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14 de mayo de 2026

La despedida (Jueves)

 


Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/

 

La despedida de un ser querido siempre trae además de la tristeza de rigor, el vacío inminente de una vida descocida, un conjunto de emociones que entre el anhelo y la nostalgia conjugan las más efímeras ganas de dejar todo atrás.

La policía llegó a la residencia sobre las cinco y treinta de la tarde, casi una hora posterior al amargo descubrimiento. En la sala estaba Abril de Caicedo tomando un café, los ojos de cargar la tristeza eran suficiente evidencia para comprender el dolor que agobiaba a todos. A su lado estaba acostada Rebeca, se recogía sobre sí misma en señal de una tristeza felina. 

Marino conversaba con uno de los oficiales de policía, explicaba que llevaban dos días intentando contactarle ante el sospechoso silencio, pero solo hasta esa tarde lograron ingresar. Fabio Andrés estaba con Alfonso, intentaba darle el consuelo que no entendía, quería brindar calma pero era preciso el corazón de Alfonso un órgano inconsolable.

En medio de las declaraciones a la policía Marino recordó los extraños mensajes, mencionó al agente de aquella actividad por demás sospechosa y delictiva, la urgencia de que fuera investigada la fuente.

A las seis de la tarde una ambulancia retiró el cuerpo en dirección a medicina legal, además de analizar la causa de muerte era perentorio oficiar todos los trámites para el posterior sepelio.

Sin saber qué decir, Marino sugirió a todos salir a cenar juntos, acompañarse en la tristeza del descubrimiento, quizás ir a alguna parte a compartir la melancolía del caso. En ese instante Alfonso cruzó su mirada con Marino, una profunda decepción los abordó a todos de nuevo, recordaban pues, la ausencia de Emanuel y la Casa Azul.

Sara Carolina y Julio Washington estaban confundidos, miraban para todas partes. Al momento de entrar Ignacio al restaurante, Julio logró atraparlo antes de que cayera al suelo en su totalidad, sin embargo, momentos después de acomodarlo en una silla, empezó a desvanecerse hasta desaparecer.

Ambos estaban sorprendidos, nadie podría dar explicación alguna de lo ocurrido. Con el teléfono móvil buscó el contacto de Ignacio y le hizo una llamada, la cual nunca salió, quizás porque el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.

Julio caminaba de lado a lado sin entender nada, estaba asustado, quería incluso correr a una iglesia y pedir la bendición del párroco, necesitaba con premura entender lo que ocurría. Sara, con la calma de quien no tiene nada que perder, se levantó y comenzó a guardar todos los implementos de la barra del bar, cerró la caja registradora y le pidió a Julio que se retiraran, era mejor descansar, de seguro que sí.

Julio comprendió la intención y obedeció a Sara Carolina, en ningún momento hablaron de lo ocurrido, como si se tratase de un pacto silencioso de ignorar todo.

Al llegar a su apartamento, se quitó las botas y se sentó sobre su cama, revisaba en la aplicación de chat uno a uno los contactos de Emanuel, necesitaba encontrar alguna forma de llegar a Michelle.

Alrededor de las ocho de la noche se quedó dormida, el cansancio y el calor de un extraño día miércoles le había ganado la batalla.

Comenzó a soñar, de extraños universos y fragmentos de recuerdos se fueron conjugando estrellas de colores y muchas formas abstractas, una profundidad tan oscura que el brillo de lo inexistente se vislumbraba bello y etéreo.

Sara Carolina sentía que volaba, o flotaba.

Marino llevó a la madre de Jose Isidro a cenar, desde el apartamento en el barrio El Peñón, tomaron rumbo al barrio Centenario, para buscar algún restaurante grato para la cena. Fabio acompañó a Alfonso en el carro de este hasta su apartamento, para que descansara y mejor al día siguiente con más ánimos, asumiera el cruel relato del día vivido. Ambos, tanto Marino como Fabio, conducían los correspondientes vehículos y en las mismas condiciones, pasaron por la Casa Azul, no porque la vía fuera parte de ese sector de la ciudad sino, por la costumbre de querer observar ahora a quién ya no está.

Sara Carolina viajaba en un profundo sueño que se sentía dulce, eterno, tranquilo.

Alfonso llegó a su apartamento y se recostó en posición fetal en su cama, Fabio Andrés se despidió y tomó un taxi rumbo al restaurante donde estarían Marino y Abril cenando; en el trayecto escribía mensajes a Ignacio pero no salían, como si la señal estuviera bloqueada o la cuenta del chat cancelada, esto preocupaba cada vez más a Fabio Andrés.

“¿Qué le habrá pasado al pendejo de Ignacio?” Se preguntó.

En medio de la oscuridad Sara Carolina logró vislumbrar en alguna parte en medio de la nada, a Ignacio, caminaba desorientado con su vistosa camisa de flores, intentó acercarse para ver qué ocurría, pero no le era posible coordinar sus movimientos, como si fuese más bien una marioneta.

