26 de mayo de 2026

El hombre en el parque (El próximo).

 



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El pasado es un retrato que para algunas personas es un desagradable recuerdo, hay heridas o dolores que punzan la conciencia con tanta fuerza que puede incluso. Para Raúl Ignacio, el pasado fue una constante sumatoria de voces y gemidos, una infancia feliz y amada, rodeada de un acoso permanente de seres invisibles y voces tediosas.

Una necesidad permanente de mantener la mente ocupada y en ello la música fue un motor de paz durante sus años de infancia y juventud, pero el trabajo y la fiesta fueron clave ya en sus años de madurez, porque allí era donde realmente lograba alejar por un instante a lo que tanto le acechaba.

Conoció la Casa Azul en el año 2014, pero desde el 2010 ya buscaba bares y tabernas donde ahogar sus pensamientos, el yugo de trabajar con su padre en ese entonces le daba una ingesta intelectual propia de una enfermedad crónica. Ser hijo único le sirvió para construir un carácter reactivo, poder asumir con premura las desavenencias de la vida, o tal vez, las divergencias de la familia misma.

Ser hijo de un hombre poderoso como su padre Raúl, era a la vez ser un sujeto limitado en oportunidades fuera del círculo profesional de su padre. Al conocer a Ángela Burbano encontró paz, pensó que quizás encontraría amor, pero solo hubo una cordial amistad, una amistad que le ayudó incluso a recuperarse del dolor mismo del amor no correspondido que recibió años atrás.

Aquella noche de martes, donde alcanzó el amanecer en una mesa ebrio por el Whisky, sintió paz al poder despedirse de su amigo Emanuel Contreras, aquel abrazo en el universo desconocido fue tan humano y terrenal, tan puro que sintió llorar en el ejercicio mismo de la vida vacía que acarreaba. La misma tristeza le acobijó al hallar a su colega Jose Isidro Segundo, sin entender cómo era posible que estuviese allí, entendió que tanto ellos como él, estaban en la senda del valle de la muerte.

La mañana del jueves fue una sorpresa para los funcionarios del parque natural de Pance, al comenzar la ronda de guardia previo a la apertura al público, Solanyi Perea Olaya encontró a Ignacio recostado en una banca, junto al sendero que acompaña al río.

Junto a ella, caminaba Gustavo Paredes Torres, hombre de baja estatura y de contextura gruesa, un completo deportista con la fuerza de un oso pardo, ambos se acercaron a revisar, vieron su camisa de flores vistosas y el pantalón, desde ese momento dedujeron que no era un deportista ni un vago, por el contrario, se podría tratar de algún prospecto de borracho irresponsable que de seguro quería meterse al río. Al acercarse le intentaron despertar, pero notaron que estaba pálido y con los labios de un color azul que preocupaba.

Alfonso estaba asustado, mientras acompañaba a doña Abril en el velorio de su amigo, Jose Isidro, pensaba en Emanuel que también había fallecido y a la fecha no se tenía noticias de algún acto social de despedida. Marino y Fabio Andrés deambulaban por la sala de velación, el ambiente se sentía tenso y sin ánimos de dar problemas a la señora, Alfonso intentaba sonreír siempre.

Fue doña Patricia Hau quien con una llamada informó a Fabio del fallecimiento de Raúl Ignacio, según ella, intoxicado y abandonado en medio de la nada, como un cualquiera y no el elegante abogado que era.  Fabio Andrés intentó dar palabras de calma pero sabía que era insuficiente, incluso para él perder 3 amigos en una misma semana ya era una situación en exceso increíble.

Alfonso pasó por su lado, caminaba con cautela, como un espía que quiere huir de una reunión. Alzó la mirada intentando adivinar con quién hablaba Fabio, pero fue este el que le sorprendió mirándole fijamente mientras atendía la llamada de la señora Patricia.

Le hizo una señal con las manos para que se acercara, se despidió con una frase de consuelo y al momento de colgar la llamada se descompuso de inmediato, Marino que estaba cerca de un salto lo alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.

Fabio volteó a mirar fijamente a Raúl Alfonso, casi con la intención de acusarlo de culpable.

- Murió Ignacio. -

- ¿Qué? -

Fabio Andrés salió de la sala de velación con las manos adentro de los bolsillos de su traje, las lágrimas delataban la noticia recibida, detrás suyo iba Alfonso con una serie de réplicas que exigían información, Marino, que ayudaba a caminar a Fabio, pedía a Alfonso que guardara silencio.

El cuerpo de Ignacio fue llevado a medicina legal, en los alrededores del hospital universitario, allí declaraban al mismo como víctima de un asesinato premeditado, todo en evidente estado de envenenamiento.

En la estación de policía sonó el teléfono del Capitán Arbeláez, un hombre de edad madura y un nivel de inteligencia admirable.

Tomó atenta nota de los reportes de medicina legal y de las declaraciones de los patrulleros del parque natural de Pance, con todo organizado en una carpeta salió de su despacho buscando a la detective Salazar, una joven policía con antecedentes de excelente perspicacia en su trabajo. Uno de los patrulleros a su cargo le informó que ella estaba ocupada atendiendo el caso de una víctima de homicidio, la víctima, un familiar de un político local, por eso su dedicación casi exclusiva.

Ante la ausencia de Salazar, el Capitán Arbeláez siguió caminando ahora en dirección a la oficina de Benín, tampoco lo encontró en su despacho, pero el patrullero Gaitán, quien presta sus servicios de auxiliar, le informó que el detective estaba en la sala de interrogatorio con dos sospechosos de la muerte del señor del restaurante. 

- Dígale a Juan Gerardo que aquí le dejo un nuevo caso. -

-  Si mi Capitán – Alzó la voz el patrullero Gaitán.

