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6 de mayo de 2026

El día después. (Raúl Ignacio Méndez Hau).

 



Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/


Michelle despertó renovada, se sentía tranquila y llena de vida, su cuerpo cada vez más vital, sus ojos negros brillaban con la satisfacción de un placer adquirido, hace tiempo no se sentía completa, quizás la última vez que esa sensación la abordaba fue en su juventud en Medellín, durante sus estudios cuando un par de ebrios transeúntes querían ultrajarle, con el triste final de ser devorados por esas sombras que su interior cargaba.

Esa mañana de miércoles llegó al hotel para iniciar sus labores administrativas, muy temprano a las siete de la mañana de un día cualquiera de marzo, estaba vestida con un elegante traje azul oscuro bordado con las credenciales de la cadena hotelera. Su cabello recogido y una sonrisa enmarcada en un lápiz labial que le resaltaba aquella belleza que las mujeres de su tierra suelen emanar.

En dos oportunidades mientras pasaba revista en uno de los auditorios del hotel que estaba ocupado por una convención de empresas de tecnología, sintió la presencia de Jose Isidro, como si su ser etéreo estuviese husmeando en su entorno, pensó por un instante que era solo la culpa de haber sacrificado a un cristiano en melancolía, pero aquel sentimiento de culpa se descartaba de inmediato al verle reflejado en los cristales de cada ventana o puerta que cruzaba.

Encontraba al taciturno abogado caminando desorientado, intentaba llamarle, sus expresiones ahora inhumanas trascendían de la bóveda oscura de lo inexistente, para acosarle en breves segundos de su jornada laboral.

Quería suponer que eran pensamientos de remordimiento, pero el silencio de cada situación era agobiante, en efecto, él caminaba cerca, sin entender el cómo o el por qué llegaba a hacerse a la idea de que los dioses del mundo oscuro lo estaban regresando a su natural universo de seres humanos y angelicales. Se encerró en uno de los baños y sentada sobre el inodoro se quedó con los ojos cerrados buscando una puerta, una ventana, algún agujero que le permitiera ver lo que los mortales corrientes no entienden ni nunca podrán avistar.

Una luz.

Una luz azul, en ocasiones roja, con vistos amarillos, algo de música, música urbana.

Ritmos latinoamericanos interrumpían lo que debía de ser un silencio sepulcral, de esos nítidos espacios del más allá donde ningún santo quiere caminar.

Aquel ruido popular dejó fuera de lugar a Michelle Cristina, nunca en su mediana experiencia había visto algo posible.

¿Música para los muertos?

La puerta de entrada a la zona de baños sonó con fuerza, alguien había entrado, de seguro con el afán de un intestino impaciente. Michelle salió del trance y se compuso nuevamente, bajó el agua del inodoro para emular que estaba haciendo del cuerpo y salió acomodándose el saco del uniforme, un blazer tan elegante como sus métodos de conquista.

Al salir se cruzó con una mujer de mediana edad, preciso estaba con el afán de poder descargar aquello que le aquejaba en su interior. Le ignoró y comenzó a lavarse las manos, por un segundo, de esas nimiedades que nosotros los humanos no podemos percibir, Jose Isidro Segundo Caicedo apareció en el reflejo, estaba casi invisible, pero Michelle Cristina bien sabía que era él.

Lo vio confundido, caminando como un viajero que busca la salida, algo imperdonable para ella. Para ese instante lo consideró una anécdota de quien apenas inicia la travesía al bajo astral, pero su indiferente mirada se quedó perpleja al notar que preciso, Jose Isidro estaba conversando con alguien, como si fuese un saludo.

Era Raúl Ignacio Méndez Hau.

Michelle salió del baño con pasos fuertes, el tacón de su calzado lograba hacer algo de ruido sobre el tradicional alfombrado del hotel, caminó queriendo encontrar un lugar dónde emerger su no santa costumbre de intimidad, dominar a aquellos que osaban desafiarla. Preciso afán de la vida, el agente responsable de relaciones públicas de una de las empresas a cargo del evento se acercó para interponer algunas quejas con el servicio del hotel.

De aquel prestigioso hotel que estaba a su cargo.

Atendió las demandas del cliente, un cliente que pagaba la factura con recursos del Ministerio de Ciencia y Tecnología del gobierno nacional, razón por la cual era prioritario solucionar en vez de postergar. Aquella solicitud logró robarle casi la mañana entera, primero por temas de conectividad porque el operador del servicio había fallado, segundo con la atención en el servicio de catering, pues la comida que se brindó era diferente a la contratada afectando la calidad del servicio y el cumplimiento del contrato.

Sin ser exagerados, el apoyo con el montaje del escenario, tanto sonido como luces estaba fallando, y para sumar a la desgracia, el aire acondicionado del auditorio estaba sin cumplir las expectativas de los más de doscientos asistentes.

Aquella mañana de un miércoles de marzo, Michelle tuvo que acudir a todas sus sabias maromas para responder a las exigencias del cliente, como era su labor. Sus auxiliares dieron todo el apoyo, el equipo completo del hotel estaba a su disposición con tal de que todo se solucionara y en esa compleja situación, el tiempo avanzó como el vuelo de un colibrí.

A las once de la mañana todo estaba nuevamente en orden, con el reto además de comenzar a preparar todo lo necesario para el almuerzo el cual, era contratado con un proveedor externo del hotel, otro reto que no se podía dar el lujo de que fallara.

En aquellos instantes de preocupación pudo encontrarse con Jose Isidro otra vez, él no la veía, de seguro ignoraba que su triste existencia era vista desde el mundo de los humanos a través del reflejo de los cristales, pero Michelle bien podía enterarse de que allá, donde el tiempo y el espacio no tienen orden ni secuencia, Ignacio deambulaba como un mensajero de esperanza.

Al terminar los afanes de sus clientes, se encerró nuevamente en el baño, en tal oportunidad, en el lugar destinado para los administrativos del hotel. Allí se sentó sobre el inodoro y con los ojos cerrados invocó a aquellos seres de los que no podemos hablar. Siguiendo las enseñanzas de su abuela Aurora, logró abrir el portal que divide lo creíble de lo inmarcesible, se lanzó como un pelicano cazando a su presa, rompiendo todo límite de lo humano y lo etéreo hasta caer en esa zona oscura.

Su llegada despertó a los fuegos fatuos, varios orbes que deambulaban como la costumbre del universo sustenta, encendieron sus luces en acto de defensa, como un pez globo en medio del temor a ser cazado.

Michelle, en forma de espectro navegaba intentando alcanzar a Ignacio.

Esquivó varias luces hasta poder ubicarse donde los dos caballeros deambulaban. Ignacio intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, con la fe misma de que era su amigo Jose Isidro Segundo.

En ese momento Michelle soltó un grito de histeria, quería evitar cualquier contacto, su voz emergía con una distorsión electrónica que no era legible para cualquier ser humano, pero se escuchaba como un ruido que llamaba la atención de Ignacio.

Alrededor de las luces de colores que flotaban por todo el recinto, Ignacio podía ver con pequeños detalles, miradas de seres desconocidos, y en esos seres desconocidos, identificó a uno de ellos: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Ambos, tanto Michelle como Ignacio se asustaron, quizás era la vez primera que dos seres vivos se cruzaban en un entorno dónde los vivos jampas deberían de indagar.

Ignacio despertó por un momento y se cruzó con la mirada de Everardo quien de modo insistente le pedía que se retirara, que ya estaba tarde.

Jose Isidro Segundo con el anhelo de entender qué ocurría quería acercarse a su amigo Ignacio, pero preciso, la presencia de Michelle logró alejarle de la única posibilidad de interactuar con un ser humano decente.

En el fondo Michelle sintió que todo estaba solucionado.

Volvió en sí y saliendo del baño se encontró con uno de sus auxiliares que le estaba buscando, recibió la instrucción de que el almuerzo estaba demorado.

Con la ira de quien quiere controlarlo todo salió apurada a llamar al proveedor, durante esa llamada Ignacio nuevamente volvió a entrar al mundo de lo inmarcesible.

En aquella ocasión no pudo acercarse más a Jose Isidro, pero para sorpresa suya, se encontró con Emanuel, su viejo amigo.

Logró acercarse y con lágrimas en los ojos, dejó que su llanto fuera la manera de comunicar todo aquello que le afligía, desde los demonios que le susurraban en su cabeza, hasta las pesadillas que le obligaban a viajar a mundo incomprendidos. Emanuel, de manera etérea le abrazó explicándole que todo era suficiente, que ahora estaba por emprender un camino de redención que no sabría cómo iba a culminar.

Michelle, mientras sostenía la conversación con el proveedor sintió una punzada en su pecho, de modo alguno supo que era la abuela Aurora quien le buscaba.

Colgó el teléfono y con los ojos cerrados dejó que ella se hiciera con su cuerpo, en un trance que ningún humano presente pudiera entender, permitió que tomara una libreta de apuntes y un lapicero con el membrete de la cadena hotelera, sobre una hoja amarilla escribió la dirección de una casa en el barrio Las Vegas, al sur de la ciudad.

A las doce con diez minutos llegó el almuerzo que según la agenda logística, debía de aparecer a las once de la mañana. Michelle, descompuesta por la situación, delegó en sus auxiliares la tarea de que todo se hiciera según el contrato, no era fácil servir comida para casi 250 comensales en menos de diez minutos.

Con un par de excusas incoherentes se hizo a un lado y salió del hotel, dejó el saco de su uniforme en su puesto de trabajo y tomó rumbo en el carro a la dirección que estaba en la hoja amarilla, con una letra poco legible, pero perceptible.

Siendo casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en el barrio Las Vegas, el timbre de una casa de tolerancia sonó como era costumbre, Angela León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, abrió la puerta, detrás de ella apareció Everardo con cara de pocos amigos, estaba cansado y cumpliendo horario extra a su habitual turno de vigilancia.

Informó que estaba atenta a recoger a un amigo suyo, a Ignacio, ambos con la amabilidad de un verdugo le hicieron seguir para verificar que era la persona que buscaba. Minutos más tarde, entre Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que Everardo trasladara el cuerpo pesado de Ignacio hasta el carro, un elegante Mazda 3.

Entregaron a Michelle el teléfono móvil de Ignacio, un paquete de cigarrillos, una botella de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el servicio que adeudaba.

Michelle sin oponerse a la situación dejó salir una sonrisa de esas que usa para cazar a sus presas, pagó la cuenta y se despidió de los preocupados trabajadores.

A la final, le parecía que estaba pagando un buen precio por todo.

AV.


6 de abril de 2026

Raúl Ignacio Méndez Hau. (Susurros).

 



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Las primeras voces que escuchó llegaron cerca de la noche buena, un diciembre de 1993. De fondo sonaba la popular música puertorriqueña, su padre, Raúl Ernesto Méndez bailaba con la hermana mayor, la tía Amparo Méndez, al parecer una novedad musical del Gran Combo de Puerto Rico. Su madre, Patricia Hau, estaba sentada en la sala con sus hermanas y algunos vecinos que se sumaban a la celebración decembrina, para aquellos tiempos la única preocupación eran las retaliaciones del Cartel de Medellín por lo demás las celebraciones se disfrutaban en la paz al sur de la ciudad, lejos de toda realidad.

Aquella noche jugaba con sus primos, Diego Marroquín y Carlos Arturo Hau, de esos primos lejanos que se conocen en fiestas familiares como velorios o nochebuena. El disfrute de un hijo único de poder conocer a otros de su edad era un premio a la soledad de los tiempos vividos, quiera o no esa soledad era preciso el polo a tierra de un conjunto de murmullos que acompañaban las ideas de Ignacio.

Murmullos que a veces coreaban gemidos.

Gemidos que en ocasiones se estrellaban contra la pared como una onda muda, fría, asesina, cruel para un adolescente.

Ignacio no entendía que aquellas voces no eran amigos imaginarios sino, espectros invisibles que buscaban algo de conversación, porque de seguro, la soledad en el más allá es igual de insoportable. Esa noche de diciembre mientras estaba escondido con los primos tomando aguardiente sin ser visto por los adultos, en el cuarto de oficios, una voz aguda le indicaba palabra por palabra, que su primo Carlos Arturo moriría bajo la lluvia.

Ignacio pensaba que eran pensamientos, que esas palabras tan agudas eran el silbido de sus elocuentes silencios, voces que sus padres acorralaban en terapia psicológica, todo era fantasía.

Una fantasía sangrienta.

La mañana del sábado 25 de diciembre de 1993 llegó con lluvia, tanta que los organizadores de la cabalgata estaban preocupados, la familia Méndez Hau, de empresarios y abogados, se estaba alistando para ir a pasar el día en Ginebra, comer algo y volver en la tarde para disfrutar de las casetas, los niños se quedarían en casa de las hermanas de Don Raúl.

Así sucedió, pero al llegar la tarde no hubo celebración en las casetas sino, llanto en la sala de urgencias, tal como las voces se lo habían cantado a Ignacio, el joven Carlos Arturo había muerto ahogado en la piscina.

Con tan solo quince años vio un muerto, entendió qué era un velorio, aprendió para sí mismo que no eran amigos imaginarios, se prometió guardar silencio para siempre.

Estudió Derecho en la Universidad Católica, pero en la sede de Bogotá. Allí vivió con otros primos, quienes al igual que él aprendieron a disfrutar del aguardiente a temprana edad, salvo las voces. Al terminar los estudios se ganó una beca de la facultad para continuar con un posgrado, oportunidad que aprovechó para especializarse en Derecho Ambiental, y ya con el tiempo suficiente, la juventud, el dinero familiar y el afán de no hacer nada, siguió estudiando una especialización en propiedad intelectual, pero ahora en la Universidad Republicana, allí mismo en Bogotá.

Para 2010 regresó a Cali, ante el despecho de un amor no correspondido y la falta de clientes, decidió cerrar la oficina de asesoría legal para empresas de construcción y se fue a emprender junto a la fama de su padre, Don Raúl Méndez.

Reconocido por asesorar a los políticos del departamento, Don Raúl Ernesto Méndez hizo empresa a costa de los impuestos de los caleños. Fundó una filial de servicios públicos para operar las rentas de las empresas municipales, una jugada maestra que le dio la fortuna suficiente para conocer el mediterráneo europeo y la soledad de las islas del caribe oriental.

Tanto reconocimiento le llevó a ser asesor de dos Gobernadores, curiosamente entre sus amigos estaba Don Eliecer Rúales, que fue alcalde de la ciudad y ahora Senador de la República. Don Raúl recibió a su único hijo, Raúl Ignacio, con la decepción de ver que no logró prosperar en la capital, pero peor aún, que nunca usó su nombre de pila para los negocios.

Anhelaba tener otro Raúl Méndez en el entorno político y empresarial.

