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Michelle
despertó renovada, se sentía tranquila y llena de vida, su cuerpo cada vez más
vital, sus ojos negros brillaban con la satisfacción de un placer adquirido,
hace tiempo no se sentía completa, quizás la última vez que esa sensación la
abordaba fue en su juventud en Medellín, durante sus estudios cuando un par de
ebrios transeúntes querían ultrajarle, con el triste final de ser devorados por
esas sombras que su interior cargaba.
Esa
mañana de miércoles llegó al hotel para iniciar sus labores administrativas,
muy temprano a las siete de la mañana de un día cualquiera de marzo, estaba vestida
con un elegante traje azul oscuro bordado con las credenciales de la cadena hotelera.
Su cabello recogido y una sonrisa enmarcada en un lápiz labial que le resaltaba
aquella belleza que las mujeres de su tierra suelen emanar.
En
dos oportunidades mientras pasaba revista en uno de los auditorios del hotel
que estaba ocupado por una convención de empresas de tecnología, sintió la
presencia de Jose Isidro, como si su ser etéreo estuviese husmeando en su
entorno, pensó por un instante que era solo la culpa de haber sacrificado a un cristiano
en melancolía, pero aquel sentimiento de culpa se descartaba de inmediato al
verle reflejado en los cristales de cada ventana o puerta que cruzaba.
Encontraba
al taciturno abogado caminando desorientado, intentaba llamarle, sus
expresiones ahora inhumanas trascendían de la bóveda oscura de lo inexistente,
para acosarle en breves segundos de su jornada laboral.
Quería
suponer que eran pensamientos de remordimiento, pero el silencio de cada
situación era agobiante, en efecto, él caminaba cerca, sin entender el cómo o el
por qué llegaba a hacerse a la idea de que los dioses del mundo oscuro lo
estaban regresando a su natural universo de seres humanos y angelicales. Se
encerró en uno de los baños y sentada sobre el inodoro se quedó con los ojos
cerrados buscando una puerta, una ventana, algún agujero que le permitiera ver lo
que los mortales corrientes no entienden ni nunca podrán avistar.
Una
luz.
Una
luz azul, en ocasiones roja, con vistos amarillos, algo de música, música
urbana.
Ritmos
latinoamericanos interrumpían lo que debía de ser un silencio sepulcral, de
esos nítidos espacios del más allá donde ningún santo quiere caminar.
Aquel
ruido popular dejó fuera de lugar a Michelle Cristina, nunca en su mediana
experiencia había visto algo posible.
¿Música
para los muertos?
La
puerta de entrada a la zona de baños sonó con fuerza, alguien había entrado, de
seguro con el afán de un intestino impaciente. Michelle salió del trance y se
compuso nuevamente, bajó el agua del inodoro para emular que estaba haciendo
del cuerpo y salió acomodándose el saco del uniforme, un blazer tan elegante como
sus métodos de conquista.
Al
salir se cruzó con una mujer de mediana edad, preciso estaba con el afán de poder
descargar aquello que le aquejaba en su interior. Le ignoró y comenzó a lavarse
las manos, por un segundo, de esas nimiedades que nosotros los humanos no
podemos percibir, Jose Isidro Segundo Caicedo apareció en el reflejo, estaba
casi invisible, pero Michelle Cristina bien sabía que era él.
Lo
vio confundido, caminando como un viajero que busca la salida, algo
imperdonable para ella. Para ese instante lo consideró una anécdota de quien
apenas inicia la travesía al bajo astral, pero su indiferente mirada se quedó
perpleja al notar que preciso, Jose Isidro estaba conversando con alguien, como
si fuese un saludo.
Era
Raúl Ignacio Méndez Hau.
Michelle
salió del baño con pasos fuertes, el tacón de su calzado lograba hacer algo de
ruido sobre el tradicional alfombrado del hotel, caminó queriendo encontrar un lugar
dónde emerger su no santa costumbre de intimidad, dominar a aquellos que osaban
desafiarla. Preciso afán de la vida, el agente responsable de relaciones
públicas de una de las empresas a cargo del evento se acercó para interponer
algunas quejas con el servicio del hotel.
De
aquel prestigioso hotel que estaba a su cargo.
Atendió
las demandas del cliente, un cliente que pagaba la factura con recursos del
Ministerio de Ciencia y Tecnología del gobierno nacional, razón por la cual era
prioritario solucionar en vez de postergar. Aquella solicitud logró robarle
casi la mañana entera, primero por temas de conectividad porque el operador del
servicio había fallado, segundo con la atención en el servicio de catering,
pues la comida que se brindó era diferente a la contratada afectando la calidad
del servicio y el cumplimiento del contrato.
Sin
ser exagerados, el apoyo con el montaje del escenario, tanto sonido como luces
estaba fallando, y para sumar a la desgracia, el aire acondicionado del
auditorio estaba sin cumplir las expectativas de los más de doscientos
asistentes.
Aquella
mañana de un miércoles de marzo, Michelle tuvo que acudir a todas sus sabias maromas
para responder a las exigencias del cliente, como era su labor. Sus auxiliares
dieron todo el apoyo, el equipo completo del hotel estaba a su disposición con
tal de que todo se solucionara y en esa compleja situación, el tiempo avanzó
como el vuelo de un colibrí.
A
las once de la mañana todo estaba nuevamente en orden, con el reto además de
comenzar a preparar todo lo necesario para el almuerzo el cual, era contratado
con un proveedor externo del hotel, otro reto que no se podía dar el lujo de
que fallara.