A las tres de la tarde Julio Washington Pupiales se acercó al puesto de recepción de la estación, pedía explicaciones del paradero de su compañera Sara y del agente Benín. La oficial de policía que atendía le indicó que durante los interrogatorios no estaba permitida ninguna clase de interrupción, pero le insistió porque preciso, le parecía que no había nadie adentro del salón de entrevistas.

La oficial atendió la recomendación y con una mueca de cansancio llamó a la oficina del detective Benín, quien levantó la llamada fue el auxiliar de apellido Gaitán. Este le señaló que el detective no había pasado por la oficina aún, pero que el Capitán Arbeláez pasó a dejarle un nuevo caso para investigar.

La oficial llamó a un patrullero y le dio la indicación de que acompañara al señor Julio a buscar al detective Benín, pues el caballero había presentado interés de declarar de modo voluntario, su versión sobre un asesinato que estaba en investigación. Quien apareció para brindar compañía fue el patrullero Alexander de Jesús Medina Caicedo.

Caminaron por diferentes pasillos del complejo metropolitano de policía de Cali, de un momento a otro, Sara Carolina estaba caminando desorientada, lejos de la sala de entrevistas.

Julio le hizo la señal al patrullero Medina de que esa era su compañera.

En el parqueadero de la estación metropolitana y bajo un sol intenso, Juan Gerardo Benín caminaba con las manos estiradas, como si fuese un náufrago buscando la orilla. Varios patrulleros se acercaron para ver qué le ocurría al “viejo”, como era conocido en argot popular, al notar que estaba desorientado, le tomaron de las manos y le llevaron a unas sillas que había a la entrada de la puerta del garaje, preguntaron si estaba bien, pero el amable Benín simplemente asentía con la cabeza, intentando pronunciar la palabra “Gracias”.

En el pasillo Sara Carolina, un poco más consciente de su ubicación se dejó guiar por el patrullero Alexander de Jesús, a su lado iba Julio con una expresión de terror en su rostro, por un momento se llegó a imaginar que había sido drogada o envenenada su eterna enamorada.

Sara logró recuperar el hablar en un intento de inhalar aire con fuerza, mirando fijamente al patrullero sin saber de quién se trataba, pidió agua con desespero, sentía una sed intensa, la garganta le daba picazón y sus manos estaban frías como las de un muerto.

Julio fue con rapidez a buscar agua para su compañera de trabajo, el patrullero Alexander de Jesús le preguntó si necesitaba algo más además del agua, pero Sara, con un amable e irónico gesto de auxilio le dio a en tender que necesitaba espacio para respirar.

Allí sentada, recordando lo vivido soltó unas ligeras palabras:

“Alfonso es el próximo en morir”.

El joven patrullero no lograba entender lo que decía, solo escuchaba murmurar a la señorita de cabello tinturado. Julio regresó con un vaso plástico lleno de agua, se lo dio a Sara Carolina mientras insistía en saber qué había ocurrido.

Ella abrió los ojos, con total control de su cuerpo y su mente, entonando unas palabras certeras dijo:

- Allá afuera hay un mundo oscuro, lleno de universos, lleno de maldad. La señora de manos grandes nos salvó. –


AV.

18 de mayo de 2026

El agente Benín (Fantasmas).

 



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Juan Gerardo Benín Chamorro nació en una noche de octubre de 1955, en el popular barrio de los olvidados, su madre, María Isidra, una mulata de esas que voltea con la mano desnuda al plátano maduro dentro de la paila de aceite, decidió separarse de su esposo, un moreno de acostumbrada rutina de trabajador, obrero de la construcción en una ciudad que preciso, estaba a la víspera de la reconstrucción.

Creció aquel primer año de vida en el popular barrio Sucre, tradicional para la compra de mercados campesinos, tradicional para el tránsito de los desesperados en un modelo urbanístico que buscaba en los ríos los límites del crecimiento.

Fue aquella explosión de 1957 que liberó a todos los males en la ciudad, su madre, Maria Isidra logró sobrevivir a la tragedia, ante la crisis, la ayuda apareció con el dinero de varios donantes que permitieron que se reconstruyeran manzanas enteras de la ciudad, entre esas casas una fue asignada para el porvenir de la familia Benín.

Estudió en uno de los colegios arquidiocesanos y en ese trasegar de la vida entendió el esfuerzo de su madre para salir adelante. La abuela María Socorro Chamorro, le acompañó hasta que la vida dijo basta, su fantasma, aquel espectro que la conciencia intenta descifrar estuvo siempre acompañándole. Juan Gerardo se sentía amado por aquella santa abuela que, sin dejarse ver de nadie, le aconsejaba todo en cuanto la vida le fuera suficiente.

Durante su adolescencia entró a estudiar una tecnología en electrónica, en el Camacho, intentaba trabajar como mensajero en el día y en la noche ser aprendiz, pero la injusticia de una ciudad que no da espera a los desesperados le hizo renunciar a aquel sueño de ser alguien en la vida.

Fueron años de duro trabajo con un pago mínimo, monedas que no daban suficiente cobertura para llevar una libra de tomate y algunas presas de pollo a la mesa. Su madre, Maria Isidra, le intentaba dar aliento con la paz que cualquier mujer emana ante la tristeza y la crisis.

Fue la suerte de alguna vez, de un quizás, de un de pronto, que prestando los servicios de mensaje en los almacenes de la calle catorce, se cruzó con una oferta de entrar a la escuela de policía. Una oportunidad perdida para mucho, pero de oro para aquel joven de ojos castaños, piel morena y cabello rizado. Explicó a su madre de su decisión, prometió dar todo lo que la vida le dejara a su alcance para seguir respondiendo por la casa, a su abuela, aquel espectro que en su conciencia le aconsejaba, la agradeció por cada idea y cada mensaje, también le prometió no enloquecer en los momentos de soledad.

