo a mi gran amigo Julio César, quien caminando en un descuido, dejó caer el teléfono móvil en un volcán, perdiendo toda comunicación, fuera del país.

Un genio, a decir verdad.

Situaciones coloquiales como perder el autobús o dejar caer un billete de alta denominación sin darnos cuenta. Alguna vez, producto de la irresponsabilidad y el júbilo de la edad, dejé caer una alta suma de dinero, mucha, para darme cuenta de la pérdida tres días después.

Un hombre astuto, a decir verdad.

Nos preocupamos mucho a decir verdad, preciso caso por andar en ocupaciones innecesarias. En otra ocasión, fui a visitar a un viejo compañero en el otro extremo de la ciudad, al llegar al recinto entré en cálida armonía a saludar a la familia, todos reunidos en la sala, conversando, sorprendidos por mi llegada. Amablemente me recibieron y se presentaron.

Mi amigo, hombre valeroso y honrado, me llamó con un susurro tierno, dejando notar en su mirada que yo estaba dentro del apartamento equivocado.

Detalles.

Estas distracciones nos van encerrando en malos pensamientos, porque nos sentimos derrotados, avergonzados. Nos caemos en el pozo de la tristeza, la desesperación nos engaña con maldiciones o plagas de mala suerte. Es que no es natural perder dinero o sufrir el daño de equipos en un periodo de tiempo corto, como si la vida quisiera vernos caer, como si la derrota fuera en esencia, una temporada y no un concepto.

Nos abrazamos en silencio, perdemos la tranquilidad y en auxilio corremos tomando decisiones a veces, desacertadas. Nos pasamos noches en insomnio, involuntario por supuesto, pero incluso las noches tienen su coqueto proceder para robarnos la calma.

En soledad y con las paredes como testigos abrimos la mente a deidades de toda índole, esperando que alguna de estas traiga la calma y el milagro que nos excusa. 

No se trata por demás pretender caer en el fanatismo de una actitud positiva fáctica. No siempre la vida es rosa o se mejora con una intensión de ánimo, no siempre los problemas se sobrellevan con gratas compañías o una taza de Té de frutos rojos.

A veces, los genios y astutos ciudadanos, requerimos de un abrazo, pero detrás de aquel abrazo se necesita también dinero, trabajo, comida, sustento, porque los problemas son pequeños demonios malcriados que hay que alimentar para que desaparezcan.

No se trata de inventarnos escenarios de tranquilidad, incluso, los malos pensamientos son ramificaciones de un árbol más complejo, un árbol que en sus frutos brinda veneno, brinda salud. Brinda, de acuerdo a la temporada, el sustento que la vida debe (debería) de soportar. 

Somos seres que colapsamos fácilmente, pero podemos apoyarnos en el silencio de quien con su afecto, nos espera, nos acompaña, nos aconseja, nos alimenta, de ese sujeto que abre su vida para abrazarnos aun cuando el deseo de estar solos es inmarcesible.

Mis mejores deseos, mis palabras para un mundo distinto, a quienes sufren hoy de estas temporadas de derrotas y retos, mis palabras de aliento.

Una calma que se pueda recuperar.

AV

23 de agosto de 2023

Sueños (El Mostrador)



 
Imagen tomada de: https://dontstressmeowt-catcafe.com/

“Oklahoma’s first cat café”. don’t stress meowt - Cat Café.

 

Nos excusamos en lo inclemente que es el tiempo y sus ataduras, dejamos allí un pensamiento débil de que todo se nos desborda en deberes y atenciones, al punto mismo de empezar nosotros a ser parte misma de las dicotomías del tiempo, de estar en un lugar, pero con la mente ejercer actividades en otro.

No podemos permitirnos ser una versión distinta a lo que hemos prometido bajo el árbol de navidad, a lo que dibujamos en la clase de infantes o simplemente, a aquello que conversamos alguna vez en una cafetería de la universidad.

Recientemente me he preocupado por atender regímenes varios de mi actual empleo y de otros trazos que se me dan en el camino, de una parte desde siempre he dado cumplimiento a esa apasionada manera de ser que me encierra en metas y obsesiones. De otra parte, me he tropezado con las mismas rocas del camino, sujetándome con algo de impaciencia en el parapeto de una nueva experiencia de vida.

Y es que es allí preciso, en donde nuevos personajes y ritmos han emergido como una señal de cambio de era, como lo comenté años atrás, de esos cambios de época a los que nos sometemos sin ser invocados.

Bien lo explicaba una reputada doctora (PhD) de la Universidad H, que la innovación es respuesta a los cambios de contexto, un contexto en el que el mundo se rediseña a su propia lógica, a su ritmo y claramente, a sus circunstancias culturales y tecnológicas que como un cronómetro exacto, sucede cada seis años.

¿Dónde estábamos hace seis años?

En el año 17 estaba preocupado mirando a la ciudad desde una ventana, estrenando una jodida enfermedad, extrañando a mi padre y con el dolor del alma, cuestionándome los caminos que habían surcado mis expectativas de momento.

¿Dónde estamos hoy?

En este año 23, estoy preocupado pero por temas que sobrepasan mi capacidad laboral, extrañando a mi padre cada mañana y sus horas. Comenzando a tejer esa extraña enfermedad con un poco más de calma, cuestionando los caminos recorridos, pero agradecido de todo lo aprendido.

¿Y hace doce?

Hace doce, en el año 11, buscaba respuestas, oportunidades, algo de paz. Y claro, cada cosa se fue dando en su lugar y con sus personajes propios. Pero no es sujetar la vida en fragmentos de seis año, aunque a decir verdad, son escalas a veces, exactas de cambio, de perspectiva de vida pero también de ritmos y allegados.

No podemos permitir que la vida se nos escape en una agenda, sino mejor, escaparnos en un túnel de vida lleno de sueños, y en ello, comentaba días atrás, he aprendido a renunciar a algunas de esas viñetas que con muchos anhelos, estaban colgadas en un mostrador tipo vitrina, para darme la ansiedad de querer cumplirlos.

Hoy no lo hago, hoy no tengo vitrina ni maletines que cargar con sueños sino que, me he dado ahora a la labor de trabajarlos directamente, darles fecha y someterlos al escrutinio de un indicador, poder cumplir al niño que alguna vez fui, esa promesa de ser lo que por el momento, no soy.

Hay caminos que siempre se quedan en el mostrador, sueños que se secan como una hoja en otoño y terminan por ser monumentos, un artefacto de la memoria y no, una vitamina para continuar. 

Hay sueños que son planes de acción.

AV

20 de septiembre de 2022

Sueños (Cosmos)

 

Imagen tomada de:

https://www.catster.com/lifestyle/raphael-vavasseurs-cat-art-mixes-comics-with-the-classics 

Cat in Cosmos By:Raphaël Vavasseur

Por lo general nos imponemos retos en el día a día que nos hagan sentir vivos, que nos lleven en un torrente de adrenalina por los caminos de la satisfacción y nos liberen de la depresión. Nos encerramos en pensamientos desafiantes que nos obliguen a desarrollar desde el interior las más osadas acciones con tal de superar aquello que juramos alcanzar.

Es difícil, quizás porque para algunos es garantía de ansiedad y estrés, para otros se convierte en un tobogán eterno de frustración, de golpes contra el calendario, de insoportables ritmos marcados por el minutero de un reloj despiadado y distante. Se hace complejo, porque hasta la más noble de las intenciones conlleva algo de veneno, de estupor en el hacer. Intenciones que se corrompen en ocasiones por el afán de la meta anhelada, lo imperfecto de la humanidad hecho desespero.

Nos equivocamos con frecuencia y de allí arrebatamos aprendizajes a cada asunto, quizás para algunos es menester entregar en terceros la bondad del error cometido, para otros, sea tal vez más oportuno callar ante la falla y fugarse de la responsabilidad, uno que otro es más consecuente y se toma personal la falla alcanzada, dándose latigazos de culpa aún sin ser necesaria la sanción.

Aprender a equivocarnos es una escuela de libre acceso, de muchas herramientas y de pocas aventuras, más bien desventuras.

Aprender a ganar es tal vez un intensivo curso de bondad que se adquiere después de haber cursado muchas clases en la escuela de la equivocación, porque ganar conlleva una responsabilidad para con uno mismo y es precisar lo que se hizo bien en un entorno de enfermas decisiones.

Juramos alcanzar metas para satisfacer placeres personales, nos volvemos hedonistas, nos esforzamos para ser helénicos en luchas en ocasiones inexistentes, solo la vanidad de Narciso, el cantar de un juglar que sin pasión enamora a quien le escuche.

Nos cuestionamos todos los días, nos juzgamos en el silencio de un momento de duda, nos imponemos bloqueos que atraviesan lo mental hasta servirse de una parálisis cognitiva, abrazamos el miedo todas las mañanas y rogamos al santo más popular que nos de una mano en eso que nosotros mismos hemos inventado.

No somos los mismos, las pesadillas nos pueden transformar, sólo las metas logradas nos purifican del barro que ensucia las nobles intenciones acercándonos otra vez a ese niño que observando el infinito se ahoga en sus pensamientos buscando la idea siguiente.

Es importante contar siempre con un amigo o un aliado que nos de la esperanza de que las cosas van a salir bien, que nos acerque un poco a esa realidad inventada y le de una pizca de cinismo, que nos permita entender que todo ocurre a un ritmo que no siempre está en nuestra capacidad de cumplimiento.

Poder contar con familiares que se unan al deseo y den abrazos de apoyo, no palabras de cansancio.

No es para nada sano escuchar aquellas frases que juzgan la idea enamorada, que cuestionan las intenciones encomendadas a lo imposible. De imposibles es que viven los enamorados.

Se nos hace urgente sentirnos vivos no en la meta de un sueño propuesto sino, en el cómplice saludo de cada mañana, que nos de luz y no oscuridad el recibir apoyo de allegados, que puedan entender el vacío en el que caemos cuando el tiempo corre a otro espectral entorno.

¡Qué difícil es poder compartir la visión de la vida a quienes no sueñan!

Es difícil permanecer estáticos en un mismo rincón, por el contrario somos seres inquietos que, huyendo de los propios pensamientos (o peor aún), persiguiendo aquellos pensamientos, somos capaces de recorrer al universo entero para poder llevar la luz a donde la oscuridad nos acongoja.

Pensar en colectivo es una virtud de quienes encerrados en la memoria pregonamos ideas de cambio, a partir de zonas de control emocional. Somos presos de nuestras intenciones.

El reto más grande está siempre en nuestro interior, superarnos y aprender a perdonarnos, ser consecuentes con la escuela del éxito y la escuela del fracaso, soltar ese grillete que a veces como premio nos encuentra en un bucle de satisfacción.

Caminar sobre los sueños, con los pies en la tierra.


AV

7 de febrero de 2015

Soliloquios.





Imaginémonos que una gota cae sobre el agua, lentamente, que se deja llevar por la brisa  que la guía desde los aires hasta el borde de un balde, que esa gota es seguida por otra similar, que son varias gotas y que entre todas  forman una cadena de gotas que con intervalos de vida  van dejando en el balde una parte de sí.  Imaginémonos que el agua del balde suena por cada gota que recibe, que nos hallamos en un ambiente silencioso, oscuro, fresco quizás, como una cueva o como el patio de la cocina, un ambiente donde el eco nos dibuja que algo ocurre en alguna parte, que la oscuridad nos impide identificar al balde que se llena gota a gota, que la imaginación nos especifica que algo gotea, que algo está mal.

Ahora pasemos de escenario, como la cortina que se cae cuando algo falla en la estructura superior de la ventana, dejando todo alborotado, como el desorden de un fuerte huracán en esa esquina de la sala. Imaginemos que nos hallamos en la tranquilidad de la madrugada, en ese somnoliento lugar de paz y reflexión, una delgada línea de luz se cuela por entre la cortina y la pared, en ese diminuto vacío que va proyectando su luz contra la pared del otro lado, como si fuese dueño de ese vacío que llamamos habitación.

Imaginemos que esa luz se mimetiza con la desesperación de un insomne personaje, de un fulano de tal que se balance de lado a lado en la cama, que se da lucha y guerra con una almohada que no comprende su desespero, de un calor que no abriga su ilusión ni su sueño, una sábana que se humedece más por el sudor de la ansiedad que por el calor que emana cada parte de su cuerpo vivo, un fulano que se desvive con los ojos cerrados a sabiendas que hay una delgada luz que le observa atentamente, de una habitación que no le cierra el día ni la noche, porque con el insomnio no se diferencia de horas o minutos, solo de etapas, procesos.

Imaginemos ahora ese silencio lúgubre que cubre al insomne personaje, un silencio mágico dirían los poetas al estilo de Victor Hugo, un silencio espantoso exclamarían otros al estilo de Edgar Allan Poe o Howard Phillips Lovecraft, un silencio interminable como las noches de García Lorca, o un silencio indeleble como las letras de Miguel Hernández. Imaginemos que ese silencio busca identidad en donde la locura encuentra amparo, que ese silencio busca afecto dónde el abandono ha construido sueños e ideales, que ese silencio busca  refugio del calor y la noche, donde la mente ha preferido invocar convicciones y fanatismos, dónde la lectura y la poesía describen ansiedades y frustraciones, no donde el silencio se permite reflexión y elocuencia.

Imaginemos que este insomne personaje ha viajado durante horas en el día, que se ha bebido una fuerte y quizás inmensa taza de Café, que se ha esforzado en 10 horas laborales en entregar lo que para último momento ha permitido cumplir (a sabiendas que tuvo quizás, por decir un ejemplo, un mes para preparar dicha entrega), que este joven se ha destacado en su semana por cortesía y pundonor en su manera de expresarse ante el prójimo, porque ha hecho de su soledad una misteriosa manera de conectarse con el mundo, porque el insomnio se le ha vuelto ansiedad y desespero, como si la calma de semanas atrás haya sido solo un espejismo, o por qué no, que su insomnio es una novedad que jamás en la vida ha experimentado, que ni sus oraciones ni sus métodos  artesanales de aprehensión del sueño han sido exitosos, solo estadísticas.

Imaginemos que se irrumpe el silencio con un goteo que proviene de algún lugar de la inmensa casa, que la oscuridad del otro lado de la puerta es extensa, tenue, insaciable. Que la casa es grande, que el calor es perverso, que la cortina observa, que el insomne quiere dormir.

Imaginemos que el goteo se incrementa no porque hay más agua de la que podamos soportar, o porque haya más suspenso que podamos redactar, simplemente es un goteo, porque amigos míos, en ocasiones las cosas simplemente son cosas y no pueden significar algo más que lo que aparentemente son; el goteo incremente y el eco aprovecha su rutina para hacer de un constante preludio a Arquímedes, una marcha triunfal, un recorrido de ondas sonoras que viaja caprichosamente por la casa.

Imaginemos que todo ocurre en la mente de otro personaje, que las cosas tiene su principio y su final, que el calor no está presente, que no hay insomnio ni mucho menos oscuridad que juegue con la ansiedad de un empleado corriente de clase media. Imaginemos que ese otro personaje también intenta dormir, pero sus pensamientos lo derivan a imaginarse al ya mencionado fulano que lucha contra el insomnio y el eco de un goteo interminable.

Tratemos juntos de escapar de la confusión, no es tan difícil pretenderse confundir, las letras son letras y el orden es uno solo, podemos retomar el punto de partida, podemos dar una pausa y respirar hasta entender lo que leemos o simplemente podemos fingir que no ocurre nada.

Suena un tic tac, es un reloj de pared,  su curso avanza con los segundos pero a su vez interrumpe la concentración de quien lee. Imaginemos pues que ese Tic Tac es causante del insomnio de este otro personaje, el que está soñando, o quizás, imaginando, a otro personaje con insomnio.

Podemos referirnos a un cuento elaborado, un principio literario que se escapa entre emociones y confusiones, ser un caminante que constantemente está vigente en sus ansiedades, en ese proceso de descubrir su origen y entender su pasado. Esas construcciones mentales que nos van identificando con personajes literarios o cinematográficos, porque amigos míos, hasta para entendernos en el cine hemos perdido la sensibilidad de proyectarnos, nos hemos convertido en espectadores a tiempo completo, dar a la empatía un lugar en la desgracia y no en la cotidianidad.

Pretender entender al que no puede dormir o al que sufre con la enfermedad de un ser amado, inclusive nos tomamos la molestia de exigir atención sin probar si quiera un poco de la amargura del otro. Pueda que esta sea la tuerca que se nos extravía cuando de empatía acusamos, nos cuesta imaginar a alguien que no sea real, solo ficciones como los cuentos de miedo o las  historias de espantos y aparecidos.

Retomemos el punto de partida y volvamos al balde de agua, retomemos el sonido de cada gota que cae sobre una base de agua, ese clip sonoro que todos hemos escuchado en alguna soledad de la vida. Imaginemos nuevamente esa oscuridad de la casa donde le balde expele su sonoro eco y nosotros, ciegos y con las manos buscando la pared para apoyarnos caminamos para encontrar el origen de tal sonido.

Imaginemos que hemos llegado al punto neutro donde el sonido emerge, imaginemos que hemos encendido la luz y no hay ningún balde lleno de agua ni gotera alguna, que no es el lavaplatos que gotea sobre algún pocillo, o el “lavadero” con la llave semi - abierta que gotea sobre sí, No.

Imaginemos que sigue goteando, que no hay ventanas que justifiquen entrada o salida del sonido, hemos encendido las luces y no encontramos nada. Sigue goteando o por lo menos, eso creemos con cada eco que repele los sentidos. Imaginemos que el reloj sigue haciendo Tic Tac, tic tac, tic tac…


¿Qué hemos imaginado de este mundo?


AV


6 de febrero de 2015

El Soñar de los Caminantes (I)





Anoche en mi rutina de ver una de mis series favoritas de la televisión contemporánea se me abrió nuevamente esa puerta a la que tanto miedo y a su vez gusto le tengo, a propósito, no sé si la palabra idónea sea puerta o ventana, porque en estos aspectos casi siempre mundanos para la cotidianidad la infraestructura de la casa es lo de menos a atender, porque de hecho allí, es dónde residen los cimientos de la locura; en este esperanzado tramo de letras y excusas es que retomo el giro inicial de esta espiral, y es que allí, en la televisora vi de nuevo el tema de la mente como algo desastroso, como la cueva llena de hedor a dónde tanto temo llegar.

Comencemos desde el principio si es que logro ser sensato con lo que podemos denominar el inicio de las cosas. La mente humana es un maravilloso pozo sin fondo en el que fluyen las mejores ideas y sentimientos, de igual naturaleza se ven nacer las más oscuras y sediciosas intenciones que un ser de carne pueda ostentar en su interior.
Allí en ese pozo, se revuelven como mezcla de pintura diversas emociones, algunas que caen del techo como gota de agua sobre el pavimento, otras van naciendo como enredadera en columna de madera, surgiendo, fluyendo, atrayendo a sí las mejores oportunidades para dejarse encontrar.  Es pues la mente humana un universo tan desconocido pero tan investigado, que es aquí dónde me detengo en rol de espectador a asumir los miedos que de ella puedan evocarse.

Conozco amigos y fulanos estudiosos de la Psicología humana, también hay uno que otro “Sicólogo”, conozco en igual medida a los grandes pensadores del deber ser y de la ironía de las normas, a esos Filósofos y pensadores de la Cultura y la moral: Esa mezcla de Antropología y Filosofía, hermoso balneario de conocimientos.
Sin embargo lo que nos convoca producto de la banalidad no es el entender el origen de los pensamientos o la vocación de los sentimientos, mucho menos es de mi interés profundizar en el qué hacer de las ideas, de esa “psiquis” que se va desbaratando en la representación social, por el contrario, soy curioso con lo que calla el oscuro vacío de la mirada, lo que no se resume en palabras o fonemas: Esa alma que se sacude contra las paredes de la inconsciencia.

Grandes tiempos que me ha dado la vida para reflexionar y entender en ella las diversas etapas de la vida, sumergir mis curiosas preguntas en libros de ciencia y tecnología, hallar en el morbo del cine y la prensa nacional casos de frustraciones familiares, de desgracias tempranas que acaban con unidades enteras de familias y amigos; ser dictador de cada momento en el espacio / tiempo de la mente y la salud física, trascender de la ideología y darle la mano a la medicina, a la salud de los tiempos modernos. Ya no podemos abiertamente decir que X o Y personaje ha enloquecido de vejez, le ha dado la edad Senil de la vida, no, me niego a seguir cayendo en esas vulgares apreciaciones cuando miles de científicos y médicos día a día descubren y dan nombre a cada trauma, a cada frustración o dolor.

También tenemos otro debate aparte de lo ideológico, muy ajeno a decir verdad, tan cerrado como las convicciones y las lamentaciones: Hallamos en el camino pues muchas creencias tanto populares como radicales que nos van allanando el camino a la Fe, ciega o no, suficiente para dejarnos vivir en paz, para disfrazarnos el dolor o las mentiras en colores necesarios porque tanto la tristeza como el miedo, la melancolía como el espanto pueden ser producto de fenómenos naturales de un momento quizás, pero la locura, la depresión, el miedo absoluto son en oraciones frescas, también síntomas de algo que pueda ser de preocupación, pueden ser el principio del fin.

No le temo a los humanos sino, a lo que ocurre en sus mentes, lo que viaja en sus pasillos de ideas y sueños, deseos y frustraciones, de dolores y sensaciones, de pendientes y ocurrentes planes, como si en ese entramado de neuronas se guardara la llave de más de una caja de pandora; Ser Argonautas o Morganos, ser justicieros o fugitivos.

De una parte nos cruzamos con las enfermedades de la mente, esas traicioneras luces que con el paso de los años nos van destruyendo lentamente hasta robarnos el habla o la misma capacidad  de amar, de otra parte observamos en la llanura  esas enfermedades de la genética que se van apoderando en silencio de las grandes mentes, que nos van apartando presa por presa de un dialecto que ya no será entendible. Ambas situaciones repercuten de forma y fondo en los que rodeamos a cada quien que padece tal celeridad de la vida, como si el camino al más allá se afanara o mejor, se detuviera en una pausa intelectual que reclama miles de suspiros.

Observar a los seres queridos y sentir el frío en la espalda cuando un Alzheimer (EA) o síndrome de Asperger  comienza a hacer de las suyas desde la pequeña infancia o la ya tardía infancia de los años vividos, vislumbrar en un  Parkinson la poesía perfecta para acallar una néurosis que a la larga no sea una banal neurosis sino, una depresión irreversible, cualesquiera sea su causa o síntoma, cualesquiera sea el orden o justicia con que se permitan aparecer, cualesquiera sea el temor que se convierte en Fobia, cualesquiera sea la noticia del cotidiano pasajero.

Más allá de un temor a la muerte, es un encuentro con la vida en plena muerte, es un retablo de sensaciones que se va armando a sí mismo hasta coleccionar en su interior las peores noticias que un transeúnte pueda hallar en su mera casualidad, porque es la vejez la que advierte todos los periodos de gracia y desgracia, pero la mente es la que firma pone sello de autor en cada una de sus causas escondidas, tan así que hasta la ciencia se sorprende de sí misma.

Un tema extenso que por llover puede durar las entradas suficientes para este Blog, pero es un tema tan energúmeno que sus propias páginas a la hora de la verdad solo nos prepararan para otro tema central de conversación, de allí el nombre de este primer post.

Sigue…

AV


12 de enero de 2015

Miguel.





Comenzamos escribiendo sobre lo que nos trae cada día, sobre los aciertos y desaciertos del amor, del trabajo, de la familia y las amistades. Sobre cada cosa que termina y cada jornada que inicia en nuestra vida, algunas por supuesto, con la menor de las importancias, pero qué grandes historias las que podemos develar si miramos más de cerca a quienes nos rodean. Ha sido una semana grandiosa, quizás porque nos hemos tomado el tiempo justo para vivirla y reconocer en ella cada prejuicio y cada suceso; desde el acontecer internacional y el conspicuo universo de opiniones que identifica a los grandes expertos de las Social Media, hasta las atrocidades de la humanidad y sus prejuicios, sus convicciones, sus pedazos de muerte.

