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Emanuel
estaba tan emocionado que la razón la había dejado en el bolsillo de su saco,
el cual quedó colgado en un perchero junto a la barra del restaurante. Se
encontró con Michelle desde temprano, alrededor de las tres de la tarde, para
atender a sus meseros en la apertura del restaurante y tener algo de privacidad
con la joven visitante.
El
primer sorbo de cualquier trago siempre viene cargado de una expectativa de vida
sin definir, el amargo sabor con la frescura de dos cubos de hielo rompe la
quietud del alma que le convoca, surge una sonrisa amistosa que pretende
conquistar al mundo conocido y en el a quienes le rodean.
Al
momento de ver llegar a Michelle Cristina sintió algo de poder en su mente, la
deseaba desde siempre pero nunca se había lanzado a pretenderla, solo hasta la
noche anterior cuando una fuerza mística del universo le motivó a posar su mano
izquierda en la pierna, ella, con una sonrisa coqueta dejó que el brillo de sus
ojos le diera el permiso para acariciarle, como un llanero domando a una bestia
para montarla.
Para
aquel martes de marzo, Emanuel se vistió de camisa blanca, unas tirantas azules
que daban una especie de juventud a su ya madura presencia, para que su cabello
blanco guardara estilo europeo a las intenciones mismas de conquistar a la dama
que llegaba a su recinto.
Michelle
de su parte estaba tranquila, sus ojos oscuros dejaban emanar un brillo
insensato, cualquiera lo tomaría como el tesoro mismo de la juventud, pero
otros más estudiados, lo denominarían como el halo de luz del inframundo, dos
ojos oscuros que absorben la vida de aquellos mortales que preciso, se quieren
entregar a la muerte del modo más placentero posible, algo que en la literatura
de Clive Barker se puede interpretar como el placer desconocido de todo mundo
terrenal.
En
el grupo de chat Alfonso había escrito desde temprano, excusando que debía de
atender compromisos que el jefe había solicitado de último momento, Marino y
Fabio ya habían confirmado asistencia pero llegando a la hora de siempre, sobre
las cuatro o cinco de la tarde.
Jose
Isidro nunca se comunicó, quizás, pensó Emanuel, estaba aún cansado por todo el
vino que se había tomado la noche anterior, a decir verdad, insistió Emanuel en
sus pensamientos, había sido una noche muy especial, porque preciso, Michelle
estaba más abierta, más amistosa, más coqueta.
Michelle
cumplió la cita que preciso había prometido en aquel beso sensual que despidió
el casual diálogo de noche de lunes. Al llegar a su apartamento escribió un
mensaje a Emanuel para informar que estaba bien, terminando después el diálogo
con algunos stickers coquetos, cerrando la noche con un beso virtual y una
selfie donde prometía que pasaría al día siguiente a compartir la tarde, porque
según ella, se merecían un espacio juntos.
Salió
del hotel a las dos de la tarde, dejó las tareas pendientes a cargo de dos auxiliares,
informó al gerente del área comercial que estaría atendiendo temas familiares,
por lo que se retiraba temprano.
Siguiendo
las enseñanzas de la abuela Aurora, pasó por la galería de Alameda y se compró
algunas yerbas que luego, en un vaso de vodka, se sirvió mezclando con semillas
y otros polvos que solo un erudito prestigiador, salamanquero puede a bien
entender. Se roció un poco de agua de rosas sobre el cuello para amenizar su
aroma de hembra en celo, guardó en su cartera algunas hojas de romero y laurel,
un frasco con gotas de algo que nadie sabe que es y su billetera con el dinero
suficiente para echar gasolina al automóvil en la estación de servicio.
A
las tres y algunos minutos después se estacionó en el elegante barrio El Peñón.
Al frente de la Casa Azul, con su fachada blanca colonial, vio las puertas
cerradas aún, sabía que apenas estaban dando apertura. Un mesero Salió para
botar una bolsa de basura grande, saludó con un ademán distante y dio permiso
para que pudiera entrar, allí vio a Emanuel esperándola en una mesa al fondo, estaba
ansioso, tenía un vaso de vodka en sus manos, tremenda coincidencia.
Se
acercó meneando sus caderas con la intención de querer derrumbar a un imperio
completo, quería que al saludarle, sintiera su aroma a rosas en el cuello y
cómo no, posara su mano en su cintura, una especie de ritual para ensillar a
las bestias más feroces del mundo no conocido.
Le
abrazó y dando un beso en la mejilla, cerca a la oreja derecha, susurró un
coqueto “buenas tardes Don Emanuel”, aquel acento paisa era un arma contundente
para amansar a cualquier general.
Emanuel
la abrazó y mientras sentía un fresco aroma a rosas y a perfume de mujer en el
cabello lacio de Michelle, dejó caer suavemente su mano a la cintura de esta,
intentando aprisionarla contra su propia humanidad, aquella débil y ya domada humanidad.
Brindó
un poco de vodka a la señorita, pero ella prefirió un vino.
Conversaron
como nunca lo habían hecho antes, a pesar de las muchas ocasiones en que ella
se sentaba en la barra durante casi diez años de visitas casuales, no
frecuentes.
Como
un juego de espías, Michelle habló de las dificultades de su trabajo y la difícil
tarea de evadir hombres inescrupulosos que solo la buscan para pretenderla, recalcó
de su rol de mujer en una industria machista y de las complejas relaciones con
sus compañeras, porque entre mujeres, sentía que había una competencia desleal
y cruel.
Emanuel
escuchaba con la ternura de quien quiere proteger a una indefensa señorita que
vive sola en una ciudad que no da espera a los desesperados.
A
las cinco de la tarde ya había movimiento de clientes en el restaurante, que
para esa hora, era más bien un bar de encuentros y desencuentros. Alfonso llegó con el afán de siempre, saludó
a Emanuel y preguntó por José Isidro, su amigo. Emanuel le respondió el saludo
con un gesto de no saber y le ignoró retomando la conversación con la joven Michelle,
quien preciso reaccionó a la defensiva con la llegada de Alfonso, se presentó
de una manera distante y trató de ignorarle en el acto.
Alfonso insistió en saber alguna novedad de los muchachos,
Emanuel con el afán de deshacerse de su infantil amigo, le convidó un vaso de
whisky, además de convidar una promoción de 2x1 para mantenerle alejado.
Alfonso sintió un frío que daba la impresión de ser un
mordisco en la pantorrilla, una especie de calambre que le recorría el lado
derecho del cuerpo, pensó que era Michelle que lo atacaba, pero retomó la calma
a sabiendas que esas ideas solo sucedían en las películas de ciencia ficción
que tanto le gustaban.
Se retiró y sentándose en la barra de la Casa Azul, sacó
la Tablet para preparar la que sería su intervención en el club de debate de
los martes. Envió un mensaje en el chat grupal para dar la noticia de que
habría 2x1 en whisky, y asimismo, intentó escribirse con Jose Isidro quien para
esa hora, ya no estaba en este mundo terrenal.
Michel observaba con disimulo a Alfonso, bien entendía
que era una persona noble y de buenas intenciones, amigo cercano de Emanuel y
con la madurez de un adolescente que quizás, terminaba siendo su virtud más
grande a pesar de la edad.
Se acercó un poco más a Emanuel, ahora era ella la que
posaba sus manos en las piernas de él, sonreía y con el brillo muladar de su
mirada se dejaba vulnerable ante los deseos de aquel chileno que superaba los
cincuenta años de vida.
Acariciaba su pierna y luego sus muslos, la conversación
se hacía difícil ante las constantes interrupciones, si no eran los meseros
pidiendo autorización para algunas decisiones, eran clientes que llegaban buscando
el saludo del anfitrión. Comenzaba a desesperarse.
En esa tanda de interrupciones y saludos llegaron
Ignacio, Marino y Fabio Andrés. A todos los saludó, en especial a Ignacio a quien
ya había tenido la oportunidad de conocer muchos años atrás, un fulano que no
le daba preocupación alguna, pues estaba lo suficientemente ocupado callando a
sus propios demonios como para enterarse de las intenciones que tenía aquella
tarde.
Si alguien la miró con desdén fue Marino, pero solo por
unos segundos, a la final se retiró y se acomodó con los demás amigos de la
cita de martes. Alfonso insistía en invitar a Emanuel a que se uniera a la
conversación, pero en aras de evitar que todos sus planes fallaran, Michelle acariciaba
con más intensidad la pierna de este.
Emanuel entendió que el bullicio de la Casa Azul sería
contraproducente para sus planes románticos con Michelle, además de no querer
ser visto con prejuicios por parte de sus clientes al estar con una señorita en
evidencia, muchos años menor que él. Con un susurro le convidó ir al
apartamento, un sencillo, pero muy elegante aparta estudio en la zona, cerca de
allí.
Aceptó con la condición de que fueran en el carro de cada
quien, ella le siguió en el trayecto hasta un edificio de esos viejos y
tradicionales.
Ella estacionó en la calle sobre la acera de enfrente. Él entró el carro al sótano del edificio. Durante unos minutos le esperó hasta que apareció en la portería, con un ademán saludó al guarda de seguridad y salió para orientar a Michelle, pero ella en un acto de justa tetra, le sugirió más bien entrar al carro y seguir al apartamento de ella.
Emanuel aceptó de inmediato cuando recibió un beso en la
boca dos segundos después de que escuchara la propuesta.
Se subió al carro de la señorita Rueda Palacios, adentro
el ambientador daba la sensación de un jardín de flores, ella le miró de reojo
y soltó una carcajada de complicidad, se desabrochó un botón de la blusa para
que su busto quedara expuesto al interés ya evidente, de Emanuel Contreras.
Alrededor de las siete de la noche el cerro de las tres
cruces ya se iluminaba con los colores de las luces que le adornaban, el cielo
en un azul oscuro cubría a la ciudad como un telón de fondo, el tráfico de un martes
cualquiera era lento, pero seguro.
Emanuel empezó a sentirse mareado, quiso bajar el vidrio
de su lado del carro, pero Michelle sugirió mejor subir la potencia del aire
acondicionado.
Al llegar a la desviación de la calle quinta con calle
segunda, Emanuel comenzó a notar que todo se iba oscureciendo, la ciudad y sus
colores desaparecían de manera tenue, el gran Hotel que se podía ver desde el
puente que comenzaban a circular, se desvanecía en una humarada negra donde lo
humano dejaba de ser evidente.
Giró su mirada al frente y se sorprendió al no ver
absolutamente nada, todo era oscuro, incluso al interior del vehículo.
Michelle Cristina Rueda Palacios dejó de ser la dulce
señorita de pantalones ajustados y cabello negro lacio, para convertirse en un
espectro de formas indescriptibles, de lo que aparentaba ser su rostro unos
inmensos dientes emergían.
Emanuel se dio cuenta en ese instante que ya no estaba en
el carro de Michelle, estaba en una bóveda negra sin principio ni final, sin
lados ni esquinas, sin sentido de la vida no orden natural.
Intentó gritar pero sobre sí saltó aquella deforme bestia
que a modo de un beso, le arrancaba cada parte de sí, le mordía como un ave carroñera
que despelleja un cuerpo inerte.
Emanuel sentía dolor, pero no podía gritar, por el
contrario, ese dolor se iba convirtiendo en nubes que brillaban ligeramente en
la oscuridad. En un último intento por pedir ayuda abrió sus ojos como le fue
posible, encontrando a lo lejos, en medio de lo negro de la nada, la figura de
Jose Isidro Segundo, su amigo, quien desorientado lo miraba con una expresión
de confusión.
Ambos intentaron saludarse, a pesar de lo negro de la nada.
AV.




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