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Marino
atendió la llamada con la calma que la ocasión demandaba, sin dejarse llevar
por las inestables emociones ni permitir que la ansiedad de Alfonso le
interrumpiera. Del otro lado la voz ronca de un hombre mayor, se presentó con
el afán de cualquier desconocido, explicó a Marino que le llamaba porque ese
era el número de la última llamada que se registraba, que necesitaba que pasara
a llevarse a Ignacio, tan pronto como fuera posible.
Marino
agradeció la llamada y tomó nota de la dirección, una casa en un barrio al sur
de la ciudad. Con un ademán convidó a sus compañeros a salir, Fabio terminó de
comer el pastel de hojaldre, se limpió las manos con una servilleta y dando una
palmada en la espalda animó a Alfonso a caminar, delante de ellos Marino
caminaba pensativo.
Angela
Vaca ayudó a Everardo a sentar a Ignacio en la cama para que se tomara un vaso
de agua con limón, de fondo la música sonaba a alto volumen, Ignacio seguía
débil y al parecer sin vida, era un ente dominado por el exceso de alcohol en
su cuerpo, Everardo con algo de fuerza lo intentaba despertar pues necesitaba
que se retirara de la casa pues ocupaba un cuarto que las empleadas necesitaban
para cumplir con el turno correspondiente.
Con
la amabilidad de una meretriz Angela Vaca observaba y en momentos, limpiaba la
boca de Ignacio con un pañuelo mientras este bebía el agua de limón, le hablaba
con una voz dulce para que despertara, pero en vano lograba su atención. Con
apuro miraba el reloj esperando que llegaran pronto los amigos, en ocasiones algunos
gemidos de Ignacio traían la ilusión de que despertara, por el contrario, él
estaba en un colorido viaje de inexplicables sensaciones.
Se
sentía mareado, tambaleaba de lado a lado como si el poder del whisky todavía
le dominara, quería salir y volver a casa, estaba agotado y triste. Encontrarse
con su amigo Emanuel le había despertado una especie de nostalgia que
trascendía de lo humano, algo como un halo de luz sagrada que le bendecía que
el fervor de la despedida de este mundo.
Con
gran preocupación recordó a su amigo José Isidro Segundo, le sorprendió verle
en silencio, atrapado en medio de la oscuridad, de aquella bóveda negra donde
no existía el arriba o el abajo, ese cuarto eterno de silencio en dónde incluso
sus propios demonios se perdían desorientados,
Ignacio comenzó a caminar allí, en el otro mundo, en el onírico paraíso de los condenados. Sabía que seguía en aquel lupanar al sur de la ciudad, pero su espíritu, su alma, aquello gaseoso que le daba conciencia lo había trasladado a aquel oscuro escenario de vida y de muerte.
Retomaba sus pasos quizás con el
anhelo de salvar a Jose Isidro, uno de muchos peculiares amigos que la vida le
había permutado; recordó el momento en que lo conoció, un día cualquiera en la
Casa Azul, de seguro era diciembre o enero, porque la ciudad seguía de fiestas,
era un día cualquiera y allí José Isidro estaba sentado leyendo un libro de
historia, con una copa de Malbec y acompañado de un joven Alfonso, quien leía
un libro de historia, pero del cine.
Su
recuerdo se fue desvaneciendo con otro, como programa de televisión que
desaparece con el cambio de canal, ahora estaba viendo el recuerdo de su
primera discusión, también con José Isidro Segundo. Siempre por dinero, siempre
por una dama, esa ocasión, Juliana Augusta Paredes era su compañera de mesa,
una fulana que su amiga Ángela María, su cómplice de asuntos laborales le había
presentado para fines románticos.
Un
febrero de aquellos desnudos que trajo el mundo pospandémico, José Isidro
coincidió en la Casa Azul donde tomaron un par de botellas de Malbec, Juliana
comentaba en la mesa que trabajaba como agente comercial de una inmobiliaria de
la ciudad, José Isidro, con el pecho inflado, hablaba de sus hitos como
abogado, Ignacio, con las voces en su cabeza reprochando la situación,
simplemente miraba con incomodidad a ambos comensales.
El
recuerdo se desvaneció justo en el momento en que Raúl Ignacio Méndez se
levantaba de la mesa para acudir a los improperios, como una especie de censura
del más allá.
En
esta oportunidad un juego de luces vivas, variopintas, como estrellas
centellantes, fugaces, casuales, extrañas, un conjunto de colores que se
paseaba entre la oscura bóveda de lo eterno emergía por todas partes, Ignacio
estaba absorto de tanta belleza, si bien sentía que la pureza estaba ausente en
tal acto, consideraba sagrado tal juego de colores que danzaba en medio de la
nada. Allí preciso, entre los colores y la nada, el espectro de una mujer
apareció con timidez.
Podría
tratarse de un ser humano por su figura bípeda y el reflejo de un cabello
ondulado que se movía con el destello de las luces, pero los brazos eran
extraños tentáculos, figuras cilíndricas sin manos. No lograba observar bien si
tenía pies o zapatos, todo era oscuro, rodeado de estrellas de colores.
Ignacio
intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, momento preciso en
que una voz con distorsión electrónica saludaba, no se entendían las palabras,
pero se escuchaba un ruido que humanamente no era legible para el léxico
universal.
Alrededor
de las luces de colores podía verse con pequeños detalles, miradas de seres
desconocidos, y en esos seres desconocidos, un ser conocido: Michelle Cristina
Rueda Palacios.
Siendo
casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en la casa de tolerancia
el timbre sonó como era costumbre, Everardo que estaba a la puerta recibiendo a
los interesados en aquella ocasión estaba ausente, se ocupaba intentando
despertar al señor Méndez.
Angela León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, caminó con sus tacones y cubierta en una bata azul rey, abrió la puerta de la casa después de revisar por el visor, permitiendo que una dama entrara, le dio la bienvenida y le instó a seguir a la sala de estar, en un momento le atenderían.
Ella, con la voz
dulce y en un tono suave detuvo a la señorita Angela, le agradeció la amable
bienvenida y señaló que llegaba a recoger a un amigo que al parecer se había
pasado de copas.
Angela
León abrió los ojos con total sorpresa y felicidad, con un ademán dio la
bienvenida nuevamente y le pidió que esperara, caminó con el afán de los
desesperados, el sonido de sus tacones rompía el ritmo de la música que había
en el ambiente, en una de las habitaciones del primer piso informó a Everardo
de la novedad, quien, con gusto y premura, pidió ayuda para levantar a Ignacio
y llevarlo hasta la sala.
Entre
Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que Everardo trasladara el cuerpo
pesado de Raúl Ignacio hasta la sala de estar donde la dama les esperaba, ella
con una mirada complaciente agradeció por cuidar a su amigo en medio de tan
difícil momento, acto seguido insistió en que le ayudaran a subirlo al carro,
tarea que Everardo hizo con total malestar, mientras cargaba el pesado cuerpo
de un dormido Ignacio, refunfuñaba como un niño que era obligado a cumplir con
las tareas del hogar.
Le
pusieron el cinturón de seguridad y le entregaron el teléfono móvil, un paquete
de cigarrillos, una botella de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el
servicio consumido por el joven Ignacio. La mujer con sorpresa recibió todo y
lo guardó en el asiento trasero del carro, preguntó si podía pagar la cuenta
por transferencia, Everardo con una mirada de cansancio estiró la mano pesada y
llena de callos, para agradecer a la dama por el apoyo, confirmando que podía
pagar por ese medio. Ella con una mirada amigable sonrío y expresó excusas por
el comportamiento de Ignacio, prometiendo que no volvería a ocurrir, jamás.
Angela
León y Angela Vaca entraron a la casa y siguiendo las órdenes de limpiar el
cuarto donde estuvo Ignacio, dejaron a Everardo afuera conversando con la
señora junto al carro, un elegante Mazda 3 modelo 2024.
Everardo
se despidió verificando que la transferencia llegara sin novedad, no sin antes
preguntarle el nombre, para agradecerle formalmente.
Con un ademán ella se subió al carro, lo encendió y mientras salía, bajó el vidrio, sacó un billete de diez mil pesos de su bolso y estirando el brazo por la ventana se lo dio a Everardo, como propina.
- ¿Cómo es su nombre señorita? – Insistió.
- Michelle, señor. Mi nombre es Michelle Cristina. –
AV.




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