5 de mayo de 2026

Aquel día. (Emanuel Contreras Hitschfeld).



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Emanuel estaba tan emocionado que la razón la había dejado en el bolsillo de su saco, el cual quedó colgado en un perchero junto a la barra del restaurante. Se encontró con Michelle desde temprano, alrededor de las tres de la tarde, para atender a sus meseros en la apertura del restaurante y tener algo de privacidad con la joven visitante.

El primer sorbo de cualquier trago siempre viene cargado de una expectativa de vida sin definir, el amargo sabor con la frescura de dos cubos de hielo rompe la quietud del alma que le convoca, surge una sonrisa amistosa que pretende conquistar al mundo conocido y en el a quienes le rodean.

Al momento de ver llegar a Michelle Cristina sintió algo de poder en su mente, la deseaba desde siempre pero nunca se había lanzado a pretenderla, solo hasta la noche anterior cuando una fuerza mística del universo le motivó a posar su mano izquierda en la pierna, ella, con una sonrisa coqueta dejó que el brillo de sus ojos le diera el permiso para acariciarle, como un llanero domando a una bestia para montarla.

Para aquel martes de marzo, Emanuel se vistió de camisa blanca, unas tirantas azules que daban una especie de juventud a su ya madura presencia, para que su cabello blanco guardara estilo europeo a las intenciones mismas de conquistar a la dama que llegaba a su recinto.

Michelle de su parte estaba tranquila, sus ojos oscuros dejaban emanar un brillo insensato, cualquiera lo tomaría como el tesoro mismo de la juventud, pero otros más estudiados, lo denominarían como el halo de luz del inframundo, dos ojos oscuros que absorben la vida de aquellos mortales que preciso, se quieren entregar a la muerte del modo más placentero posible, algo que en la literatura de Clive Barker se puede interpretar como el placer desconocido de todo mundo terrenal.

En el grupo de chat Alfonso había escrito desde temprano, excusando que debía de atender compromisos que el jefe había solicitado de último momento, Marino y Fabio ya habían confirmado asistencia pero llegando a la hora de siempre, sobre las cuatro o cinco de la tarde.

Jose Isidro nunca se comunicó, quizás, pensó Emanuel, estaba aún cansado por todo el vino que se había tomado la noche anterior, a decir verdad, insistió Emanuel en sus pensamientos, había sido una noche muy especial, porque preciso, Michelle estaba más abierta, más amistosa, más coqueta.

Michelle cumplió la cita que preciso había prometido en aquel beso sensual que despidió el casual diálogo de noche de lunes. Al llegar a su apartamento escribió un mensaje a Emanuel para informar que estaba bien, terminando después el diálogo con algunos stickers coquetos, cerrando la noche con un beso virtual y una selfie donde prometía que pasaría al día siguiente a compartir la tarde, porque según ella, se merecían un espacio juntos.

Salió del hotel a las dos de la tarde, dejó las tareas pendientes a cargo de dos auxiliares, informó al gerente del área comercial que estaría atendiendo temas familiares, por lo que se retiraba temprano.

Siguiendo las enseñanzas de la abuela Aurora, pasó por la galería de Alameda y se compró algunas yerbas que luego, en un vaso de vodka, se sirvió mezclando con semillas y otros polvos que solo un erudito prestigiador, salamanquero puede a bien entender. Se roció un poco de agua de rosas sobre el cuello para amenizar su aroma de hembra en celo, guardó en su cartera algunas hojas de romero y laurel, un frasco con gotas de algo que nadie sabe que es y su billetera con el dinero suficiente para echar gasolina al automóvil en la estación de servicio.

A las tres y algunos minutos después se estacionó en el elegante barrio El Peñón. Al frente de la Casa Azul, con su fachada blanca colonial, vio las puertas cerradas aún, sabía que apenas estaban dando apertura. Un mesero Salió para botar una bolsa de basura grande, saludó con un ademán distante y dio permiso para que pudiera entrar, allí vio a Emanuel esperándola en una mesa al fondo, estaba ansioso, tenía un vaso de vodka en sus manos, tremenda coincidencia.

Se acercó meneando sus caderas con la intención de querer derrumbar a un imperio completo, quería que al saludarle, sintiera su aroma a rosas en el cuello y cómo no, posara su mano en su cintura, una especie de ritual para ensillar a las bestias más feroces del mundo no conocido.

Le abrazó y dando un beso en la mejilla, cerca a la oreja derecha, susurró un coqueto “buenas tardes Don Emanuel”, aquel acento paisa era un arma contundente para amansar a cualquier general.

Emanuel la abrazó y mientras sentía un fresco aroma a rosas y a perfume de mujer en el cabello lacio de Michelle, dejó caer suavemente su mano a la cintura de esta, intentando aprisionarla contra su propia humanidad, aquella débil y ya domada humanidad.

Brindó un poco de vodka a la señorita, pero ella prefirió un vino.

Conversaron como nunca lo habían hecho antes, a pesar de las muchas ocasiones en que ella se sentaba en la barra durante casi diez años de visitas casuales, no frecuentes.

Como un juego de espías, Michelle habló de las dificultades de su trabajo y la difícil tarea de evadir hombres inescrupulosos que solo la buscan para pretenderla, recalcó de su rol de mujer en una industria machista y de las complejas relaciones con sus compañeras, porque entre mujeres, sentía que había una competencia desleal y cruel.

Emanuel escuchaba con la ternura de quien quiere proteger a una indefensa señorita que vive sola en una ciudad que no da espera a los desesperados.

A las cinco de la tarde ya había movimiento de clientes en el restaurante, que para esa hora, era más bien un bar de encuentros y desencuentros. Alfonso llegó con el afán de siempre, saludó a Emanuel y preguntó por José Isidro, su amigo. Emanuel le respondió el saludo con un gesto de no saber y le ignoró retomando la conversación con la joven Michelle, quien preciso reaccionó a la defensiva con la llegada de Alfonso, se presentó de una manera distante y trató de ignorarle en el acto.