En
aquellos instantes de preocupación pudo encontrarse con Jose Isidro otra vez, él
no la veía, de seguro ignoraba que su triste existencia era vista desde el mundo
de los humanos a través del reflejo de los cristales, pero Michelle bien podía
enterarse de que allá, donde el tiempo y el espacio no tienen orden ni
secuencia, Ignacio deambulaba como un mensajero de esperanza.
Al
terminar los afanes de sus clientes, se encerró nuevamente en el baño, en tal
oportunidad, en el lugar destinado para los administrativos del hotel. Allí se
sentó sobre el inodoro y con los ojos cerrados invocó a aquellos seres de los
que no podemos hablar. Siguiendo las enseñanzas de su abuela Aurora, logró
abrir el portal que divide lo creíble de lo inmarcesible, se lanzó como un
pelicano cazando a su presa, rompiendo todo límite de lo humano y lo etéreo
hasta caer en esa zona oscura.
Su
llegada despertó a los fuegos fatuos, varios orbes que deambulaban como la costumbre
del universo sustenta, encendieron sus luces en acto de defensa, como un pez
globo en medio del temor a ser cazado.
Michelle,
en forma de espectro navegaba intentando alcanzar a Ignacio.
Esquivó
varias luces hasta poder ubicarse donde los dos caballeros deambulaban. Ignacio
intentaba acercarse para entender quién estaba en ese lugar, con la fe misma de
que era su amigo Jose Isidro Segundo.
En
ese momento Michelle soltó un grito de histeria, quería evitar cualquier
contacto, su voz emergía con una distorsión electrónica que no era legible para
cualquier ser humano, pero se escuchaba como un ruido que llamaba la atención
de Ignacio.
Alrededor
de las luces de colores que flotaban por todo el recinto, Ignacio podía ver con
pequeños detalles, miradas de seres desconocidos, y en esos seres desconocidos,
identificó a uno de ellos: Michelle Cristina Rueda Palacios.
Ambos,
tanto Michelle como Ignacio se asustaron, quizás era la vez primera que dos
seres vivos se cruzaban en un entorno dónde los vivos jampas deberían de
indagar.
Ignacio
despertó por un momento y se cruzó con la mirada de Everardo quien de modo
insistente le pedía que se retirara, que ya estaba tarde.
Jose
Isidro Segundo con el anhelo de entender qué ocurría quería acercarse a su
amigo Ignacio, pero preciso, la presencia de Michelle logró alejarle de la
única posibilidad de interactuar con un ser humano decente.
En
el fondo Michelle sintió que todo estaba solucionado.
Volvió
en sí y saliendo del baño se encontró con uno de sus auxiliares que le estaba
buscando, recibió la instrucción de que el almuerzo estaba demorado.
Con
la ira de quien quiere controlarlo todo salió apurada a llamar al proveedor,
durante esa llamada Ignacio nuevamente volvió a entrar al mundo de lo
inmarcesible.
En
aquella ocasión no pudo acercarse más a Jose Isidro, pero para sorpresa suya,
se encontró con Emanuel, su viejo amigo.
Logró
acercarse y con lágrimas en los ojos, dejó que su llanto fuera la manera de
comunicar todo aquello que le afligía, desde los demonios que le susurraban en
su cabeza, hasta las pesadillas que le obligaban a viajar a mundo
incomprendidos. Emanuel, de manera etérea le abrazó explicándole que todo era
suficiente, que ahora estaba por emprender un camino de redención que no sabría
cómo iba a culminar.
Michelle,
mientras sostenía la conversación con el proveedor sintió una punzada en su
pecho, de modo alguno supo que era la abuela Aurora quien le buscaba.
Colgó
el teléfono y con los ojos cerrados dejó que ella se hiciera con su cuerpo, en
un trance que ningún humano presente pudiera entender, permitió que tomara una
libreta de apuntes y un lapicero con el membrete de la cadena hotelera, sobre
una hoja amarilla escribió la dirección de una casa en el barrio Las Vegas, al
sur de la ciudad.
A
las doce con diez minutos llegó el almuerzo que según la agenda logística, debía
de aparecer a las once de la mañana. Michelle, descompuesta por la situación,
delegó en sus auxiliares la tarea de que todo se hiciera según el contrato, no
era fácil servir comida para casi 250 comensales en menos de diez minutos.
Con
un par de excusas incoherentes se hizo a un lado y salió del hotel, dejó el
saco de su uniforme en su puesto de trabajo y tomó rumbo en el carro a la
dirección que estaba en la hoja amarilla, con una letra poco legible, pero perceptible.
Siendo
casi la una de la tarde de un miércoles cualquiera de marzo, en el barrio Las
Vegas, el timbre de una casa de tolerancia sonó como era costumbre, Angela
León, de ojos castaños y cabello tinturado de rubio, abrió la puerta, detrás de
ella apareció Everardo con cara de pocos amigos, estaba cansado y cumpliendo
horario extra a su habitual turno de vigilancia.
Informó
que estaba atenta a recoger a un amigo suyo, a Ignacio, ambos con la amabilidad
de un verdugo le hicieron seguir para verificar que era la persona que buscaba.
Minutos más tarde, entre Angela Vaca y Angela León lograron ayudar a que
Everardo trasladara el cuerpo pesado de Ignacio hasta el carro, un elegante
Mazda 3.
Entregaron
a Michelle el teléfono móvil de Ignacio, un paquete de cigarrillos, una botella
de whisky a medio terminar y la cuenta de todo el servicio que adeudaba.
Michelle
sin oponerse a la situación dejó salir una sonrisa de esas que usa para cazar a
sus presas, pagó la cuenta y se despidió de los preocupados trabajadores.
A la final, le parecía que estaba pagando un buen precio por todo.
AV.




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