Instalaron una dependencia en el barrio Versalles, los hijos de sus colegas, abogados por igual, compartieron el piso que alquilaron para crear una especie de bufete colaborativo: El joven Ignacio brindaba asesoría legal en temas ambientales, derechos de autor y en algunos casos, asuntos laborales.

Allí conoció a Ángela María Burbano, abogada especialista en Derecho de Familia e hija de otro empresario amigo de Don Raúl Méndez. Salieron por un tiempo sin tener éxito, estar juntos todo el día atendiendo ciudadanos desesperados y tacaños diezmada cualquier deseo de seguir juntos en alguna parte, por el contrario fueron buenos amigos, y esa amistad hizo que por las tardes fueran a almorzar por los alrededores de la clínica de occidente, por el tema de los buenos precios.

Para el mundial de fútbol de Brasil 2014 recorrieron cuanto restaurante y bares había transmitiendo los partidos de fútbol, fue así como el destino y una mesa vacía hicieron que llegaran apurados a la Casa Azul, el único restaurante de El Peñón con mesas disponibles.

Si bien Emanuel Contreras era un amante del fútbol y apoyaba a su natal Chile y a su amada Argentina, para aquel día no tenía pensado abrir, la programación del torneo estaba poco atractiva, pero la insistencia de Ignacio y Ángela María le motivaron a encender el único televisor del restaurante, y con este, varias botellas de Malbec.

Ángela logró un buen contrato de supervisión del Bienestar Familiar, un favor de un amigo de su padre, que era amigo de una señora que era amiga de la Gobernadora del Valle. Tantos favores dieron frutos tan jugosos como el nombramiento en Bogotá para una jefatura nacional.

Ignacio recibió la misma invitación, pero para trabajar en un cargo directivo de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, quizás, otro favor que algún amigo quería congraciar con su padre, Don Raúl.

A diferencia de Ángela María, rechazó la invitación, insistió en querer seguir en Cali, en la casa familiar y con terapia si era necesario.

Emanuel Contreras se convirtió en un amigo íntimo de Ignacio, juntos pasaron tardes viendo fútbol y aprendiendo uno del otro. Emanuel hablando de vinos, cultivos y comida, Ignacio conversando de sostenibilidad, derecho marcario y algo de comida callejera.

Al año siguiente, durante la Copa América edición Centenario, se reunieron los dos con otros comensales para decepcionarse tanto de Colombia como de Argentina, pero al final Emanuel pudo celebrar el triunfo de su Chile natal.

Fue así que el vino fue consejero y verdugo, amigo y testigo, una máscara con el poder suficiente para distraer el ruido de las voces, porque a diferencia de Ángela María, estas nunca se fueron sino, que aumentaron su poder al punto mismo de poder entablar conversaciones con la versión inconsciente de Ignacio.

Aquel martes de marzo de 2026, once años después de aquella celebración excesiva del título de Chile, momento en que Don Emanuel y el ya no tan joven Ignacio, se tomaron juntos 23 botellas de vino tinto, las voces jugaron otra vez con la paz de Ignacio Méndez.

Mientras Marino explicaba las implicaciones del precio del barril de petróleo durante la guerra de Estados Unidos con Irán, Alfonso miraba su Tablet concentrado, esperando el momento de intervenir sobre la Guerra de las Galaxias. Al fondo estaba Emanuel que con un guiño saludó a Ignacio mostrándole el trofeo que tenía en sus manos:

“Te presento a Michell” sonreía mientras hablaba.

El acento paisa de la dama hizo sonrojar a Ignacio que al verla veinte años más joven que su amigo, no quedaba de otra que imaginar de todo menos que era una dama.

Ignacio se despidió de su amigo y regresó a unirse a la algarabía de Marino y Fabio. Le llamaba la atención que José Isidro no estaba presente.

“Ese no va a venir, ni hoy ni nunca” alegó una voz burletera, de esas que le acosaban desde la infancia.

Ignacio se guardó las manos en los bolsillos del pantalón, adentro apretaba los puños como si ello fuera la solución para ese malestar intelectual que tanto daño le hacía.

Comenzó a tomar vino, pero la promoción 2x1 de Whisky ganó la partida y así fue que terminó por comprar dos botellas, pensaba en José Isidro.

Al caer tarde la noche, prefirió retirarse, pidió un servicio de UBER y con la botella de whisky sobrante en la mano intentaba pensar en todo menos en el silencio que le esperaba al otro lado de la ciudad, así que de un repentino salto de ideas cambió de plan.

“Señor, disculpe, mejor lléveme a otra parte. Ya le actualicé la dirección en la aplicación”.

Abrió la botella de Whisky y comenzó a tomar del pico como un sediento que buscaba la paz. El conductor del vehículo le dejó en una zona residencial al sur de la ciudad, al parecer tranquila, pero al interior de una casa grande y rodeada de árboles funcionaba un burdel de alta alcurnia.

Allí entró Ignacio, con los pensamientos revueltos, con el alma cansada y el nombre de José Isidro en sus pensamientos, o mejor, en sus oídos.

