7 de mayo de 2026

Sara Carolina Certuche Londoño (El Mensaje).



 Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/


Sara nació en el año 2001, para los días recientes del desastre de las torres gemelas, creció en la ciudad de Cali y para 2026 ya se había graduado de Arte Dramático en el Instituto Departamental de las Bellas Artes.  De mirada taciturna y cabello tinturado color rosa con vistos verdes, aprendió a hablar inglés viendo series de televisión americanas y su gusto musical le llevó a aprender a tocar la guitarra a temprana edad.

Influenciada por el talento de Helena Bonham se convirtió en fanática del cine de culto, allí encontró el amor por la actuación y el vino tinto.

En diciembre del año 2024 llegó a la Casa Azul respondiendo una convocatoria de empleo que había visto en Instagram.

El lunes pasado, un día casual de marzo, prestó sus servicios en la barra del restaurante, entre semana asumía labores de bartender y los días jueves a sábado ayudaba atendiendo en mesas.

Desde la barra podía observar a Don Emanuel y Jose Isidro, conversar con la joven Michelle, una dama que frecuentaba muy de vez en cuando el lugar y que por su belleza, traía a ambos caballeros distraídos de la vida.

De alguna manera sentía celos, a pesar de sus jóvenes septiembres de vida, se consideraba una mujer inteligente y abierta al mundo, condición suficiente para atraer la atención de un hombre mayor y culto, como Jose Isidro Segundo. Siempre lo vio como un ser interesante, tímido y en ocasiones, vulgar. Varias semanas le atendía en la barra del bar sirviéndole whisky o vodka, algunas tardes llegaba en compañía de Juan Alfonso, otro señor inmaduro que daba alegría a sus tardes en la barra, porque si algo podía disfrutar de esos dos abogados era su amor por la justicia y las anécdotas de lo impensable.

Jose Isidro reiteraba su discurso en temas de historia, Juan Alfonso era más dado a hablar de cine y ciencia ficción, punto de encuentro con Sara Carolina quien disfrutaba del cine de terror y misterio, no en vano su apariencia alternativa, sus tatuajes y su variopinto cabello.

Se presentaba como una mujer fuerte, para que los hombres le respetaran y no iniciaran el tedioso proceso de quererla pretender, acosar o insultar. Alguna vez, Emanuel bajo los efectos de un buen Malbec blanco, quiso seducirla con el amparo de la soledad, pero tanta sabiduría trae la vida en las coincidencias que al momento de dejar salir la insolente propuesta una llamada telefónica le interrumpió haciéndole olvidar lo que de seguro, era una pésima idea, para Sara no era extraño ni sorpresivo tal caso, bien entendía el gusto casi obsesivo de su empleador por las mujeres jóvenes, muy jóvenes.

Dentro de aquel carácter fuerte existía una señorita curiosa y amante del misterio, aprendió un segundo idioma como evidencia de su curiosidad y estudió artes como pretexto de su identidad, a la final la vida aún no le mostraba el camino determinado, incluso a sus 24 años de vida. Ese lunes notaba a la itinerante Michelle diferente, tanta cercanía con Jose Isidro no solo le despertaba algo de celos e inseguridad, le gestaba la duda misma de que algo malo estaba por ocurrir.

Ya cuando la noche empezaba su curso, Don Emanuel, su jefe, se levantó de la mesa para esculcar en la cava y sacar una botella de Carmenere porque según él, era una obligación tomar vino chileno. Michelle seguía risueña y de forma coqueta atendiendo la ansiedad de ambos señores, Sara, desde la barra tomaba nota de cada pedido y también, de todo lo que observaba o escuchaba, era una especie de espía que vigilaba a los más cotidianos soldados del amor.

Al momento de abierta la botella de vino, Michelle se ofreció a servir la siguiente ronda de aquel vino chileno, mientras lo hacía cerraba los ojos y susurraba palabras extrañas, tan extrañas que Sara despertaba curiosidad por la escena, incluso se visualizó actuando un monólogo igual.

