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Marino conoció a Fabio Andrés en el calor de marzo de 2013, se tomaron un café en la plazoleta del centro comercial Chipichape, cerca de las tres de la tarde. Fabio estaba buscando un aliado en la ciudad, estaba casi al borde del desespero pues un cliente podría perder los ahorros de su vida y una propiedad de tradición familiar, por culpa de un mal acuerdo comercial.
Marino Esteban estudió Derecho en la Universidad Católica, había logrado abrir una oficina de asesoría legal con unos colegas recomendados por su padre, otro reconocido abogado del ayer. En aquella oficina atendían casos penales y laborales, rara vez un caso de Derecho de Familia.
Aceptó reunirse con Fabio porque su padre, Don Eliecer, se lo recomendó.
Fabio
Andrés con su natal acento empezó por explicar que la familia que ayudaba le
contactó por una recomendación del consultorio jurídico, pues él estaba
inscrito en esa base de datos como voluntario, sin embargo fue al momento de
entrevistarse con la pareja de esposos que descubrió que era un caso de mayor
complejidad, pues no solo se iba a reclamar el pago justo de arriendo de los
años anteriores, que sin justa causa la empresa de bebidas había dejado de
pagar, sino que se descubría un deterioro del inmueble muy distinto, a las
condiciones en que se dio el primer contrato de arrendamiento años atrás.
La
preocupación de Fabio residía en que la lucha superaba el escenario de una
conciliación, la fuerza de los abogados de la contraparte ya procedía desde la
casa matriz y él solo contra una franquicia de ese talante era un esfuerzo por
demás inútil, de allí la voluntad de sumar esfuerzos.
Marino
entendió de inmediato que estaba ante un caso de telenovela, si todo salía lo deseado,
estaría siendo protagonista de una lucha desigual entre las grandes corporaciones
y los ciudadanos de a pie, como aquella pareja de esposos que reclamaban justicia
por su propiedad.
Empezaron
a trabajar a la distancia, una vez o dos quizás, se reunían en Cali para
abordar el caso, acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor pero
a medida que la complejidad se iba convirtiendo en tensa reflexión, sugirió que
trabajaran con más intensidad, decisión que llevó a Fabio Andrés Barona instalarse
en la ciudad como un visitante más de esos que el empleo y el amor trajeron por
coincidencia.
La
amistad con Fabio fue respetuosa desde el inicio, se entendieron de maravilla y
encontraron temas afines en sus intereses intelectuales, desde la geopolítica
internacional y el análisis económico, hasta el fútbol local y las mujeres.
La
residencia de Fabio en la ciudad superó el tiempo esperado y ello terminó en una
mudanza completa a término indefinido, Marino Esteban le convidó un espacio
para trabajar en su despacho y poco a poco le invitó a probar la gastronomía local
e internacional.
Aquella noche de 2017 llegó con curiosa insistencia al barrio El Peñón.
Siguiendo las
indicaciones de su ahora mejor amigo, Fabio, entró a la Casa Azul, no la
conocía y le pareció un lugar bien decorado y por lo menos, de nivel, similar a
los restaurantes que visitaba a la hora del almuerzo.
Para
Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, quizás por sus orígenes económicos
o sus ínsulas de príncipe, veía a todo el mundo por debajo de sus capacidades,
sólo respetaba a Fabio porque desde el principio fue una recomendación de su
padre de lo contrario lo vería como un paisa aparecido en tierras ingratas.
Marino
Esteban creció siempre rodeado de lujos, su padre Eliecer Rúales fue alcalde de
la ciudad, fue concejal, y para aquel entonces ya desempeñaba labores de
Senador. Su madre, Margarita Peña, era voluntaria en una reconocida ONG de la
ciudad y al no tener hermanos disfrutaba de los lujos del apellido y del
patrimonio mismo.
Quizás
de postura arrogante, no era mala persona pero si imprudente y clasista, un
clasismo ingenuo en el que consideraba que daba trato justo a sus pares y a los
desconocidos porque eso lo aprendió en casa, en el colegio y en la universidad,
por lo tanto pensaba, todo estaba bien.
Nunca
tuvo inconvenientes con Fabio porque al parecer él, desde su origen paisa, era
también un ser pudiente y de apellido honorable.
Llegó
pasadas las ocho de la noche, estacionó su camioneta a un lado y con el
teléfono en la mano miraba para todas partes, la fachada era blanca como todos
los locales de esa calle en el vecindario, un letrero sobrio de pasta con los
colores de la bandera argentina y adentro, una barra grande de madera decorada
con copas de colores y muchas botellas de licor importado.
A
un costado encontró a Fabio conversando con un señor mayor, no mucho, pero algo
mayor que él. Se acercó y saludó a ambos, se presentó como Marino Rúales,
omitiendo el Estaban, quizás porque le disgustaba tal composición. Don Emanuel
le regresó el saludo y con ese acento argentino que endulza el oído de los
descuidados, invitó a Marino a acompañarlos con un trago de Martini.
Aquella
noche no solo Fabio conoció a la que sería su novia por un tiempo sino, que
Marino conoció al que sería su futuro Bar de preferencia, tanto para el debate
social con Fabio, como para las citas románticas con las mujeres que a bien
aceptaran su cordial galantería.