Ignacio caminaba cansado, llevaba alrededor de un día deambulando en el otro lado, donde el tiempo y el espacio son un concepto. Además de cansado, estaba desorientado, recordaba haber visto a su amigo Jose Isidro, recordaba incluso haberse despedido de Emanuel en algún momento, en alguna vida.

Simplemente caminaba, como un ente sin ritmo ni sentido.

Sara Carolina volaba, flotaba, divagaba, como un ente sin ritmo, sin sentido.

A la mañana siguiente Fabio Andrés se organizó desde temprano para salir rumbo a la oficina, si bien acostumbraba llegar a tiempo para las reuniones programadas, en aquel jueves decidió salir con más tiempo de antelación para sentarse a pensar un rato. Su socio, Marino, siempre llegaba muy temprano así que no sería una sorpresa verle allí también.

Abril Barona de Caicedo madrugó para iniciar los trámites de velación y posterior sepelio. Rebeca, la gata, estaba su lado.

Julio Washington no pudo dormir como lo deseaba, sentía que la vida estaba dando giros demasiado impertinentes, lo ocurrido con Ignacio era algo que jamás en su existencia había presenciado, no le era posible entender o dar crédito a lo que había sucedido. El pacto de silencio con Sara lo dejó más perplejo, el no poder hablar de lo que sentía o pensaba le llenaba la mente de pensamientos obtusos, como un recipiente que se cargaba de aguas negras. Miró el reloj y dio cuenta de que eran las seis de la mañana con algunos minutos.

Pasó la noche de largo, casi.

Alrededor de las tres de la mañana despertó, intentó dormir pero su solución fue jugar en la consola hasta las cuatro y media de la madrugada, tiempo en que el sueño le permitió volver a dormir, hasta las seis de la mañana.

Revisó el chat del teléfono móvil y allí vio que la última conexión de Sara Carolina fue a las siete y cuarenta y dos de la noche anterior.

Juan Alfonso Mosquera despertó temprano, aquella mañana de jueves sentía más ligero su cuerpo pero seguía agobiado por el fallecimiento, por demás inexplicable, de su amigo Jose Isidro Segundo. Se organizó lo mejor que pudo y salió a recoger a doña Abril, como parte de sus compromisos de buen amigo en apoyar a la madre en tan difíciles y perplejos momentos, durante el trayecto recibió un mensaje de Fabio Andrés:

- ¿Sabes algo de Ignacio? -

Llegó hasta el apartamento donde reside Abril, mientras la esperaba respondió al chat, en esta ocasión con una fuerte sensatez y esquivo mensaje:

- No tengo ni idea dónde andará metido, no quiero más noticias trágicas, por favor. -

El día apenas comenzaba para todos, incluso Marino que pasó la noche leyendo algunos casos de su oficina como mecanismos de defensa ante el dolor de lo ocurrido, decidió madrugar para estar puntual a las seis de la mañana tomando un café en su despacho. Allí vio llegar a Fabio y con un abrazo, silencioso y cortes, le dio los buenos días.

Fabio Andrés se fue para su oficina, se quedó leyendo el listado de mensajes de su teléfono móvil, y ante la respuesta de Juan Alfonso, decidió terminar el malestar con un mensaje más conciliador:

- A todos nos duele lo de Emanuel y Jose Isidro, Alfonso, pero entendeme hombre que Ignacio lleva dos días desaparecido. Algo le debe de pasar. Nos vemos ahora en la funeraria. -

A las seis con treinta y ocho minutos de la mañana, Juan Alfonso llegaba a Medicina Legal para la firma de documentos y demás trámites que él como abogado, apoyaría a doña Abril Barona de Caicedo. De allí continuaron el trayecto a la funeraria para iniciar todo en la jornada de despedida.

Julio tomó el teléfono después de dormir otro instante, eran las siete de la mañana de un jueves cualquiera de marzo. Observó en el chat y allí le apareció Sara Carolina entre los contactos:

“En Línea”.

 AV.

12 de mayo de 2026

Julio Washington Pupiales Varela (El Ingeniero)

 


Imagen creada con IA: https://chatgpt.com/

 

Julio Washington Pupiales Varela estaba sentado en su apartamento jugando en el teléfono móvil, recién había descargado un juego, sobre el sofá descansaba con los pies estirados, descalzo y en pantaloneta, a su lado en un bafle sonaba “Retromix Volumen 6”, una mezcla de canciones de los años noventas que encontró en Youtube.

Julio nació en el mes de septiembre, al igual que Sara Carolina, de quien vivía enamorado. Trabajan juntos desde el año 2024, siendo él mucho mayor que ella, apoyaba a Emanuel Contreras en la administración de la Casa Azul, además de la preparación de coctelería y bebidas en la barra del restaurante, desde el jueves hasta el domingo. Durante los días corrientes de la semana ejercía solamente labores administrativas.

Una canción pegajosa de DJ Bobo aparece en el bullicio de aquella mezcla musical, golpeando los pies contra el suelo seguía el ritmo de la canción hasta que una llamada telefónica le interrumpió.

