7 de julio de 2017

Esta Pena en mi Corazón (Yo Tampoco)





Imagen tomada de: https://lorrainerimmelin.wordpress.com/2016/01/12/a-study-of-cats-eyes-in-watercolor/
   


-  ¡No Cuelgues! - gritó.

- ¿Qué te pasa? ¡No me grites!, ¡Miserable! – refutó ella con toda la ausencia de decoro posible. Él sin dejarse amedrentar levantó nuevamente la voz, pero ya no para exigir sino, para brindar.

- Lo siento, de verdad, lo siento. Pero no me cuelgues por favor, no quiero enloquecer aquí pensando en lo poco o nada que me puedas escuchar –

- ajá –

- En serio, no quiero morir en el mundo hoy. De verdad no quiero verte tan triste, ni saber qué tanto has hecho en estos días que hemos estado distanciado – No quería utilizar la palabra “Separados” porque sabría que era como clavarse una daga a sí mismo, - no quiero esta pena en mi corazón -

- Sabes bien Mario que no pienso volver contigo – Recalcó ella con bastante precisión en su acento.
Observando la ventana, vio pasar la desolación de su vida, la calle desierta y todos las casas de enfrente con puertas y ventanas cerradas, como si la ciudad misma estuviese cerrada del todo.

- ¿Será que nuestra gente está muerta? –

- ¿Perdón? – Replicó ella nuevamente, ahora con más ahínco en sus palabras.

- Lo siento, fue un beat de desolación que surgió de la nada. Lo siento de verdad, me fui. Por favor María, no dejes que muera este amor, no quiero que seamos como esas parejas que andan por la vida llenos de grasa sin saber qué pasa a su alrededor. Por favor, quiero más bien, seamos de esos sonrientes que superan juntos todos los problemas que la vida les encima – no fue el mejor discurso dado, pero era la carta que tenía a la mano. Seguía observando la calle desde su ventana mientras esperaba que ella diera respuesta alguna a su demanda.

- Mira Mario, yo no quiero meterme en problemas, ni asuntos que queman el corazón, no quiero que me tomes por rebelde o contestataria, ni vivir como tu consideres así deba  de vivir. Creo de verdad, es momento de que dejemos hasta acá, es suficientemente clara mi distancia, ¿no te parece? – Señaló.

- María por favor – sonaba de fondo un Tango, o un Rock, no era audible pero algo surgía de la radio en la habitación. Caminó dos pasos hasta la cama y le apagó mientras se sentaba a observar al mundo por la ventana, le tenía hipnotizado la calle desierta, pareciese pues, como si el mundo mismo estuviese ausente por irse de fiesta.

- Se que estamos en ciudades diferentes, pero no imposibles. Puedo ir hasta allá y vernos para arreglar las cosas de manera presencial. A distancia siento que es infame, me siento como esos tontos a los que vivir tanto les cuesta. Quiero bailar, vivir, soñar, pero contigo amor –

- No Mario, no quiero que vengas. Puede sonar paranoico, pero no quiero seguir sintiendo esta depresión, por el contrario, me quiero sentir viva. No me importa si piensas que soy una bandida, o que te tiré como un pedazo de basura en un callejón, no me importa. ¡Me cansé Mario, me cansé! –
- Te entiendo –

- No, no me entiendes. Me cansé de amarte y que sea siempre una locura no encontrarte donde te necesito –

- María por favor, No quiero verte tan triste, no quiero saber qué tanto ha pasado en tus días y noches últimamente, de hecho, no quiero esta pena en nuestros corazones. Por favor, déjame hablar contigo, mañana mismo estoy en casa de tu hermana si así lo prefieres – Su insistencia era rebelde, era una persistencia inhumana inclusive, como si fueran plegarias al dios mismo.

- Yo tampoco quiero esta pena en mi corazón – respondió María, con un poco de serenidad en la voz - no te prometo que solucionemos nada, pero podemos intentar hablar –

- Claro que sí. Mañana mismo estaré allá, trataré de llegar antes de medio día –

- Prométeme que no te vestirás de rojo, Mario –

- Prometido, María –

Al finalizar la llamada Mario colgó el teléfono y mirando por la ventana sabía que era una pequeña oportunidad la que la vida le daba, una entre pocas, como si fuera cosa de brujas.


***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: Yo No Quiero Volverme tan Loco (1982) [Yendo de la Cama al Living]
Compositor: Carlos Alberto García Moreno (Charly).


AV

6 de julio de 2017

Sin Título (Mario)


Amsterdam cat with telephone


Como un cuero caliente reventaba su mejilla en el teléfono, las manos exasperaban al ambiente con su olor a pintura, al desastre de partituras, ropa sucia y latas de cerveza, se sumaba ahora pinceles, periódicos y envases de témpera regados por doquier. Parecía un Circo, pero era su morada.

