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Julio Washington Pupiales Varela llegó en compañía de Sara Carolina Certuche Londoño, entraron juntos a la estación de policía de la avenida primera, allí un oficial les hizo pasar hasta una oficina en la que un detective les esperaba para rendir indagatoria.
Allí
duraron un buen tiempo, aproximadamente dos horas. El agente de policía, un caballero
de apellido Benín, primero interrogó a Sara Carolina, le invitó a exponer su rutina
en el restaurante, desde su llegada temprano a las tres de la tarde hasta su
cierre, a medianoche. En aquella intervención Sara compartió sus sospechas
sobre la joven Michelle, expresó que ella iba con frecuencia al restaurante
para seducir al dueño, a Don Emanuel, que en las veces que compartían ella era
antipática con los meseros y demás comensales pero que preciso, la noche
anterior, estaba demasiado amable y risueña.
Informó
que los vio retirarse temprano, y nunca más supo de él.
El
agente tomaba nota de los detalles, guardó una copia de la fotografía que Sara
le había mostrado en el teléfono móvil, además de pedir más información
relacionada. Al momento de entrar Julio a la entrevista, Sara se sentó en una
sala de espera frente a un televisor. Allí seguía viendo la pantalla del
teléfono, buscando ideas, queriendo resolver el misterio de cómo poder ubicar a
Michelle sin que esta se diera cuenta.
A
esa hora, Alfonso almorzaba en el Hotel Obelisco, un plato de comida corriente
le daba la paz que la ausencia de Jose Isidro le robaba. Siendo las tres de la
tarde de un miércoles cualquiera de marzo, Fabio y Marino llegaban al
restaurante del hotel, allí encontraron a Juan Alfonso Mosquera que con la
mirada fija en su teléfono móvil, intentaba entender qué pasaba.
Marino
le puso la mano sobre el hombro de manera pausada, lo saludó con desdén y le
preguntó por Jose Isidro. Detrás suyo llegó Fabio Andrés, se quejaba de no haber
podido recoger a Ignacio. Se sentaron a espaldas de la avenida del río,
pidieron cada uno una cerveza y acompañaron a que Alfonso terminara de almorzar.
Marino
con la mirada insistente quería comprender el silencio de Jose Isidro, intentar
saber si quizás, estaba relacionado con la muerte de Don Emanuel, o si Alfonso ocultaba
realmente algo grande y peligroso, pues no daba cabida a que recibiera esos
mensajes tan extraños desde una cuenta desconocida.
Juan Alfonso explicó con la timidez de la situación que insistió bastante a la persona de seguridad del edificio donde vive Jose Isidro, sin recibir respuesta favorable. Fabio que tenía aún vigente el malestar con la búsqueda de Ignacio, lo llamaba pero siempre se desviaba la solicitud.
- ¡Ahora tenemos tres desaparecidos pues! - Se quejó con su habitual acento paisa.
Siendo
las cuatro de la tarde, Doña Abril Barona de Caicedo llamó al teléfono de Juan
Alfonso. Con una voz muy baja y dulce le saludó, Alfonso abrió los ojos con
total desesperación, no era normal recibir llamadas de la madre de Jose Isidro
y peor en la coyuntura actual.
Marino
estaba atento a la conversación por lo que recomendó que se atendiera la
llamada con el altavoz del teléfono.
Abril
nació en mayo, en el año de 1943, tiempos de muchos cambios y revoluciones en
el campo y las ciudades de Colombia. Conoció a su esposo, Isidro, en una reunión
de trabajo de la familia Barona. Desde temprana edad y con un plebiscito en furor,
se casó con Jose Isidro y comenzó a vivir el sueño empresarial colombiano.
En
varias oportunidades coincidió con Alfonso en la sala de estar del apartamento
de su hijo, Jose Isidro Segundo. Años de amistad entre ambos fueron forjando la
confianza necesaria para hacer ese tipo de llamadas o favores, así que en ese
momento era ella la que necesitaba una mano de apoyo.
Juan
Alfonso le atendió con la bondad que siempre ha tenido en su corazón, le
compartió la misma preocupación por el paradero de Jose Isidro Segundo, además
de comentarle de lo grave de todo ante la muerte reciente de Don Emanuel. Ella,
con el miedo de saber lo que pasaba no quería decir nada a Juan Alfonso, pero
la situación por igual le empujaba a tener que enfrentar ese presentimiento
mezquino que le impedía vivir bien. Marino intervino en la conversación, si
bien no era muy unido a ellos, tampoco era un completo desconocido.
Explicó
que se habían citado el día de ayer en la Casa Azul pero por motivos varios
Jose Isidro no llegó y tampoco respondió los mensajes, así que ante la
preocupación estaban reunidos cerca, para ir a buscarlo al apartamento pero preciso
allá el guarda de seguridad no daba razón alguna.
Abril
agradeció a ambos la preocupación, les mencionó que ella tenía copia de llaves
de ingreso, así que si lo consideraban a bien, ella podía ir y en su compañía,
ingresar al apartamento.
Acordaron
encontrarse allá a las cuatro y treinta de la tarde.
Julio Washington salió de la entrevista algo molesto, sentía que el detective le trataba como si fuese culpable, pero no podía evitarse tal trato al no dar una declaración que sirviera de base confiable, pues estar en casa jugando play station no era del todo válido.
Logró convencerle mostrando la aplicación de su teléfono en donde se evidenciaba el avance de los juegos instalados, de igual modo le informó que la última conversación con Emanuel fue por chat, alrededor del medio día y fue para coordinar el pago de unos proveedores, más allá de eso no tenía relación alguna con el restaurante. Para eso, preciso, es que se había contratado a Sara Carolina.
Una
de las preguntas que el agente de policía hizo fue la identificación de las
amistades de Emanuel Contreras, de su lado Sara insistió con las sospechas
sobre la joven Michelle, en cambio Julio hizo hincapié en “los caballeros de la
casa azul”, aquel grupo de abogados que iban los martes a hacer tertulia al
restaurante.
El
agente Benín tomó los datos de cada uno de los mencionados señores, allí
coincidía el nombre de Alfonso, Marino y Fabio, quienes se presentaron en horas
de la mañana en la estación, de otra parte Jose Isidro Segundo Caicedo
levantaba sospechas, pues no respondía las llamadas.
Agradeció
a ambos la colaboración y se excusó por el extenso tiempo de entrevista, hacía
la salvedad de que era una causa muy sensible y por ello requería total profundidad.
Sara
Carolina regresó con Julio al restaurante, en el camino conversaron sobre el
futuro inmediato, la decisión era mantener cerrado mientras se decidía
seriamente qué pasaría. Al llegar notaron que un automóvil de la marca Mazda,
color rojo, estaba estacionado afuera, sobre el andén adyacente. Al acercarse
no vieron a nadie en su interior, pero era extraño porque en toda la calle no
se veía a nadie transitar.
Ingresaron
al restaurante y empezaron a acomodar la cristalería en cajas, limpiaban mesas
y las arrumaban al fondo, contra una pared. A las cuatro con treinta y tres
minutos de la tarde, el ambiente en el restaurante parecía más al de una bodega
que al de un centro de tertulia y encuentro.
Marino
estacionó el carro sobre un espacio más delante de la entrada del edificio,
detrás suyo se estacionó por igual Alfonso. Allí les esperaba Abril en las
escaleras que daban paso a la entrada del edificio.
Los
tres caballeros se acercaron y la saludaron tímidamente, como si todos
estuviesen de acuerdo que la situación era el preludio de la calma que antecede
al huracán.
Doña
Abril saludó al guarda del edificio, se reportó como la madre de Jose Isidro
Segundo Caicedo Barona, pidió permiso para entrar en compañía de los tres
caballeros.
Los
cuatro ingresaron al ascensor, el silencio era tan incómodo como las miradas
que se cruzaban entre todos en el reducido espacio, para ese mismo momento,
Sara Carolina cruzaba su mirada con Ignacio en la entrada del restaurante.
A
las cuatro con cuarenta y dos minutos de la tarde de un miércoles cualquiera de
marzo, la señora Abril Barona de Caicedo, junto a tres caballeros de la casa azul
abría la puerta del apartamento 601 del edificio Santa Isabel. Rebeca, la gata,
les recibía con un maullido de hambre y tristeza.
Ingresaron
y con el afán de quien pierde la suerte en el casino, recorrieron el
apartamento buscando a Jose Isidro, quien acostado sobre la cama yacía inerte quizás,
esperando despedirse de su madre.
Abril
no gritó, ni hizo ninguna especie de escándalo, algo dentro de sí sabía desde el
día anterior que su hijo había tomado rumbo a otro plano existencial.
Alfonso
gritó, dejó salir un gemido de tristeza, Fabio lo abrazó con fuerza para evitar
que se cayera o peor aún, hiciera algún movimiento extraño.
Marino
estaba en total silencio y con la misma prudencia, se acercó a tomar a la
señora Abril de la mano, le sugirió retirarse, no era correcto estar allí
viendo a su hijo fallecido.
Los
cuatro se sentaron en la sala del apartamento y llamaron a la policía,
reportaron la novedad y acto seguido, informaron a la portería del edificio.
Marino
pidió al guarda de seguridad que se revisara las cámaras de vigilancia, para
saber si alguien o algo ocurriese en el apartamento.
Sara
Carolina gritó del susto al ver a Ignacio tambaleándose en la entrada del
restaurante.
Julio
saltó de la barra del bar y corriendo logró abrazar a Ignacio antes de verle
caer. Se le notaba totalmente distraído, como si estuviese drogado o en alguna
especie de trance.
Lejos,
en alguna parte del norte de la ciudad Michelle avanzaba en su Mazda color rojo,
tenía ganas de tomar una copa de vino, Malbec quizás, pero recordó la
recomendación de una ejecutiva del hotel donde trabaja, acerca de un restaurante muy
agradable al sur de la ciudad.
Se dirigió con la tranquilidad de saber que todo iba bien, el tráfico de la media tarde empezaba a congestionarse y allí, en medio del bullicio de unos carros que quieren avanzar, sintió el deseo de una copa de vino.
En el espejo retrovisor podía observar la silueta de Emanuel.
- Carmenere es la mejor opción, Si. – Alzó la voz con su acento paisa.
AV.




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