Encontramos en el amor ese camino que nos brinda refugio de la tempestad en el bosque, hallamos de igual modo el camino para hacer del amor una bonita aventura, claro, para ciertas personas el amor no es más que un cuento mal relatado y quizás, que necesite cambios y nuevos personajes. Ha pasado el tiempo de emprender a conocernos, dar paso a paso al lugar de encuentro de cada miedo y cada queja, ser universales a costa de rumores locales, hacernos mágicos en manos del ser amado, a expensas de la familia querida, o por qué no, del día soñado.

Nos hemos tomado un tiempo justo para no dar continuidad a este Blog, quizás porque ayer era domingo y hasta El Buki descansa, tal vez porque sea demasiado exigente de mi parte pretender una publicación diaria, o porque las herramientas en ocasiones no siempre están a la mano. Da igual, porque es paso a paso que vamos forjando con carácter esos hábitos de los que venimos conversando, de esas primeras evidencias de lograr alcanzar el cambio, ayer no hubo noticia de lo cotidiano pero vean ustedes, seguimos aquí, conversando, dejándonos en el unísono del silencio.

Me encuentro en compañía de un ser muy especial: Un Alce.

No recuerdo haberme aprendido su nombre, pueda exista la posibilidad que no tenga nombre aún, para efectos literarios y de esta publicación le daremos por nombre “Miguel”, bueno, pues Miguel es un señor ya mayor de alrededor de veinte años, piel oscura, de un café intelectual, de esos que despiertan los sentidos. No tuvo la oportunidad de ejercer alguna profesión o si quiera estudiarle, fue dado como regalo a una bella mujer y su función como solitario mamífero de peluche ha sido hasta el sol de los días eternos, el de cuidar y velar por la seguridad de su protegida: Dar de su nombre una oración por cada sueño que haya que cuidar.

No usa zapatos, porque los Alces no usan calzado, tampoco tiene puestos pantalones o camisa que protejan su virtud, esto amigos míos, a razón que se trata de un mamífero muy especial, es un peluche, inocente, santo, libre de toda culpa y toda maldad, fabricado en Taiwan de seguro, pero qué más da, es un ser ajeno a los pensamientos del hombre, a la semilla de la razón y la filosofía. Sus cuernos son interesantes, grandes, fuertes, bien ubicados, preparados para enfrentar cada batalla que haya que asumir.

Tiene en su haber unos ojos oscuros, profundos, tan oscuros que el universo esconde una parte de sí dentro de ellos, distinto es al referirnos a su mirada, porque allí también habita la nada, se disuelve en el aire como espesa niebla que huye del calor, es posible que con tan bellos ojos no conozca aún el significado de un amanecer o una puesta del sol, sea cualesquiera su condición es de gran premura brindarle cariño y protección.

Nos conocimos el pasado año, llevamos poco menos de un mes conociéndonos para ser más sensatos, allí, en la penumbra del silencio, él me vigilaba y yo, bueno, yo con curiosidad lo admiraba. En estos momentos duerme al lado de una hermosa dama de verdes ojos, de un angelito que cuida mi sueño. Miguel también tiene una elegante bufanda que le da esa clase y esa curiosa vocación de guardián que todo soldado anhela, es un ejemplar de buenas costumbres y grandes historias, porque ha sido testigo de su comodidad en la almohada de cuantos sueños y pesadillas han pretendido cruzar su puesto de vigilancia.

Todos tenemos un personaje a quien acusar nuestro cuidado, desde animales y personajes fabricados en felpa hasta grandes leyendas y deidades moldeadas en cuanta materia prima haya disponible, es un atrapa sueños de voluntades y razones lo que buscamos contemplar, como la canción que se promete a sí misma en nombre del amor, dar al corazón lo que la razón busca desesperadamente entre compositores y trovadores.

Es el silencio mismo el que nos da la comodidad o incomodidad de las cosas, a cada quien decidimos darle nuestra comodidad o por el contrario, afectarles con lo incómodo que podemos llegar a transformarnos. Un Alce por ejemplo, a quien hemos nombrado como Miguel es el claro ejemplo de lo bonito que podemos encontrar en la vida de otra persona, como Nacho, mi Oso Gris a quien guardo y respeto desde hace también más de veinte años. La historia de Nacho es otra, porque su nombre no es Nacho partiendo de allí sino, Nacholéon, pero qué más da, son tercas amistades que engendramos en representaciones de lo humano a lo peluche.

Verlos abrazados, suspirando, dejando en la mente funcionar todo como una máquina que fabrica emociones, en el pulso de la respiración como un motor que mueve su mundo, en sus brazos abrazar a un Alce que hace de sí una casualidad que ha dado a las noches una prueba de cotidianidad, ver en la nada algo asombroso.

He conocido a un Alce, que cuida a una gran mujer.


AV 

25 de junio de 2014

A Usted: Gracias



Imagen tomada de:

Hoy amanecimos con esta canción en el corazón, una hermosa balada de los Fabulosos Cadillacs que su vocalista, Vicentico, hizo nuevamente famosa hace pocos años en uno de sus discos como solista. Esta canción en particular creo ya la había mentado en anteriores entradas de este ya olvidadizo pero muy afectuoso Blog, sin embargo esta oportunidad quizás es de más reflexión que otra cosa (como todas en este Blog), pues su razón y sentimiento provienen de allá, de dónde nos llaman y no escuchamos las voces pero si las palabras.