A las nueve de la mañana de un miércoles de marzo, la llamada de parte de la policía nacional de Colombia le notificó del fallecimiento de su jefe, amigo y colega, Emanuel Contreras Hitschfeld.

De acuerdo a la versión de la policía el cuerpo del señor Contreras fue hallado sin vida y con notables laceraciones en el pecho y costado, estaba cerca del Río Cali. Desde medicina legal informaron que era evidente que había sido víctima de algún acto violento que acabó con su vida. La llamada telefónica además de ser un interrogatorio para validar la coartada del señor Pupiales, servía por igual para la verificación de datos de contacto del fallecido señor Contreras. Por recomendación del agente de policía, se le pidió que pasara por la estación de la avenida primera, para dar declaración.

A las once de la mañana, con el sol golpeando la tristeza de quien salía a buscar explicaciones, tomó su bicicleta y desde el barrio 03 de Julio salió en dirección a la Casa Azul. 

Julio Washington Pupiales Varela necesitaba encontrar paz y verdad.

Necesitaba tranquilidad.

Necesitaba entender qué ocurría.

Buscaba la paz en el silencio de aquel restaurante que se convirtió en su morada durante muchos años, desde el 2011 era el encargado de la barra y poco a poco, de la atención de proveedores y contratación del personal de apoyo. Encontró en Emanuel un hombre que siempre le recibía con una sonrisa, incluso en los momentos difíciles, cuando nadie conocía el restaurante y solo lo visitaban los amigos del trabajo.

Tuvo la oportunidad de conocer a todas las mujeres que quisieron ser novias de Don Emanuel, desde señoritas jóvenes recién egresadas de las elegantes universidades de la ciudad, hasta mujeres maduras que llegaban por recomendación de otras señoras, todas con la intención misma de recibir en Emanuel la cordialidad de unas manos cariñosas y cordiales.

De las mujeres que llamaron su atención, siempre prevalecieron las acompañantes de los amigos de Emanuel, pero su favorita era Sara Carolina, joven e inteligente, una mezcla letal de belleza y sarcasmo en sus palabras.

Llegó sudando y con la camisa en exceso húmeda del calor que abordaba a la ciudad, entró a la Casa Azul y se sentó sobre la barra, recordaba a Emanuel aconsejándole, dándole secretos de cocina o simplemente hablándole de su vida en Mendoza. En aquel miércoles pesaba la noticia como un dolor insoportable, se sirvió un vaso de agua fría y con una lágrima rodando sobre sus mejillas intentaba conservar la postura recta.

Sara Carolina llegó alrededor del mediodía, le había escrito para que se vieran allí.

Entró con el cabello cogido con un gancho enorme con apariencia de mariposa, cargaba un morral de tela y sus botas de cuero rojo. En los ojos de Sara Carolina había pesar, pero también rabia.

Julio levantó la mano derecha a modo de saludo, no se inmutó en levantarse si quiera, ya había gastado mucho esfuerzo el año anterior para pretenderla, no le era extraño ahora entender que en ella no había nada que anhelar. No había incluso, evidencia alguna de que tuviese sentimientos.

Sara Carolina se quedó sobre la puerta terminando de escribir un mensaje: “el Comandante Cody ya ejecutó la Orden 66”.

Soltó una sonrisa de picardía y entró para encontrarse con la tristeza de su compañero quien sentado en la barra del bar, con un vaso de agua fría guardaba silencio, simplemente le observaba con la tristeza de quien entraba en desgracia.

- ¿Qué va a pasar ahora? – Preguntó Sara.

- Ni idea, alguien tiene que reclamar el local. Por ahora cerrar, respetar el duelo y buscar trabajo en otro lado. -

- Me niego, es injusto. -

- Tengo que ir a la estación de policía, me imagino que vos también. -

- Seguramente. -

Sara Carolina se sentó a su lado, con las manos sosteniendo la cabeza posó los codos en la barra y fijó su mirada en la decoración de botellas y luces apagadas, pensaba por largo rato en lo amable que era el señor Emanuel, y de esa amabilidad, lo peligrosamente abusivas que podrían llegar a ser las mujeres.

Encerrada en sus pensamientos comenzó a recordar a Michelle, la joven acompañante de Emanuel, coqueta, fanfarrona, mentirosa.

Una ligera sensación de rabia le recorrió el pulso de la vida y le invitó a pestañear, en ese instante tomó el celular y buscando las fotos de esa noche, encontró una en la que aparecían abrazados, con la misma rabia escribió un mensaje al chat de Alfonso:

“Dile al Concejo Jedi que Michelle está lejos, donde la nueva orden se encargará de todo. Donde Emanuel no podrá volver.”

En silencio se quedó viendo la pantalla del teléfono, como si estuviese estructurando una vendetta o intentando recordar una receta de cocina, cualquier cosa viajaba en sus pensamientos, era tal la conmoción que por un instante llegó a presentir la presencia de Emanuel allí, en la barra del bar.

Julio se levantó y comenzó a preparar un batido de frutas: “hay que acabar con todo lo que sea perecedero, a la final se va a dañar ¿no?”

Sara le miraba en silencio, alzó la vista a modo de reproche, solo quería encontrar a Michelle y pedirle explicaciones, de seguro, pensaba, era ella la culpable de todo.

Mientras Julio veía como las frutas se iban licuando, se dejó llevar en los recovecos de la memoria. Recordó que los primeros clientes, varios de estos empresarios amigos de Don Emanuel, le habían dado el sobrenombre de ingeniero, porque preciso en ese entonces había iniciado sus estudios de Ingeniería Mecánica en la universidad pública, estudios que abandonó al año siguiente por la alta exigencia que demandaba y el poco tiempo que tenía para cumplir.

A pesar de abandonar la universidad, los clientes le insistían en que tenía cara de ingeniero, voz de ingeniero, incluso, manos de ingeniero. Todo era chiste para ellos, y para Pupiales, eran bromas inocentes.

Se sirvió en un vaso el batido de frutas, brindó a Sara pero ella le rechazó de inmediato, no se sentía con ganas de nada.

- ¿Vamos a ir a la policía? – Preguntó - ¿O a qué me hiciste venir? -

- Si, pero ahora en la tarde, a esta hora no nos atiende nadie –

Sara con su mirada fulminante, espetó: - Entonces invítame el almuerzo –

Julio Washington Pupiales Varela abrió los ojos con sorpresa, tomaba su jugo de frutas mientras le miraba, conocía muy bien esa mirada y entendía que algo estaba procesando esa mente oscura e inconforme.

- Si, pidamos un pollo frito –

Sara Carolina tomó de nuevo el teléfono y revisando la lista de clientes encontró el que parecía ser el contacto de Michelle. Lo revisó varias veces, quería salir de la duda, pero no se le ocurría una forma limpia de hacerlo.

-      ¿Y si nos quedamos con la Casa Azul? – preguntó Julio.

AV.

3 de marzo de 2026

Una estrella llamada Julieta.




Julieta. (29 septiembre 2007 – 02 marzo 2026)

Imagen editada con IA: Gemini.google.com   

Hay un silencio que rodea mi entorno, una especie de calma que a modo de tensión mantiene alerta mis sentidos, quizás como un mecanismo de defensa, defenderme del sentimiento mismo de pérdida que cualquier partida de un ser querido pueda dejar.

Hay vacíos que uno ya tiene preparados cual suerte de juego de azar donde el riesgo de pérdida es tan elevado que nos acostumbramos a perder más como imaginario que como resultado probabilístico.

Julieta llegó en un enero de 2008, si bien nació en septiembre solo fue entregada a mis brazos tres meses después de su nacimiento, así que llegó a casa con la novedad de los tiempos modernos. La resistencia de mis padres para recibirle dejaba en negligencia y desacato mi persistente afán de que llegase, hasta que logró instalarse en un corriente hogar de tres.

Acompañó mis tiempos de universitario siendo testigo de una y muchas decisiones, compañías y reuniones siendo mi fiel compañera, al vivir en una casa de un barrio residencial tenía como salir por la ventana cada noche a buscar lo que no se le había perdido, una libertad de la que supo sacar provecho hasta su segundo año de vida, un coqueto año 2010 en el cual trajo a luz a cuatro cachorros de un padre desconocido.

De allí nació Michelín, el más grande, noble y bello de los cachorros. De atigrada compostura y blanco pelaje.

También nacieron Lechuga, Rogelio y Gaia, todos hijos de una traviesa Julieta que escapó en una de muchas noches detrás de un amor que no apareció para responder.

Cuidamos a los pequeños hasta que cumplieron sus tres meses de vida, al igual que a Julieta, los dimos en adopción con el apoyo de una fundación, nos quedamos con Michelín, el cachorro que sería el compañero mimado de mi madre.

La casa comenzó a sentirse diferente y la presencia de ambos daba algo de ternura y distracción, hasta que en un triste suceso separó al cachorro de la familia. Sin poder comprender el pequeño fue raptado y jamás supimos de su paradero, tanto mi madre como Julieta, la madre de Michelín tuvieron que guardar consuelo en el silencio de la incertidumbre.

Para el año 2012 cambiamos de residencia y con este cambio Julieta aprendió a vivir ahora en un espacio cerrado dentro de un apartamento, alejado de toda posibilidad de salir a la calle a seguir buscando aventuras, ahora pasaría tiempo en casa.

Entendí que el tiempo ahora era de mi padre.

Julieta comenzó a acompañarle en casa más tiempo, a compartir juntos más espacios del día al punto mismo de que aprendió a ver televisión, en especial los juegos de fútbol que tanto mi padre disfrutaba.

Al momento de la enfermedad, cuando la tragedia llega de modo silencioso y sin cadenas que hagan ruido, Julieta estuvo de manera permanente acompañando a mi padre hasta el triste momento de su fallecimiento, una compañera permanente insisto, que en su silenciosa personalidad cruzaba sus patas blancas y posaba su mentón en los brazos de mi padre, sin importan el estado de salud.

La triste partida de mi padre para aquel complejo año 2016 dejó un vacío que sigue sin ser cubierto, en especial a la Julieta, la dama felina de casa que ya para entonces, con sus 9 años de vida cumplía el propósito de la amistad y la incondicionalidad con mi ahora ausente padre.

Desde aquel suceso empezó a acompañar a mi madre, como todos los procesos fue un acercamiento íntimo, lento y de mucho respeto, aprender ambas a compartir la soledad del amor que parte, a tolerar las costumbres y reclamos de cada parte, suplir la cotidianidad en nuevos diálogos.

Inicié mi vida de pareja en matrimonio y con esta ya estaba por fuera de casa por más de un año, valorando la compañía de Julieta a mi padre en su transición durante la enfermedad, ahora, era a mi madre a quien comenzaría la compañía.

Diez años juntas donde los caprichos y negativas de cada parte dieron la pausa necesaria, de ser compañeras de residencia a poder construir un lazo de familiaridad de amigas, de poder ser testigos de las vivencias de cada una y en ellas, ir hilando los vestigios del tiempo, tanto en la apariencia física como en las cicatrices del alma.

Ahora casi diez años después de la partida de mi padre, es Julieta quien toma vuelo, igual, en silencio, con la enfermedad impregnada en el silencio de los dolores, testigo de la incapacidad de gritar todo lo que se duele o se sufre, simplemente maullar a la ligereza de un espasmo y con el cuerpo en contra, intentar seguir siendo la compañera que desde temprana edad logró ser.

Un marzo de 2026, diecinueve años más tarde, se cierra el ciclo de vida de quien fuese la mejor compañera que la familia en sus etapas haya podido abrazar. Una felina de elegante pelaje, que con sus patas y pecho en blanco color se diferenciaba del negro profundo de su cuerpo, marcado por unos bigotes blancos y unos amarillos ojos que juzgaban y acompañaban, que consolaban e incluso a veces, cuestionaban.

Hoy Julieta amanece en el firmamento, como una estrella que después de dejar en casa su cariño y a su vez, su desinteresada compañía, emprende un recorrido donde ruego pues, se pueda encontrar con mi padre y juntos, en el firmamento nos sigan guiando, o aunque sean, juzgando.

Bastante razón tuvo Miguel Bosé cuando escribió aquellas letras que solo hasta ahora, son claras y suficientes en el duelo:

“Y cada noche vendrá una estrella a hacerme compañía,
Que te cuente como estoy,
Y sepas lo que hay.”

AV.

3 de diciembre de 2025

Quemar las Velas (Diciembre).

 

Imagen Tomada de: https://laurenpretorius.com/

Black Cat & Candle By:  Lauren Pretorius

Retomamos la laguna labor de escribir por escribir, no de emitir ficciones en cuentos y relatos con mensajes de fábula sino, de darnos un respiro en el ejercicio de las letras como lugar común de encuentro.

Diciembre, mes de cierre de año laboral y de expectativas de promesas de antaño llega con la presión de un trimestre que ha sido para este, su amigo y vecino, una temporada de demasiada frustración y aprendizajes, de esos que dejan huella y cicatrices.

Podría iniciar por menoscabar en los vientos de agosto como un mes donde encontré la felicidad y en ella la esperanza de que el curso de cada decisión y pensamiento podrían darse en buenos términos, pero santa es la vida que su expreso sentido del humor es tan negro como las intenciones de quien desea el fracaso llegue a las puertas de esta residencia.

Aquella felicidad que con aires de crecimiento profesional abrazaron al escritor de este blog, se fue transformando en un sentimiento de esos que uno comparte con los allegados al llegar de un viaje, tuve la oportunidad de conocer personas maravillosas y re encontrarme con otras a las que les tengo alta estima, como a la gran Jefecita, o a la poeta, a la que tanto afecto (y deseo) le guardaba en los bolsillos del alma.

Septiembre se comportó como un péndulo que entre lo real y lo imposible dio lugar a cada descuido, desde el tropiezo académico con viejos conocidos hasta la afrenta económica con decisiones que se pudieron evitar, salgo un par de consejos inconclusos. Un mes que dejó huella con tanta presión que en la arena había más que gotas de sudor, muestras de cansancio y frustración, porque quien observa desde la comodidad de la distancia puede opinar sin tomar de frente la responsabilidad.

Octubre es un mes de esos que yo adoro por el místico semblante de la fiesta de Halloween pero de fondo es el mes de mi onomástico, una celebración que con el paso de los años se va diezmando a un café y un par de amigos de alta calidad y especialidad.

Un mes además de dar cierre a esos agujeros que como heridas se fueron prolongando entre pensamientos y acciones que en ocasiones, no daban fruto sino, mala hierba a quien esperaba mejores resultados, insisto, la ingratitud fue tomando forma y espacio hasta dejar en el cansancio la decepción de quienes yo pensaba eran nuestros aliados.

Diciembre es difícil y quizás mi interpretación de lo que ha sucedido desde los meses previos es que se ha quemado cada uno de los barcos en los que alguna vez estuve.

Una temporada de pérdidas, de despedidas, de desidias y claramente de soledad.

Aprender que amar es un principio tan básico como el sentido común, aunque no seamos básicos, ni sea el más común de todos los sentidos.

Y vamos en el tercer día del mes. 

AV.


20 de septiembre de 2023

Agujeros de la Razón (Somos)

 


Imagen tomada de: https://ronderiart.com/blog/most-inspiring-cat-paintings-we-found-online/

 Business Cat by: Mike Lawrence

 

Hay emociones que abrazan en temporadas que no traen color, se me cuelan entre espacios vacíos que aun conservo en el interior. Me distraigo de posta con la esperanza de dejar habitaciones cerradas, de sumergirme en el ruido de una cotidianidad desafiante. 

Temporada de cambios, siento por supuesto, el exigente triunfo del deber cumplido bajo un inclemente sol de verano. Con el sudor entre los brazos camino pensando en lo que viene para mi en ese verde octubre que siempre he amado. Septiembre, con sus calores, me ha dado como todo en la vida, aprendizajes mudos. Retos donde en silencio he dejado fluir voces de protesta, cansancio que deriva en distracciones, ahora en su cenit, me pesan algunos rencores.

Lo conversé por este medio muchas semanas atrás, he aprendido a renunciar a aquello que me enamoraba, esas aspiraciones que me permitían soñar con logros y eventos propios de mi ingenua manera de crecer; lo callé también, porque en la memoria se me encierran las imágenes de aquellas tardes y noches de triunfos, con escenarios vacíos, afanes de un lado a otro, pendones y tazas de café.

Facturas que terminaron en llanto, poemas que fueron afanes, canciones que se escribieron con la desconfianza de un jurado o la invisibilidad de un plan de ventas.

Deseos que duraron tan poco como la esperanza de una juventud idealizada.

Y hay cambios por doquier, recientes espejos que me han dejado hallar mas canas y más cansancio en la mirada. La fatiga de correr por un mundo mejor, con la señal de alto en el interior de la maleta. He aprendido a reconocerme en nuevos personajes, amigos pasajeros que ahora están dando color a esas pasajeras distracciones que me urgen en una ronda musical de no futuro.

Un síndrome que identifico cada vez que lo converso con mi niño interior, hay cuadernos escritos de vacaciones soñadas en familia, historias, cuentos, novelas, todos mezclados en las letras de un infante que quería ser escritor. Hay archivos pendientes, cerrados, olvidados, todos los retos que el oficinista de ahora reclama a su escritor desvanecido.

No me puedo permitir entrar en el circo de un síndrome de no futuro, no puedo, incluso, no debo. Es responsabilidad retomar algunas fuerzas que ese inquieto niño daba a sus caprichos literarios.

Justo en ese silencio es que he dado avance al escribir algo propio para la humanidad, darme tiempo bajo las canciones de Rodolfo, darme vida, bajo el calor de una taza de café, sobre un escritorio en una oficina nueva, ajena, insensible.

Emociones que permutan en esos agujeros donde los pendientes de la razón y el corazón siguen discutiendo, emociones que quieren ser parte de mi, al mejor estilo de un lumbago o una erupción cutánea. Sentimientos que logré domar con la ayuda de tres grandes caballeros pero que justo en los tiempos del florecer, se me están impregnando en frustraciones ininteligibles.

¿Dónde está la luz que en felices días da la paz de salir de casa sin querer volver? ¿Qué es exactamente lo que estamos cambiando? ¿Es ahora el mundo un universo más amplio y más desafiante?

Somos un conjunto de promesas y palabras destinadas al cambio, de temporada, temperatura, temperamento, temple. Somos seres que en permanente esfuerzo buscamos llenar agujeros ocasionados por otros seres, incluso, la versión astuta de nosotros mismos, o el pasado injusto de aquellos que ya se fueron.

Somos esos espacios vacíos que se conservan en el interior.

Somos las letras que dejamos de escribir.


AV

17 de octubre de 2022

Torbellino (Soliloquios)




El reloj no se detiene, la energía continúa en movimiento y las emociones se aprehenden de cuanto recuerdo deambula en las paredes.

Hay sonrisas que inevitablemente siguen vigentes en la memoria, se aparecen como un virus que se apodera de la memoria interna.

Hay canciones y momentos que siguen vigentes sembrando sentimientos distintos a los que quizás en su tiempo fueron ejemplares, hay un vacío enorme que se vislumbra a lo largo del horizonte, donde el atardecer ruge con su rosa y naranja querer.

Son días de cambio, sí, tiempos de transformación y claro de quejas y sollozos.

Me encuentro sentado en soledad viendo el fin de semana terminar su jornal y en la oscuridad de un viaje, ver anochecer todo aquello que transmuta a la soledad.

No imaginé que todo retornaría en un torbellino destructor, que todo eso que con amor se ha conservado en la gaveta, ahora empezaría a dar pulla y a escapar uno que otro quejido en mi interior. No lo creo, porque siempre le he dicho a todo aquel que me ha consultado por mi sentir, que todo lo tengo en un sentimiento de amor incurable, que en el perdón y la reflexión guardo paz por aquella persona que con tanto amor me brindó importantes días de su vida, pero algo me ocurre. 

Algo oscuro me abraza, algo ininteligible me empuja a conversar con lo que ha callado siempre, me alega por esto y lo otro, me resalta lo que está ausente o lo que fue llevado sin avisar.

Me da malestar y con el algo de indignación ante el espejo, me resisto a dejar que lo que otrora octubre fuera amor y luz, hoy sea silencio y pesar. Me niego porque ante todo a la memoria hay que darle la paz que en los actos del pasado fueron tejidos de amor.

Pero el amor duele, duele cuando no está.

Duele el amor cuando se ha terminado y se recuerda en una canción o una fotografía. Porque no la canción, ni la fotografía son culpables de haber registrado una gran felicidad en un momento determinado de la vida. Duele porque a la memoria solo se llega de manera individual, en soledad quizás, o en letanías tal vez.

Ha sido un fuerte día porque si bien se ha dado al proceso la correspondiente labor de esperar, inhalar, exhalar, respirar y sollozar, no es suficiente.

No.

Meses de cambio, de transformación y en ella, de divagar ante los deseos del futuro y los deseos del pasado. Qué fuerte es encontrar diferencias en aquello que fue soñado a cuatro manos y a dos voces, con aquello que hoy es soñado en soledad.

Se aprende del error y se hace la labor de revisar todo aquello que se pudo hacer mejor, se aprende en uno mismo, pero no os digamos falsedades y es que aprender desde el otro no es una labor vigente, por el contrario se nos vuelve una muralla de imaginarios y mitos sin fundamento, una colosal plegaria de nombres, objetos y pendientes.

Hay tiempo para recrear en el olvido todo lo que a bien debemos de ajustar para que el camino que se recorre sea un trayecto amigable y poco doloroso, si bien hay paradas técnicas en dónde el llanto y la desidia retoman protagonismo, son precisamente esos mismos sucesos los que van dando valor al aprendizaje y cómo no, al agradecimiento.

Tiempos por igual en que sin andar de a mucho, estáticos en una cama o en un sofá se sobrepone a la nostalgia y se da paso a un sinsentido de excusas.

Me declaro, pero no me escucho.

Me pierdo en torbellinos, en excesivos pensamientos, furtivos algunos, otros llenos de canciones y melodiosas esperanzas.

De seguro alguien me está esperando en la parada del bus.

AV


11 de octubre de 2022

Transformación (Preguntas)


 

Imagen tomada de:

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Hay momentos en que de lo más profundo del corazón surge esa inquietante pregunta que de algún modo, sigue vigente en todo aquello que el profesor Salazar reza como “transformación”. Observo al sujeto del espejo y en sus ojos cansados encuentro algo de expectativa, quizás haya pasión vigente, se tenga en buen tenor la vocación por hacer de este un mundo mejor, quizás simplemente sea el rostro de una sorprendida mueca de adultez.

Han sido semanas de mucha presión, semanas en que me he encontrado en el borde del abismo observando el fondo de este como una pileta de agua cristalina, jugando con las palabras no dichas. Me asfixia el silencio, siento que me aprieta el alma y me estruja el estómago, ser resiliente se vuelve una lucha permanente de pensamientos propios y esperanzas insanas.

Entonces me pregunto en constante momento desde la semana pasada a nuestra lectura si todo esto vale la pena. Me asomo por todos los rincones que la vida me deja perdiendo en cada uno de ellos algo de mi fe. Me asfixia la soledad, no tener un equipo de apoyo, un círculo que nos rodee con sus reclamos, sus apreciaciones de lo mundano o sus visiones de lo futurible.

La nostalgia se convierte en sed, seca a garganta y en lamentos nos hace imaginar alternativas condiciones de vida, quizás en alguna de ellas las cosas salen bien y nos dejan libremente caminar. El hombre del espejo está cansado, veo tristeza en sus ojos, algo de buen humor en sus palabras pero la tristeza no se puede ocultar por más maquillaje que se interponga en el cascarón.

Una nostalgia que con el deseo de lograr cambios significativos se sumerge en esa pregunta transformadora, momentos en que el esfuerzo ha sido tan digno que es solo fantasía. Días en que la dedicación ha sido atrapada por la falta de voluntad de quienes dicen ser nuestros aliados. Una soledad que trasciende lo emocional.

Un silencio angustiante, frío, calculador, intransigente.

Egoísta.

A veces se siente algo de calor y uno se ilusiona con merecer algo mejor. Que el tiempo no se detiene pero nos lleva en su carril veloz. A veces se siente algo de calor y en confianza avanzamos con las ideas propuestas, con el buen ritmo de la esperanza. A veces, solamente a veces.

Con ilusiones labramos el plan pero con acciones es que vamos escapando a los atisbos de los tiempos difíciles y es preciso allí donde concurre nuevamente esa pregunta transformadora.