Se sentó en una mesa y pagó la diferencia por el licor que llevaba, al parecer el negocio de asesoría jurídica ambiental iba bien porque pidió otra botella de whisky, a un precio exageradamente mayor, pero con tal de silenciar las voces lo veía como una buena oferta.

Allí permaneció sentado en silencio, escuchando música y viendo mujeres en ropa interior desfilar por todas partes, intentando callar las voces de su cabeza con algo de ruido, con Whisky, con afán.

A las nueve de la mañana del día siguiente, seguían llegando clientes al establecimiento secreto, Ignacio estaba con la cabeza sobre una mesa profundamente dormido, a su lado la botella de Whisky, de menor calidad a la que había comprado anteriormente, su teléfono móvil con la batería descargada y una servilleta con un dibujo abstracto hecho con un lapicero de tinta negra, debajo del dibujo con la letra de un borracho, un nombre escrito:

Emanuel Contreras.

AV.

16 de enero de 2026

Sueños del Futuro Pasado.

 

Imagen tomada de: https://depositphotos.com/es/vectors/synth-pop.html

Siempre el primer día del año duele, no mucho, más bien poco, algo así como un dolor bajo, chiquito, de esos que surgen producto de la casualidad. De aquellos dolores que no son físicos, sino más bien una presión suave que se habita detrás de los ojos.

Una ciudad donde los habitantes caminan en silencio ignorando lo que ocurre afuera, ensimismados en la cotidianidad de los afanes, de la cita de trabajo, de la factura a pagar, de la lluvia que no cesa o del tiempo que no espera.

Una ciudad que se encierra en espasmo de lo inverosímil. Aquel instante en que todo lo inútil reclama su lugar de manera simultánea, desde opiniones políticas, hasta analistas del clima.

Una de las tareas más insignificantes de aquellos opinadores, es preciso dar preponderancia al Futuro Pasado, un tiempo que nunca existió, pero que todos recuerdan con nostalgia. Hablar del mañana que nos crearon en el cine y la literatura.

Personajes que en su oficio de intelectuales nos brindan opiniones que son incomprensibles, archivos del futuro que construidos en versos ficticios, nos confiaban el progreso moral, y el tiempo les dio la razón.

Desde jóvenes vendiendo sus ideas en redes sociales hasta gobernantes construyendo su agenda pública en beneplácito de los seguidores.

El avance técnico llegó, sí, pero nunca a las mentes.

El pesimismo no era profecía: era diagnóstico.

Mucho antes de la pandemia y su cuarentena de 2020 y 2021, existían los primeros portales de encuentro virtual. Skype, decían los archivos, permitía verse a través de pantallas rudimentarias. Yahoo alojaba comunidades enteras de trabajo remoto. Nadie los tomó en serio hasta que el mundo se cerró y no hubo otra opción. Entonces nacieron nuevas plataformas, más eficientes, más invasivas, más definitivas, igual de útiles pero con una estética de innovación imprescindible.

Con ellas llegó el verdadero poder.

Algunos autores olvidados nos habían advertido sobre la bioética, sobre el dominio sutil de la tecnología sobre la vida cotidiana. Nadie escuchó. Hasta que un estratega sin rostro rescató viejas ideas autocráticas del siglo XX y las envolvió en interfaces modernas, llamándolas innovación política. Funcionó.

Siempre funciona.

Ese Futuro Pasado es el que nos llevó a perder la ética del cuidado en nombre de la nostalgia.

Así se fracturó la cultura, ese tejido invisible que alguna vez sostuvo a la humanidad producto de la inmediatez, donde lo urgente es constante, sin pasado que consultar ni futuro que pensar.

Las ideas se improvisan, las promesas del mañana se venden como salvación, todo con una misma raíz: el ego.

Cada enero, el calendario reinicia el ciclo y mientras la ciudad se preguntaba por las novedades, las tendencias y el clima, el verdadero acto revolucionario de los aburridos, no sería imaginar un futuro distinto sino, por primera vez, aprender del pasado que sí existió.

Leernos en la cotidianidad de lo real, del asfalto y la lluvia.

Reconocernos en el pasado presente.

AV.


20 de febrero de 2025

Luces bajo la puerta.

 



Imagen tomada de:  https://www.creativefabrica.com/es/product/cat-lawyer/


Bien veníamos conversando sobre la pertinencia de cada día vivido, de lo justo y alegórico de cada experiencia y de las amistades que se comparten entre discursos, diatribas y soliloquios.

Bien, porque no siempre estamos bien. Tenemos temporadas, unas más breves que otras, en las que se nos exige algo de carácter y pundonor para con la vida, donde todo creemos que marcha bien, algo de oscuridad se asoma en la habitación, una ausencia de luz tan inesperada que la vida se sumerge en cuentos y misteriosos poemas, elegías, como las de mi admirado amigo, el español Miguel Hernández, también hijo de octubre, de los últimos de hecho.

Son exigentes retos que cuando menos lo planeamos se avecinan quizás para reclamarnos la postura de guerreros que a la vida le encanta ordeñar. Hay sufrimientos de distinta índole, desde amigos que han sufrido la ruptura de un amor que se despide, hasta la ausencia de un trabajo que lleve ingresos a los bolsillos rotos por la soledad. Sufrimientos constantes como el adicto que cree que la vida es perfecta aún cuando duele por dentro, sufrimientos leves como el postre que se acaba o agresivos, como la muerte que se lleva todo cuanto apreciamos.

Sin pretender ser alarmista ni faltar a la paz de quienes me leen, sí que debo ser sensato y resaltar la preocupación que me ayuna. Como aquella famosa canción de los Tears of Fears, todo el mundo quiere dominar el mundo, gobernarlo desde su escritorio, imponer sus creencias y por qué no, sus caprichosas manías de locura burocrática.

Y en esas infames acciones la consciencia se reduce a una taza de té de manzanilla, amable, inútil, pequeña, delicada, egocéntrica.

No está mal reconocer que el mundo se tambalea entre valores y premisas que por más humanas que sean, son imperfectas como la contradicción de pensamientos académicos.

Me cuesta ser tolerante cuando quienes ven la calma del prójimo la atacan con la envidia del desterrado, de esos seres que disfrazados de amables congéneres, se avientan sobre el otro, ese otro al que no reconocen como igual, con la intención poderosa de destruirle, de acallarle en su primavera, de dejarle vacío en sus proyectos y pergaminos.

Me cuesta porque en mi hogar aprendí a querer y respetar, a apoyar a quien busca una mano amiga, a aconsejar a quien pide luces en la habitación oscura, de abrazar al que teme a la puerta cerrada, al que bajo el ligero espacio de la puerta solo encuentra la luz de otro espacio exterior, por demás egoísta, como un faro de moral fáctica.

Un hogar donde aprendí a gritar y alzar la voz ante lo injusto, a rechazar lo cruel, a señalar a todos aquellos que abusan de la buena fe, a ser veedor y denunciante, a ser ciudadano, pero también vecino. A proteger a quienes en el esfuerzo buscan crecer, acompañando, aplaudiendo, dando ánimo y tiempo.

Es injusto pues, que la buena fe se convierta en un tentempié para los seres monstruosos que con sonrisas pre fabricadas hagan de ella un elixir para sus egoístas intenciones. Personajes como mencionaba la internacional Shakira, están en todas partes: 

“Los han visto de rodillas
Sentados o de cuclillas
Parados dando lecciones
En todas las posiciones
Predicando en las iglesias
Hasta ofreciendo conciertos
Los han visto en los cócteles, todos
Repartiendo ministerios
¿Dónde están los ladrones?
¿Dónde está el asesino?
Quizá, allá, revolcándose en el patio del vecino (…)”


Me cuesta ser tolerante , porque ahora que alzo la voz para exigir por mí, termino siendo otro prisionero encerrado en la habitación oscura, frente a una puerta cerrada con seguro. 

Observando la luz que se inmiscuye en el breve espacio bajo la puerta. Como un vecino que quiere pasar a despedirse.

Todo el mundo quiere dominar el mundo, desde su escritorio.


AV


1 de junio de 2023

Escritos Pendientes (Miedo)

 

Imagen tomada de: https://www.artstation.com/majewski

 

Hay canciones que nos sacuden, que nos despiertan de un letargo que nos es costoso soltar. Hay días en que en medio del silencio mismo de la edad nos alistamos para cumplir con el deber pero bien al fondo, donde precisa el silencio, queremos seguir en cama, abrazados al calor de la almohada, al suspiro de una vida prestada.

 

Hay días que se nos mueven con el incómodo deber del trabajo, que las pasiones mueren por un instante y en una pereza invisible caminamos por obligación y no por convicción.

 

Hay amigos a los que alistamos el afecto de una buena conversación, de un nuevo proyecto o de algún pendiente por concretar, afecto que lidiamos en el paso de los años y en ocasiones alimentamos con nostalgia o precisamos con algo de arrogancia.

 

De alguna manera que no me es posible relatar, encuentro en el escrito pendiente algo de calma y asombro, se me deriva un deseo de crecimiento interesante, una pasión llamada ansiedad, quizás un cariño efímero por las letras nacientes, lo emergente del proceso cotidiano. Pero de entrañable incoherencia, descubro también el desapego, la indiferencia, un poco de terquedad, miedo siempre, siempre.

 

Miedo porque siempre lo nuevo, el cambio, la antesala a cada hoja en blanco es un brinco de expectante soledad. Un proceso que sacude fuertemente para bien o para mal, pero que a la fecha me está costando, porque me es preciso resaltar que ante el deseo de retomar hábitos para ungir nuevos proyectos, estoy también ante el espejo del desespero y la depresión, cerrando ciclos y procesos que a lo mejor son solo eso, procesos, ciclos, canciones.

 

Un impertinente modelo de vida, de preguntas diarias y de sonrisas que a pesar de no entender nada, nos regalan estas líneas que sin ocultar su vocación de poeta, brindan incoherentes renglones de vida, de comedia o drama, de azules paisajes de la imaginación: Relatos de lo cotidiano, dirá.

 

Hay amigos a los que preciso tanto afecto que ahora busco en sus manos, el corazón que relata nuevos cuentos y se esconde en viejos mitos. Me despierto con la voluntad de concretar la idea inicial pero con algo de arrogancia me saboteo el natural ciclo de pensar, actuar, pensar, dormir.

 

Hay canciones que llegan directo al corazón, escritos que regresan directo al pensamiento, ideas que navegan con justa premura hacia la voluntad. Emociones que nos truncan el paso como un par de grilletes que ante lo personal, nos degradan al punto máximo de hacernos dudar de nuestras capacidades, como si el adolescente tímido e ignorante viviese ahora en los hombros de este viejo cronista.

 

De alguna manera que no me es posible relatar, encuentro en el escrito pendiente algo de calma y asombro. 


Algo.

 

Me encuentro allí, detrás del miedo y el afán.

 

Directo al corazón.

 

AV


2 de mayo de 2023

Casi Humanos (Melodías)

 



Imagen Tomada de:

https://pixy.org/src/466/4669835.jpg

 

Nos aferramos a la melodía del día a día, a las palabras que brotan en un sonsonete de excusas. Somos presos de una ansiedad que se contrae en cada músculo, que se desliza por entre el tallo de una palmera, sobre el brillante baldosín de cerámica.

Una guitarra suena cuerda por cuerda, surgen notas al mejor de los boleros, como un carnaval de réplicas, de discursos de caudillos, como una tonalidad de aquella bohemia rural, de esas que en el filo de una botella estiman promesas, de esas que al finalizar su desgarrador verbo brotan en promesas de cambio.

Nos excusamos en esa ansiedad que solitaria en el silencio se nos posa en los hombros como un loro que quiere aprender a hablar. Que observa junto a nosotros el panorama, que intentando emular la voz humana se convierte en un loco y extraño sonido de escape, de tensa ignorancia que solo reta al tiempo, a la final aprenderá a hablar más por constancia y disciplina que por mérito divino.

Una melodía loca, egoísta, tan intransigente que se aferra a la espalda y con su peso nos da notas de tristeza, de venganza, de miedo.

De soledad.

Hay días que en la oscuridad de la recién terminada jornada laboral llegan aprendizajes que nos alejan de lo que más deseamos. Jugar a ser felices y en emociones prefabricadas dedicar canciones, susurrar poemas mientras se sube escalones de una muda edificación.

Días en que somos canciones nostálgicas, nos convertimos en un éxito del ayer, en estribillos que otrora mayo del 82 fueron candidatos a un premio Grammy. Una belleza que nos inventa cuentos de mejores días, de amistades cálidas que desde un buen temario hasta un ingrato breviario nos engendran nostalgia y melancolía, como un libro de poemas de la hermosa Belli, o una plegaria de la perfecta Pizarnick.

Noches en que observando a la luna tras las nubes nos sentamos solos en casa y sorbemos un poco de vino con la esperanza de hallar allí un cohete que nos transporte a la locura. Finales que están en cada copa de licor, de esos que donde los distinguidos comensales comparten permanentes abrazos y palmadas, como si de ello dependiese la eternidad de la noche, lo inútil de lo que hoy ya no es eterno.

Solemos creer en muchas cosas, quizás no tanto como lo que alguna vez fue la eternidad del amor recién cosechado, por lo general nos embarcamos en cuentos y ensayos llenos de “ismos” y “logos”,  olvidarlo todo, el inicio de cada día y el perdón de las cuentas que se llevaron.

La poesía misma.

Y es que cada melodía trae su propia rutina, porque de la poesía se hurtan las palabras y de la pintura las esperanzas, porque del silencio el tiempo y de la noche la luna bajo las nubes, como agua que reposa en estribillo de ansiedades.

Melodías que a bien nos pueden devolver las preguntas que nunca recibieron respuesta en golpes de corazón, carcajadas que se desperdiciaron en extasiado estado de escritura, palabras que se tomaron de irresponsable afán, como un tributo a lo conocido, la locura misma del arte o por qué no, la intensa ansiedad del cuerpo.

Nos aferramos en las noches a la promesa del día siguiente porque curiosamente es en ese acto donde reside la esperanza del más humanos de todos, ese deseo de amanecer con la vida resuelta, con la obra culminada. Una promesa que los dioses y que hasta el sol de hoy hemos convertido en plegaria, en una ruta para alcanzar la eternidad.

Hay melodías que nos pueden dar calma, como el niño que sentado sobre el andén observa la vida de todos pasar sin siquiera cuestionar su lugar en el mundo o la disponibilidad del tiempo que le antecede.

Canciones que fueron profanas en la voz de intelectuales y caudillos, aplaudidas eso sí, por los miles de seguidores que cada idea pudiese retratar al tiempo y al progreso.

Nos convertimos en cansados personajes de un cuento de Hesse, pero no en el vértigo de Siddhartha, ni en el grave sonido de un saxofón que deambula en una fiesta de máscaras. Mas bien somos melodías antagónicas, insatisfechas.

Naturaleza y espíritu. 

