5 de abril de 2026

Marino Esteban Rúales Peña. (La Reunión).

 



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Marino conoció a Fabio Andrés en el calor de marzo de 2013, se tomaron un café en la plazoleta del centro comercial Chipichape, cerca de las tres de la tarde. Fabio estaba buscando un aliado en la ciudad, estaba casi al borde del desespero pues un cliente podría perder los ahorros de su vida y una propiedad de tradición familiar, por culpa de un mal acuerdo comercial.

Marino Esteban estudió Derecho en la Universidad Católica, había logrado abrir una oficina de asesoría legal con unos colegas recomendados por su padre, otro reconocido abogado del ayer. En aquella oficina atendían casos penales y laborales, rara vez un caso de Derecho de Familia.

Aceptó reunirse con Fabio porque su padre, Don Eliecer, se lo recomendó.

Fabio Andrés con su natal acento empezó por explicar que la familia que ayudaba le contactó por una recomendación del consultorio jurídico, pues él estaba inscrito en esa base de datos como voluntario, sin embargo fue al momento de entrevistarse con la pareja de esposos que descubrió que era un caso de mayor complejidad, pues no solo se iba a reclamar el pago justo de arriendo de los años anteriores, que sin justa causa la empresa de bebidas había dejado de pagar, sino que se descubría un deterioro del inmueble muy distinto, a las condiciones en que se dio el primer contrato de arrendamiento años atrás.

La preocupación de Fabio residía en que la lucha superaba el escenario de una conciliación, la fuerza de los abogados de la contraparte ya procedía desde la casa matriz y él solo contra una franquicia de ese talante era un esfuerzo por demás inútil, de allí la voluntad de sumar esfuerzos.

Marino entendió de inmediato que estaba ante un caso de telenovela, si todo salía lo deseado, estaría siendo protagonista de una lucha desigual entre las grandes corporaciones y los ciudadanos de a pie, como aquella pareja de esposos que reclamaban justicia por su propiedad.

Empezaron a trabajar a la distancia, una vez o dos quizás, se reunían en Cali para abordar el caso, acudía a los despachos judiciales a dar trámite de rigor pero a medida que la complejidad se iba convirtiendo en tensa reflexión, sugirió que trabajaran con más intensidad, decisión que llevó a Fabio Andrés Barona instalarse en la ciudad como un visitante más de esos que el empleo y el amor trajeron por coincidencia.

La amistad con Fabio fue respetuosa desde el inicio, se entendieron de maravilla y encontraron temas afines en sus intereses intelectuales, desde la geopolítica internacional y el análisis económico, hasta el fútbol local y las mujeres.

La residencia de Fabio en la ciudad superó el tiempo esperado y ello terminó en una mudanza completa a término indefinido, Marino Esteban le convidó un espacio para trabajar en su despacho y poco a poco le invitó a probar la gastronomía local e internacional.

Aquella noche de 2017 llegó con curiosa insistencia al barrio El Peñón.

Siguiendo las indicaciones de su ahora mejor amigo, Fabio, entró a la Casa Azul, no la conocía y le pareció un lugar bien decorado y por lo menos, de nivel, similar a los restaurantes que visitaba a la hora del almuerzo.

Para Marino la Casa Azul era un exótico bar de esquina, quizás por sus orígenes económicos o sus ínsulas de príncipe, veía a todo el mundo por debajo de sus capacidades, sólo respetaba a Fabio porque desde el principio fue una recomendación de su padre de lo contrario lo vería como un paisa aparecido en tierras ingratas.

Marino Esteban creció siempre rodeado de lujos, su padre Eliecer Rúales fue alcalde de la ciudad, fue concejal, y para aquel entonces ya desempeñaba labores de Senador. Su madre, Margarita Peña, era voluntaria en una reconocida ONG de la ciudad y al no tener hermanos disfrutaba de los lujos del apellido y del patrimonio mismo.

Quizás de postura arrogante, no era mala persona pero si imprudente y clasista, un clasismo ingenuo en el que consideraba que daba trato justo a sus pares y a los desconocidos porque eso lo aprendió en casa, en el colegio y en la universidad, por lo tanto pensaba, todo estaba bien.

Nunca tuvo inconvenientes con Fabio porque al parecer él, desde su origen paisa, era también un ser pudiente y de apellido honorable.

Llegó pasadas las ocho de la noche, estacionó su camioneta a un lado y con el teléfono en la mano miraba para todas partes, la fachada era blanca como todos los locales de esa calle en el vecindario, un letrero sobrio de pasta con los colores de la bandera argentina y adentro, una barra grande de madera decorada con copas de colores y muchas botellas de licor importado.

A un costado encontró a Fabio conversando con un señor mayor, no mucho, pero algo mayor que él. Se acercó y saludó a ambos, se presentó como Marino Rúales, omitiendo el Estaban, quizás porque le disgustaba tal composición. Don Emanuel le regresó el saludo y con ese acento argentino que endulza el oído de los descuidados, invitó a Marino a acompañarlos con un trago de Martini.

Aquella noche no solo Fabio conoció a la que sería su novia por un tiempo sino, que Marino conoció al que sería su futuro Bar de preferencia, tanto para el debate social con Fabio, como para las citas románticas con las mujeres que a bien aceptaran su cordial galantería.

Emanuel Contreras encontró en Fabio y Marino dos prospectos de abogados diferentes, Marino un político que ejerce el derecho y Fabio, un abogado que quiere ser salvador de la humanidad. Les habló un poco de su vida y todo lo aprendido en Mendoza en vinos y comida, cómo el turismo era una industria fuerte que no se aprovechaba en Colombia y, de la belleza de las mujeres de Cali. Confesó estar enamorado de cada señorita que pasaba caminando por el barrio, nunca denigró de la belleza de las mujeres de Argentina o de Chile, pero resaltaba siempre la beldad de las caleñas.

Marino guardaba silencio con una sonrisa desafiante, entendía que a Emanuel como a cualquier extranjero le llamaba la atención la apariencia vulgar de las mujeres, que la belleza estaba en los senos y la cola, todo desde la perspectiva salvaje de querer copular a tiempo completo. Para Marino la belleza estaba en el rostro, en la inteligencia y en el evidente crecimiento profesional que una mujer pudiese demostrar, quizás por eso apoyaba a Fabio en su intento de conquistar a Lizeth, aunque le fastidiaba la idea de que fuese divorciada.

Emanuel continuó su testimonio sobre la belleza de país que era Colombia, la calidad de sus ciudadanos y la tranquilidad de Cali como destino, incluso por encima de las tragedias que le precedían en los ochenta y noventa. Fabio Andrés secundó la historia, como buen paisa, recalcó las bondades de su Pereira natal, pero reconocía en Cali un destino ideal para cualquier hombre de bien.

Marino seguía sin entender, para él la ciudad no era más que un pueblo de ignorantes que se la pasaban de fiesta en fiesta sin ningún proyecto de progreso, la evidencia la daba las calles en mal estado y la ausencia de rascacielos que consolidaran un centro financiero internacional.

Después de varias rondas de Martini, Marino, Fabio y Emanuel eran los mejores amigos.

En la mañana de aquel marzo de 2026, nueve años más adelante en el tiempo, Marino no lograba procesar con claridad la noticia del fallecimiento de Emanuel, le era insoportable vivir en un mundo en el que su admirado colega y sibarita estaba ausente de toda humanidad.

Llegó en su camioneta a la estación de policía de la carrera primera, a su lado como copiloto iba Fabio, quien intentaba con Alfonso, ampliar información.

Se encontraron en la entrada principal, registraron los datos de ingreso y fueron a declarar a la policía. En los testimonios informaron que la noche anterior se reunieron para hablar de economía, que bebieron vino, whisky y hasta brandy, cada uno en su deseo particular. Explicaron que cada martes se citaban para dar tertulia a los afanes de la vida, incluso señalaron que una dama acompañaba a los caballeros aquella verbena de geopolítica y gastronomía.

El agente de policía que tomaba la declaración explicó que precisamente en el apartamento del señor Contreras se encontraron pertenencias de una mujer sin identificar. A sus adentros Marino pensaba que podían ser de cualquiera, porque preciso a Emanuel le encantaban las mujeres jóvenes, muy jóvenes.

Al finalizar la reunión, Alfonso explicó al policía que dos amigos más estuvieron con ellos en la noche anterior, José Isidro Caicedo e Ignacio Méndez.

Con una pregunta de rigor y un gesto de cordialidad el policía pidió el contacto de cada uno de los señores mencionados, Juan Alfonso con la ingenuidad de siempre, dio el número telefónico de José Isidro, a quien consideraba su hermano de la vida. Marino, con algo de distancia, brindó el teléfono de Ignacio.

El policía agradeció a los tres caballeros el apoyo en la pesquisa y recomendó mantener contacto, pues desconocían aún quién era la mujer que le acompañaba y segundo, la causa de muerte.

Fabio Andrés con su idiosincrasia pereirana preguntó al policía si tenían claridad de algo que permitiera saber qué había ocurrido, Alfonso insistió que era extraño todo lo que pasaba preciso, porque la noche anterior todo marchaba con total normalidad.

Marino seguía en silencio, tomando distancia.

El policía reiteró que no había datos claros para dar una declaración formal de lo sucedido, pero mencionó dos aspectos que inclusive, invitó a los señores a que apoyaran en verificar la información.

Primero mencionó que falleció en casa, en cama, al parecer por síndrome coronario agudo o muerte súbita cardíaca. Se descartaba el consumo de fármacos o estupefacientes. Segundo, la identidad de la mujer no era aún posible determinar, en el edificio el personal de seguridad insiste en que el señor Contreras ingresó solo al apartamento.

Marino que estaba con los brazos cruzados notó que a Juan Alfonso le llegó un mensaje al teléfono, esta vez de un número sin identificar. Alfonso se retiró y con cara de vergüenza pidió permiso para atender, aún tenía los ojos rojos de llorar, miró el teléfono y el mismo remitente de horas atrás le escribía nuevamente:

“El Consejo Jedi al parecer sigue incompleto ¿Dónde terminará todo esto?”

Juan Alfonso abrió los ojos con tanto temor e indignación que preciso, cruzó su mirada con Marino Esteban, quedando en evidencia que algo ocurría. Fabio Andrés interrumpió el silencio incómodo y con una frase lapidaria invitó a sus compañeros a salir:

“Ignacio no contesta, le he marcado tres veces y no responde. Camine vamos a buscarlo a la casa a ver qué es lo que pasa”.

Juan Alfonso con las llaves del carro en la mano, guardó el teléfono en el bolsillo y salió en silencio, pensativo, Marino lo alcanzó en la puerta y con una pregunta leve, lo detuvo:

“¿Todo bien Alfonso?”

AV.

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