23 de marzo de 2026

En Tránsito: La espera.

 

Imagen creada con IA: https://grok.com/  

VII.

 

Una grúa llegaba al barrio Valle de Lili para recoger el carro de Juliana Legarda Pacheco, un agradable Peugeot 206 que bajo los ladrillos de una casa deshabitaba era la evidencia de una imprudente manera de conducir de parte de la joven de casi treinta años. Tomó un taxi para acompañar la ruta en dirección al parque automotor de la dirección de tránsito de la ciudad.

El taxista que le transportaba, un jovial señor de mostacho cano y ojos cansados preguntó si estaba todo bien, si el accidente había surgido por alguna distracción o peor, alguna intervención de animales en la vía. Ella sonriente solamente explicaba, con su voz baja, que le pasaba por astuta, por estar pensando en los pendientes de la vida.

Sin pretender profundizar en la vergüenza que sentía la señorita de casi treinta, el taxista, de nombre Mauricio, le comentó que a esa hora había un zaperoco sobre la calle “jetenta”. Juliana, con el desinterés de una dama de alta alcurnia, giró la cabeza observando las calles de la ciudad, no quería conversar.

Mauricio queriéndose ser amable le comentó que una “tonta” causado un accidente con otro colega temprano en la mañana, ya estaba la policía llevándola a la estación de El Guabal a dar declaración y ver que le hacen, porque el tema era grave, o eso informaban los colegas por la radio del taxi.

Juliana estaba concentrada en su día tan apático, además de adivinar de dónde sacar los recursos para pagar el arreglo del carro, le sumaba a sus preocupaciones el pago de la pared de la casa abandonada. Se sentía estúpida, dizque una anciana, pensaba a sus adentros.

Su jefe, el Doctor Villafañe le llamaba al teléfono móvil.

Marisol iba en una patrulla de la policía, una camioneta medianamente cómoda, no la llevaban esposada ni sentía aún que fuera a prestar declaración como culpable de algún delito grave, de esos que destrozan hogares.

No dejaba de pensar en sus patrocinadores, no quería que por su infortunio su reputación diera al traste el éxito de los apoyos de su evento decembrino. Mucho menos comprometer sus intenciones de ser candidata a la Junta Comunal el año próximo.

Una de las mujeres policía que le acompañaba al interior de la camioneta le invitaba a tomar con calma la situación, explicaba que era normal que los taxistas acudieran en grupo a acosar a las personas involucradas en siniestros y en tal caso, era por supuesto corriente ver la reacción desesperada de la ciudadanía, como el caso de ella.

Marisol quería sonreír pero las circunstancias la invitaban a reflexionar más allá de lo debido.

Pensaba en que tenía que comprar un teléfono nuevo, en su jefe que no estaba al tanto de lo ocurrido y su evidente ausentismo laboral. Pensaba en la fundación y los apoyos que podría perder si esto se hacía de conocimiento público, pensaba en Dios y sus modos de brindar aprendizajes a quienes siguen insistiendo en ser mejores versiones de su pasado.

El joven Juan Felipe Charría sentía ira en su interior, sus ojos llenos d lágrimas le convidaban a tomar una piedra del suelo y tirarla contra la cabeza de uno de los patrulleros, de su interior evocaba un sentimiento de tristeza tan grande que no le cabía en la juventud. Algunos vecinos que fueron testigos del acto se acercaron a abrazarle, quizás como contención a la ira de un adolescente capaz de quemar al mundo entero, quizás como amor ante la partida del mejor amigo de todos.

Algunos patrulleros y funcionarios de la estación de policía salieron a acordonar la zona para prevenir la ola de violencia que se asomaba en las palabras de los inconformes transeúntes.

Adentro Margarita Peñuela atendía el teléfono y coordinaba la llegada de una patrulla desde la avenida Libardo Lozano, mientras designaba con la estación de la calle primera, la salida de otras unidades en dirección a la carretera que viene del aeropuerto.