La primera soledad llegó en Tuluá, a donde fue trasladado para iniciar su formación como policía. En la Escuela Simón Bolívar conoció a grandes personajes que con el trasegar de los años fueron ganando medallas y premios por su labor desinteresada y servicio a la patria.

Para los años ochenta ya estaba de regreso a la ciudad de Cali, servía en la estación de la carrera primera a dónde preciso, volvería muchos años más tarde a tener una oficina elegante y un comando bajo su mando.

Los consejos de la abuela María Socorro Chamorro estaban vigentes, incluso tomó la sana práctica de cargar una libreta en sus bolsillos para escribir allí cada tanto, las recomendaciones que su abuela transformada en consciencia le brindaba, alguna vez, como un detalle de navidad, aquellas recomendaciones acertaron el numero ganador de un boleto de la lotería local.

Con el dinero que ganó invirtió en una casa grande, en el barrio Ciudad Capri, un emergente sector elegante para ciudadanos de bien, algo que siempre soñó María Isidra para su hijo Juan Gerardo, pero que preciso él, fue quien le dio en correspondencia el premio soñado.

Allí vivió con su madre, un perro que recogió de la calle y en ocasiones, señoritas que enamoraba con la promesa de formar un hogar pero que siempre fallaban ante la inconstancia de la profesión de policía.

Con una parte de aquel dinero entró a estudiar en la fiscalía general en los peligrosos años noventa, ingresó al cuerpo técnico de investigación obteniendo su título de detective.

La corrupción es una enfermedad que se adquiere en condiciones especiales, solo afecta a quienes están atentos a ser contagiados por otro ser igual de enfermo, es un virus de muerte lenta que se va llevando consigo a todo aquel que lo padece, destruyendo en ocasiones, hogares, incluso, ciudades enteras, países y civilizaciones.

Juan Gerardo estaba aún exento de aquella enfermedad terminal, pero fue Rodrigo Cuartas, otro policía el que a bien le supo contagiar. Un domingo de mayo en el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Palmira un cargamento ilícito estaba a la víspera de recibir la bendición de alguien, para que fuese despachado a alguna parte, para entregar a otro alguien.

La abuela María Socorro le insistió en reiteradas veces el no acceder a tal ofrecimiento, no se sabe aún si fue el hambre de poder o el deseo de una vida de opulencia lo que empujó a Juan Gerardo a ceder ante el placer carnal de lo fácil, contrayendo aquella enfermedad terminal.

A lo largo de la década del dos mil tuvo altercado con otros colegas que investigaban delitos en las vías del Valle del Cauca, él, atento a sus proveedores del mal, siempre hallaba el modo de alejarlos de todo mal.

Fue la muerte de Varela, lo que alertó su sentido común, si él, que estaba lejos de cualquier estructura policial había caído ante las armas del Estado, entonces los pasos de otros investigadores caerían cerca de sus huestes. Para el año 2010 retomó sus labores de agente de policía con funciones de detective, evadiendo cualquier sospecha de crímenes cometidos o investigaciones alteradas, se ganó la confianza de los superiores, desde entonces se dedicó a perseguir asesinos y ladrones de menor estirpe, algo que su abuela aplaudía en sus pensamientos.

Durante los años de ejercicio encontró en el centro de la ciudad una comunidad de vagabundos que conocían a la ciudad mejor a cualquier otro habitante, el círculo de vicios y maleficios era tan específico que le ayudaba a identificar a cada sospechoso de crímenes cometidos, ello lo llevó a recibir reconocimientos por la efectividad de sus operativos, hasta que, en aquella semana de marzo de 2026, la muerte de un prominente extranjero le llevase a conocer a la maldad en su estado más puro.

Después de la muerte de Emanuel Contreras, cuerpo identificado por medicina legal luego de hacer la inspección de la escena del siniestro en alrededores del Río Cali, recopilar datos del fallecido le llevó a la Casa Azul como centro de operaciones de aquel extranjero.

Revisó los contactos de este y pudo entablar comunicación con cada personaje que la situación le guiaba, pero la abuela Maria Socorro Chamorro, quien seguía vigente en su inexplicable e inescrupulosa consciencia, le recomendaba desertar de ese caso. Para el día miércoles de aquella semana había entrevistado a tres abogados, clientes de aquel local comercial, a dos empleados (una mesera y el administrador), pero le llamaba la atención saber que aún había dos personas más sin aparecer o responder al llamado de la justicia.

Insistió hasta que el tiempo le dio la razón y encontró al primer desaparecido, un abogado independiente, fallecido de manera natural, según exámenes realizados, en la soledad de su apartamento en el barrio El Peñón.

La mesera del restaurante insistía en que se buscara a otra mujer, una joven con sospechas de ser culpable, pero sin rastro alguno de su existencia. Sin pretender empeorar el caso, Juan Gerardo Benín decidió ir con el apoyo de algunos de sus patrulleros, preciso aquella mañana de jueves los empleados se encontraban en el restaurante de seguro, planeando alguna escapatoria.

La experiencia de los años le daba el olfato para identificar a quienes traían en su cuerpo el rastro de la culpa, quizás por la enfermedad misma de la corrupción es que desarrolló tal olfato, o por los consejos de la abuela María Socorro. A pesar de estar ya en edad de retiro, Benín insistía en ser detective, había convertido su vida y sus principios en una extensión de su placa de policía.

En la estación de policía comenzó a interrogar por segunda vez a la mesera del restaurante, una señorita casi cincuenta años más joven que él, estaba nerviosa e insistía en que otra mujer joven estaba detrás de todo, incluso de la desaparición de otro cliente del restaurante.

