6 de abril de 2014

Sanar y Vivir.


Imagen tomada de: http://d21p753pzfk62u.cloudfront.net/wp-content/uploads/2013/02/iStock_000000352016XSmall.jpg

Todos tenemos historias para contar, en ocasiones el anecdotario no nos es suficiente en comparación con lo que dejamos pasar, con lo que seleccionamos y lo que desechamos en el traste del olvido. Si de algo somos expertos es pues, de desechar y coleccionar cuando de historias de amor se trata, en ello todos tenemos un contundente anecdotario de satisfacciones y frustraciones, de personajes honorables, agradables, valiosos y, de grandes villanos que solo nos alimentan el rencor o el dolor, o ambos, cada quien con su caso.

Todos hemos tenido historias, por desagradables que sean, dejan sus huellas, sus enseñanzas y bueno, también sus filias y fobias. En mi caso particular y siendo honesto con mi amigo y colega Theraq, es siempre la nostalgia ese motor de arranque que me lleva de cuento en cuento y claro, estos últimos meses han traído consigo grandes historias y apariciones, desde amores fortuitos e ilusiones quebrantadas, hasta interesantes y maravillosos reencuentros, pero también nuevos odios y viejos rencores, como a todos.

¿Usted cree en las maldiciones? Quizás suene extraña esta pregunta, pero es válida como todo lo que nos ocurre en la vida, y en el presente caso, como una advertencia que no se tuvo jamás en el tintero: Sucedió a mediados del año inmediatamente anterior, salía con una señorita que después de unas semanas, decidí no seguir la relación que aparentemente se empezaba a cosechar, ¿el motivo? Muy sencillo, no veía de mi parte interés para brindar salud y bienestar a esa persona que aparentemente me correspondía en bonitas intenciones. Decidí de manera arbitraria pero lo más formal posible dar fin a esa “relación”, la señorita, muy en su lugar comprendió (mentira) mi discurso y sin reacción alguna aceptó dando fin a quizás una bonita pero muy breve historia de amor, o de pareja, o no sé, ¿de obsesión?

Pasaron muchas semanas hasta que en el Inbox del Facebook recibí un mensaje lleno de mucha pasión, se evidenciaba que aquella señorita aún pensaba en mí. El mensaje fue muy concreto:

… vi tu twitter , enserio sos una porqueria , por asi decirlo UN MALDITO HIJO DE PUTA , Te odio , gran pendejo porque me decias que me querias , te deseo lo peor de la vida

Como podremos ver, fue muy contundente y muy apasionado. Pregunto nuevamente: ¿Usted cree en las maldiciones? Porque este mensaje, hoy a casi un año después de recibirlo, creo con evidencia en mano que trajo consigo una fuerte carga espiritual o de otro mundo que sí tuvo repercusiones en mi vida, no digo que un poco de desgracia, pero sí me pasó lo peor en uno que otro aspecto en el que realmente necesitaba que salieran las cosas bien.

Hablando de desgracias, fue a inicios de este año que nuevamente me encontré con la que fue mi compañera sentimental mucho tiempo, casi 5 años para dar una cifra. Nos saludamos como un par de desconocidos y retomamos un par de salidas a almorzar o a tomar un café para ponernos al día en historias, ya habían pasado desde entonces nuestra separación alrededor de 4 años. Hablamos de esos 4 años en un ejercicio de resumidas cuentas, ella su mundo, yo mi mundo.

Una noche de jueves, (Jueves, malditos jueves) nos vimos como un par de desconocidos, porque para mí eso éramos ahora, un par de desconocidos. Finalizada la noche y tomadas algunas copas de más, ese demonio que el pasado sabe maquillar muy bien había resurgido nuevamente entre los mortales. Después de una incómoda y asquerosa situación, con el apoyo de la policía local y un buen abogado, logré deshacerme de esa persona cuando el reloj abandonaba la medianoche. Fue una noche para olvidar, una noche de cicatrices, de memorias, de trastornos, de odios, una noche de esas que los intelectuales de la poesía renacentista denominaban como “una noche de mierda”.

Algunos meses después y cuando uno menos espera de la vida, conociendo mujeres y señoritas en cada oportunidad que uno cree la vida nos está dando, terminé por comprender que ya era momento de dejar ir para empezar a recibir. Que estos ciclos se estaban cerrando (algunos de la peor manera) por alguna razón que yo no lograba ver.

Entendí, que en la vida uno tiene que aprender a dejar ir, para aprender a recibir. En ocasiones nos desesperamos por no dejar ir a los que queremos, o el trabajo que tenemos, o las oportunidades que tenemos, sin saber que dejándolas ir estamos abriendo espacio y disposición para recibir otras cosas que quizás, la vida misma nos pide que tengamos, que merezcamos.

Para sanar en la vida y claro, para vivir sin preocupaciones más allá de las modestas preocupaciones del día a día, comprendí que cada historia de amor y dolor hace parte con fuerte claridad en nuestra hoja de ruta. Comprendí que cuando llegase esa persona adecuada para nuestro camino, el camino sin esfuerzo alguno se encarrilaría hacia nuestro destino, nuestro puerto final.

Comprendí que nuestro polo a tierra no proviene del pasado o de las expectativas del futuro, sino, de la fuerza con que aprendemos a desamarrar al presente, dejar ir los vientos de viejas historias y dar importancia a cada microhistoria que se subraya en el día a día.

En lo cotidiano.

AV.

1 comentario:

Iván Sánchez dijo...

Una buena excusa para traer a colación el reciclaje al que puede llevarnos la inconsolable nostalgia, que ataca precisamente en esos momentos que que entre un ir y venir, de alguna forma se cae en un punto reptido o de inflexión corriente y frecuente... Porque lo errores los comete uno hasta que realmente le entran ganas de madurar, o de envejecer o de volverse sabio; aunque le pasa a todos. ¿no?