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VIII.
Humberto esperaba a su viejo amigo
y mentor, Marcelo Bakker, sentado en la cafetería de la universidad. Tomaba en
un vaso de cartón un agua aromática de frutos rojos, con su característico saco
de lana y una boina inglesa de cuero, se cubría del frío de Bogotá. Recordaba
sus años de estudiante en el doctorado, la mayoría de estos bajo la orientación
de su mentor, Marcelo.
En un momento de descuido, llegó su alumna, Ángela Inés Revelo, una simpática señorita que se había graduado del programa de ingeniería de sistemas y computación.
Si bien estudió becada por la misma
universidad, ella insistía en buscar trabajo, y fue tanta la insistencia que
logró ubicarse en una agencia europea de análisis de datos, en Alemania.
Trabajaba desde Colombia, de modo remoto atendiendo requerimientos y dando
soporte técnico, Humberto estaba orgulloso de todo ese proceso, así que siempre
le tendía la mano para cualquier duda o necesidad.
Esa mañana ella expresó preocupada
que no entendía todo el trámite para aplicar a la Beca en Estados Unidos, sin
inmutarse, tomó el computador portátil de la joven Ángela y dio la orientación
de toda la documentación que debía cumplir.
Se retiró agradecida y con la
mente fijada en su sueño de alcanzar la beca.
Marcelo llegó tarde, algo poco
usual para un europeo, pero todos sabían ya que se había colombianizado desde
unos años atrás. Saludó a Humberto y con una sonrisa hizo un chiste sobre la
apariencia de la boina que tría puesta, Humberto con otra sonrisa devolvió la broma
y abrazó a su maestro y amigo. Allí sentados se quedaron conversando gran parte
de la mañana, entre muchos temas, las pesadillas de Marcelo.
Había retomado el ejercicio de
escribir lo que soñaba, no siempre con la exactitud del suceso, mas bien con el
esfuerzo creativo de la memoria, el más reciente sueño lo transportaba a una
casa Quinta, en algún pueblo lejano, donde un grupo musical de jóvenes se
presentaba en tarima ante una elegante familia en el día de su matrimonio, lo
sorprendente del sueño insistía Marcelo, es que dentro de público podía ver a
su esposa, Elin, y a otras personas de otros sueños, pero incluso, algunos de
los presentes en el evento tenía rostro humano pero su cuerpo se deformaba
entre tentáculos y tenazas, como seres amorfos fuera de este mundo.
Humberto con la calma de un buen
amigo le preguntó por el grupo musical, si le era posible recordar algo más.
Extrañamente Marcelo, ya avanzado en años, pasó su mano sobre su cabello blanco
y rascándose posteriormente detrás del cuello, emitió un susurro casi
inaudible.
Escuchaba la música en el sueño.
Insistía en que era extraño que
pudiese ser audible algo que nunca lo había sido en la existencia humana, los
sueños no tienen banda sonora, decía Marcelo.
Humberto terminó su aromática de
frutos rojos y mirándole fijamente preguntó por la canción que dijo haber
escuchado.
Canción para mi muerte. Sentenció Marcelo.
Durante largo rato conversaron
como dos viejos amigos, no como maestro y alumno. Se levantaron y cerca de las
once de la mañana ingresaron a la sala de profesores a preparar algunas tutorías
que habían agendado con estudiantes.
Ángela comenzó a recoger toda la
documentación para escanearla y subirla a la plataforma web de la universidad
de Georgia. Se había graduado ya un par de años atrás de la facultad, pero
seguía asistiendo a la universidad a saludar y pedir consejos en su maestro, el
profesor Humberto Valdivia. Quién mejor que él, que también fue becario del
doctorado en Holanda, fuera el asesor de su proceso de registro.
Al finalizar el registro de datos
y envío de documentos, Ángela Inés Revelo, con el sueño de toda una vida y el
anhelo de poder empezar su carrera aeronáutica, seleccionó una de las dos
opciones de fecha para el examen de admisión, que para tal oportunidad sería
virtual, a través de la plataforma de la universidad.
En un par de meses más adelante llegarían los resultados del examen, con sorpresa y mucha frustración, observó el resultado de su esfuerzo: Había perdido el examen.
AV.



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