6 de mayo de 2026

El día después. (Raúl Ignacio Méndez Hau).

 



Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/


Michelle despertó renovada, se sentía tranquila y llena de vida, su cuerpo cada vez más vital, sus ojos negros brillaban con la satisfacción de un placer adquirido, hace tiempo no se sentía completa, quizás la última vez que esa sensación la abordaba fue en su juventud en Medellín, durante sus estudios cuando un par de ebrios transeúntes querían ultrajarle, con el triste final de ser devorados por esas sombras que su interior cargaba.

Esa mañana de miércoles llegó al hotel para iniciar sus labores administrativas, muy temprano a las siete de la mañana de un día cualquiera de marzo, estaba vestida con un elegante traje azul oscuro bordado con las credenciales de la cadena hotelera. Su cabello recogido y una sonrisa enmarcada en un lápiz labial que le resaltaba aquella belleza que las mujeres de su tierra suelen emanar.

En dos oportunidades mientras pasaba revista en uno de los auditorios del hotel que estaba ocupado por una convención de empresas de tecnología, sintió la presencia de Jose Isidro, como si su ser etéreo estuviese husmeando en su entorno, pensó por un instante que era solo la culpa de haber sacrificado a un cristiano en melancolía, pero aquel sentimiento de culpa se descartaba de inmediato al verle reflejado en los cristales de cada ventana o puerta que cruzaba.

Encontraba al taciturno abogado caminando desorientado, intentaba llamarle, sus expresiones ahora inhumanas trascendían de la bóveda oscura de lo inexistente, para acosarle en breves segundos de su jornada laboral.

Quería suponer que eran pensamientos de remordimiento, pero el silencio de cada situación era agobiante, en efecto, él caminaba cerca, sin entender el cómo o el por qué llegaba a hacerse a la idea de que los dioses del mundo oscuro lo estaban regresando a su natural universo de seres humanos y angelicales. Se encerró en uno de los baños y sentada sobre el inodoro se quedó con los ojos cerrados buscando una puerta, una ventana, algún agujero que le permitiera ver lo que los mortales corrientes no entienden ni nunca podrán avistar.

Una luz.

Una luz azul, en ocasiones roja, con vistos amarillos, algo de música, música urbana.

Ritmos latinoamericanos interrumpían lo que debía de ser un silencio sepulcral, de esos nítidos espacios del más allá donde ningún santo quiere caminar.

Aquel ruido popular dejó fuera de lugar a Michelle Cristina, nunca en su mediana experiencia había visto algo posible.

¿Música para los muertos?

La puerta de entrada a la zona de baños sonó con fuerza, alguien había entrado, de seguro con el afán de un intestino impaciente. Michelle salió del trance y se compuso nuevamente, bajó el agua del inodoro para emular que estaba haciendo del cuerpo y salió acomodándose el saco del uniforme, un blazer tan elegante como sus métodos de conquista.

Al salir se cruzó con una mujer de mediana edad, preciso estaba con el afán de poder descargar aquello que le aquejaba en su interior. Le ignoró y comenzó a lavarse las manos, por un segundo, de esas nimiedades que nosotros los humanos no podemos percibir, Jose Isidro Segundo Caicedo apareció en el reflejo, estaba casi invisible, pero Michelle Cristina bien sabía que era él.

Lo vio confundido, caminando como un viajero que busca la salida, algo imperdonable para ella. Para ese instante lo consideró una anécdota de quien apenas inicia la travesía al bajo astral, pero su indiferente mirada se quedó perpleja al notar que preciso, Jose Isidro estaba conversando con alguien, como si fuese un saludo.

Era Raúl Ignacio Méndez Hau.

Michelle salió del baño con pasos fuertes, el tacón de su calzado lograba hacer algo de ruido sobre el tradicional alfombrado del hotel, caminó queriendo encontrar un lugar dónde emerger su no santa costumbre de intimidad, dominar a aquellos que osaban desafiarla. Preciso afán de la vida, el agente responsable de relaciones públicas de una de las empresas a cargo del evento se acercó para interponer algunas quejas con el servicio del hotel.

De aquel prestigioso hotel que estaba a su cargo.

Atendió las demandas del cliente, un cliente que pagaba la factura con recursos del Ministerio de Ciencia y Tecnología del gobierno nacional, razón por la cual era prioritario solucionar en vez de postergar. Aquella solicitud logró robarle casi la mañana entera, primero por temas de conectividad porque el operador del servicio había fallado, segundo con la atención en el servicio de catering, pues la comida que se brindó era diferente a la contratada afectando la calidad del servicio y el cumplimiento del contrato.

Sin ser exagerados, el apoyo con el montaje del escenario, tanto sonido como luces estaba fallando, y para sumar a la desgracia, el aire acondicionado del auditorio estaba sin cumplir las expectativas de los más de doscientos asistentes.

Aquella mañana de un miércoles de marzo, Michelle tuvo que acudir a todas sus sabias maromas para responder a las exigencias del cliente, como era su labor. Sus auxiliares dieron todo el apoyo, el equipo completo del hotel estaba a su disposición con tal de que todo se solucionara y en esa compleja situación, el tiempo avanzó como el vuelo de un colibrí.

A las once de la mañana todo estaba nuevamente en orden, con el reto además de comenzar a preparar todo lo necesario para el almuerzo el cual, era contratado con un proveedor externo del hotel, otro reto que no se podía dar el lujo de que fallara.