Sentado sobre un banco de madera, bajo un árbol de guayaba y con la frescura de una tarde de octubre, de esas que amenazan con lluvia, siento ese frío del alma al interior del estómago. Me avanza un calambre sin precisar, una angustia que me recuerda que todo sigue su curso, como el avión que va en picada, o la alta ola que ya en su pico más alto emprende el viaje a tierra (con ganas de llevárselo todo).

Camino de lado a lado, me hago preguntas y las respuestas me arrancan la calma, me llevo en los bolsillos las preocupaciones y encuentro alrededor soledad, desinterés, impaciencia.

No juzgo a quienes no están, porque sería insensato con quienes han estado, por supuesto. Pero qué clamor que contrae a todo esto el ver que quienes dicen estar, están ocupados.

Bien podría acusar al viento y sus corrientes que no son asuntos de voluntad sino, de agenda. Inconcebible que día a día, se llegaron a cumplir hasta 6 meses esperando a que alguno de quienes hoy leen estas letras, sacaran un espacio para escucharme, para proponerme, para caminar de mi lado o simplemente, para decir: no, gracias.

Una fragilidad que se convierte en pesadilla, una mirada del contexto que se nos escapa en buenas intenciones y va alejándose en el libro de las preguntas. Momentos propios o ajenos, aprender a sobrellevar en el peso del camino los rechazos y desplantes que la vida y sus principales actores nos va germinando.

Se quieren muchas cosas pero ante todo, la terquedad y perseverancia se atrapan en el frio silencio de la soledad. No tengo claridad si es virtud o defecto, si es una intransigencia enfermiza o una resiliente etapa de vida, un camino de casi cuarenta años o un desliz de los últimos cuatro.

Un libro de preguntas que escribo a diario como parte de una transformación no deseada, es claro que nadie quiere que le arranquen de la manera más intempestiva todo aquello que alguna vez dio identidad.

Hay momentos en que de lo más profundo del corazón surge esa inquietante pregunta que de algún modo, sigue vigente:

¿En qué momento se fue todo al carajo?

AV


7 de septiembre de 2022

Lugares (Ilusiones)

 

Imagen tomada de:

https://pin.it/1YOMjip  

By:  Aissa Ibárcena

Hay lugares tristes, están dentro de la memoria, se refugian en algo de ilusión, se colorean con lo vivido en tiempos donde no había nada distinto a lo que el presente permitiera observar.

Hay lugares que en compañía son únicos y dan vida al universo entero, lugares que se descubren tomados de la mano, que se dibujan en emociones fuertes, de esas que anhelan una eternidad que la razón no es capaz de cuestionar, libre de errores, de problemas, sin puntos de llegada, solo escenarios únicos y humanos.

Hay lugares que en tiempo pasado fueron la adoración de un modo de vida, de una fantasía que se dejaba describir entre sonrisas y promesas.

Lugares para hacer promesas, para ilusionarnos de todo aquello que quizás desde la infancia se construyó en el imaginario del deber ser. Lugares en donde el viento nos despeina y nos genera dicha inmarcesible, donde el calor nos acerca en quejas de complicidad.

Lugares que nos encantaron con sus paisajes despertando el deseo de querer vivir allí, de jurar regresar con prontitud para seguir sintiendo esa felicidad que el alma espera.

Lugares que ahora son jóvenes para el transeúnte taciturno.

Lugares que son espejismos de melancolía, porque a la memoria le debemos el anhelo de una vida mejor y no de un presente recorrido. Lugares que no son lugares cuando la soledad nos toma la mano, creciendo como un jardín abandonado.

Hay encuentros que fueron hechos para no repetirse, que duraron quizás 7 años, 6 meses, 5 días o simplemente 4 horas. Encuentros que dieron base arquitectónica a cualquier proyecto de vida en lugares sin magia. Un callejón en Brasil, una playa en Aruba, un parque en Colombia o una ilusión en New York.

Hay promesas que no se cumplen porque el deseo no es fortuna del destino, palabras que se riegan sobre el viento para ser deseadas pero no escuchadas, letras que plasmamos en mensajes de pareja, de amigos, de familiares, insumos para conectarnos con nosotros mismos a través de los ojos de aquello que decimos amar.

Amamos lo vivido y deseamos que sea infinito, como las canciones que nos gustan o los libros que nos recomiendan.

Nos convertimos en pensamientos permanentes: Recordar una mueca, una cena, una caminata bajo las estrellas en la playa o una carrera desesperada en los pasillos de algún aeropuerto. Tormentos de una paz vivida.

Brindamos por la memoria de los que no están, por la soledad que nos queda en el bolsillo de un pantalón, por los vacíos de una maleta que alguna vez cargó en su interior desiertos enteros de promesas, de lágrimas que primero fueron sonrisas en trayectos inexplorados.

Hay lugares para sentarnos a recordar lo que pudieron ser razones para ser más humanos.

Hay lugares para dejarnos en meditación permanente, para dedicar canciones a los que ya no están, esos que dejaron de ser tiempo y espacio.

No existe lugar alguno para despojar la memoria, ni equipaje donde asegurarla, solamente trayectos reiterativos de compañías pasadas, humedecidas en lágrimas.

No hay lugar para observar las ilusiones.

AV