Benín no tenía bajo control el orden de los hechos o la totalidad de los datos que se le exigían, pero su confianza en el instinto como detective le insistía en aquella señorita.

El interrogatorio ya llevaba una hora y sus minutos, afuera les esperaba el otro empleado del restaurante, el señor Pupiales.

Cansado de que la joven repitiera la acusación sobre la otra dama, le pidió que descansara, él saldría a fumar un cigarrillo y de regreso llamaría al señor Pupiales para la correspondiente entrevista de rigor:

- Señorita Certuche, si bien usted señala a la otra dama como principal sospechosa de la muerte del señor Contreras, es perentorio que justifique muy bien su defensa sobre la extorsión que emprendía contra los clientes del restaurante. –

Sara Carolina intentaba de muchas maneras hacerse entender, dar la versión de que era un juego de cinéfilos para dar la pista sobre la señora de nombre Michelle.

Juan Gerardo Benín se puso de pie, agarró su cabeza con las manos levantadas a modo de estiramiento, en ese preciso instante escuchó dentro de sí, las palabras de su abuela María Socorra:

- ¡Cuidado! - 

De un momento a otro todo se hizo oscuridad.

Sara Carolina abrió los ojos del otro lado de la mesa, estaba sentada viendo como se desvanecía. Intentó llamar al agente Benín, quizás para prevenirle de algo, quizás para pedirle ayuda.

En medio de ambos una luz tenue de color azul con vistos de color morado fue emergiendo, como una flor que se va abriendo.

Como una luz que se lo va llevando todo.

AV.


16 de mayo de 2026

El interrogatorio (Sara Carolina).

 


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En la oscuridad de un mundo poco conocido Ignacio caminaba desorientado, esperaba encontrar con premura alguna puerta o espacio sideral que le diera la salida a su acostumbrada normalidad. Las voces que siempre le acompañaban en su cabeza ahora caminaban de su lado, una fila de seres abstractos y rechazados.

Debe ser muy triste querer hablar y recibir la negativa de manera permanente, hasta el más inconcebible de los espectros quiere recibir una respuesta.

Sara Carolina despertó temprano, las frecuentes pesadillas le hicieron sentir que nunca durmió realmente sino, que estuvo en un viaje complejo en un mundo oscuro y lleno de estrellas. Recordó que vio a Ignacio deambular como ente sin vida y sin conciencia, a su lado, recordaba, vio seres sin forma que saltaban como una especie de niños que jugaban a su alrededor.

Recordó por demás, que volaba como una cometa sujetada por una delgada cuerda, que su cuerpo era ligero y podía ver todo el llano oscuro de la nada, podía entender que así como Ignacio, muchos sujetos sin identidad deambulaban buscando donde detenerse. Arriba en alguna especie de colina un conjunto de luces daba forma a un ser con forma humanoide, por momentos con forma de molusco, por momentos con forma de una estrella más grande, siempre variando con la danza de cada luz que le rodeaba.

Despertó cerca de las siete de la mañana, al abrir los ojos tomó el teléfono móvil con el afán de quien quiere una segunda oportunidad, escribió un mensaje a Julio Washington.

Alfonso estaba con la señora Abril en la sala de velación, ya se estaba instalando la decoración para la jornada de velación de su amigo Jose Isidro, mientras observaba todo con una lágrima sostenida en sus ojos, pensaba en Emanuel, la curiosa ingratitud de la soledad.

“Nadie le ha preparado un velorio o si quiera llamado a la familia”, pensó en voz alta. Tomó el teléfono móvil y enviando un mensaje a Fabio le respondió la breve reprenda: Si tanto te importa los amigos, ve y busca un cierre decente para despedir a Emanuel. Deja que el irresponsable de Ignacio siga en sus vicios.

Doña Abril se acercó en un momento y le preguntó si estaba bien, le era notable ver en las expresiones de su rostro el malestar que padecía. Él le dijo que no ocurría nada mientras intentaba disimular todo lo que sentía y pensaba.

Julio Washington Pupiales acordó con Sara Carolina encontrarse a media mañana en la Casa Azul, si bien ella pretendía ocultar sus extrañas pesadillas, le escribió para citarse con el fin de acordar el futuro del restaurante, Julio en cambio, buscaba explicaciones a lo ocurrido con Ignacio, o el fantasma de este, más bien.

A las nueve de la mañana Sara Carolina estaba sentada en el parque de El Peñón, se tomaba un jugo de naranja y esperaba, había llegado temprano, pero le apremiaba ver a Julio, quería desahogar sus pesadillas, la sensación misma de que Ignacio estaba en el limbo, en alguna especie de frontera entre lo creíble y lo impredecible. Julio llegó a las diez de la mañana de aquel jueves, se bajó de su bicicleta y abrió el portón grande del restaurante, al momento apareció Sara Carolina con una sonrisa fija, como si tuviese una máscara.

Le saludó de beso y se sentó sobre la barra, tomó a Julio de las manos y mirándole fijamente dejó salir una a una las palabras precisas para describir lo que había soñado, el terror que sentía de pensar que de verdad había estado en aquel oscuro lugar, del horror que le producía la sola idea de creer que existiera algo así y estuviese Ignacio atrapado, de intentar entender que ese sueño era real o si por el contrario simplemente se podría asumir como la consecuencia de lo que vieron en la tarde anterior, con el fantasma de Ignacio.

La predisposición quedaba descartada, Julio Washington insistía casi que sacudiendo a Sara de los hombros, que lo que vieron el día anterior era real, que él sintió el peso del cuerpo de Ignacio cuando lo levantó, que le parecía imposible que se desvaneciera sin pena alguna frente a sus ojos, algo se burlaba de ellos.