El Doctor, con formación de ingeniero, observaba con lágrimas en los ojos el deceso de su asesor de comunicaciones y la bella Valeria, su asistente de tareas varias. A su lado, Augusto se lamentaba por el estado crítico de su carro, estaba convencido que la aseguradora no le cubriría los daños además de inculparle de las víctimas de la caída del Bus.

Una ambulancia llegó y al notar la gravedad, llamó a otras unidades tanto de Cali como de Palmira para auxiliar a las casi quince víctimas que, al parecer ya habían fallecido con el impacto.

La empresa reportó la salida de dos unidades más desde Cali, pidiendo apoyo a otra empresa en la ciudad vecina de Palmira, otro accidente de gravedad, sobre la avenida Panamericana tenía a tres operadores de la empresa accidentados mientras prestaban el servicio en una ambulancia.

Tanto Augusto como Ramiro Camelo daban su versión del accidente a un policía de carreteras que se acercó al momento en que fue reportado el siniestro por la radio, detrás suyo el bullicio de un tráfico que se detenía desesperaba a los heridos, a los testigos, a los curiosos e incluso, a los muertos.

El agente Milton Perlaza se retiró con la cabeza baja, durante un par de horas reguló el tráfico sobre la avenida panamericana con la esperanza de que algún colega llegara a brindarle apoyo, nunca pasó por su mente que detener a aquellos conductores con el fin de sacar alguna moneda a cambio de su silencio sería el primer filtro, de una serie de insospechadas revueltas.

La muerte del adolescente sumada al accidente de los paramédicos de la ambulancia, cambió los planes de un día normal.

Durante la espera nadie contactó a la familia del joven fallecido, al fondo casi a doscientos metros, poco a poco los curiosos llegaron a ver lo ocurrido y dar ayuda a los Manueles, a Tatiana y a la dignidad del servicio público de ambulancia.

Al llegar otra moto con dos agentes de tránsito, eran las nueve de la mañana. Brindaron apoyo y dejaron que se retirara como relevo de la situación.

Siendo las doce con cuatro minutos un martes cualquiera de marzo, Rubén Eduardo Cuervo recibió una llamada de la Decanatura de Ingeniería de la Universidad Católica, en ella le informaron que el joven Aníbal no se había presentado al examen, generando como consecuencia la posible pérdida de la Beca de Excelencia. Como cualquier padre de familia se preocupó más allá de lo que fuera esa llamada, comenzó a buscar a su hijo a través de persistentes llamadas y posteriores mensajes al chat de WhatsApp.

El joven Aníbal no respondía.

A las doce y diecisiete minutos del día, una voz grave contestó la llamada, era un paramédico.

Rubén Eduardo Cuervo, padre de Aníbal alzaba la voz con notable dolor, sentía que su alma se fragmentaba en pedazos de vida y de muerte. Después de saludar, el paramédico se presentó como Juan Diego Murillo, quien informó que en la vía panamericana un accidente poco convencional había ocurrido y la vida del joven no escapó a las circunstancias, Aníbal Moreno había fallecido tras una reacción física sin diagnosticar.

No se trataba de un problema de tránsito sino, de salud.

El agente Perlaza abandonó la escena tan pronto como se lo autorizaron, se fue pensativo, delegó en sus colegas el control de la ruta panamericana, quería pedir perdón por sus intenciones pero a nadie podía darle parte de sus pensamientos, por dentro se quería morir.

Mientras conducía su moto se quedó pensando en la mirada del taxista, el señor Polanco, en el relicario de palabras de los dos conductores, el joven de la buseta y el señor mayor del camión de carga. Incluso recordó que algunos ladrillos quedaron en medio de la vía, cerca por igual al carro cruzado del joven fallecido.

Esa tarde sentía que estaba en un agujero negro que le culpaba de cada desgracia que ocurría.

Un martes cualquiera de marzo.

AV.

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