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Emanuel Contreras Hitschfeld llegó a Colombia en un enero
de 1999, estaba con el cabello largo y los bolsillos llenos de expectativas, sus
primeras misiones en el país fueron buscar refugio y una oportunidad para re
iniciar sus metas personales: Ser un sibarita.
Nació en Puerto Octay, en Chile, pero su crianza de
juventud estuvo en Mendoza, Argentina. Allí aprendió de los placeres del buen
vino, de la magia del Malbec y de los retos insolentes de un sol austral que no
da espera a los temerosos. Si bien la dictadura argentina no le tocó en carne
viva ser peregrino de la paz, tuvo que buscar suerte en otras fronteras ante la
caída inminente del modelo económico de aquellos fraudulentos años noventa.
Al llegar a Colombia se instaló en Armenia, pero un coqueto
terremoto le hizo cambiar de opinión terminado por irse a vivir a Cali. Pasó gran
parte de sus jóvenes años trabajando como consultor en temas publicitarios,
pero decidió por su cuenta estudiar Derecho en la Universidad Franciscana, por
recomendación de las amistades que fue forjando en esos años.
Con el paso de los años y el apoyo de uno de sus
clientes, un empresario de la industria automotriz, fundó la Casa Azul, en
homenaje a Mendoza, su ciudad amada. Allí comenzó a funcionar como un bar de
vinos, pero el tiempo y la dinámica le
fueron llevando a que se convirtiera en un centro social de debate, encuentro
de intelectuales de clase media alta y uno que otro universitario que llegaba
por recomendación de algún amigo.
La barra del restaurante comenzó a funcionar como un
lugar de encuentro entre desconocidos que fueron forjando amistad. Allí preciso
Alfonso Mosquera conoció a Don Emanuel, como le decían los allegados quizás por
la edad o la apariencia física de un hombre con cabello cano y facciones
marcadas en el rostro, nada parecido al joven de hace 25 años que llegaba a Colombia con su cabello largo.
Alfonso terminó sus estudios de Derecho en la Universidad
Católica y allí fue que invitó a sus colegas a visitar la Casa Azul, entre
estos invitados participaba José Isidro Segundo, en frecuentes días.
Muchos años más tarde, posterior al encierro de la
pandemia se consolidó un plan de día martes para hacer debates políticos o en
ocasiones, audiciones de música.
Emanuel compartía con los pocos amigos sinceros que cosechaba,
canciones de sus artistas argentinos y chilenos, ellos en reciprocidad le
educaban en el amplio mundo de la salsa caleña, y otros, como José Isidro,
preferían la electrónica europea de los años ochenta, aquel género representado
por Depeche Mode, New Order, los Pet Shop Boys y Erasure.
Don Emanuel, como le decían algunos, fue aprendiendo de
la vida de la ciudad y con ello le tomaba más afecto que siempre, su gusto por
las mujeres jóvenes se saciaba por el ambiente intelectual que aparentaba,
entre sus musas, una joven Raquel, periodista y experta en redes sociales.
Raquel tomaba vino con frecuencia, incluso desde que
entabló una relación secreta con Emanuel, asistía cuatro de los cinco días de
la semana laboral pues la oficina del periódico era relativamente cerca al
barrio El Peñón, donde estaba la Casa Azul. Una mujer muy bella que recibió con
los años, el apodo de Raquel Frontera, por el vino que precisaba tomar.
Emanuel, de apellido Contreras disfrutaba de sus afectos
y cómo no, adoptaba en ocasiones el mismo nombre: Emanuel Frontera.
Alfonso era el más puntual de los visitantes, siempre
aparecía a las tres de la tarde, porque según él, a esa hora ya no había
juzgado decente que visitar, el trayecto a casa se interrumpía por unas copas
de Brandy y unas empanadas de carne molida, las favoritas del menú, según él.
José Isidro llegaba en la noche, siempre pasadas las seis, porque prefería el
ambiente fresco al calor de la tarde.
El martes pasado, acordaron abrir una jornada de debate de
cine clásico de los setentas. Alfonso quería iniciar con los pormenores de la
saga de la Guerra de las Galaxias y su alta influencia de otras franquicias
como Star Trek o Flash Gordon, de su lado Don Emanuel era más romántico y prefería
se hablara del periodo pos dictadura de Chile, que consideraba estaba muy a la
par a la realidad colombiana. José Isidro siempre prefería ausentarse a los
debates, sentía que su magia estaba en escuchar y no decir nada, porque preciso
le molestaba tener que dar la razón.
Un pesimista de corto alcance.
Alfonso llegó a las cinco de la tarde, aquel martes tuvo
que responder correos y escribir varios oficios lo que le hizo demorar en su
llegada a lo que era ya su segunda casa, allá estaba Don Emanuel, acompañado de
una joven visitante, una amiga de otra amiga que llegó por recomendación.
Estaban conversando amenamente de la vida y otros males, dejaron
al desnudo sus inclinaciones políticas y su indignación recurrente por los
resultados de las encuestas para la primera vuelta presidencial, el ambiente
polarizado del país llamaba la atención de estudiosos e ignorantes.
Alfonso saludó y preguntó por José Isidro, su amigo. Don Emanuel
hizo un gesto de no saber y le ignoró retomando la conversación con la joven
visitante, Michelle, dijo que se llamaba.
Michelle Cristina Rueda Panesso vino desde Medellín, allá
creció y se formó como Administradora de Empresas Turísticas y Hoteleras, tema
que le era de gran interés a Emanuel y por supuesto, servía de técnica de conquista
si le sumaba a la conversación sus conocimientos en turismo y vino en su
recordada Mendoza.
Alfonso dejó un par de mensajes a su amigo José Isidro
Segundo, se sentó a fumar un vapeador con aroma a sandía dulce, sacó sus apuntes
en su Tablet para estudiar lo que sería su intervención de ciencia ficción.
Otros invitados llegaron como Marino Ruales, Ignacio Méndez
y Fabio Andrés Barona. Todos de profesiones variadas pero un mismo gusto y amor
por la verbena intelectual: Brandy, Whisky, Vino.
Emanuel logró convencer a la señorita Michelle de salir, así
que prefirió invitarla a su apartamento, cerca de la zona.
Salieron en el carro de ella, un discreto automóvil deportivo,
se llevaron una botella de vino Malbec Blanco, de colección insistía Emanuel. Ella
con la sonrisa de quien sabe lo que va a ocurrir hizo un gesto de agrado y
sugirió algo de intimidad para la botella.
Emanuel comenzaba a cumplir su sueño de tener un
encuentro sexual con una dama veinte años más joven, de cuerpo atlético y una
belleza propia de las colombianas que tanto le agradaban, para no enojar a sus
amigos invitados a la tertulia, les convenció de su ausencia dando una promoción
de 2 x 1 en botellas de Whisky a su elección, siempre que no fueran de 18 o 21
años.
La conversación comenzó con el tema de rigor: Primera
vuelta presidencial.
Alfonso quería hablar de naves espaciales, Fabio insistía
en la crisis económica, Marino se quejaba del precio del dólar con la guerra de
Iran, Ignacio estaba concentrado en su teléfono viendo las redes sociales.
Cerca de las dos de la mañana, Alfonso escribió un mensaje
a Don Emanuel:
“Don Emanuel, Muchas gracias. Estuvo muy buena la promoción de botella de Whisky. José Isidro nunca vino, ya me voy para la casa. Saludos”.
No recibió respuesta, ni siquiera la notificación de
haber sido leído el mensaje.
A la mañana siguiente, una llamada telefónica interrumpió
su primera reunión de la jornada laboral. Un agente de policía notificaba del
fallecimiento en condiciones extrañas y violentas, del señor Emanuel
Contreras Hitschfeld.
Alfonso se quedó sentado en su oficina. Tomó el teléfono
y escribió un mensaje a su amigo José Isidro:
“¿ve vos sabes qué le pasó a Don Emanuel? Me llamó la policía, dizque se murió anoche”.
AV.




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