AV

11 de enero de 2023

Entretiempo (22)

Imagen tomada de: https://fineartamerica.com/featured/bee-witched-debra-hall.html

“Bee-witched” By: Debra Hall

Si bien no había sacado el momento para escribir cuanto ha pasado por mis pensamientos, bastante se ha reflexionado desde los últimos meses del año que terminó. Año de aprendizajes como reiteran varios contertulios en sus redes sociales, tiempo de transformación como bien se resaltó en este blog con las enseñanzas del profesor Salazar, el piloto Hernández y el gran amigo Diego Alejandro.

Se cierra entonces un año 22 cargado de fuertes lecciones. Más allá de las opacas situaciones que impactaron mi estabilidad (e inteligencia) emocional al punto de derrumbarme en mis propias lágrimas, fue un año que dividido en dos sucesos particulares me aventaron al vacío sin consideración.

De una parte reintegrarme a la sociedad como un ser ahora en solitaria vocación por buscar una vida mejor, con muchas emociones que licuadas en llanto fueron simplemente un sendero de malas decisiones, angustias e incluso rabietas. De otra, el menester ejercicio de querer conservar lo que me sostenía en ese preciso sendero y de ahí la importancia de las lecciones del gran amigo y piloto el señor Hernández: Cuidar el trabajo, cuidar la salud y cuidar los sueños.

Ante mi ausentismo en gran parte de los momentos clave que debí de dar atención terminé por cargar una maleta muy pesada en esa triada llamada trabajo-salud-sueños.

Gracias al Buki no hubo repercusiones en mi salud, pero sí enfrenté un incómodo suceso en el trabajo al punto mismo de recordarme el abismo llamado amor, finalmente la lucha más grande fue en el cuidado de los sueños, porque de los sueños es que nos construimos como seres humanos, son los sueños o anhelos lo que precisamente nos dan energía para cada mañana amanecer con ganas de salir.

En esto que llamaré “entre tiempo” tuve a bien la oportunidad de conocer muchas personas y como buen idiota, tuve por supuesto la insolente ración de ingratitud, en otros contextos puse a prueba mi inteligencia dejando en evidencia su incompleta estructura para tomar algunas decisiones. En otras situaciones logré sin sentido lógico salir adelante al punto mismo de superar las expectativas de lo soñado, a la final, un sendero húmedo con sabor a sal.

De este entre tiempo es que se retoma el nubarrón de la nostalgia, una pizca de melancolía si le podemos denominar así, repensando nombres, momentos, labores, incluso pendientes, en todo ello, la notable ausencia de los que uno pensaba estarían allí pero no los juzgo, a veces la gente piensa que alejarse es un favor.

Rabia.

Un cierre de año con tres meses que se fueron en el más salvaje carro de balineras sobre una loma de incertidumbre llamada vida. A una velocidad en la que los pensamientos tuvieron que convertirse en instinto, ser obedientes con el plan de trabajo diseñado y con mucha vocación de fe para su adecuado resultado.

Se sintió la ausencia, bastante, casi como una inmensa sala de teatro con un solo asistente. Se sintió el desapego hacia ciertos propósitos, porque cuando las cosas ya no nos pertenecen terminamos por convertir en paisaje lo que para otros en un maravilloso logro de vida.

A bien puedo señalar la oportunidad de vivir, de darme cuenta lo mucho que tengo pendiente por terminar, de esos sueños que estaban guardados en una gaveta sin fecha de caducidad y que debía de retomar. De reconstruir mi esencia y mi nombre. Claro, hay que limpiar el desorden y quitar las manchas que se dejaron en muchas personas porque está en evidencia que cometí muchos errores, algunos a hoy día los sigo pagando, pero también conocí a algunos ídolos, también estreché manos y di abrazos a personas maravillosas que sin tener carga alguna me recibieron en su sonrisa.

Ternura.

Resaltar en ella el valor de la familia, mi madre. De entender que estamos juntos en este plano y allí es lo más importante a cuidar, los amigos aparecen cuando consideran es menester hacerlo, pero a la soledad que fui sometido doy gracias al Buki el coraje y valía de mi madre, una vez más su fuerte carácter lleno de amor logró de alguna manera, sostener mi mano mientras hacía maromas en ese húmedo sendero del que les hablé líneas arriba.

Sigo resolviendo asuntos personales del 22, ahora hay nuevos retos en el 23 y cómo no, con ellos tendré que a juicio de una buena planeación organizarme para retomar la esencia de quien soy. Redescubrir a ese “Don Gato” que con mucha pasión construyó lo que casi perece por la falta de luces en el camino. Retomar la escuela, aprender cosas nuevas y ahora sí, intentar paso a paso, volver a conquistar el mundo soñado.

En este entre tiempo todos sufrimos, a todos nos pasaron cuenta de cobro en errores y descuidos. Muchos nos dejaron, otros tuvieron que partir de este plano y su ausencia es un vacío que merece un brindis y una lágrima de corazón. Vivimos retos que no pensamos que serían así de exigentes justo después de pasar dos años de pandemia y crisis social.

Hay que continuar y jamás olvidar lo importante: Nuestro tiempo.

AV