22 de abril de 2014

Su Majestad: El Rey.





Los libros tienen una magia que es difícil de explicar o por su vez, de hacer evidente en el mundo de lo racional. Cada parte de nuestras vidas queda marcada por un libro, una historia, un personaje, queda estampada en nuestra memoria una vida narrada y con ello por supuesto, hacemos empatía, la hacemos nuestra.

Y es que con los libros ocurre igual que con las canciones, con las personas: siempre hay uno con el cual se entra en nuestras vidas, pero también es cierto que siempre habrá otro con el cual saldremos de nuestras vidas, sea quizás para pasar a otro estilo de vida, para asumir nuevas cotidianidades, para ser mejores personas, o peores, o quizás, quizás, quizás, simplemente para empujarnos a pasar a mejor vida.

Existe ese fetiche intelectual por los libros, ese objeto de páginas impresas, su aroma, su textura, el color de la tinta, la portada, el poder llevarlo en un maletín a cualquier parte y leerlo, distinto quizás, a la experiencia de leer uno en formato digital, pero libro al fin y al cabo y ante ello cada quién se rinde a los pies de quien mejor le llene de calma y comodidad el oficio de leer.

Los libros nos enseñan a vivir con recuerdos, nos abrazan y motivan a guardar secretos ajenos, nos embelesen con sus tiranas intenciones, nos irritan en ocasiones, pero enamoran y hasta nos dan esperanza de creer en un mundo mejor, sea pues, un mundo basado en ficciones.

Cada libro ha llegado a mi vida de la manera adecuada y se ha dejado leer en el momento oportuno. No niego que en varias ocasiones intenté iniciar la lectura de algún libro y fallé en el intento, quizás la demagogia no me convencía, quizás la temática no me agradaba, quizás la misma extensión o tipo de letra no me animaba, normal, como todo en la vida, nos ocurre igual con la comida o con los seres con los que interactuamos.
Son momentos, y a cada libro uno debe aprender a identificar el momento: Me ocurrió con “Cien años de Soledad”, hice 3 intentos  y en todos deserté, pero fue en una semana santa de 2007 que con café en mano y cajetilla de cigarrillos a disposición, logré devorarme una fantástica historia de ficción caribeña en el periodo de 4 días (y sus noches).

Siempre he logrado entablar empatía con los personajes o tipo de historias que se leen, sea quizás esta la razón por la cual me agrada a morir el género de la Novela Histórica, pero tampoco niego mi fascinación por la literatura de Terror (No de Suspenso, no nos confundamos) y es allí, en ese punto de encuentro donde entra uno de mis escritores de admirar: Stephen Edwin King.
Si bien es reconocido más por la adaptación de sus libros al cine, es a mi concepto uno de los más completos escritores de nuestra era, pero como todos, cuestionados y hasta señalados de plagio o fraude, para mi caso, a pesar de haber un gusto excremental, no puedo caer en el ciego fanatismo de defenderle si para el caso en alguna oportunidad se evidencien dichas denuncias (pero eso es tema de otra conversación), por el contrario espeto con ansias leer con voraz antojo sus recientes publicaciones, sea tal vez porque a mi concepto, ha recuperado el rumbo que perdió desde mediados de los 90s y mediados del 2000, diez años publicando un tipo de literatura que se aleja a lo que realmente me agradaba (y de seguro a muchos fans alrededor del mundo).

Sus libros han llegado en espontáneas ocasiones, ninguno ha sido planeado, o bueno, sí, pero más bien deseado diría yo. 
Con IT tuve quizás mi experiencia más cercana al miedo con un texto literario, sensación difícil de encontrar, pero el señor King lo logró y me devoré pues las casi 1600 páginas, aquellas hojas en formato electrónico que noche tras noche me encerré en Derry, tanto en los años 50s como en los turbios 80s, ambos detrás de un demonio venido desde el mismísimo macrocosmos. A pesar de haberlo leído en formato digital (No he podido conseguir la versión impresa – y de pasta dura – aún) fueron dos semanas de terror absoluto. Caso similar me ocurrió con “El Resplandor” (The Shining) donde pude aprender que las cosas, inertes, insensibles, materiales, inorgánicas pueden asustar más que el mismo mundo de los muertos, en este caso, un inmenso Hotel a merced de una débil alma que se balancee en el abismo de la locura.

