11 de abril de 2014

Hijos del Sol





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Y salir a caminar con el radiante sol vallecaucano, sentir su calor susurrando a nuestras espaldas, sentir como nos abraza en los hombros y nos recuerda lo miserable que podemos llagar a ser con un traje y una corbata. De eso se trata, de sentirnos  miserables quizás, porque de eso se trata el silencio en una plazoleta o en un parque a la altura de las diez de la mañana, cuando el sol nos baña y riega al Cauca los campos de flor, bajo el límpido azul de este cielo, adelante feliz juventud.

Es de conocimiento popular la plaza de los Cholados, luladas y demás bebidas autóctonas de la región, manjares para los ciudadanos de buen gusto y un vagabundo corazón. Encontrarme pues esta mañana en la zona suroriental, en la plazoleta de la caja de compensación del valle, esa que alguna vez fue de los industriales, allí, sentado observando el calor regar cada baldosa, hacernos sudar y lamentar, ver a los caleños trabajar y sentir orgullo por lo que hacen.

En esa plazoleta precisamente, se encuentra un gremio interesante de trabajadores: Los profesionales del Jugo de Naranja y de Mandarina. No compiten con los gestores del Salpicón o los magos de la lulada, no, a esos los vemos en otras plazas y con otros planes. Aquí los empresarios del jugo natural de naranja y mandarina reposan en paz sus cuerpos en una carreta (que quizás en otra era perteneció a algún transporte de tracción animal o, a algún reciclador de buen corazón). 
Otros más sofisticados dejaron atrás la nevera de icopor (de poliestireno expandido) y se aventuraron a la consecución de sofisticados vehículos con compartimiento especial (nevera); el aroma a cáscaras de naranja y la tradicional mandarina rodea la plaza, deja en ella impregnada su aroma como el más fiel de los frutos que se rinde ante un poderoso (y miserable) sol, ante un inclemente clima que no da espera a los desesperados.

Estaba allí pues, y era como si me sintiera en cualquier pueblo, cualquier plaza de mi tierra querida, observando los mesones con muchas naranjas esperando a ser partidas en dos, observando grandes tarros llenos de mandarina, de esos frutos tropicales, y claro, con el entorno encontré pues a muchos agremiados con sus cuchillos en mano, afilándolos, jugando con ellos para que sean más eficientes, para lograr mejores cortes quizás, o para domar quizás a una que otra cáscara rebelde de naranja. Jarras llenas de jugo, con grandes cubos de hielo en su interior, todos se respetan en su espacio, ninguno compite, solo esperan, cada uno en su lugar, con sus cuchillos, sus asientos, sus sueños.

No se trata de competir y ganar más clientes, ni de tener las mejores ventas o las más ingeniosas estrategias. Aquí no hay ideación, o innovación como los nuevos intelectuales del “entrepreneurship” lo quieren hacer ver. No hay plan estratégico, solo sed, calor, soledad, muchas palomas, y muchos colegas, agremiados.

Es de esas calmas de las que queremos nos libre el señor, porque fue allí donde me visualicé pues, a un joven Santiago Nassar, soñador, pícaro, agraciado pero sobretodo, ingenuo. Y es que cualquiera de esa plaza podía personificar a ese personaje ficticio pero procedente de una cruel realidad. Los empresarios del Jugo de Naranja afilan sus cuchillos bajo el candente sol, como si no les importara nada, como si fuesen los propios hermanos Vicario que buscan venganza, que asechan al presunto culpable. Y la sonrisa de las señores cuando te ofrecen el jugo, como si le sonrieran a la nostalgia, como si estuvieran presentes solo para atestiguar los hechos, uno a uno, como si se llamaran Escolástica Cisneros, como si la venta de jugo no importara.

Caí víctima del inclemente clima, opté por partir no sin antes preguntar la hora, sonreírle a cualquiera de las señoras que me atendió, con mi pinta de forastero, de ejecutivo de otros pueblos, de otras realidades.  Me tomé un delicioso jugo de naranja natural, es mi adicción, nunca se es suficiente; por mi me tomaría todos los jugos de naranja del mundo, pero quizás mientras yo me sentase a tomar y tomar, a sonreír y brindar cada vaso de zumo, fuese posible que en algunas calles de distancia estaría un asustado y desesperado joven Santiago, huyendo de dos hermanos que buscan reivindicar el nombre y respeto de una hermana, de la hija del ciego.

Es una mezcla de ficción con realidad, como el calor de ese implacable sol, como mi sombra que pareciese que huyese de mí buscando un refugio del límpido azul de los cielos.  Terminé mi jugo de naranja y tomé la ruta del Bus, quizás la próxima semana, o el mes entrante deba volver y de seguro que encontraré a los mismos en las mismas, solo que de 6:00 am  a 08:00 am son empresarios del Café (tinto) y la arepa.

Porque así funciona el mercado del sol.

AV

1 comentario:

Diego Guerrero dijo...

Es para estos calores de Cali no hay nada más refrescante que un jugo de naranja o de lulo.

En Buga, tierra del Señor de los Milagros, vi que vendían algo así como una maracuyada, una bebida al mejor estilo de la lulada. Y así. Pal calor, pa los hijos del sol.