Sara guardaba silencio, unas ligeras ojeras dejaban en evidencia que un mal sueño estaba cobrando las horas de descanso faltantes. Se quedaron juntos conversando un largo rato, en algunos momentos daban ideas sobre el futuro del restaurante, incluso Julio se comprometió a enviar un correo electrónico a la familia para que viniese pero Sara insistía en que Emanuel hace veinte años había dejad atrás cualquier rastro de allegados en Argentina o Chile.

Un policía llegó a saludar a la Casa Azul, junto a estos el detective principal del caso, el agente Benín. Le invitaron a seguir, le brindaron un vaso de agua fría y atendieron con preocupación el motivo de su visita.

Fabio Andrés llegó con Marino a la sala de velación, en el barrio San Fernando. Acompañaron durante la jornada a la señora Abril de Caicedo, Alfonso con una postura de rencor miraba de modo distante a Marino, ahora era él quien desconfiaba de las intenciones del señor Rúales, de igual forma miraba a Fabio a quien no le perdonaba su insistencia por Ignacio.

Ignacio.

Raúl Ignacio.

A las once de la mañana el teléfono de Fabio Andrés Barona recibió la llamada de Patricia Hau, la madre de Raúl Ignacio. Marino observaba en silencio el modo en que su compañero atendía la llamada, las expresiones en su rostro convocaban a la tristeza.

El agente Benín explicó a Julio y Sara Carolina que se les acusaba de extorsión, pues los mensajes que se le enviaron al señor Juan Alfonso Mosquera provenían de ese teléfono, el teléfono del restaurante que era siendo utilizado por Sara. En su defensa, ella explicó que eran pistas anónimas solamente, jamás era la intención extorsionar o hacer daño, incluso, intentaba era dar señales de que la mujer de nombre Michelle era sospechosa del caso de don Emanuel.

Sobre ese particular, el agente Benín insistió en que era muy débil la historia para ser tomada en cuenta, si bien los videos de las cámaras de seguridad del restaurante, en caso de que existiesen, podían servir para argumentar que esa joven estuvo con el señor Contreras, no garantizaban que al salir tuviese responsabilidad en el acto criminal.

“¿Y las cámaras del tránsito?” Insistió Sara con su defensa.

El agente Benín volteó a mirar a uno de los policías que le acompañaba, le hizo la señal de que tomara a Sara y la llevara a la estación. Julio se ofreció a acompañarlos de modo voluntario.

Fabio Andrés colgó la llamada y se descompuso de inmediato, Marino de un salto lo alcanzó a sostener, lo apoyó contra la pared y preguntando qué había ocurrido lo entendió todo cuando encontró sus lágrimas rodar.

Juan Alfonso se acercó también, sin decir nada comprendió que algo más grande que la vida misma les estaba ocurriendo: ¿Tres amigos fallecidos en la misma semana? Susurró con tristeza.

Durante el trayecto a la estación de policía, Sara Carolina iba acompañada de un policía en el asiento, adelante, el agente Benín iba de copiloto, un policía de conductor y detrás de ellos, Julio les seguía en su bicicleta. En el semáforo de la avenida primera norte con calle 21 un Mazda 3 de color rojo cruzaba con una joven mujer al volante, Sara que le alcanzó a ver abrió los ojos con total sorpresa, intentó informar a los policías de la novedad, pero ninguno le prestó atención.

Al llegar al comando central, el agente Benín inició el interrogatorio reiterando las preguntas de la anterior vez, más las actuales por la situación de extorsión que se le acusaba. Julio estaba afuera esperando durante mucho tiempo, sentado viendo el televisor de la sala de espera se quedó distraído con un programa de variedades.

Un mensaje llegó al chat de Julio Washington, era Fabio Andrés.

Siendo la una de la tarde con veintidós minutos, del un jueves cualquiera de marzo, Julio Washington Pupiales Varela era notificado del fallecimiento de Raúl Ignacio Méndez Hau. Con una expresión de asombro, quiso correr a informar a Sara y al agente Benín, pero al querer hacerlo descubrió que en la sala de interrogatorio no había nadie.

Sara Carolina ya no estaba allí.

AV.

14 de mayo de 2026

La despedida (Jueves)

 


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La despedida de un ser querido siempre trae además de la tristeza de rigor, el vacío inminente de una vida descocida, un conjunto de emociones que entre el anhelo y la nostalgia conjugan las más efímeras ganas de dejar todo atrás.

La policía llegó a la residencia sobre las cinco y treinta de la tarde, casi una hora posterior al amargo descubrimiento. En la sala estaba Abril de Caicedo tomando un café, los ojos de cargar la tristeza eran suficiente evidencia para comprender el dolor que agobiaba a todos. A su lado estaba acostada Rebeca, se recogía sobre sí misma en señal de una tristeza felina. 

Marino conversaba con uno de los oficiales de policía, explicaba que llevaban dos días intentando contactarle ante el sospechoso silencio, pero solo hasta esa tarde lograron ingresar. Fabio Andrés estaba con Alfonso, intentaba darle el consuelo que no entendía, quería brindar calma pero era preciso el corazón de Alfonso un órgano inconsolable.

En medio de las declaraciones a la policía Marino recordó los extraños mensajes, mencionó al agente de aquella actividad por demás sospechosa y delictiva, la urgencia de que fuera investigada la fuente.

A las seis de la tarde una ambulancia retiró el cuerpo en dirección a medicina legal, además de analizar la causa de muerte era perentorio oficiar todos los trámites para el posterior sepelio.

Sin saber qué decir, Marino sugirió a todos salir a cenar juntos, acompañarse en la tristeza del descubrimiento, quizás ir a alguna parte a compartir la melancolía del caso. En ese instante Alfonso cruzó su mirada con Marino, una profunda decepción los abordó a todos de nuevo, recordaban pues, la ausencia de Emanuel y la Casa Azul.

Sara Carolina y Julio Washington estaban confundidos, miraban para todas partes. Al momento de entrar Ignacio al restaurante, Julio logró atraparlo antes de que cayera al suelo en su totalidad, sin embargo, momentos después de acomodarlo en una silla, empezó a desvanecerse hasta desaparecer.

Ambos estaban sorprendidos, nadie podría dar explicación alguna de lo ocurrido. Con el teléfono móvil buscó el contacto de Ignacio y le hizo una llamada, la cual nunca salió, quizás porque el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Julio caminaba de lado a lado sin entender nada, estaba asustado, quería incluso correr a una iglesia y pedir la bendición del párroco, necesitaba con premura entender lo que ocurría. Sara, con la calma de quien no tiene nada que perder, se levantó y comenzó a guardar todos los implementos de la barra del bar, cerró la caja registradora y le pidió a Julio que se retiraran, era mejor descansar, de seguro que sí.

Julio comprendió la intención y obedeció a Sara Carolina, en ningún momento hablaron de lo ocurrido, como si se tratase de un pacto silencioso de ignorar todo.

Al llegar a su apartamento, se quitó las botas y se sentó sobre su cama, revisaba en la aplicación de chat uno a uno los contactos de Emanuel, necesitaba encontrar alguna forma de llegar a Michelle.

Alrededor de las ocho de la noche se quedó dormida, el cansancio y el calor de un extraño día miércoles le había ganado la batalla.

Comenzó a soñar, de extraños universos y fragmentos de recuerdos se fueron conjugando estrellas de colores y muchas formas abstractas, una profundidad tan oscura que el brillo de lo inexistente se vislumbraba bello y etéreo.

Sara Carolina sentía que volaba, o flotaba.

Marino llevó a la madre de Jose Isidro a cenar, desde el apartamento en el barrio El Peñón, tomaron rumbo al barrio Centenario, para buscar algún restaurante grato para la cena. Fabio acompañó a Alfonso en el carro de este hasta su apartamento, para que descansara y mejor al día siguiente con más ánimos, asumiera el cruel relato del día vivido. Ambos, tanto Marino como Fabio, conducían los correspondientes vehículos y en las mismas condiciones, pasaron por la Casa Azul, no porque la vía fuera parte de ese sector de la ciudad sino, por la costumbre de querer observar ahora a quién ya no está.

Sara Carolina viajaba en un profundo sueño que se sentía dulce, eterno, tranquilo.

Alfonso llegó a su apartamento y se recostó en posición fetal en su cama, Fabio Andrés se despidió y tomó un taxi rumbo al restaurante donde estarían Marino y Abril cenando; en el trayecto escribía mensajes a Ignacio pero no salían, como si la señal estuviera bloqueada o la cuenta del chat cancelada, esto preocupaba cada vez más a Fabio Andrés.

“¿Qué le habrá pasado al pendejo de Ignacio?” Se preguntó.

En medio de la oscuridad Sara Carolina logró vislumbrar en alguna parte en medio de la nada, a Ignacio, caminaba desorientado con su vistosa camisa de flores, intentó acercarse para ver qué ocurría, pero no le era posible coordinar sus movimientos, como si fuese más bien una marioneta.

Ignacio caminaba cansado, llevaba alrededor de un día deambulando en el otro lado, donde el tiempo y el espacio son un concepto. Además de cansado, estaba desorientado, recordaba haber visto a su amigo Jose Isidro, recordaba incluso haberse despedido de Emanuel en algún momento, en alguna vida.

Simplemente caminaba, como un ente sin ritmo ni sentido.

Sara Carolina volaba, flotaba, divagaba, como un ente sin ritmo, sin sentido.

A la mañana siguiente Fabio Andrés se organizó desde temprano para salir rumbo a la oficina, si bien acostumbraba llegar a tiempo para las reuniones programadas, en aquel jueves decidió salir con más tiempo de antelación para sentarse a pensar un rato. Su socio, Marino, siempre llegaba muy temprano así que no sería una sorpresa verle allí también.

Abril Barona de Caicedo madrugó para iniciar los trámites de velación y posterior sepelio. Rebeca, la gata, estaba su lado.

Julio Washington no pudo dormir como lo deseaba, sentía que la vida estaba dando giros demasiado impertinentes, lo ocurrido con Ignacio era algo que jamás en su existencia había presenciado, no le era posible entender o dar crédito a lo que había sucedido. El pacto de silencio con Sara lo dejó más perplejo, el no poder hablar de lo que sentía o pensaba le llenaba la mente de pensamientos obtusos, como un recipiente que se cargaba de aguas negras. Miró el reloj y dio cuenta de que eran las seis de la mañana con algunos minutos.

Pasó la noche de largo, casi.

Alrededor de las tres de la mañana despertó, intentó dormir pero su solución fue jugar en la consola hasta las cuatro y media de la madrugada, tiempo en que el sueño le permitió volver a dormir, hasta las seis de la mañana.

Revisó el chat del teléfono móvil y allí vio que la última conexión de Sara Carolina fue a las siete y cuarenta y dos de la noche anterior.

Juan Alfonso Mosquera despertó temprano, aquella mañana de jueves sentía más ligero su cuerpo pero seguía agobiado por el fallecimiento, por demás inexplicable, de su amigo Jose Isidro Segundo. Se organizó lo mejor que pudo y salió a recoger a doña Abril, como parte de sus compromisos de buen amigo en apoyar a la madre en tan difíciles y perplejos momentos, durante el trayecto recibió un mensaje de Fabio Andrés:

- ¿Sabes algo de Ignacio? -

Llegó hasta el apartamento donde reside Abril, mientras la esperaba respondió al chat, en esta ocasión con una fuerte sensatez y esquivo mensaje:

- No tengo ni idea dónde andará metido, no quiero más noticias trágicas, por favor. -

El día apenas comenzaba para todos, incluso Marino que pasó la noche leyendo algunos casos de su oficina como mecanismos de defensa ante el dolor de lo ocurrido, decidió madrugar para estar puntual a las seis de la mañana tomando un café en su despacho. Allí vio llegar a Fabio y con un abrazo, silencioso y cortes, le dio los buenos días.

