4 de noviembre de 2015

Otro fin de semana.





Un fin de semana maravilloso como punto de partida de cualquier reflexión. Un fin de semana de compañía familiar, de salir de la urbe y encerrar a la cotidianidad en un amplio espectro de naturaleza y silencio.

Escapar de las calles y los afanes, de las letras del estudio y el trabajo (porque si, ahora soy estudiante de nuevo), de las ventanas que nos muestran el mundo de afuera pero que nos impiden disfrutar porque primero hay que terminar los pendientes del interior. 

Escaparnos de las dudas del tiempo y aprender que cada día trae su afán, que el amor es una institución que se construye y no un sentimiento que surge de la nada, entender que la familia es la más grande de las empresas y la más delicada de las burbujas, que somos producto de nuestra historia pero, es a esa historia a la que le debemos una explicación como hijos, hermanos, amigos y pareja.

Así pues ha sido un fin de semana maravilloso en términos generales, porque se compartió con la familia esa intimidad que la cotidianidad nos arrebata, se compartió el comedor para conversar de los sueños y las metas y no del día a día con sus corbatas e informes. Se compartió el tiempo libre con la búsqueda de lo necesario para hacer del presente una máquina de producir sueños y expectativas, un fin de semana de reflexión, de entender que el amor maternal y paternal es infinito, que lo importante es aprender de las derrotas del pasado, que nuestro presente es ahora, que el amor es la máquina de hacer crispetas.

Como todo en este Blog, hay canciones que nos acompañan cual banda sonora del camino, canciones preferidas o que se ajustan a los momentos que se van dando en las horas, este fin de semana quizás fue el silencio el que nos permitió escucharnos y hacernos una banda sonora a costa de palabras y reclamaciones, con la base del entusiasmo y el amor por el otro. Entendernos como unidad, como equipo, como familia.

Un fin de semana donde abrimos la bóveda para sacar los materiales de los que tenemos hechos los sueños, porque nos llegó la hora de sentarnos a conversar y en un unísono decirnos cuánto queremos que todo ocurra. Soñarnos el Castillo Azul y descubrirnos en la mirada que todo tiene su proceso, que hogar es lo que nace en el alma y no los ladrillos que se apilan en el costado. Pensar a modo de reflexión que el color es lo importante, que no es dejar nada a la víspera, pero que debemos de sabernos esperar a cada momento con su afán respectivo, imaginarnos en el mesón conversando sobre lo que en otra fecha se hacía a la distancia.

Un fin de semana maravilloso por donde se le mire, porque los fines de semana comienzan con viernes y fue precisamente el viernes donde se sintió el afecto y cariño de los amigos, de la pandilla que uno tiene para la reflexión y la diatriba, de esos “zopencos” que están a la disposición de quien les escribe, esos personajes que se juntan en miedos y sonrisas, en querellas y pendientes, de todos y de todo para una misma función: Vernos en la vida progresar.

Un fin de semana para reflexionar – evidentemente – y agradecer a su vez, a los días vividos, clara rebeldía en el despertar, al aire libre en el campo quindiano, en el hermoso paisaje del eje cafetero. Permitirnos recorrer caminos de parques naturales y compartir con los animales, ver peluches y saberlos apreciar, desear, ver el amor de muchas maneras.

Un fin de semana al fin y al cabo donde lo normal brilló por su ausencia, porque en medio de toda la rutina del cariño y el afecto, se expandió la esperanza en una unidad familiar, en una exagerada sonrisa de fantasía. Así es el amor por supuesto, infinito, incomprensible, fuerte, eterno, rebelde.

Fue otro fin de semana, sin duda.

Otra razón para vivir y soñar.



AV

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