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Hay asesinos que viven en la cotidianidad y se camuflan en lo inimaginable de la bondad, donde las creencias de un mundo correcto sirven de disfraz para que aquello que no debe emerger, camine con la frente en alto entre los demás ciudadanos de bien.
En alguna oportunidad una mujer golpeó a su esposo al descubrirle una infidelidad, pero la verdadera rabia se hizo tangible cuando le brindó el desayuno como acto de aparente perdón, con besos y palabras de conciliación prometió jamás volver a discutir o agredirle, con la esperanza conjunta de recomponer la relación. Nadie sospechó que en el desayuno estaba el veneno que le daría el infarto por el que se decantó la causa de muerte.
Ella, aquella mujer dolida y sedienta de venganza, siguió su vida guardando un luto que a ojos de la sociedad era una tristeza inmerecida, pero en su interior, el luto se guardaba ante la vergüenza de ir a la iglesia cada domingo a orar por el alma de su difunto traidor.
Michelle
Cristina Rueda jamás permitió que un hombre lograra el cometido de abusar de su
confianza, siempre a la defensiva aplicó los aprendizajes de su abuela, doña
Aurora. Conoció a Emanuel Contreras trabajando en el hotel, aquel día del “Open
House” de Catering, admiró siempre su cordialidad y manera de tratarle, nunca
sintió de su parte algún intento de abuso de confianza, ni siquiera, cuando se
tomaron la primera botella de vino, sintiéndose vulnerable, él con el respeto
de un hombre que creció en otra cultura, le brindó apoyo y la cuidó sin pensar
un segundo en seducirle o tocarle indebidamente.
Así
hubo una segunda cita, en la Casa Azul, cerca del mes de junio del año 2016, otra
Copa América se jugaba en Estados Unidos y el negocio de los bares y
restaurantes programaba todo tipo de descuentos, concursos y hasta jornadas
extendidas de horario. Allí pudo conocer también a Ignacio Méndez, un hombre
solitario y de pocas palabras, pero ella podía observar que detrás de si
emergía todo tipo de sombras, pequeños demonios que con saltos y burlas enmarcaban
la presencia de aquel caballero como una condena. Intentó ignorarlo, temía que
alguna de esas bestias se le contagiara.
Durante la Copa América edición Centenario, en aquel año 2016 se reunieron en ocasiones varias a disfrutar de los partidos de Argentina y Chile, los dos amores de Emanuel, en ocasiones también los acompañaba Ignacio, solitario en la mesa, tomando siempre una copa de Malbec durante los juegos, al final del día, saltaba a la copa de Whisky, como queriendo callar todo aquello que gritaba en su mente.
Michelle
no logró entablar amistad con él, pero la cordialidad de estar ambos convocados
por la amabilidad de Emanuel era suficiente tregua para una dama de Medellín y
un caballero que cargaba visitantes del más allá.
A
medida que fue creciendo en la cadena hotelera, fue ascendiendo en tareas administrativas,
desde atender empresarios que buscaban organizar eventos de alto impacto, hasta
gestionar la logística del hotel para eventos especiales como la feria de la
ciudad en diciembre o las cenas de enamorados. Muchos empresarios jóvenes
quisieron deleitarse invitándole a salir, al tratarse de una mujer joven de
cabello negro y un cuerpo atlético, con el acento característico de Antioquia, era
apetecida por todo tipo de depredadores, en especial aquellos que con la
convicción de que el dinero todo lo puede, intentaban presumirla.
Un
lunes de marzo, Michelle llegó temprano a la Casa Azul, allí estaban Emanuel y
Jose Isidro conversando, compartían una botella de whisky mientras departían
temas cotidianos, entró con la amabilidad de su profesión y saludó a cada uno
de los señores, a Emanuel con un coqueto beso en la mejilla, mientras le
abrazaba hasta dejarle su perfume en el pecho, a Jose Isidro Segundo le dio un
beso distante, frío, con total indiferencia, era una de muchas las veces que se
cruzaban allí, pero jamás le dio la oportunidad de entablar amistad o cercanía.
Pidió
un Piccolo tinto, con la sonrisa de siempre miró fijamente a Jose Isidro
quien en ese día y momento, comentaba a Emanuel de sus preocupaciones
laborales, un caso en particular no avanzaba y sentía que eso le estaba
estancando la existencia misma.
Michelle,
que tenía el don de ver lo que los humanos corrientes no podían abrazar, supo
de inmediato que aquel abogado de intelectual estirpe estaba cansado de la
vida. Una vida convertida
en melancolía permanente, un ser que cargaba en la espalda la frustración de la
muerte.
Aquella tarde de marzo, Michelle sintió algo de
humanidad en su ser, un acto de nobleza le susurraba en el alma que era el
momento de convidar a aquel pasajero del tren de la melancolía, una estación
dónde bajar.
Dejó de lado su distante trato y con una mueca
amistosa se acercó más a la mesa, casi que de lado de Emanuel.
Se acopló a la conversación con el anecdotario
profesional daba chistes y opiniones que emocionaban a los dos caballeros de la
Casa Azul.
Emanuel se retiró para ir a la bodega a sacar una
nueva caja de vino chileno, estaban agotados en el mostrador y la conversación
con dos de sus mejores clientes tomaba un ritmo álgido, así que pensó en acto
de prevención, surtir antes de que se emocionara y olvidara la tarea de administrar
su propio restaurante.
Jose Isidro por primera vez empezó a escuchar y
analizar los aportes intelectuales de Michelle de manera diferente, dejaba de
ser la mujer engreída que solo conversaba con Emanuel, para aparentar ahora ser
una señorita amigable y por qué no, atractiva.
El aura de Jose Isidro Segundo estaba opaca, porque
la melancolía no gusta de los colores; Michelle atenta a los cambios vio un
brillo inusual, una luz dorada, como si fuese una plegaria que alguien desde
otro recinto emanara para la protección del pesimista abogado.
Aquella luz le era insoportable, le generaba rechazo,
una incomodidad latente que no era posible evitar o mitigar.
Para aquel momento Emanuel regresó con una botella
de vino, Carmenere, porque según él, es una obligación si se va a tomar vino
chileno. Soltaron todos una carcajada y Michelle a modo de broma, replicó que
tenía que trabajar al día siguiente en el hotel, que no podía llegar con
guayabo o con aliento alcoholizado. Para aquella situación, Jose intervino
dando todo tipo de recomendaciones de la cultura popular para evitar el llamado
tufo, desde masticar hojas de menta o granos de café, hasta comer pan recién
horneado, incluso, llegó a sugerir hacer gárgaras con bicarbonato de sodio.
Michelle Cristina escuchaba con la indiferencia de
un ser superior, sentía que el abogado era un pobre pendejo que estaba cayendo
en sus redes, pero sus gestos demostraban una actitud pasiva y muy íntima,
incluso dejó escapar una sonrisa para agradecer todas esas recomendaciones.
Retomó su instinto de cazadora, se ofreció a servir
la siguiente ronda de vino y con una oración, pensó en todo lo que deseaba,
prometiendo a los dioses dar en ofrenda el alma de Jose Isidro Segundo, a
cambio, del alma de Emanuel.
Fueron menos de dos minutos en que aquel pacto se
hizo realidad, casi como si Michelle mantuviese una ventanilla de acuerdos
abierta siempre, del otro lado seres que ninguno de nosotros conoce, respondían
convencidos de que era justo el trato.
Así la copa de Jose llegó cargada, tan fuerte era
que el brillo dorado de quien oraba por su salud empezaba a menguar hasta
terminar otra vez en la oscuridad de la melancolía diaria. Emanuel, que sonreía
mientras brindaba emanaba su luz blanca con más fuerza, pero no era sinónimo de
más vida o poder santo, era el desgaste del ultimo día de una batería agotada.
Alrededor de las nueve de la noche Michelle se
despidió de ambos señores, el restaurante ya estaba con varios clientes en
diferentes mesas, los dos meseros que apoyaba estaban lo suficientemente
atareados como para despedirse. Se retiró y con un beso suave, prometió a Emanuel
volver al día siguiente, quizás, para algo más íntimo.
Emanuel llegó a ilusionarse y esperó a que se retirara la señorita Rueda, o la paisa, como era conocida por los meseros. Jose Isidro dejó un comentario algo inapropiado sobre la figura atlética de la señorita, además de confesar que estaba sorprendido por su extraño cambio de actitud, tanta amabilidad era demasiado para un lunes cualquiera de marzo.
Ambos señores se quedaron hasta las once de la
noche, para terminar juntos otra botella de vino que habían destapado.
A la mañana siguiente, Jose Isidro Segundo Caicedo,
amaneció cansado, quizás culpó al exceso de vino, fue mala idea pasarse del
whisky al vino, pero en ocasiones, esas decisiones son pésimamente asumidas
para poder agradar a una bella mujer.
Al sentirse agobiado, pensó un poco en las labores
pendientes, desayunó un vaso de jugo de naranja y una porción de pan integral.
Sentado en su balcón se quedó observando al río Cali, Rebeca, la gata, le
observaba en silencio desde el sofá de la sala principal.
A las tres de la tarde el sol golpeaba con fuerza aquel
lado de la ciudad, el cansancio y algo de resaca por el vino pesaban aún en su
consciencia, así que prefirió ir a dormir un rato en su cama. Rebeca con una
mancha color miel en sus bigotes, le acompañó.
A las cinco de la tarde del día martes, Alfonso
Mosquera llegó con la puntualidad de siempre a la Casa Azul. Era el día del
debate entre amigos.
Encontró a Emanuel a quien le preguntó por José Isidro, su
amigo. Don Emanuel hizo un gesto de no saber y le ignoró retomando la
conversación con una señorita. Sin ánimo de ser imprudente, saludó a la
señorita para retirarse a otra mesa, ella, con la mirada de un depredador
sonrío a sabiendas que esa noche, Emanuel sería suyo para siempre.
Emanuel levantó la mano y saludó a Alfonso, le presentó a la señorita que tanto adornaba su existencia, aquel martes estaba más bella que antes.
- Mucho gusto, Juan Alfonso Mosquera – estiró la mano con algo de pena.
- Mucho gusto, Michelle. – Le respondió con ese acento paisa encantador.
- Voy a sentarme en la barra a estudiar mi exposición, Don Emanuel. Mientras que llegan los demás. –
- Listo Alfonsito, ahora nos hablamos. Hay promoción de whisky, para que le digas a los muchachos. –
Sentenció Emanuel Contreras Hitschfeld, mientras posaba
su mano izquierda en la pierna de Michelle, con el ánimo preciso, de
acariciarle.
Unos minutos más tarde, Alfonso desde la barra de la Casa
Azul lo vio salir con la desconocida señorita.
AV.




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