Emanuel
Contreras encontró en Fabio y Marino dos prospectos de abogados diferentes,
Marino un político que ejerce el derecho y Fabio, un abogado que quiere ser salvador
de la humanidad. Les habló un poco de su vida y todo lo aprendido en Mendoza en
vinos y comida, cómo el turismo era una industria fuerte que no se aprovechaba
en Colombia y, de la belleza de las mujeres de Cali. Confesó estar enamorado de
cada señorita que pasaba caminando por el barrio, nunca denigró de la belleza
de las mujeres de Argentina o de Chile, pero resaltaba siempre la beldad de las
caleñas.
Marino
guardaba silencio con una sonrisa desafiante, entendía que a Emanuel como a
cualquier extranjero le llamaba la atención la apariencia vulgar de
las mujeres, que la belleza estaba en los senos y la cola, todo desde la
perspectiva salvaje de querer copular a tiempo completo. Para Marino la belleza
estaba en el rostro, en la inteligencia y en el evidente crecimiento profesional
que una mujer pudiese demostrar, quizás por eso apoyaba a Fabio en su intento
de conquistar a Lizeth, aunque le fastidiaba la idea de que fuese divorciada.
Emanuel
continuó su testimonio sobre la belleza de país que era Colombia, la calidad de
sus ciudadanos y la tranquilidad de Cali como destino, incluso por encima de
las tragedias que le precedían en los ochenta y noventa. Fabio Andrés secundó
la historia, como buen paisa, recalcó las bondades de su Pereira natal, pero reconocía
en Cali un destino ideal para cualquier hombre de bien.
Marino
seguía sin entender, para él la ciudad no era más que un pueblo de ignorantes
que se la pasaban de fiesta en fiesta sin ningún proyecto de progreso, la evidencia
la daba las calles en mal estado y la ausencia de rascacielos que consolidaran
un centro financiero internacional.
Después
de varias rondas de Martini, Marino, Fabio y Emanuel eran los mejores amigos.
En
la mañana de aquel marzo de 2026, nueve años más adelante en el tiempo, Marino
no lograba procesar con claridad la noticia del fallecimiento de Emanuel, le
era insoportable vivir en un mundo en el que su admirado colega y sibarita
estaba ausente de toda humanidad.
Llegó
en su camioneta a la estación de policía de la carrera primera, a su lado como
copiloto iba Fabio, quien intentaba con Alfonso, ampliar información.
Se encontraron en la entrada principal, registraron los datos de ingreso y fueron a declarar a la policía. En los testimonios informaron que la noche anterior se reunieron para hablar de economía, que bebieron vino, whisky y hasta brandy, cada uno en su deseo particular. Explicaron que cada martes se citaban para dar tertulia a los afanes de la vida, incluso señalaron que una dama acompañaba a los caballeros aquella verbena de geopolítica y gastronomía.
El
agente de policía que tomaba la declaración explicó que precisamente en el apartamento
del señor Contreras se encontraron pertenencias de una mujer sin identificar. A
sus adentros Marino pensaba que podían ser de cualquiera, porque preciso a
Emanuel le encantaban las mujeres jóvenes, muy jóvenes.
Al
finalizar la reunión, Alfonso explicó al policía que dos amigos más estuvieron
con ellos en la noche anterior, José Isidro Caicedo e Ignacio Méndez.
Con
una pregunta de rigor y un gesto de cordialidad el policía pidió el contacto de
cada uno de los señores mencionados, Juan Alfonso con la ingenuidad de siempre,
dio el número telefónico de José Isidro, a quien consideraba su hermano de la
vida. Marino, con algo de distancia, brindó el teléfono de Ignacio.
El
policía agradeció a los tres caballeros el apoyo en la pesquisa y recomendó
mantener contacto, pues desconocían aún quién era la mujer que le acompañaba y
segundo, la causa de muerte.
Fabio
Andrés con su idiosincrasia pereirana preguntó al policía si tenían claridad de
algo que permitiera saber qué había ocurrido, Alfonso insistió que era extraño todo
lo que pasaba preciso, porque la noche anterior todo marchaba con total normalidad.
Marino
seguía en silencio, tomando distancia.
El
policía reiteró que no había datos claros para dar una declaración formal de lo
sucedido, pero mencionó dos aspectos que inclusive, invitó a los señores a que
apoyaran en verificar la información.
Primero
mencionó que falleció en casa, en cama, al parecer por síndrome coronario agudo
o muerte súbita cardíaca. Se descartaba el consumo de fármacos o estupefacientes.
Segundo, la identidad de la mujer no era aún posible determinar, en el edificio
el personal de seguridad insiste en que el señor Contreras ingresó solo al
apartamento.
Marino
que estaba con los brazos cruzados notó que a Juan Alfonso le llegó un mensaje
al teléfono, esta vez de un número sin identificar. Alfonso se retiró y con
cara de vergüenza pidió permiso para atender, aún tenía los ojos rojos de llorar,
miró el teléfono y el mismo remitente de horas atrás le escribía nuevamente:
“El
Consejo Jedi al parecer sigue incompleto ¿Dónde terminará todo esto?”
Juan Alfonso abrió los ojos con tanto temor e indignación que preciso, cruzó su mirada con Marino Esteban, quedando en evidencia que algo ocurría. Fabio Andrés interrumpió el silencio incómodo y con una frase lapidaria invitó a sus compañeros a salir:
“Ignacio
no contesta, le he marcado tres veces y no responde. Camine vamos a buscarlo a
la casa a ver qué es lo que pasa”.
Juan Alfonso con las llaves del carro en la mano, guardó el teléfono en el bolsillo y salió en silencio, pensativo, Marino lo alcanzó en la puerta y con una pregunta leve, lo detuvo:
“¿Todo bien Alfonso?”
AV.




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