Ansioso por la llamada esperaba el repique del teléfono al otro lado del auricular, no sabría por dónde comenzar la conversación o de qué manera suplicar para que le comunicaran con su amor fallido, algo debía de inventar, algo sencillo, simple, que le llevase a un diálogo mágico, como antaño.

- ¿Si, bueno? – Contestaron la llamada. Mario lleno de expectativa y ansiedad tomó un respiro de esos que llenan de oxigeno hasta la planta de los pies y dejó socavar un tímido saludo de amistad.

- ¿Camila?, ¡Hola!, te saluda Mario, espero no interrumpir nada importante –

- Hola Mario, ya sabía que eras tú, de alguna manera ya tenía en mente que ibas a llamar. Supongo no llamas precisamente a saludarme o darme noticias de arte o música popular.

- Claro que no Camila, en ello tienes razón, sé que es algo complejo, pero quería saber si tu hermana se encontraba contigo, me encantaría hablar con ella.

Camila giró su cabeza hacia su hermana, estaba sentada en la cama doblando la ropa que hacía falta, la taza de café estaba en la mesa del televisor y el vacío de la discusión previa estaba cortado en un halo de ingenuidad absoluta, la llamada además de interrumpir una conversación de hermanas, había lanzado una alerta de desastre que nadie esperaba.

Le hizo una mueca con la nariz y aceptó pasar al teléfono, esperaba que fuera una conversación breve pero su corazón le advertía del desastre que podría avecinar en breves.

- ¿Si? – Preguntó despectivamente. Sabía que Mario detestaba ese trato tan parco.

- Hola. Sé que no es el momento más oportuno, pero llevo días sin saber de ti, supuse que estarías en casa de tu hermana, así que me atreví a llamar. Necesito hablar contigo –

- Lo siento poeta, no quiero hablar contigo nunca más, siento que ya fue suficiente para nosotros –

- No, por favor, déjame hablar. Es importante lo que tengo para decir – Replicó Mario, con más llanto que calma.

- Sé breve, por favor – Sugirió Ella a sabiendas además, de que era una bomba de presión lo que estaba por estallar en esa llamada.

- Me haces mucha falta, solo quiero abrazarte, que me abraces, sin palabras, sin excusas o reclamos. Solo quiero sentir un abrazo tuyo de nuevo –

- Lo siento, esos tiempos ya pasaron –

- ¡No!, en serio. Necesito que dejemos de lado esta apariencia de barro que tenemos, que no vivamos de recuerdos que nos contaminan. Que podamos hablar por encima de los prejuicios y los miedos –

- ¿De esos abrazos que llegan hasta los huesos y nos hagan despertar? – Preguntó ella con más ironía que interés por el tema en sí.

- ¡Claro! – respondió Mario con ansiedad, su voz quebrada parecía cobrar ahora vigor. – Si es necesario, que me despiertes lejos de esta torpe selva a fin de siglo, que me ayudes a ser mejor persona para ti, para los dos –

- ¿Qué quieres? –

- Por favor, No preguntes qué es lo que pasa, no traigo heridas, solo el deseo de sentirte en casa de nuevo, saber lo cierta que es la vida cuando estoy contigo –

- No Mario, ya las cosas no son así – Insistió, más con el deseo de colgar la llamada que en profundizar en los argumentos.

- Se que tu silencio es de inconformidad, pero necesito de ese silencio que me da calma, de regresar a esas noches en que todo transcurría despacio, como la nieve, que pudiésemos juntar nuestros cuerpos en una canción, en un poema, en esas sonrisas que nos despertaban a fines del tiempo mismo – declaró casi que entregando su dignidad en esa llamada.

- No Mario, no insistas. No sé realmente qué es lo que quieres o necesitas, pero más allá de los miedos o prejuicios que dices dejar de lado, sí necesito que me dejes en paz, que no me preguntes nada, ni que me busques, no quiero tus abrazos ni tu calma. ¡Me desesperas de hecho!. Por favor no vuelvas a llamar, en serio –

- Pero… - replicó Mario.

- Lo siento, tengo que colgar – Dijo ella.

***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: Hoy Necesito (1999) [Cousas de meigas]
Compositores: José Teodomiro Cardalda (Teo), Juan María Montes Gonzalo, María Isabel Monsonis Díaz.

AV


5 de julio de 2017

Cada Mañana (Y sus colores)



Imagen tomada de:

Cat in Window Painting



Después de una larga noche de llanto y poesía ilegible, nada mejor para el alma y el cuerpo que un buen día de sol.

Cada mañana que se vive, cada calle que se recorre, cada esquina donde nos escondemos, los amores del ayer, el sagrado esfuerzo de cada madre por sus pequeños, los zapatos del día de grado, los domingos ensayando con la banda musical del colegio, cada momento del ayer, todo lo que nos pueda dar la memoria para aliviar al corazón es bienvenido. 