Con la saga de La Torre Oscura (7 libros) no he logrado realmente sentarme con juicio a introducirme en el quizás, más complejo mundo que se haya podido inventar el señor King, pero tras 2 fallidos intentos, se que en algún momento de mi vida podré entrar en profundidad a ese oscuro y fatal universo literario.

La mejor historia de amor que he leído en los últimos años ha sido pues “22-11-63”, una mágica narración de viajeros en el tiempo y amores que no deben ser. La magia de este libro me la dio Natymoon, una mujer a la que quise demasiado, y es pues que además de haber sido un grandioso regalo de navidad, fue una excelente historia que me llevó a la mortal Detroit de los años 60s. 

Actualmente me encuentro leyendo una antología de cuentos – sin mencionar que hace un par de meses me terminé de leer la segunda parte de El Resplandor, conocida como “Doctor Sueño (Dr. Sleep)” – y es quizás esta antología la que me llevó (empujó) a escribir estas letras. Desconozco el sentido de fondo, la intencionalidad del caso; El libro titula “Todo Oscuro sin Estrellas (Full Dark, No Stars)” y son 4 cuentos de antología, aparentemente ninguno se conecta con el siguiente, pero en este universo uno nunca termina de saber las cosas, lo particular del caso, es que no he podido terminar el primer cuento que lleva por nombre “1922” y tiene una extensión de 150 páginas, cabe anotar que inicié la lectura del mismo hace por lo menos 2 meses, hojeándolo en mis tiempos libres, pero ahí viene el asombro: Siempre que termino de leer o voy a la mitad de mi espacio de lectura, me da una fuerte depresión, me siento obligado a dejar de leer y salir a distraerme o mejor, salir a airear las emociones pues de alguna extraña manera logra ese libro (la empatía que mencionábamos inicialmente) llevarme a una depresión a tal punto que me cuestiona, me lleva al existencialismo, acaba casi que con mi voluntad; me es difícil negar que es un excelente cuento y si bien la historia no siento logre transferencia (o adherencia) alguna en mí, sí siento ese poder con el que fue escrita.

Este es el precio que pagamos por aquello que tanto amamos, si bien mi amor es escribir, mi pasión es el leer. Lograr una empatía tal con estas obras (y muchas otras que por espacio no alcanzo a mentarles) es lo que quizás consideramos como el premio al buen leer, al sentir, a esa sensibilidad que nos caracteriza, o para otros, esa insensibilidad que les es necesario validar.

Seguiré fiel con el señor King, con sus historias, sus descuidos, sus obras. Seguiré firme además, con el nostálgico esfuerzo de poder seguir reclamando una a una sus obras de años (y décadas) anteriores con la firme esperanza claro, de lograr convertir sus ficciones en inspiraciones.

Ya lo dijo Jacinto Benavente: "Los libros son como los amigos, no siempre el mejor es el que más nos gusta".

Su majestad: S. King.


AV

1 comentario:

Diego Guerrero dijo...

Vaya. Algo similar me pasa con la edición que tengo de "Rayuela" de Cortázar, no he pasado del 10% del libro, y siempre me pierdo, me enredo, me siento un inútil ante el juego que propone. Y no había pensado que tal vez sea problema de la edición que tengo.

Y King, vaya, tengo que admitir que apenas el año pasado empecé a leerlo (me inicié con el primero de la Torre Oscura. Sus letras poco a poco me han ido cautivando, y sí, es muy bueno, tan bueno para hacer de una historia sobre viajes en el tiempo, una bella historia de amor.