Fabio Andrés se fue para su oficina, se quedó leyendo el listado de mensajes de su teléfono móvil, y ante la respuesta de Juan Alfonso, decidió terminar el malestar con un mensaje más conciliador:

- A todos nos duele lo de Emanuel y Jose Isidro, Alfonso, pero entendeme hombre que Ignacio lleva dos días desaparecido. Algo le debe de pasar. Nos vemos ahora en la funeraria. -

A las seis con treinta y ocho minutos de la mañana, Juan Alfonso llegaba a Medicina Legal para la firma de documentos y demás trámites que él como abogado, apoyaría a doña Abril Barona de Caicedo. De allí continuaron el trayecto a la funeraria para iniciar todo en la jornada de despedida.

Julio tomó el teléfono después de dormir otro instante, eran las siete de la mañana de un jueves cualquiera de marzo. Observó en el chat y allí le apareció Sara Carolina entre los contactos:

“En Línea”.

 AV.

13 de mayo de 2026

Abril Barona de Caicedo (Una visita inesperada)

 




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Julio Washington Pupiales Varela llegó en compañía de Sara Carolina Certuche Londoño, entraron juntos a la estación de policía de la avenida primera, allí un oficial les hizo pasar hasta una oficina en la que un detective les esperaba para rendir indagatoria.

Allí duraron un buen tiempo, aproximadamente dos horas. El agente de policía, un caballero de apellido Benín, primero interrogó a Sara Carolina, le invitó a exponer su rutina en el restaurante, desde su llegada temprano a las tres de la tarde hasta su cierre, a medianoche. En aquella intervención Sara compartió sus sospechas sobre la joven Michelle, expresó que ella iba con frecuencia al restaurante para seducir al dueño, a Don Emanuel, que en las veces que compartían ella era antipática con los meseros y demás comensales pero que preciso, la noche anterior, estaba demasiado amable y risueña.

Informó que los vio retirarse temprano, y nunca más supo de él.

El agente tomaba nota de los detalles, guardó una copia de la fotografía que Sara le había mostrado en el teléfono móvil, además de pedir más información relacionada. Al momento de entrar Julio a la entrevista, Sara se sentó en una sala de espera frente a un televisor. Allí seguía viendo la pantalla del teléfono, buscando ideas, queriendo resolver el misterio de cómo poder ubicar a Michelle sin que esta se diera cuenta.

A esa hora, Alfonso almorzaba en el Hotel Obelisco, un plato de comida corriente le daba la paz que la ausencia de Jose Isidro le robaba. Siendo las tres de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, Fabio y Marino llegaban al restaurante del hotel, allí encontraron a Juan Alfonso Mosquera que con la mirada fija en su teléfono móvil, intentaba entender qué pasaba.

Marino le puso la mano sobre el hombro de manera pausada, lo saludó con desdén y le preguntó por Jose Isidro. Detrás suyo llegó Fabio Andrés, se quejaba de no haber podido recoger a Ignacio. Se sentaron a espaldas de la avenida del río, pidieron cada uno una cerveza y acompañaron a que Alfonso terminara de almorzar.

Marino con la mirada insistente quería comprender el silencio de Jose Isidro, intentar saber si quizás, estaba relacionado con la muerte de Don Emanuel, o si Alfonso ocultaba realmente algo grande y peligroso, pues no daba cabida a que recibiera esos mensajes tan extraños desde una cuenta desconocida.

Juan Alfonso explicó con la timidez de la situación que insistió bastante a la persona de seguridad del edificio donde vive Jose Isidro, sin recibir respuesta favorable. Fabio que tenía aún vigente el malestar con la búsqueda de Ignacio, lo llamaba pero siempre se desviaba la solicitud. 

- ¡Ahora tenemos tres desaparecidos pues! - Se quejó con su habitual acento paisa.

Siendo las cuatro de la tarde, Doña Abril Barona de Caicedo llamó al teléfono de Juan Alfonso. Con una voz muy baja y dulce le saludó, Alfonso abrió los ojos con total desesperación, no era normal recibir llamadas de la madre de Jose Isidro y peor en la coyuntura actual.

Marino estaba atento a la conversación por lo que recomendó que se atendiera la llamada con el altavoz del teléfono.

Abril nació en mayo, en el año de 1943, tiempos de muchos cambios y revoluciones en el campo y las ciudades de Colombia. Conoció a su esposo, Isidro, en una reunión de trabajo de la familia Barona. Desde temprana edad y con un plebiscito en furor, se casó con Jose Isidro y comenzó a vivir el sueño empresarial colombiano.

En varias oportunidades coincidió con Alfonso en la sala de estar del apartamento de su hijo, Jose Isidro Segundo. Años de amistad entre ambos fueron forjando la confianza necesaria para hacer ese tipo de llamadas o favores, así que en ese momento era ella la que necesitaba una mano de apoyo.

Juan Alfonso le atendió con la bondad que siempre ha tenido en su corazón, le compartió la misma preocupación por el paradero de Jose Isidro Segundo, además de comentarle de lo grave de todo ante la muerte reciente de Don Emanuel. Ella, con el miedo de saber lo que pasaba no quería decir nada a Juan Alfonso, pero la situación por igual le empujaba a tener que enfrentar ese presentimiento mezquino que le impedía vivir bien. Marino intervino en la conversación, si bien no era muy unido a ellos, tampoco era un completo desconocido.

Explicó que se habían citado el día de ayer en la Casa Azul pero por motivos varios Jose Isidro no llegó y tampoco respondió los mensajes, así que ante la preocupación estaban reunidos cerca, para ir a buscarlo al apartamento pero preciso allá el guarda de seguridad no daba razón alguna.

Abril agradeció a ambos la preocupación, les mencionó que ella tenía copia de llaves de ingreso, así que si lo consideraban a bien, ella podía ir y en su compañía, ingresar al apartamento.

Acordaron encontrarse allá a las cuatro y treinta de la tarde.

Julio Washington salió de la entrevista algo molesto, sentía que el detective le trataba como si fuese culpable, pero no podía evitarse tal trato al no dar una declaración que sirviera de base confiable, pues estar en casa jugando play station no era del todo válido. 

Logró convencerle mostrando la aplicación de su teléfono en donde se evidenciaba el avance de los juegos instalados, de igual modo le informó que la última conversación con Emanuel fue por chat, alrededor del medio día y fue para coordinar el pago de unos proveedores, más allá de eso no tenía relación alguna con el restaurante. Para eso, preciso, es que se había contratado a Sara Carolina. 

Una de las preguntas que el agente de policía hizo fue la identificación de las amistades de Emanuel Contreras, de su lado Sara insistió con las sospechas sobre la joven Michelle, en cambio Julio hizo hincapié en “los caballeros de la casa azul”, aquel grupo de abogados que iban los martes a hacer tertulia al restaurante.

El agente Benín tomó los datos de cada uno de los mencionados señores, allí coincidía el nombre de Alfonso, Marino y Fabio, quienes se presentaron en horas de la mañana en la estación, de otra parte Jose Isidro Segundo Caicedo levantaba sospechas, pues no respondía las llamadas.

Agradeció a ambos la colaboración y se excusó por el extenso tiempo de entrevista, hacía la salvedad de que era una causa muy sensible y por ello requería total profundidad.

Sara Carolina regresó con Julio al restaurante, en el camino conversaron sobre el futuro inmediato, la decisión era mantener cerrado mientras se decidía seriamente qué pasaría. Al llegar notaron que un automóvil de la marca Mazda, color rojo, estaba estacionado afuera, sobre el andén adyacente. Al acercarse no vieron a nadie en su interior, pero era extraño porque en toda la calle no se veía a nadie transitar.

Ingresaron al restaurante y empezaron a acomodar la cristalería en cajas, limpiaban mesas y las arrumaban al fondo, contra una pared. A las cuatro con treinta y tres minutos de la tarde, el ambiente en el restaurante parecía más al de una bodega que al de un centro de tertulia y encuentro.

Marino estacionó el carro sobre un espacio más delante de la entrada del edificio, detrás suyo se estacionó por igual Alfonso. Allí les esperaba Abril en las escaleras que daban paso a la entrada del edificio.

Los tres caballeros se acercaron y la saludaron tímidamente, como si todos estuviesen de acuerdo que la situación era el preludio de la calma que antecede al huracán.

Doña Abril saludó al guarda del edificio, se reportó como la madre de Jose Isidro Segundo Caicedo Barona, pidió permiso para entrar en compañía de los tres caballeros.

Los cuatro ingresaron al ascensor, el silencio era tan incómodo como las miradas que se cruzaban entre todos en el reducido espacio, para ese mismo momento, Sara Carolina cruzaba su mirada con Ignacio en la entrada del restaurante.

A las cuatro con cuarenta y dos minutos de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, la señora Abril Barona de Caicedo, junto a tres caballeros de la casa azul abría la puerta del apartamento 601 del edificio Santa Isabel. Rebeca, la gata, les recibía con un maullido de hambre y tristeza.

Ingresaron y con el afán de quien pierde la suerte en el casino, recorrieron el apartamento buscando a Jose Isidro, quien acostado sobre la cama yacía inerte quizás, esperando despedirse de su madre.

Abril no gritó, ni hizo ninguna especie de escándalo, algo dentro de sí sabía desde el día anterior que su hijo había tomado rumbo a otro plano existencial.

Alfonso gritó, dejó salir un gemido de tristeza, Fabio lo abrazó con fuerza para evitar que se cayera o peor aún, hiciera algún movimiento extraño.

Marino estaba en total silencio y con la misma prudencia, se acercó a tomar a la señora Abril de la mano, le sugirió retirarse, no era correcto estar allí viendo a su hijo fallecido.

Los cuatro se sentaron en la sala del apartamento y llamaron a la policía, reportaron la novedad y acto seguido, informaron a la portería del edificio.

Marino pidió al guarda de seguridad que se revisara las cámaras de vigilancia, para saber si alguien o algo ocurriese en el apartamento.

Sara Carolina gritó del susto al ver a Ignacio tambaleándose en la entrada del restaurante.

Julio saltó de la barra del bar y corriendo logró abrazar a Ignacio antes de verle caer. Se le notaba totalmente distraído, como si estuviese drogado o en alguna especie de trance.

Lejos, en alguna parte del norte de la ciudad Michelle avanzaba en su Mazda color rojo, tenía ganas de tomar una copa de vino, Malbec quizás, pero recordó la recomendación de una ejecutiva del hotel donde trabaja, acerca de un restaurante muy agradable al sur de la ciudad.

Se dirigió con la tranquilidad de saber que todo iba bien, el tráfico de la media tarde empezaba a congestionarse y allí, en medio del bullicio de unos carros que quieren avanzar, sintió el deseo de una copa de vino.

En el espejo retrovisor podía observar la silueta de Emanuel.

- Carmenere es la mejor opción, Si. – Alzó la voz con su acento paisa.

AV.