Alfonso insistió en saber alguna novedad de los muchachos, Emanuel con el afán de deshacerse de su infantil amigo, le convidó un vaso de whisky, además de convidar una promoción de 2x1 para mantenerle alejado.

Alfonso sintió un frío que daba la impresión de ser un mordisco en la pantorrilla, una especie de calambre que le recorría el lado derecho del cuerpo, pensó que era Michelle que lo atacaba, pero retomó la calma a sabiendas que esas ideas solo sucedían en las películas de ciencia ficción que tanto le gustaban.

Se retiró y sentándose en la barra de la Casa Azul, sacó la Tablet para preparar la que sería su intervención en el club de debate de los martes. Envió un mensaje en el chat grupal para dar la noticia de que habría 2x1 en whisky, y asimismo, intentó escribirse con Jose Isidro quien para esa hora, ya no estaba en este mundo terrenal.

Michel observaba con disimulo a Alfonso, bien entendía que era una persona noble y de buenas intenciones, amigo cercano de Emanuel y con la madurez de un adolescente que quizás, terminaba siendo su virtud más grande a pesar de la edad.

Se acercó un poco más a Emanuel, ahora era ella la que posaba sus manos en las piernas de él, sonreía y con el brillo muladar de su mirada se dejaba vulnerable ante los deseos de aquel chileno que superaba los cincuenta años de vida.

Acariciaba su pierna y luego sus muslos, la conversación se hacía difícil ante las constantes interrupciones, si no eran los meseros pidiendo autorización para algunas decisiones, eran clientes que llegaban buscando el saludo del anfitrión. Comenzaba a desesperarse.

En esa tanda de interrupciones y saludos llegaron Ignacio, Marino y Fabio Andrés. A todos los saludó, en especial a Ignacio a quien ya había tenido la oportunidad de conocer muchos años atrás, un fulano que no le daba preocupación alguna, pues estaba lo suficientemente ocupado callando a sus propios demonios como para enterarse de las intenciones que tenía aquella tarde.

Si alguien la miró con desdén fue Marino, pero solo por unos segundos, a la final se retiró y se acomodó con los demás amigos de la cita de martes. Alfonso insistía en invitar a Emanuel a que se uniera a la conversación, pero en aras de evitar que todos sus planes fallaran, Michelle acariciaba con más intensidad la pierna de este.

Emanuel entendió que el bullicio de la Casa Azul sería contraproducente para sus planes románticos con Michelle, además de no querer ser visto con prejuicios por parte de sus clientes al estar con una señorita en evidencia, muchos años menor que él. Con un susurro le convidó ir al apartamento, un sencillo, pero muy elegante aparta estudio en la zona, cerca de allí.

Aceptó con la condición de que fueran en el carro de cada quien, ella le siguió en el trayecto hasta un edificio de esos viejos y tradicionales.

Ella estacionó en la calle sobre la acera de enfrente. Él entró el carro al sótano del edificio. Durante unos minutos le esperó hasta que apareció en la portería, con un ademán saludó al guarda de seguridad y salió para orientar a Michelle, pero ella en un acto de justa tetra, le sugirió más bien entrar al carro y seguir al apartamento de ella.

Emanuel aceptó de inmediato cuando recibió un beso en la boca dos segundos después de que escuchara la propuesta.

Se subió al carro de la señorita Rueda Palacios, adentro el ambientador daba la sensación de un jardín de flores, ella le miró de reojo y soltó una carcajada de complicidad, se desabrochó un botón de la blusa para que su busto quedara expuesto al interés ya evidente, de Emanuel Contreras.

Alrededor de las siete de la noche el cerro de las tres cruces ya se iluminaba con los colores de las luces que le adornaban, el cielo en un azul oscuro cubría a la ciudad como un telón de fondo, el tráfico de un martes cualquiera era lento, pero seguro.

Emanuel empezó a sentirse mareado, quiso bajar el vidrio de su lado del carro, pero Michelle sugirió mejor subir la potencia del aire acondicionado.

Al llegar a la desviación de la calle quinta con calle segunda, Emanuel comenzó a notar que todo se iba oscureciendo, la ciudad y sus colores desaparecían de manera tenue, el gran Hotel que se podía ver desde el puente que comenzaban a circular, se desvanecía en una humarada negra donde lo humano dejaba de ser evidente.

Giró su mirada al frente y se sorprendió al no ver absolutamente nada, todo era oscuro, incluso al interior del vehículo.

Michelle Cristina Rueda Palacios dejó de ser la dulce señorita de pantalones ajustados y cabello negro lacio, para convertirse en un espectro de formas indescriptibles, de lo que aparentaba ser su rostro unos inmensos dientes emergían.

Emanuel se dio cuenta en ese instante que ya no estaba en el carro de Michelle, estaba en una bóveda negra sin principio ni final, sin lados ni esquinas, sin sentido de la vida no orden natural.

Intentó gritar pero sobre sí saltó aquella deforme bestia que a modo de un beso, le arrancaba cada parte de sí, le mordía como un ave carroñera que despelleja un cuerpo inerte.

Emanuel sentía dolor, pero no podía gritar, por el contrario, ese dolor se iba convirtiendo en nubes que brillaban ligeramente en la oscuridad. En un último intento por pedir ayuda abrió sus ojos como le fue posible, encontrando a lo lejos, en medio de lo negro de la nada, la figura de Jose Isidro Segundo, su amigo, quien desorientado lo miraba con una expresión de confusión.

Ambos intentaron saludarse, a pesar de lo negro de la nada.

AV.


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