A estos años siempre nos llegan las preguntas y temores que el tiempo libre y la falta de tiempo, en sus paralelas proporciones siempre nos aguantan, nuestras cuestiones y temores, a veces parte del olvido nos consume, nos aleja de esa sazón de ser niños y nos arremete con un fuerte suspiro como grito de auxilio.

Guardar silencio puede ser la peor de las decisiones en ciertos temas, pero en otros es quizás la más prudente de las acciones, siempre hallamos la manera de dejar que la prudencia, con más vistos de miedo que de valentía, nos permita identificar el camino para dejar fluir las palabras o emociones de cada caso, lastimosamente seguimos siendo humanos, más humanos que siempre, seguimos siendo niños buscando el abrigo de mamá.

Uno en la vida aprende con el tiempo que no todo lo que nos duele o confronta son problemas sino, dilemas. Aprender a tomar decisiones, asumirlas, delegarlas y guiarlas, ser parte del proceso, ser creadores del proceso, ser fugitivos del proceso, ser presos dentro del miedo. Tengo miedo, y mucho, pero soy consciente de mis acciones y retos, tengo a mi lado los mejores amigos que quizás la vida escogió para mí en esta etapa de mi vida, tengo las mejores de las intenciones y con ellas, la más bonita voluntad para atender el llamado (llamados) de cada dilema de la vida, esos que precisamente cada noche voy guardando en la almohada.

En esta oportunidad hablamos con el corazón, no con el alma.

Dormir con pensamientos que invocan al insomnio, o que nos llevan a viajar en pasajes incomprensibles de la memoria, aprender a reconocernos en el Hipnos, ser pasajeros en el Thánatos, dejar de ser; luego de dar vueltas en la cama más veces de las debidas y de ir a tomar agua para la sed, con más frecuencia que la costumbre logré conciliar el sueño alrededor de las 4am, extrañamente hacía más calor en mi habitación que en el resto del vecindario, llovía inclusive.

Fui cayendo profundamente en esa espiral sin fin del descanso, en ese relámpago inconsciente  donde Arjona compone sus canciones, en ese universo inmaterial dónde Coelho escribe sus recomendaciones para la vida. Allí, sin ubicación ni exilio estaba con mis compañeros de clase, esos generosos y hermosos amigos que el Posgrado me ha permitido conocer, místicamente cada uno representa a un arquetipo o deidad, de esas conjeturas propias de Carl Jung. No estaban todos presentes, pero sí quizás los que en ese momento, en ese sueño o proyección necesitaba que estuvieran, uno a uno comenzamos a conversar como es nuestra costumbre hasta que al final, como si se tratase de una reunión de despedida tomé la voz de mando y a manera de discurso comencé a dar mis palabras finales.

Comencé por cada uno expresándole mis afectos y ofreciendo mis excusas por mí actitud en los últimos meses, luego, dirigiéndome al aforo en general empecé a desahogar mis penas y temores, a explicarles el por qué de mi comportamiento, mis actitudes, mis silencios y mis distancias. Empecé a dejar fluir la palabra y con ella las emociones, las lágrimas y la rabia hasta finalizar con un tranquilizador “gracias” y sus sugerentes palabras de agradecimiento a cada uno de los contertulios.

Recuerdo que comenzamos en el salón de clase, pero a medida que avanzaba el, digamos, “sueño”, iban cambiando los escenarios o telón de fondo, en el momento más álgido del discurso estábamos ubicados sobre la entrada del túnel de la avenida Colombia o Boulevard del Río, al terminar, nuevamente estábamos en el salón de clase.

Me desperté a las 6 de la mañana y estaba más descansado que nunca, finalmente desde hace semanas estaba buscando alguien para conversar, alguien objetivo o por lo menos neutral, que tomara distancia pero todos mis intentos eran fallidos y quizás por ese motivo es que el silencio era el mejor ya su vez, el peor camino.

Gracias a usted, porque no se finalmente quién fue, pero allí llegó cuando le necesitaba; no sé si era El Buki o Morgan Freeman, si era Saori o Jesús, pero ahí apareció y allí me escuchó, me dejó hablar.

Tanto mi novia como yo logramos sentir en la noche presiones y hasta incomodidades, como si se tratase de la llegada de algún transeúnte que no había sido invitado, estábamos incómodos, sin embargo, fue ese invitado el que se sentó conmigo, me llevó de la mano a ese macrocosmos y a manera de sueños y personajes estratégicamente escogidos se sentó a escucharme. Realmente no se qué o quién fue, no sé si quizás fui yo mismo en un acto de supervivencia, esos hermosos encuentros del yo real con el yo personal.

