Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/
La despedida de un ser querido siempre trae además de la tristeza de rigor, el vacío inminente de una vida descocida, un conjunto de emociones que entre el anhelo y la nostalgia conjugan las más efímeras ganas de dejar todo atrás.
La policía llegó a la residencia sobre las cinco y treinta de la tarde, casi una hora posterior al amargo descubrimiento. En la sala estaba Abril de Caicedo tomando un café, los ojos de cargar la tristeza eran suficiente evidencia para comprender el dolor que agobiaba a todos. A su lado estaba acostada Rebeca, se recogía sobre sí misma en señal de una tristeza felina.
Marino conversaba con
uno de los oficiales de policía, explicaba que llevaban dos días intentando
contactarle ante el sospechoso silencio, pero solo hasta esa tarde lograron
ingresar. Fabio Andrés estaba con Alfonso, intentaba darle el consuelo que no
entendía, quería brindar calma pero era preciso el corazón de Alfonso un órgano
inconsolable.
En
medio de las declaraciones a la policía Marino recordó los extraños mensajes,
mencionó al agente de aquella actividad por demás sospechosa y delictiva, la
urgencia de que fuera investigada la fuente.
A
las seis de la tarde una ambulancia retiró el cuerpo en dirección a medicina
legal, además de analizar la causa de muerte era perentorio oficiar todos los
trámites para el posterior sepelio.
Sin
saber qué decir, Marino sugirió a todos salir a cenar juntos, acompañarse en la
tristeza del descubrimiento, quizás ir a alguna parte a compartir la melancolía
del caso. En ese instante Alfonso cruzó su mirada con Marino, una profunda
decepción los abordó a todos de nuevo, recordaban pues, la ausencia de Emanuel
y la Casa Azul.
Sara
Carolina y Julio Washington estaban confundidos, miraban para todas partes. Al
momento de entrar Ignacio al restaurante, Julio logró atraparlo antes de que
cayera al suelo en su totalidad, sin embargo, momentos después de acomodarlo en
una silla, empezó a desvanecerse hasta desaparecer.
Ambos
estaban sorprendidos, nadie podría dar explicación alguna de lo ocurrido. Con
el teléfono móvil buscó el contacto de Ignacio y le hizo una llamada, la cual
nunca salió, quizás porque el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.
Julio
caminaba de lado a lado sin entender nada, estaba asustado, quería incluso
correr a una iglesia y pedir la bendición del párroco, necesitaba con premura
entender lo que ocurría. Sara, con la calma de quien no tiene nada que perder,
se levantó y comenzó a guardar todos los implementos de la barra del bar, cerró
la caja registradora y le pidió a Julio que se retiraran, era mejor descansar,
de seguro que sí.
Julio
comprendió la intención y obedeció a Sara Carolina, en ningún momento hablaron
de lo ocurrido, como si se tratase de un pacto silencioso de ignorar todo.
Al
llegar a su apartamento, se quitó las botas y se sentó sobre su cama, revisaba
en la aplicación de chat uno a uno los contactos de Emanuel, necesitaba
encontrar alguna forma de llegar a Michelle.
Alrededor
de las ocho de la noche se quedó dormida, el cansancio y el calor de un extraño
día miércoles le había ganado la batalla.
Comenzó
a soñar, de extraños universos y fragmentos de recuerdos se fueron conjugando
estrellas de colores y muchas formas abstractas, una profundidad tan oscura que
el brillo de lo inexistente se vislumbraba bello y etéreo.
Sara
Carolina sentía que volaba, o flotaba.
Marino
llevó a la madre de Jose Isidro a cenar, desde el apartamento en el barrio El Peñón,
tomaron rumbo al barrio Centenario, para buscar algún restaurante grato para la
cena. Fabio acompañó a Alfonso en el carro de este hasta su apartamento, para
que descansara y mejor al día siguiente con más ánimos, asumiera el cruel
relato del día vivido. Ambos, tanto Marino como Fabio, conducían los
correspondientes vehículos y en las mismas condiciones, pasaron por la Casa
Azul, no porque la vía fuera parte de ese sector de la ciudad sino, por la
costumbre de querer observar ahora a quién ya no está.
Sara
Carolina viajaba en un profundo sueño que se sentía dulce, eterno, tranquilo.
Alfonso
llegó a su apartamento y se recostó en posición fetal en su cama, Fabio Andrés
se despidió y tomó un taxi rumbo al restaurante donde estarían Marino y Abril
cenando; en el trayecto escribía mensajes a Ignacio pero no salían, como si la
señal estuviera bloqueada o la cuenta del chat cancelada, esto preocupaba cada
vez más a Fabio Andrés.