Absolutamente todo.

Mientras Cristo sigue ahí en la cruz observándonos, y mientras la catedral siga siendo eso, una catedral de fe y desespero, el mundo no dejará de gritar gol, ni de sacudirse a sí mismo ante cualquier injusticia. Mientras sigamos a la memoria en el llanto de los amores fallidos, todo girará sin sentido, incluyendo a los amores que se van.

Un buen día de sol siempre es pues bienvenido, en especial para Mario, joven poeta de suicidas intenciones. La reciente ruptura con ella le ha dejado más que convaleciente, le ha roto el amor por sí mismo, le ha llevado al oscuro pozo       de la resignación. En este buen día soleado, Mario se ha levantado y quizás por la gracia del Cristo que está en la cruz, o de otra deidad, no lo sabemos, ha comenzado a explorar el antiquísimo arte de la pintura.

Tomo una vieja sábana blanca (de esas que nunca conocieron una lavadora) y la colgó sobre la pared, martilló sus puntas y con clavos la aseguro para fingir un lienzo. Comenzó por dibujar un ilegible espectro de múltiples colores, regaba pintura por doquier esperando dar forma a algo que no sabía que era. Daba sentido a su propia existencia en la irreversible manía de dibujar seres abstractos.

Comenzó a proyectar su vida en la obra sin forma ni nombre, dejando que el aroma a pintura le llevara en el recuerdo a los ojos de ella, le dejase sentir aquello por lo que alguna vez fue compositor, por esa mirada que alguna vez le dio vida.

Por cada pincelada, dejaba fluir su ego por toda la habitación, como un emperador que deja caer sobre su pueblo la vanidad de sus decisiones, dejaba fluir las lágrimas que aún le quedaban como un adorno extra para ese cuadro de vísceras emociones, de llenarse de argumentos para vivir y no morir en estúpidas razones.

Comenzó a dar forma a su espectro de obra y allí mismo a la memoria.

Comenzó a recordar el ayer y el antes de ayer, de cuando él prefirió irse en los brazos de otra fémina, de cuando regresó para ocultar su error y pretender que nada de lo que pasaba era real.

Comenzó a recordar de los días en que la sutileza de la vida les daba la energía suficiente para amarse el uno al otro, para perdonarse aún cuando la mentira era un secreto protegido por el mismísimo sello de Caín.

Comenzó a recordar con cada pincelada en sus canciones, en sus acordes de guitarra y sus sueños frustrados, en su deseo de ser un cantante reconocido, un poeta, bohemio, seductor y adultero de la nueva ola, por el contrario, se encontró consigo mismo en una habitación desordenada, cargada del hedor de la tristeza, de un destino errante que solo dejaba marcas en la piel, de un deseo de querer volver a verla, de un inexplicable sueño de fuga que le diera el pasaje de tren que necesitaba para poderla visitar.

Sabía que ella lo quería olvidar, que no le dejaría aparecerse de casualidad por su camino, pero también sabía que podría llamarla al único lugar donde no le rechazarían la llamada: la casa de la hermana, porque claro, era ese el único lugar al que él imaginaba que ella podría ir, aunque fuese en otra ciudad.

Terminó (o eso pensaba) su que hacer y con las manos aun con pintura fresca tomó su teléfono buscando en su libreta de contactos el número de la que alguna vez fue su cuñada. Observó la pintura, una y mil veces, trató de darle un nombre o un significado, no le surgía nada, ni talento ni emociones.

En silencio y con teléfono en mano, buscó valor donde no había vida, comenzó a girar en sí mismo, a girar y a girar, como el sol alrededor de la tierra, como la vida alrededor de la historia, tomó valor y marcó la llamada que tanto desearía le contestaran.

Mientras esperaba a que le contestaran, giraba en su habitación, daba vueltas y pensaba en el tiempo, en el capricho mismo de la vida y sus razones. Solo giraba.

Como si las mariposas fueran vestidas de mil colores por la vida.

***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: Mariposa tecknicolor (1994) [Circo Beat]
Compositores: Eduardo Dutra Villa Lobos, Herbert Lemos De Souza Vianna, Rodolfo Paez.


AV

4 de julio de 2017

Cuando Todo Termina (Hoy)




No habían transcurrido ya los días y sus semanas cuando la nostalgia atacaba de nuevo, sentía un poco de revés en la conciencia con la decisión tomada, pero sabía en el fondo de su corazón que era lo mejor para los dos.

Estaba radiante, bella, con una sensualidad que ni proponiéndoselo la obtendría en una sala de belleza. Se sentía plena (y culpable), perfecta, viva entre el cielo y el suelo.

Se había mudado a casa de su hermana. La habitación de televisión pasó a ser una vez más, una habitación de huéspedes sin fecha de retiro, era una relación mutilada por el tiempo pero fiel a la tradición familiar.

Se sentaron las hermanas en la antigua sala de televisión a tomar algo de café mientras se organizaba la ropa pendiente. Se hablaba con claridad, se entendía a ciencia cierta que todo concluye y a la final nadie ni nada puede escapar del escabroso ardor de los amores fallidos.

Todo tiene un final y se hace necesario el poder comprender que ni la vida misma (aunque sea eterna) ni el llanto puede opacar la risa, o viceversa, da igual, así es el amor, al principio se cree que no tiene medida, luego se deja de querer.

          - O se consigue otra mujer  - le increpó su hermana.

Le miró con cara de reproche pero sabía que tenía razón así que no le refutó el comentario. Siguió doblando ropa y dejó caer sobre la cama sus más sinceras palabras desde aquella tarde de domingo en que se marchó: - Todo me demuestra que al final de cada día, y al siguiente (inclusive), de nada me sirve creer en el mañana, pues termino fracasando” – se limpió una lágrima que intentó salir por el ojo derecho - además – agregó - ¿de que vale ganar, si después perderé? –

Su hermana le observaba taciturna, sabía que sufría por dentro, que olvidar era un proceso de largos pasos y de mucha paciencia, virtud de la que carecía su pequeña huésped. – Pueda que lo que hayas comenzado no sea ahora eterno, pero debes de reconocer que hay mucho por vivir en este nuevo día, en el presente – fue lo único que se le ocurrió responder.

-       ¿El Presente y nada más? –
-       Si, nada más –
-       Bueno, al final de cuentas termino cada día y empiezo cada día creyendo que todo fracasó. ¿Será ese mi modelo de presente? ¿Mi condena? –
-       Por supuesto que no –

Suena el timbre de un teléfono móvil, una llamada interrumpe a las hermanas en su más vaga reflexión.

-       ¡Cuánta verdad hay en vivir solamente el momento en que estás!, ¿eh? – Replicó mientras miraba el remitente en pantalla.


***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: Presente (1970) [Cuero Caliente]
Compositor: Ricardo Soulé.

AV


3 de julio de 2017

Despertar (Si no regresa)



No se sabe a ciencia cierta dónde podría encontrarla, se había ido y lo mejor era comenzar el tortuoso proceso de olvidar. Llevaba ya cerca de tres o cuatro días encerrado en su habitación pretendiendo escribir baladas, poemas o letanías, alguna prosa confusa que le sacara de aquella estación llamada paraíso.

Seguía llorando desconsolado, pero las lágrimas le habían llevado también a un sueño profundo, de esos que ya casi nadie tiene por culpa del trabajo.

Fue un sueño demasiado profundo, se sentía vivo y lleno de energía, con el alma completa. Cantaba y recitaba sus viejas canciones, sentía que susurraba mensajes de gran profundidad emocional, se sentía otra persona, como un marinero que desataba cada nudo de la garganta, cada expresión suprema del desamor.

Giraba y giraba de felicidad  en un plano que no podríamos explicar, y así, de inexplicable, fue que se la encontró sentada en una banca rodeada de flores.

Comenzó a darle besos en las mejillas, su felicidad era infinita, le agradecía por haber llegado, por evitar que se secaran los mares con su ausencia, por haberle rescatado de sus míseros recuerdos.

Sentía que su voluntad crecía y que su corazón le permitía escuchar la serenidad de la Tierra misma, del universo entero. Agradecía poder dar fin a esa espera, casi siempre infructuosa, en compañía de los recuerdos, historias del pasado que se rememoraban con un aroma a flores, como un perfume fresco que se respiraba, una sensación bonita, interminable, inmensa.

La abrazó y susurrándole al oído le juró que cada noche vendría una estrella a hacerle compañía, como un hada mágica que le contaría de sí, de la vida misma.

Sentía susurrarle toda la eternidad, pero a pesar de las sonrisas y el perfume a rosas, ella no reaccionaba, como si fuese insensible a sus actos.

Asustado, intentó abrazarla de nuevo, se sintió incompleto, podía observarla, bella en todo su esplendor, pero no podía tenerla, sentirla.

La perfección desaparecía y surgían de nuevo las palabras, el miedo: - dime amor, amor, amor, estoy aquí. ¿Acaso no me ves? -  Ella lo ignoraba, era como una pintura, como una escultura que sonreía sentada en su banco. Él intentaba hacerle entender que estaban juntos allí, de nuevo.

Sentía la vida irse y con ella toda esperanza, sentía la nada aparecer por doquier, sentía tristeza y eternidad.