En aquellos instantes de preocupación pudo encontrarse con Jose Isidro otra vez, él no la veía, de seguro ignoraba que su triste existencia era vista desde el mundo de los humanos a través del reflejo de los cristales, pero Michelle bien podía enterarse de que allá, donde el tiempo y el espacio no tienen orden ni secuencia, Ignacio deambulaba como un mensajero de esperanza.

Al terminar los afanes de sus clientes, se encerró nuevamente en el baño, en tal oportunidad, en el lugar destinado para los administrativos del hotel. Allí se sentó sobre el inodoro y con los ojos cerrados invocó a aquellos seres de los que no podemos hablar. Siguiendo las enseñanzas de su abuela Aurora, logró abrir el portal que divide lo creíble de lo inmarcesible, se lanzó como un pelicano cazando a su presa, rompiendo todo límite de lo humano y lo etéreo hasta caer en esa zona oscura.

Su llegada despertó a los fuegos fatuos, varios orbes que deambulaban como la costumbre del universo sustenta, encendieron sus luces en acto de defensa, como un pez globo en medio del temor a ser cazado.

Michelle, en forma de espectro navegaba intentando alcanzar a Ignacio.

Esquivó varias luces hasta poder ubicarse donde los dos caballeros deambulaban. Ignacio intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, con la fe misma de que era su amigo Jose Isidro Segundo.

En ese momento Michelle soltó un grito de histeria, quería evitar cualquier contacto, su voz emergía con una distorsión electrónica que no era legible para cualquier ser humano, pero se escuchaba como un ruido que llamaba la atención de Ignacio.

Alrededor de las luces de colores que flotaban por todo el recinto, Ignacio podía ver con pequeños detalles, miradas de seres desconocidos, y en esos seres desconocidos, identificó a uno de ellos: Michelle Cristina Rueda Palacios.

Ambos, tanto Michelle como Ignacio se asustaron, quizás era la vez primera que dos seres vivos se cruzaban en un entorno dónde los vivos jampas deberían de indagar.

Ignacio despertó por un momento y se cruzó con la mirada de Everardo quien de modo insistente le pedía que se retirara, que ya estaba tarde.

Jose Isidro Segundo con el anhelo de entender qué ocurría quería acercarse a su amigo Ignacio, pero preciso, la presencia de Michelle logró alejarle de la única posibilidad de interactuar con un ser humano decente.

En el fondo Michelle sintió que todo estaba solucionado.

Volvió en sí y saliendo del baño se encontró con uno de sus auxiliares que le estaba buscando, recibió la instrucción de que el almuerzo estaba demorado.

Con la ira de quien quiere controlarlo todo salió apurada a llamar al proveedor, durante esa llamada Ignacio nuevamente volvió a entrar al mundo de lo inmarcesible.

En aquella ocasión no pudo acercarse más a Jose Isidro, pero para sorpresa suya, se encontró con Emanuel, su viejo amigo.

Logró acercarse y con lágrimas en los ojos, dejó que su llanto fuera la manera de comunicar todo aquello que le afligía, desde los demonios que le susurraban en su cabeza, hasta las pesadillas que le obligaban a viajar a mundo incomprendidos. Emanuel, de manera etérea le abrazó explicándole que todo era suficiente, que ahora estaba por emprender un camino de redención que no sabría cómo iba a culminar.

Michelle, mientras sostenía la conversación con el proveedor sintió una punzada en su pecho, de modo alguno supo que era la abuela Aurora quien le buscaba.

Colgó el teléfono y con los ojos cerrados dejó que ella se hiciera con su cuerpo, en un trance que ningún humano presente pudiera entender, permitió que tomara una libreta de apuntes y un lapicero con el membrete de la cadena hotelera, sobre una hoja amarilla escribió la dirección de una casa en el barrio Las Vegas, al sur de la ciudad.

A las doce con diez minutos llegó el almuerzo que según la agenda logística, debía de aparecer a las once de la mañana. Michelle, descompuesta por la situación, delegó en sus auxiliares la tarea de que todo se hiciera según el contrato, no era fácil servir comida para casi 250 comensales en menos de diez minutos.

Con un par de excusas incoherentes se hizo a un lado y salió del hotel, dejó el saco de su uniforme en su puesto de trabajo y tomó rumbo en el carro a la dirección que estaba en la hoja amarilla, con una letra poco legible, pero perceptible.

Siendo casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en el barrio Las Vegas, el timbre de una casa de tolerancia sonó como era costumbre, Angela León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, abrió la puerta, detrás de ella apareció Everardo con cara de pocos amigos, estaba cansado y cumpliendo horario extra a su habitual turno de vigilancia.

Informó que estaba atenta a recoger a un amigo suyo, a Ignacio, ambos con la amabilidad de un verdugo le hicieron seguir para verificar que era la persona que buscaba. Minutos más tarde, entre Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que Everardo trasladara el cuerpo pesado de Ignacio hasta el carro, un elegante Mazda 3.

Entregaron a Michelle el teléfono móvil de Ignacio, un paquete de cigarrillos, una botella de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el servicio que adeudaba.

Michelle sin oponerse a la situación dejó salir una sonrisa de esas que usa para cazar a sus presas, pagó la cuenta y se despidió de los preocupados trabajadores.

A la final, le parecía que estaba pagando un buen precio por todo.

AV.


No hay comentarios.: