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La vida es una historia permanente que se construye en
palabras y acontecimientos, mientras se destruye en sueños y pensamientos
taciturnos.
José Isidro nunca fue la excepción y con el pertinente
deseo de cambio, saboteaba con constancia los mejores momentos del día. Desde
presentar queja a la mesera por el color de la limonada, hasta lamentarse del
bajo rendimiento del tráfico al salir de la oficina.
Se enamoró de María Cristina Herrera, una estudiante de
Economía en la Universidad Católica, aquella temporada estaba matriculado en el
programa de Derecho y en un café cercano, con frecuencia se cruzaba con la
señorita Herrera.
Nunca intentó pretenderla, ni siquiera invitarle a tomar algo porque en alguna oportunidad, mientras coincidían en un pasillo, le pareció escuchar que a ella no le gustaban los hombres delgados. Se sintió aludido, por demás desechó toda posibilidad de romance sin entender que ella hablaba de temas ajenos a su gusto sexual.
Para mediados de los años noventa, cuando estaba por
finalizar sus estudios de bachiller escuchó por accidente, que un profesor se
quejaba por el bajo rendimiento del equipo. José Isidro decidió renunciar al
equipo de fútbol antes de ser señalado, a pesar de que el profesor estaba
haciendo referencia al bajo rendimiento de la selección nacional de fútbol.
Logró graduarse de abogado, pero estuvo a punto de desistir al momento en que perdió el primer examen preparatorio: Derecho Procesal.
El profesor Gutiérrez Echandía, un célebre docente y jurista, de alta exigencia académica logró convencer a Isidro de no retirarse, de intentarlo nuevamente.
Fue el prestigio del profesor Gutiérrez Echandía lo que convención a José isidro de volver a realizar el examen sin retirarse del programa.
El pasado mes de noviembre, a sus casi cincuenta años
terminó sus materias de Derecho Administrativo, una maestría que empezó a
cursar en la universidad pública. Al momento de recibir las primeras críticas
para su propuesta de trabajo de grado, decidió renunciar y dejar de lado el
proyecto de ser Magister.
La vida de Isidro es una melancolía permanente, no por
los daños que el día a día trae al corazón del poeta de turno sino, por la
frustración de saber que algún día tendrá que morir. Un modo de pensar incómodo
para sus familiares, sus amistades y claramente, su existencia efímera e
incomprendida.
A pesar de tener un nombre tan poco convencional, fue su padre, Don José Isidro quien dio el sentido folclórico de su identidad al inculcarle un tercer nombre: Segundo.
Cuenta la tradición del viejo Cauca que cuando un fulano
tiene el mismo nombre del padre, se le añade el apéndice “Segundo”, por aquello
del linaje familiar.
José Isidro Segundo, abogado de profesión y pesimista de
tradición, cargó consigo el tercer nombre como una estirpe familiar, tan ajena
como inoportuna. Algunos de sus compañeros de estudio le molestaban con
frecuencia, quizás de allí su emergente deseo de ser un sujeto solitario.
El martes pasado escuchaba en la radio local que hubo una
serie de accidentes en la ciudad, noticia que le pareció corriente porque
preciso, vive en una ciudad de irresponsables donde manejar es para optimistas.
Estaba sentado en el balcón de su apartamento en el
lejano barrio de El Peñón, al lado occidental de la ciudad.
Tomaba un té de frutos rojos endulzado con miel de abeja
comprada en el mercado campesino de los domingos, porque según él, la miel de
supermercado viene contaminada. A su lado dormía Rebeca, una gata angora de ya
nueve años de edad, la única compañía que tolera.
Junto a Rebeca, un libro biográfico de Joseph Stalin, el
líder de la extinta Unión Soviética. Entre las preferencias literarias y la soledad
del tiempo, estar en el balcón de su casa era una terapia casi que santa para
librarse de los males de la sociedad, estar en casa a solas era para sí, un
placer superior que el departir con alguna dama en un café de la ciudad.
De esta sucia ciudad.
Siendo las tres de la tarde y con el sol vigilando con
fuerza prefirió levantarse para ir a dormir un rato en su cama, su sagrada
cama. Rebeca con una mancha color miel en sus bigotes, le acompañó.
José Isidro Segundo, de apellido Caicedo, de profesión abogado
y de vocación, ermitaño. Su teléfono móvil vibró con una notificación de un
viejo amigo: Alfonso Mosquera, otro abogado igual de ermitaño que a veces, le
escribe para invitarlo a tomar un Brandy al bar de Don Emanuel, también un viejo
amigo de profesión abogado, sibarita y galán de señoritas más jóvenes.
Por lo general los días martes se encuentran para hablar
de la crisis política del país, del torneo de fútbol europeo o de los males de
la existencia, tema preferido de José Isidro.
Prefirió ignorar el mensaje, ya sabía que era martes de debate,
pero estaba tan cansado, quizás por el potente sol y calor que su deseo más
inmediato era dormir con su gata, la única hembra que lo tolera.
A las cuatro de la tarde un susurro de vida interrumpió
el silencio de la habitación, Rebeca se sentó en el borde de la cama mirando
fijamente con sus potentes ojos amarillos a la puerta de entrada. Allí estaba
el espectro de San Ivo, un viejo fantasma que deambula por los pasillos del más
allá y el más acá. Con cara de aburrido y cargando un pesado libro de miles,
miles, miles de hojas.
Con pasos ligeros se acercó para acariciar a la gata en
su cabeza, su fino pelaje blanco resaltaba con los potentes ojos amarillos que
sin quitarle la mirada al viejo santo, ronroneaba como si recibiera a un amigo
ya conocido.
San Ivo recorrió la habitación como un inspector,
revisaba los cuadros de cantantes de rock de los años ochenta, tocaba las
cortinas de plástico estilo persiana, intentaba entender el motivo de José
Isidro de tener dos consolas de videojuegos diferentes, la colección absurda de
zapatos de la misma marca, el desorden de libros de historia, todo como un
conjunto de un alma curiosa que jamás evidenciaba en su personalidad ser un
sujeto alegre.
Se sentó sobre un costado de la cama y susurrando unas
plegarias en un idioma que ni la gata Rebeca ni los santos del purgatorio
pudiesen entender, acarició la cabeza del ya maduro José Isidro Segundo.
Alrededor de las seis de la tarde José Isidro despertó un
sueño profundo, se estiró acompañado de un bostezo extenso, vio a su lado a la
gata Rebeca sentada en una postura vigilante, la acarició bajo la barbilla y
entonando unas palabras cargadas de ternura le besó la cabeza.
Se levantó de la cama y tomó el teléfono móvil, allí
encontró varios mensajes de algunos clientes, otros de su amigo Alfonso y otros
más de los grupos de chat donde estaba participando.
Se sentó en el balcón nuevamente, se dejó acariciar con
la brisa del atardecer de la ciudad, ya el bullicio del tráfico sobre la
avenida del río empezaba a acompañar el paisaje sonoro de la zona. José Isidro
Segundo Caicedo sintió de repente el deseo de salir a caminar, al parecer, era
una bonita noche para hacer deporte.
Ante tal pensamiento cargado de optimismo se fue para la
habitación para cambiarse de ropa por un conjunto más deportivo sin embargo, al
entrar en la habitación un silencio pesado y cargado de mucha presión le detuvo
sobre el marco de la puerta.
En la cama Rebeca, la gata, estaba acostada encima del
cuerpo inerte de sí mismo, maullaba ligeramente lamiendo el rostro fallecido de
su versión terrenal.
José Isidro Segundo Caicedo entendió allí que su
melancolía ya no era suficiente.
A su lado una inmensa sombra negra comenzó a emerger
desapareciendo todo entre su estancia espectral y su amada gata, Rebeca saltó para desaparecer de la oscuridad, como si se cruzara dentro de unas cortinas de color negro.
Sobre la cama el teléfono móvil marcaba la notificación
de un nuevo mensaje de Alfonso:
“Te esperamos donde Don Emanuel, hay descuento en botella de Whisky”.
AV.




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