No sé realmente a quien adeudo la ternura de esta noche recién, lo bonito de todo es que aún no se qué hacer, pero por lo menos me he quitado una carga emocional de encima, el paso a seguir pues, es ocuparme para así dejar de preocuparme.

A usted, muchas gracias.


AV

14 de julio de 2010

Las Hojas del Tiempo


Imagen Tomada de: http://martineroch.net/

The Golden Fleece

Sentía que estaba en mi espalda, sólo el ventilador irrumpía en el silencio y frío ambiente de una noche cualesquiera que fuera, cada voz se susurraba en la conciencia, no se consentía duda alguna, sólo temores y desvaríos. La pantalla del computador serviría de reflejo en una oscura habitación que entre mi espalda sólo databa de silencios, el humo del cigarrillo huía en búsqueda del exterior, el insomnio no sería motivo de costumbre, quizás a diferencia de noches anteriores ésta sería una tumba compleja de recuerdos, de temores, de enemistades y de fantasmas. ¿Quién dijo que los fantasmas no existen?

El pasado es un hermoso carrusel con propia banda sonora, con aromas particulares y sueños inusuales, en la costumbre de la noche se bebe y se duerme, se escribe y se recuerda, se da oda a la nostalgia y con un lujurioso halo de misterio se cuestiona el sentir de lo humano sobre lo superficial, con el frío de un verano inexistente las letras del temor se acomodarían a la búsqueda de una excusa para no temerle a lo ya temido.

Existen sueños con la capacidad de dejarnos perplejos, sueños llenos de realidad, al mejor estilo de un recuerdo se pasan por nuestras manos y nos observan desde lo incomprensible, el ritmo de cada palabra dicha en el sueño, de cada paso dado o de cada paisaje visitado se camufla con la inexplicable sabiduría de los wiccanos, de esa misteriosa esencia de tratar de entenderlo todo, de amar la realidad y serles ateos a los sueños.

Quizás la fuerza del pensamiento me ha retomado en el suicida ejercicio de rememorar el pasado, me duele es quedar con la duda de saber si es un recuerdo hecho ficción o si fuese una vivencia hecha tiempo vivido, amar la duda como el suicida que ama el todo y la nada a la vez; tan desesperante como las noches en que la depresión no cuestiona ni castiga sino que alienta y sugiere, dejar que el estado REM de nuestra noche se despliegue más allá de las sábanas, viajar entre el frío de un plano no terrenal y el frío de un invierno tropical. Dejar de lado las sábanas, pensar que se está en casa pero a su vez sentirnos en otro mundo, volver al pasado en el cuerpo inmaterial de un desdoblamiento, de un sueño mal vivido o de un terreno sin suelo y sin techo, de un mundo que estalla sin que lo sepamos.

He regresado a la casa grande, a diferencia de todos los sueños anteriores no estuve en su interior, no se me permitió entrar, lo más cercano fue la calle de enfrente observando como el único familiar que recuerdo barre las hojas secas del tiempo, con su vestido de flores de colores rojas y amarillas, su cabello corto entre rubio y cano, sus ojos marrones y sus rosadas mejillas, todo un imaginario aferrado a una escoba recogiendo lo que los árboles han desechado, quejándose de la vida, en un silencio tan íntimo como el dolor sugeriría otra oportunidad. Sin saber si mi presencia era real o no levantó la mirada y unos inmensos ojos azules me miraron fijamente, no pude moverme, sólo quedé estático en el tiempo. Sentí como si pasaran las horas, los días, inclusive los años. Lo curioso es que nunca logré comprender el color de los ojos a sabiendas que su original iris era marrón y no azul.

Nuevamente aparecí en otra calle, una larga carrilera abandona de tren, polvo con aroma a olvido y esquinas con casas acabadas por la desidia del tiempo, la nostalgia cubriendo las nubes daba paso a un imperdonable sol amarillo que daba color a todo el escenario, me saludó un viejo habitante, piel canela y crespos sobre su cabeza, me invitó a caminar por cuanto barrio y vereda rodaban la región, en cada parada me recordaba que era un político importante de la región como si me insinuase algo impertinente.

La última parada fue en una vereda muy extraña, distinta al seco y asfixiante calor del pueblo, era una húmeda y selvática casa escondida entre un sendero que se alejaba de las calles y se transformaba con el verde de las hojas de palma, sin darme cuenta viré a mi espalda y de inmediato me encontré en el interior de la casa grande, en el segundo piso, con la reja blanca enfrente de mi rostro. Me apoyé en ella y pude ver a la familia de Ricardo –mi vecino de infancia– conversar en el patio vecino.

Me desperté con una sensación más infiel que el mismo frío de las noches cuando el silencio se apodera de mi soledad y mi turba cotidianidad. No recuerdo muy bien cada parada con el mentado político local, pero sí recuerdo que en cada una de ellas se me presentaba con honores a familias y pobladores traicionados por la riqueza, recuerdo que en cada parada se me recordaba la profesión, el oficio del tiempo y las penas del olvido.

Recuerdo bien que no fue un sueño normal y es un pasado que jamás he vivido.

AV