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Rebeca
saltó de la cama al momento en que el sol entró por la ventana de aquel
miércoles de marzo, el cuerpo de Jose Isidro Segundo estaba en la cama en
posición boca arriba, había dormido hasta la eternidad con la postura de siempre.
Caminó con sus suaves patas por toda la casa, hizo del cuerpo sobre el arenero
y comió del envase donde unas pepas de concentrado industrial le servían de
alimento.
Pasó
la mañana sentada en el balcón mirando al horizonte, como si el luto fuere
también un ritual propio de gatos y adivinos. De la habitación de Jose Isidro
pasaban sombras entrando y saliendo al mejor estilo del pasillo de un restaurante,
desde sombras diminutas hasta grandes cuerpos etéreos que deambulaban como un
grupo de comenderos del más allá, verificaban datos, analizaban el cuerpo,
dejaban recados y hasta arrancaban evidencias, todo para reportar la partida,
de manera puntual, de un ciudadano más.
Alrededor
de las nueve de la mañana el espectro de Jose salió de la habitación
desorientado, sin entender dónde estaba o qué ocurría. Rebeca con un maullido
quería explicar la situación.
Para
el mediodía el desfile de sombras había cesado, ahora comenzaban a aparecer
diferentes figuras de colores, fuegos fatuos y hasta orbes que danzaban por
toda la casa, quizás como una santificación del espacio vacío, quizás como una
despedido de lo que alguna vez significó algo, quizás, como el universo mismo
apropiándose de lo humanamente muerto.
Después
de la conversación de Marino con el desconocido señor, los tres amigos salieron
de la plazoleta Jairo Varela, Marino en compañía de Fabio tomaron dirección a
buscar a Ignacio de acuerdo a las indicaciones recibidas en la llamada,
Alfonso, en su carro, decidió ir a buscar a Jose Isidro, consideraba que su
compañía era necesaria para ayudar a resolver el misterio de Emanuel. A pesar
que Marino no estaba de acuerdo, incluso, con la sospecha de que este ocultaba
algo, aceptó que se separara del grupo con la condición misma de que estuviese
en contacto permanente, compartiendo además la ubicación del teléfono en tiempo
real.
Con
algo de incomodidad Alfonso aceptó, su afán por encontrar a Jose Isidro desde
la noche anterior era inmarcesible, el solo hecho de que se ausentara al martes
de debate, sin dar palabra alguna era ya sospechoso.
El
sonido del citófono del apartamento apareció, un timbre incómodo, fuerte,
vintage.
Rebeca maulló caminando hasta la cocina y se quedó sentada sobre sus patas observando en silencio, como si fuese a contestar el citófono, el cuerpo de Jose Isidro seguía intacto en la cama, había perecido con los ojos abiertos. En una segunda oportunidad sonó el citófono, el insistente timbre incomodaba a cada uno de los orbes y fuegos que paseaban por toda la sala.
- El señor José Isidro no contesta, ya le he llamado dos veces. De seguro salió temprano. – Respondió el guarda de seguridad.
Alfonso se sentía confundido, apretaba sus manos contra el vapeador de sandía, algo le fastidiaba, casi como si desde la portería del edificio pudiese atestiguar por cada una de las sombras que deambulaban en el apartamento de su amigo.
- Por favor intente otra vez, tengo un mal presentimiento – Insistió Alfonso al portero del edificio.
Alfonso
estaba nervioso con una actitud muy extraña que incluso, levantó sospechas en
el guarda del edificio. Al tercer intento el guarda de seguridad colgó el
citófono y se levantó del puesto, se le acercó y mirándole de arriba
abajo le invitó a que se retirara, que ya estaba suficiente insistencia.
Fabio
estaba dando las indicaciones a Marino para llegar a la casa donde estaba
borracho el siempre distraído de Raúl Ignacio. Marino hizo una señal de desconsuelo, aparentemente
dando la razón a su amigo Fabio Andrés Barona, en el fondo él también se sentía presionado
por todo lo ocurrido, en especial por las declaraciones de los policías a cargo
de la investigación.
Al
no ser suficiente tensión, se le sumaba al caso la absurda situación de Ignacio
y la indeseada actitud de Jose Isidro de no responder las llamadas.
Cerca
de las dos de la tarde y con la compañía de un inclemente sol de marzo, Fabio
se acercó a la puerta de una casa residencial en el barrio Las Vegas, una
residencia con amplio antejardín y una reja de seguridad sobre la puerta
principal.
Una señorita vestida con bata de baño abrió la puerta con un saludo jovial, sus ojos maquillados con una sombra azul y su piel de un color canela, invitaban a Fabio a quedarse en la que parecía una fiesta permanente, detrás suyo Marino intervino con una voz gruesa y potente.
- Buenas tardes, el señor Everardo nos llamó para venir a recoger a un compañero nuestro, alguien que parece ser, se pasó de copas –
La
señorita sonrió y se retiró cerrando la puerta, pidió a los dos caballeros que
le dieran una espera allí.
Everardo llegó al momento, con los ojos cansados y un expresión en su rostro de malestar, no había dormido su turno de descanso por estar pendiente de Ignacio, un cliente que él consideraba de alguna manera cercana y amistosa. Saludó levantando las cejas y con su voz grave, emitió un gemido de buenas tardes.
- Venimos por Ignacio, señor. –
- Lo siento señor, ¿quién dice que es usted? A ese ya se lo llevaron. Vino una muchacha y lo recogió. –
Marino sintió que el mundo le abrazaba en un frío golpe, abrió los ojos con tanto asombro que sus cejas casi quedaron redondas. Fabio le dio un par de palmadas suaves en la espalda e intervino.
- Muy bien señor Everardo. ¿Le parece bien si nos deja entrar a tomar una limonada o algo para este calor? Así aprovechamos para saber de qué mujer se trata. –
Everardo se dio media vuelta, estaba en exceso cansado y su turno de seguridad empezaba a las cuatro de la tarde, con una señal le dio indicaciones a Ángela Vaca para que guiara a los señores a una mesa en el salón oriental, un lugar con objetos de decoración asiática.
Everardo recordó las primeras conversaciones con Ignacio, un joven que cuando empezó a avistar la casa de manera solitaria, se sentaba cerca a la barra, pedía un vaso de Whisky y con un cigarrillo mentolado se quedaba viendo a las jóvenes trabajadoras, allí se fue acercando a Ángela Cordero, aunque nunca pagó por sus servicios o intentó sobrepasarse con ella o alguna de las demás señoritas.
- Ignacio es un señor muy extraño, amable eso sí, pero pareciera que siempre estaba de pelea consigo mismo, como si sus pensamientos lo agredieran todo el tiempo. –
Fabio y Marino guardaban silencio, escuchaban las palabras de Everardo.
- Una vez se bajó una botella de aguardiente casi que de un brinco, porque según él, las voces de su cabeza le estaban acosando quien sabe con qué tema. Un muchacho muy especial, le digo muchacho porque me parece que siempre fue un niño, ustedes me excusarán si no le doy el trato de señor que merece. –
- No se preocupe Don Everardo – Respondió Fabio.
Marino observaba la decoración del salón, desde telares japoneses hasta jarrones de Corea y telares de la india. De verdad todo estaba conectado con el continente asiático, salvo un cenicero que tenía apariencia occidental:
“Si José Isidro estuviera acá, sabría de dónde es ese cenicero, fijo, del Imperio Romano o alguna vaina por el esos lados”.
Everardo continuó contando la historia, innecesaria para Marino, tiempo que gastaban en diálogos mientras servían la jarra de limonada que habían pedido.
- Perdone señor Everardo ¿Cómo era la mujer que vino a recoger a Ignacio? ¿él la conocía? –
Everardo encendió un cigarrillo, su poblada barba canosa brilló por un segundo con el fuego de la punta del cigarro, una bocanada de humo salió de su boca perdiéndose entre el espacio vacío y la barba. Miró de arriba abajo a Fabio y con la amabilidad de un guardián, dio la contundente respuesta que tenía para dar. Simplemente se quería ir a descansar.
- ¿Y yo que putas voy a saber? ¡A duras penas se quienes trabajan aquí! –
Fabio
se sentó en una postura firme, intentó responder con la misma violencia que
aprendió en casa, pero Marino posando una mano en su pierna le detuvo.
Marino tenía el teléfono móvil en la mano, desbloqueó la pantalla y buscando las fotos en el grupo de chat, encontró una del grupo completo, incluso en buena calidad.
- ¿Es esta la mujer que vino por Ignacio? –
- Si, totalmente, pero ahí se ve mucho mayor. –
Marino se quedó sin palabras, como una verdad reveladora que le cocía los labios hasta callarlo para siempre. Fabio no entendía nada.
- Bueno señores, estoy cansado, ahí les dejo su limonada, son cuarenta y cinco mil pesos más servicio. Si quieren compañía, le dicen a Ángela para que les presente a las señoritas disponibles. Yo me largo, estoy mamao por culpa de su amigo. –
- ¿Qué pasó? – preguntó Fabio en voz baja, su mirada se encontraba con el silencio de Marino.
- Alguna vez José Isidro me hizo el comentario, de que Michelle se veía muy joven, yo no entendí porque pues pensé que hacía referencia a los gustos de Emanuel, pero viendo la foto, si, parece ser que era más joven de verdad. –
Fabio sin entender, se tomó de un solo bocado el vaso de limonada, dejó dos billetes de cincuenta sobre la mesa y animó a Marino a salir. Angela Vaca sonriente los acompañó de nuevo a la puerta, guardó los billetes en uno de los bolsillos de la bata azul y se fue a entregar el dinero a Everardo.
Se subieron a la camioneta, Marino con las manos ubicadas en el volante miraba en silencio al frente, intentando pensar, intentando unir ideas suficientes para construir una respuesta.
- ¿Vamos a la casa de Jose Isidro? –
- ¿y pa´qué? Si supuestamente allá está Alfonso. –
- Pues precisamente por eso, porque allá está Alfonso –
Marino se quedó mirando a Fabio en total silencio, su amigo de Pereira y ahora socio de la firma, una vez más tenía la razón.
AV.




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