“¿Qué
le habrá pasado al pendejo de Ignacio?” Se
preguntó.
En
medio de la oscuridad Sara Carolina logró vislumbrar en alguna parte en medio
de la nada, a Ignacio, caminaba desorientado con su vistosa camisa de flores,
intentó acercarse para ver qué ocurría, pero no le era posible coordinar sus
movimientos, como si fuese más bien una marioneta.
Ignacio
caminaba cansado, llevaba alrededor de un día deambulando en el otro lado, donde
el tiempo y el espacio son un concepto. Además de cansado, estaba desorientado,
recordaba haber visto a su amigo Jose Isidro, recordaba incluso haberse
despedido de Emanuel en algún momento, en alguna vida.
Simplemente
caminaba, como un ente sin ritmo ni sentido.
Sara
Carolina volaba, flotaba, divagaba, como un ente sin ritmo, sin sentido.
A
la mañana siguiente Fabio Andrés se organizó desde temprano para salir rumbo a
la oficina, si bien acostumbraba llegar a tiempo para las reuniones
programadas, en aquel jueves decidió salir con más tiempo de antelación para
sentarse a pensar un rato. Su socio, Marino, siempre llegaba muy temprano así
que no sería una sorpresa verle allí también.
Abril
Barona de Caicedo madrugó para iniciar los trámites de velación y posterior sepelio.
Rebeca, la gata, estaba su lado.
Julio
Washington no pudo dormir como lo deseaba, sentía que la vida estaba dando giros
demasiado impertinentes, lo ocurrido con Ignacio era algo que jamás en su existencia
había presenciado, no le era posible entender o dar crédito a lo que había
sucedido. El pacto de silencio con Sara lo dejó más perplejo, el no poder
hablar de lo que sentía o pensaba le llenaba la mente de pensamientos obtusos,
como un recipiente que se cargaba de aguas negras. Miró el reloj y dio cuenta
de que eran las seis de la mañana con algunos minutos.
Pasó
la noche de largo, casi.
Alrededor
de las tres de la mañana despertó, intentó dormir pero su solución fue jugar en
la consola hasta las cuatro y media de la madrugada, tiempo en que el sueño le
permitió volver a dormir, hasta las seis de la mañana.
Revisó
el chat del teléfono móvil y allí vio que la última conexión de Sara Carolina
fue a las siete y cuarenta y dos de la noche anterior.
Juan Alfonso Mosquera despertó temprano, aquella mañana de jueves sentía más ligero su cuerpo pero seguía agobiado por el fallecimiento, por demás inexplicable, de su amigo Jose Isidro Segundo. Se organizó lo mejor que pudo y salió a recoger a doña Abril, como parte de sus compromisos de buen amigo en apoyar a la madre en tan difíciles y perplejos momentos, durante el trayecto recibió un mensaje de Fabio Andrés:
- ¿Sabes algo de Ignacio? -
Llegó
hasta el apartamento donde reside Abril, mientras la esperaba respondió al
chat, en esta ocasión con una fuerte sensatez y esquivo mensaje:
- No
tengo ni idea dónde andará metido, no quiero más noticias trágicas, por favor. -
El
día apenas comenzaba para todos, incluso Marino que pasó la noche leyendo algunos
casos de su oficina como mecanismos de defensa ante el dolor de lo ocurrido,
decidió madrugar para estar puntual a las seis de la mañana tomando un café en
su despacho. Allí vio llegar a Fabio y con un abrazo, silencioso y cortes, le
dio los buenos días.
Fabio
Andrés se fue para su oficina, se quedó leyendo el listado de mensajes de su
teléfono móvil, y ante la respuesta de Juan Alfonso, decidió terminar el
malestar con un mensaje más conciliador:
- A
todos nos duele lo de Emanuel y Jose Isidro, Alfonso, pero entendeme hombre que Ignacio
lleva dos días desaparecido. Algo le debe de pasar. Nos vemos ahora en la
funeraria. -
A
las seis con treinta y ocho minutos de la mañana, Juan Alfonso llegaba a Medicina
Legal para la firma de documentos y demás trámites que él como abogado,
apoyaría a doña Abril Barona de Caicedo. De allí continuaron el trayecto a la
funeraria para iniciar todo en la jornada de despedida.
Julio
tomó el teléfono después de dormir otro instante, eran las siete de la mañana
de un jueves cualquiera de marzo. Observó en el chat y allí le apareció Sara
Carolina entre los contactos:
“En
Línea”.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario