28 de abril de 2026

Los Colores de Ignacio (Ella)

 



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Marino atendió la llamada con la calma que la ocasión demandaba, sin dejarse llevar por las inestables emociones ni permitir que la ansiedad de Alfonso le interrumpiera. Del otro lado la voz ronca de un hombre mayor, se presentó con el afán de cualquier desconocido, explicó a Marino que le llamaba porque ese era el número de la última llamada que se registraba, que necesitaba que pasara a llevarse a Ignacio, tan pronto como fuera posible.

Marino agradeció la llamada y tomó nota de la dirección, una casa en un barrio al sur de la ciudad. Con un ademán convidó a sus compañeros a salir, Fabio terminó de comer el pastel de hojaldre, se limpió las manos con una servilleta y dando una palmada en la espalda animó a Alfonso a caminar, delante de ellos Marino caminaba pensativo.

Angela Vaca ayudó a Everardo a sentar a Ignacio en la cama para que se tomara un vaso de agua con limón, de fondo la música sonaba a alto volumen, Ignacio seguía débil y al parecer sin vida, era un ente dominado por el exceso de alcohol en su cuerpo, Everardo con algo de fuerza lo intentaba despertar pues necesitaba que se retirara de la casa pues ocupaba un cuarto que las empleadas necesitaban para cumplir con el turno correspondiente.

Con la amabilidad de una meretriz Angela Vaca observaba y en momentos, limpiaba la boca de Ignacio con un pañuelo mientras este bebía el agua de limón, le hablaba con una voz dulce para que despertara, pero en vano lograba su atención. Con apuro miraba el reloj esperando que llegaran pronto los amigos, en ocasiones algunos gemidos de Ignacio traían la ilusión de que despertara, por el contrario, él estaba en un colorido viaje de inexplicables sensaciones.

Se sentía mareado, tambaleaba de lado a lado como si el poder del whisky todavía le dominara, quería salir y volver a casa, estaba agotado y triste. Encontrarse con su amigo Emanuel le había despertado una especie de nostalgia que trascendía de lo humano, algo como un halo de luz sagrada que le bendecía que el fervor de la despedida de este mundo.

Con gran preocupación recordó a su amigo José Isidro Segundo, le sorprendió verle en silencio, atrapado en medio de la oscuridad, de aquella bóveda negra donde no existía el arriba o el abajo, ese cuarto eterno de silencio en dónde incluso sus propios demonios se perdían desorientados,

Ignacio comenzó a caminar allí, en el otro mundo, en el onírico paraíso de los condenados. Sabía que seguía en aquel lupanar al sur de la ciudad, pero su espíritu, su alma, aquello gaseoso que le daba conciencia lo había trasladado a aquel oscuro escenario de vida y de muerte. 

Retomaba sus pasos quizás con el anhelo de salvar a Jose Isidro, uno de muchos peculiares amigos que la vida le había permutado; recordó el momento en que lo conoció, un día cualquiera en la Casa Azul, de seguro era diciembre o enero, porque la ciudad seguía de fiestas, era un día cualquiera y allí José Isidro estaba sentado leyendo un libro de historia, con una copa de Malbec y acompañado de un joven Alfonso, quien leía un libro de historia, pero del cine.

Su recuerdo se fue desvaneciendo con otro, como programa de televisión que desaparece con el cambio de canal, ahora estaba viendo el recuerdo de su primera discusión, también con José Isidro Segundo. Siempre por dinero, siempre por una dama, esa ocasión, Juliana Augusta Paredes era su compañera de mesa, una fulana que su amiga Ángela María, su cómplice de asuntos laborales le había presentado para fines románticos.

Un febrero de aquellos desnudos que trajo el mundo pospandémico, José Isidro coincidió en la Casa Azul donde tomaron un par de botellas de Malbec, Juliana comentaba en la mesa que trabajaba como agente comercial de una inmobiliaria de la ciudad, José Isidro, con el pecho inflado, hablaba de sus hitos como abogado, Ignacio, con las voces en su cabeza reprochando la situación, simplemente miraba con incomodidad a ambos comensales.

El recuerdo se desvaneció justo en el momento en que Raúl Ignacio Méndez se levantaba de la mesa para acudir a los improperios, como una especie de censura del más allá.

En esta oportunidad un juego de luces vivas, variopintas, como estrellas centellantes, fugaces, casuales, extrañas, un conjunto de colores que se paseaba entre la oscura bóveda de lo eterno emergía por todas partes, Ignacio estaba absorto de tanta belleza, si bien sentía que la pureza estaba ausente en tal acto, consideraba sagrado tal juego de colores que danzaba en medio de la nada. Allí preciso, entre los colores y la nada, el espectro de una mujer apareció con timidez.

Podría tratarse de un ser humano por su figura bípeda y el reflejo de un cabello ondulado que se movía con el destello de las luces, pero los brazos eran extraños tentáculos, figuras cilíndricas sin manos. No lograba observar bien si tenía pies o zapatos, todo era oscuro, rodeado de estrellas de colores.

Ignacio intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, momento preciso en que una voz con distorsión electrónica saludaba, no se entendían las palabras, pero se escuchaba un ruido que humanamente no era legible para el léxico universal.

Alrededor de las luces de colores podía verse con pequeños detalles, miradas de seres desconocidos, y en esos seres desconocidos, un ser conocido: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Siendo casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en la casa de tolerancia el timbre sonó como era costumbre, Everardo que estaba a la puerta recibiendo a los interesados en aquella ocasión estaba ausente, se ocupaba intentando despertar al señor Méndez.

Angela León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, caminó con sus tacones y cubierta en una bata azul rey, abrió la puerta de la casa después de revisar por el visor, permitiendo que una dama entrara, le dio la bienvenida y le instó a seguir a la sala de estar, en un momento le atenderían.

Ella, con la voz dulce y en un tono suave detuvo a la señorita Angela, le agradeció la amable bienvenida y señaló que llegaba a recoger a un amigo que al parecer se había pasado de copas.

Angela León abrió los ojos con total sorpresa y felicidad, con un ademán dio la bienvenida nuevamente y le pidió que esperara, caminó con el afán de los desesperados, el sonido de sus tacones rompía el ritmo de la música que había en el ambiente, en una de las habitaciones del primer piso informó a Everardo de la novedad, quien, con gusto y premura, pidió ayuda para levantar a Ignacio y llevarlo hasta la sala.

Entre Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que Everardo trasladara el cuerpo pesado de Raúl Ignacio hasta la sala de estar donde la dama les esperaba, ella con una mirada complaciente agradeció por cuidar a su amigo en medio de tan difícil momento, acto seguido insistió en que le ayudaran a subirlo al carro, tarea que Everardo hizo con total malestar, mientras cargaba el pesado cuerpo de un dormido Ignacio, refunfuñaba como un niño que era obligado a cumplir con las tareas del hogar.

Le pusieron el cinturón de seguridad y le entregaron el teléfono móvil, un paquete de cigarrillos, una botella de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el servicio consumido por el joven Ignacio. La mujer con sorpresa recibió todo y lo guardó en el asiento trasero del carro, preguntó si podía pagar la cuenta por transferencia, Everardo con una mirada de cansancio estiró la mano pesada y llena de callos, para agradecer a la dama por el apoyo, confirmando que podía pagar por ese medio. Ella con una mirada amigable sonrío y expresó excusas por el comportamiento de Ignacio, prometiendo que no volvería a ocurrir, jamás.

Angela León y Angela Vaca entraron a la casa y siguiendo las órdenes de limpiar el cuarto donde estuvo Ignacio, dejaron a Everardo afuera conversando con la señora junto al carro, un elegante Mazda 3 modelo 2024.

Everardo se despidió verificando que la transferencia llegara sin novedad, no sin antes preguntarle el nombre, para agradecerle formalmente.

Con un ademán ella se subió al carro, lo encendió y mientras salía, bajó el vidrio, sacó un billete de diez mil pesos de su bolso y estirando el brazo por la ventana se lo dio a Everardo, como propina.

- ¿Cómo es su nombre señorita? – Insistió.

- Michelle, señor. Mi nombre es Michelle Cristina. –

AV.

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