Sin entender qué había ocurrido, dejó escapar la oportunidad de despedirse de Emanuel y Jose Isidro, quienes salieron ya cerca de las once de la noche, Sara se encontraba lo suficientemente atareada como para despedirse de manera formal.

Al día siguiente, martes de debate, le sorprendió ver nuevamente a Emanuel con la joven Michelle, desde temprano compartían en una mesa, queriendo mantener a bajo volumen las palabras que prometían futuros insospechados. Intentó ignorarles y haciendo labores de aseo y mantenimiento, organizaba la amplia barra de la casa azul.

Con el transcurso de la tarde vio llegar a Juan Alfonso, luego a Marino y Fabio, con ellos Ignacio, el distraído de siempre, y así sucesivamente aparecieron los comensales tradicionales de aquel punto de encuentro y tertulia.

Emanuel se retiró y Sara en silencio, compartía la preocupación de Juan Alfonso: ¿Dónde está Jose Isidro?

El último en salir fue Ignacio, Marino y Fabio tomaron cada quien su curso justo después de que Juan Alfonso hiciera pataleta por no poder hablar del tema preparado, de su lado Ignacio estaba tan feliz con la promoción de whisky que hasta la tertulia de política internacional le era indiferente.

Sara observaba todo desde la barra, tomaba nota y se imaginaba personajes, porque eso hacen los artistas. Soñaba con escribir una obra de teatro y dejar allí en las tablas las miles de historias que en un bar se pueden sortear, miles, como las intenciones de los desdichados.

Recordó en aquel entonces a Michelle y su coqueta disposición de salir con Emanuel, algo que no había sucedido antes a pesar de tanto tiempo de amistad.

Algo extraño ocurría, algo fuera del orden natural de lo absurdo se cocinaba en la mente de una joven entusiasta, Sara Carolina ideaba los peores escenarios, y en uno de ellos se encontró con Juan Alfonso que algo molesto y ebrio, fumaba su vapeador de sandía con apuro, estaba de pie en la entrada del restaurante con la mirada buscando estrellas en el universo, se le notaba incómodo.

Entró y se sentó en la barra del restaurante, tomó su teléfono y pidió un servicio de Uber, Sara lo miraba detenidamente, sabía que algo le preocupaba, en silencio se le acercó y con una mirada amistosa pretendió entablar una conversación, pero estaba tan ensimismado en sus afanes y vergüenzas, que se retiró sin despedirse.

Sara le miraba salir.

A la mañana siguiente, un miércoles cualquiera de esos que el sol sale temprano para espantar a la lluvia, Sara Carolina comenzó a preparar sus ideas sentada en la sala de su apartamento, un pequeño y confortable recinto en San Cayetano. Escribía sus historias y se imaginaba universos cotidianos, tan cotidianos como la ficción misma de lo innombrable.

A las diez de la mañana una llamada le interrumpió la concentración, era un oficial de policía que en tono fuerte y descabellado, le preguntaba por la noche anterior, por su jefe Emanuel Contreras y por la rutina de todo lo acontecido.

Sara estaba algo confundida, pero supo dar respuesta a cada duda del oficial, al finalizar la conversación le señaló la mala noticia del fallecimiento de Emanuel en condiciones extrañas, violentas, inexplicables.

Sara guardaba silencio.

No sentía deseo de llorar pero estaba segura de que algo tenía que ver con Michelle, a quien por supuesto no le mencionó al policía. Sería su misión propia esa deuda.

Tomó el teléfono móvil y envió un mensaje a Juan Alfonso, necesitaba un colega, pero antes, debía ponerle a prueba.

Recordó que había guardado su contacto a petición de Don Emanuel, por aquello de tener respaldo de sus clientes.

A las diez de la mañana envió un mensaje al chat de Juan Alfonso Mosquera:

“¿Qué haría Anakin Skywalker en estos momentos?”


AV.

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