Comenzó a caer una ligera lluvia, todo comenzaba a desaparecer, él en la oscuridad comprendía entonces que estaba en un lugar infinito, así de grande, sereno. Ella no estaba ahora en ninguna parte, solo los recuerdos de un posible pasado feliz.

Su cuerpo empezó a sentirse pesado y sin caer en la cuenta de lo sucedido, su deseo de dar libertad a quien se quiere surgió como una estrella fugaz en el cielo.

Despertó, se vio a sí mismo tirado en el suelo en medio de sus partituras y su guitarra. Supo que había soñado lo que deseaba, no lo que significaba el dolor que sentía (todavía).

Sabía que ya no habría vida a su lado.

***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: Si Tu No Vuelves (1992) [Bajo el signo de Caín]
Compositores: Miguel Bosé, Lanfranco Ferrario y Massimo Grilli


AV

2 de julio de 2017

Tanto Recordar (Ella)





A raíz de la ruptura, había dejado de lado gran parte del repertorio con el que se había dado a conocer como bohemio. Su Pop acostumbrado se fue inclinando más por la balada, tanto por su composición como por su letra y arreglos, eran demasiadas las lágrimas que corrían por sus cauces desde aquella noche en que la vio partir desde su ventana así que por más canciones que escribiera, todo sería una triste nota de piano, o de una sola voz triste y olvidada.

Era como si entre el cielo y el suelo todo perdiese sentido de tanto recordar, ella por supuesto, intentaba seguir su vida, pero mientras recorría las calles de la ciudad, sentada a la ventana del taxi, pensaba a sus adentros, con una falsa sonrisa, que daba las buenas tardes al sol.

Una cara vista propia de un anuncio de alguna revista de guerra, una amargura total, producto de una idea absurda e incoherente, de una tristeza recurrente que la distancia no le permitía esquivar.

Ella lo recordaba sentado con guitarra en mano, también lo recordaba sonriente en sus aventuras del pasado, reconocía en el fondo lo difícil que se le estaba convirtiendo ese eterno proceso de olvidar, le costaba en el alma.

Pueda que quince mil encantos sea para algunos mucha sensatez, pero para la memoria es muy poco, y eso le afectaba la consciencia, se le hacía imposible continuar con esa vida que tanto se había jurado a sí misma,  que tanto especulaba podría tener sin él. Todo funcionaba sin querer, era difícil de reconocer, de soportar.

Si bien fue ella quien prefirió dar fin a una historia que jamás tendría secuela alguna, el fondo de su corazón le punzaba día a día dicha decisión, le juzgaba, le cuestionaba el acto mismo de haber confesado que no le quería, de haber sido infame, de haber calado en una sola faz.

Como un solo de Piano que se va enmudeciendo lentamente, juzgándole, recordándose, aferrándose al ayer.

***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: Me Cuesta Tanto Olvidarte (1986) [Entre el cielo y el suelo]
Compositor: José María Cano.


AV

1 de julio de 2017

Despedidas que Duelen (Su Historia)





De alguna manera consideraba que ninguna de las noches dedicadas habían sido en vano, inclusive, las celaba en importancia en esa bóveda llamada memoria.

Las dejaba en el vacío del tiempo, las consideraba importantes siquiera, no inútiles como se llegaría a pensar.

Su partida se dio sin aviso alguno, inclusivo, se sabía entre líneas que no se lo iba a discutir, ni refutárselo, ni pretender detener la marcha y eso claro, ella lo sabía.

En medio de la turbiedad de una despedida cínica y letal, le guardaba en silencio observándola a lo lejos, como si la habitación fuera tan grande como el universo mismo, con sus galaxias irrumpiendo en cada metro cuadrado como si fuese un infinito espacio de desolación. Silencio que gritaba en el alma, un silencio que le desgarraba la piel de adentro hacia afuero, un silencio que suplicaría que se quedase aunque sea por una noche más, jurando, así, en silencio, no tocarle nada, darle por el contrario calma y seguridad de que nada iba a ocurrir, limitando su dignidad a ser espectador en su propio dolor.

Un dolor que llevaría  a tal despedida como un acierto, acierto disfrazado de bienestar, enmarcado en una sonrisa definitiva, de esas que lo hacen sentir a uno solo, de esas sonrisas que abren las puertas mismas del paraíso.

Despedidas que duelen, porque además, deja en claro que por cada hombre en el camino, hay una mujer como ella esperándole. Mujeres que por cada camino recorrido son capaces de sonreír para dejar a cada hombre en la siguiente estación de espera logrando ocupar con un nuevo su lugar.

Puede ser otro hombre quizás, eso no lo sabemos, pero siempre ronda la interrogante de saber si es mejor persona que quien queda atrás, y es que allí, en el silencio que observa surge el reproche: - “¿por qué esta vez agachas la mirada?, pregunta más con dolor que con tonalidad en el alma.

 - ¿me pides que sigamos siendo amigos?, ¿amigos para qué? ¡maldita sea! – le refuta. Y es que no hay dolor más profundo que el de un poeta enamorado que ve su vida marcharse en las curvas del viento, quedando con ceniza en las manos de una sonrisa que solo sirve para matar. Sonrisas que se les perdonan a los amigos, porque en ellos, la ingratitud es un ingrediente necesario, pero a los amores jamás se les puede tolerar tal infracción. Es un reproche que nace y que hace que todo parezca banal, como si la naturaleza misma, el instinto en sí, lo fueran.

- Hay una cosa que yo no te he dicho aún -  le recriminó, ya casi cuando ella pasaba el marco de la puerta de salida; “que mis problemas, ¿sabés qué? se llaman: ¡tú!”
Ella lo miró fijamente, y como quien seduce la madera de la puerta apoyó su mano suavemente, acariciándola casi, con sus ojos bien abiertos prestó más atención a sus palabras mientras sus piernas ondeaban paso como fuga.

Él se hacía el valiente, se pasaba de listo en medio de su tristeza. Podía hacerse ver como el más frío e insensible de todos, pero era su mecanismo de defensa para de alguna manera, tener la seguridad que la despedida le había arrebatado.

Ella callaba, bailaba su mano sobre la puerta, esperando que él le dijera algo más, sabía que alguna vez se amaron o por lo menos, eso él lo pensaba, pero las cosas no eran así. – “lo siento, no te quiero” – respondió ella.

Se llenó de odio, de ira, sintió unirse el cielo con la tierra, la traición, la indignación, la muerte misma recorría sus venas, no sabía cómo comportarse ante tal respuesta, la veía parada en la puerta más como un extraño cobrando un servicio que como el que fue alguna vez el amor de su vida. Sufría, demasiado pensaría el cielo mismo, - ¡qué vas a hacer! – Fue lo único que se le ocurrió gritar.

Ella salió con más prisa que la que en algún momento pensó necesitaba. No quería seguir en ese incómodo diálogo de vivos y muertos, él claramente se asomó a la ventana con la esperanza de verle de nuevo, así fuese para verle partir para siempre, pensaba a sí mismo: “Busca una excusa, y luego márchate” – ya era una preocupación menos para ella, y de algún modo él solo se imaginaba en su soledad rodeado de la inspiración suficiente para escribirle un par de canciones, tratando de esconder sus emociones.

Porque para eso son las despedidas, para pensar poco, para dejar salir ese silencio de muerte, dejar pasar la vida con sus espinas, como aquella partida que se roba la historia, como el agua que pasa entre los dedos, la sonrisa misma tan definitiva.

***
De la Serie: Canciones de Amor y Otros Demonios.
Adaptación Libre de la obra: La mia storia tra le dita (1994) [Destinazione Paradiso]
Compositor: Gianluca Grignani.


AV

20 de abril de 2017

Una Cena.


Kittens cats Thanksgiving dinner


No encuentro placer más grande que disfrutar de una buena cena acompañado de los seres que llevo en mi corazón. El encontrarnos en la mesa es el ritual más sano para intercambiar sonrisas, miradas, esperanzas. Un encuentro de comensales donde el deseo por la comida se mezcla con el disfrute de la compañía de cada fulano, como un juego de roles donde el afecto es la energía que conecta.

Muchas son las veces que dejamos de prestar atención a los detalles importantes de una buena cena, un buen almuerzo. Darnos cuenta del valor supremo que tiene cada ser que nos acompaña en la mesa, saber que el mundo es un lugar maravilloso cuando se comparte cada momento, se debate, se planea, se sueña, se hace negocios o se destacan labores de ocio, se da vida a ello que puede ser de lo más normal como lo es el acto de comer, pero que se convierte en una oda cuando lo aprovechamos por la compañía en sí.

Desde niño, mi padre tuvo siempre la precaución de compartir la mesa en familia, obligaba a despertarme desde temprano para desayunar en compañía de mi madre y mi padre. Mi madre, mujer que admiro con toda mi fe, día a día madrugaría  a trabajar con el alba y llegaba tarde la noche para cenar, en ambas situaciones, desde que tengo memoria, mi padre me despertaba para desayunar juntos y me hacía esperar hasta tarde la noche para cenar juntos.

No comprendía el valor de tal esfuerzo, sin embargo, refunfuñando accedía a sus condiciones. 

En la medida en que los años transcurrían tomaba más como costumbre que como ofrenda el esperar para comer en familia, el saludarnos, darnos la mano y el beso de rigor, poder conversar de las tareas del día o de las aventuras de la cotidiana jornada, poder compartirnos en el rostro de cada quien y reconocernos como familia, entendernos, quizás, por un sublime momento, quizás.

En oportunidades de soledad adolescente, se comienza a construir espacios con personajes ajenos al núcleo familiar, seres que van llegando con la decencia del tiempo y van desapareciendo con la nostalgia del agua, conversaciones que nacen en cafeterías o aulas de clase y se van con el paso de los años, evocando en el comedor de la casa o en algún restaurante local. Siempre, creando oportunidades para forjar el carácter y hablar de las nimiedades que tanto nos convocan.

Estas nimiedades se van desarrollando con la edad, van trascendiendo los denominados “parches” y quizás, en un esfuerzo por emular la educación en casa, se van acoplando a conversaciones de interés por el otro, donde nos nace saber un poco más de la persona, de cómo se encuentra o qué desea para sí. En esos ir y venir de la vida vamos reconociendo entonces el esfuerzo del hogar, el encuentro en la mesa, no el sabor de la comida o la sazón del cocinero, el encuentro de la familia.

Nos dimos la oportunidad como grupo de amigos de encontrarnos una vez más, de dejar el chat de lado y pretender gestar conversaciones de manera presencial, de contar los mismos chistes, las mismas bromas, aperturar historias con anécdotas del presente o por qué no, con vergüenzas del pasado, todo en aras de sonreír, porque para eso hemos venido.

¿Algo para compartir? ¡Claro que sí! Qué mejor acompañante para una cena que una Manzana Postobon, perdón, me equivoqué de historia. ¡Qué mejor acompañante para una cena que una Pizza en familia!

Como buena familia "arrejuntamos" las ganas y salimos los amigos de siempre, de la fuente de soda, a disfrutar del reto de la pizza en una reconocida pizzería de la ciudad. Comer toda la cantidad de pizza por persona que sea posible a cambio de una módica suma de dinero, módica, para los que no tenemos fondo en el estómago; justa para aquellos que comen poco o nada, exagerada, para aquellos que no gustan de la pizza.

Estábamos los nueve sentados, conversando, saludando al hambre con una mirada de ternura en los corazones, con el clásico del Pascual en la televisora local como telón de fondo, un caballeroso mesero brindando sonrisas y consejos para el pedido, un afán por vivir inmenso el que nos llevaba de la mano en la mesa.

Disfrutamos mi esposa y yo de la manera más descabellada de las porciones justas que el cuerpo nos permitió cenar, pero más allá del Salami, el Pepperoni o los Champiñones con Pollo,  disfrutamos de conversar en lo que llamamos familia. Recordé con agrado a mi padre y su insaciable arte de comer lo que el cuerpo le aguantara, lo recordé como el caballero que siempre fue, con su sonrisa tierna cargada de brillo en los ojos.

Recordé el carisma de mi viejo para saborear cada porción de comida con la misma humildad con que convidaba con el otro un poco de su vida, su nobleza para dar sin esperar algo a cambio. Lo recordé además, porque me inculcó es complejo y obsesivo argot por la cena en familia, por el compartir, el esperar a que todos estén con su plato servido para dar en respeto el saludo y el buen provecho.

Disfruté de cada momento, tanto así, que aquí sigo recordando con una sonrisa en el rostro, una carcajada a la nostalgia. Escuchando el silencio del vecindario y dejando a mi cuerpo expresar su (in) gratitud por la comida servida.

Aquí estoy pues, casi a las cinco de la mañana despierto escribiendo estas líneas, porque es un bello abril y tengo reflujo. Porque fue una noche maravillosa donde mi cuerpo se descargó en el baño como castigo a la gula, como premio a la juventud del ayer; con un calor producto de la digestión que no me dejó hallar horma justa en la cama para emprender el hermoso arte de dormir, sino más bien, de reflexionar.

Aquí estoy pues, consciente de que una mala noche puede llegar a durar un día completo, y de que una buena vida en compañía nos puede llevar a la eternidad.

A mis amigos adeudo la ternura, y claro, un par de malestares del cuerpo que nunca falta.

Salud.


AV

16 de abril de 2017

Un Hombre




Ha pasado mucho tiempo desde que dejé la los actos sacramentales de lado en mi agenda del día a día. Quizás en un ejercicio de rebeldía o de pretensiones menos elocuentes, forjé caminos tallados en muchas emociones para dar respuesta a mi curiosidad y a mis temores en deidades y sucesos poco comprensibles.

En los últimos casi diez años viaje por distintas veredas de fe y de dogma. Aprendí a respetar aún en la desconfianza, a dejar pasar todo aquello que tenía algún sentido sacro pero que dentro de mi estela del juicio no cabría o sería aprobado. Un viaje de más casos de curiosidad que de redención como tal. Encontré pues en uno de esos caminos el punto de retorno adecuado para cada etapa de mi vida, terminando siempre en el mismo lugar, con las mismas preguntas, con nuevas preguntas. Con respuestas que en el paso de los días aprendí a apreciar, a darle sentido a lo que en otro momento era angustia o verborrea.

En los últimos meses, cerca de 24 quizás, retomé en ese desdén de la vida las preguntas que había dejado guardadas bajo la almohada. Las retomé para dar respuesta a las plegarías que retumbaban en las paredes del hogar familiar. Las retomé como el desesperado que busca las llaves, para darnos cuenta después del trayecto que siempre las tuvimos en el bolsillo.

Preguntas que me llevaron a reflexionar sobre esta vida y la otra, tiempo en los que aún tomando distancia del sacramento me daban suficiente energía y argumentos para rehacer el discurso en el que me habría desvanecida, quizás, con el juego limpio de la culpa (o la zozobra).

Comprendí que el hombre es hombre en las palabras de quien le pronuncie, que el niño será siempre niño en el corazón de quien lo estime y le lleve con amor. Comprendí que el silencio es la base de todo, no el fin de todo. Que el amor trasciende la tarima y se despliega sobre todo lo que llamamos llanura.

Durante estos últimos meses tuve la oportunidad de participar de tres actos litúrgicos católicos, en todos los casos tuve el impulso de comulgar el cuerpo de Cristo, a la final, todo quedó en eso, en el impulso de ir a tomar la comunión, sin embargo, detrás de tal impulso surgieron con la misma potencia muchas preguntas y deseos, nuevas reflexiones, caminos que empezaban a dibujarse en la llanura, como el trayecto que se despeja con la niebla.

Durante la mañana de hoy domingo de resurrección junto a mi enamorada asistimos a misa con el ánimo pues, de dar de parte nuestra, la entrega de amor y fe a aquello a lo que tanto le damos de vida. Así, con el corazón en la mano y llenos de vida y entusiasmo persignamos cada oración, palabra y recuerdo que consideramos, debíamos de ofrendar.

A diferencia de las dos oportunidades del pasado, dónde todo radicaba allí, en el pasado, en la misa del domingo de resurrección sentí las variaciones del alma y el cuerpo jugando a una partida de Ping Pong con cada pedazo de la memoria. Comencé a recordar cada juego de cartas que mi padre componía como oraciones para entregar al Señor, como el herrero que entrega sus mejores armas para el ejército del Feudo, mi Padre, con su amor y eterna plegaría, daba composiciones a cada Santo con sus peticiones. Recordé así, a ese hombre que me enseñó el don del amor, que me dio de su mano la fuerza para emprender cada terca idea, aquel hombre que con su nobleza daba el consejo no pedido, en el momento más adecuado que mi intransigente juventud pudiese reclamar.

El miedo del futuro, lo incierto de la vida, lo débil del cuerpo y el alma. 

Los temores de la salud y la prosperidad. Esos pedacitos de muerte que se van juntando en los anaqueles de la mente para desdibujarnos un escenario y construirnos otro de incertidumbre, miedo, angustia, de desespero. De canciones rotas, de decisiones a tomar. Nuevamente el pasado hacía presencia llevándome a la memoria de la infancia, donde el Padre Efraín daba misa en una humilde capilla.

Efraín fue de esos hombres que con su carisma lograba el afecto de toda la comunidad, donaciones, abrazos, flores, frutas. Un hombre que con su paciencia y muy joven edad demostraba que el sacerdocio era un oficio para todo aquel que quisiese de verdad dar su vida al Buki, y no, como se pensaba en mi infante vida, que era oficio de ancianos y sabios. Recordé cómo los niños (incluido el suscrito) buscaban acercársele y servir de ayuda en la misa, lo recordé como el Rockstar que fue.

El presente es un valor supremo porque es lo único que nos queda, porque de este se desprende cualquier futuro o se construye cada pasado, allí, en ese presente, me entregaba en olas de silencio a cada oración que la misa de resurrección premiaba, daba paso a la diatriba con cada recuerdo, con cada imaginario de futuro, pensaba en mi esposa y me aferraba a ella como única condición de mi tiempo.

Permitirnos entonces en un encuentro nuevo consigo mismo, hallar más frutos que cualquier jornada de Bingo en un cuartel de la tercera edad. Brinda la calma y el miedo que todo ser de mi edad necesita.

Me empuja como un juego de pulso en un reloj de pared, sentir emociones rebosantes de vida y de muerte, recordar lo que es ser humano, volver a preguntarnos todo, a exigirnos respuestas y a abrirnos caminos que la mente había sellado. A retomar nombres, paisajes, excusas, silencios, mareos.

Finalizada la liturgia y camino a casa no podía manejar mis silencios, como si mi mente jugase con ellos y diera sinfonía a cada recuerdo o a cada posible escenario de futuro. Buscar la calma al interior de la carne, lejos de la duda, cerca del corazón.

Recordar, para vivir.


AV