17 de diciembre de 2025

Una entrega inconclusa.

 


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Estaba sentado con las piernas estiradas sobre una mesa que tenía en frente, el calor de un miércoles casual traía consigo la libertad del trabajo como independiente. Tomaba un café recién colado, fumaba un cigarrillo mentolado y con sus audífonos puestos, escuchaba algunas baladas románticas de los Tigres del Norte.

Esteban Mellizo se sentía pleno, bajó las piernas de la mesa de madera y se sentó en postura recta, sorbió algo de su café y botó la colilla del cigarrillo junto a una matera de cerámica. Revisó su teléfono y encontró una notificación del servicio de transporte urbano para el que trabaja, estaba la opción de atender una encomienda del otro lado de la ciudad, el dinero a recibir como pago era una buena suma, incluso superior al estándar de la aplicación.

Aceptó el pedido y de inmediato comenzó a revisar de qué trataba la labor. “Muy bien, recoger un paquete en Ciudad Campestre y llevarlo hasta el Cantón Militar… interesante, es de extremo a extremo en la ciudad”.

Con los pensamientos rondando en su mente, imaginó la ruta más adecuada para atravesar la ciudad y no surtir dificultad alguna con el tráfico.

Tomó su motocicleta y alrededor del mediodía salió en dirección a la zona de Ciudad Campestre a recoger el paquete. Allí le esperaba un señor elegante, de camisa negra y un pantalón de jean negro. Calzaba tenis también de color negro, posaba unas gafas de sol con lente totalmente oscuro y una gorra negra. Una brillante cadena de plata resaltaba en su pecho, a propósito del inclemente sol de mediodía.

Esteban Mellizo se presentó, estacionó la motocicleta y se retiró el casco, allí dejó ver su cabello corto, al ras, una barba más bien en sombra y un bigote pronunciado, como el de sus ídolos mexicanos. Saludó al elegante caballero y preguntó con ahínco si alguien esperaba el paquete en el Cantón Militar. El señor de camisa negra le señaló las indicaciones en una hoja de papel que iba acompañando el paquete, una bolsa plástica negra.

Nuevamente Esteban preguntó si el paquete traía algo delicado en su interior o si requería de algunas especificaciones, el señor de camisa negra sin inmutarse negó con la cabeza.

Esteban agradeció y se subió a la motocicleta, acomodó la bolsa plástica en su brazo izquierdo y se acomodó el casco para arrancar, según la aplicación móvil, el trayecto tomaría unos veinte minutos.

Arrancó directo por la avenida panamericana, el paquete colgando de su brazo no le incomodaba, pero en ciertos momentos sentía que era pesado, una simple impresión de un simple paquete.

Cerca de la avenida Trujillo, se detuvo en un semáforo en señal roja, tomó el paquete y lo cambió de brazo, pues le empezaba a incomodar, casi que con dolor, pues el peso o el movimiento del trayecto le afectaba poco a poco. Al momento de cambiar de brazo sintió la bolsa plástica más pesada, de alguna manera pensó, era solo por el cansancio o el calor del inclemente sol.

Arrancó y dobló por la avenida 38, siguió directo el trayecto que la aplicación le recomendaba, el brazo derecho estaba empezando a sentir el cansancio, o más bien, el dolor de una bolsa pesada.

Se detuvo en una estación de servicio, para no estorbar a nadie en la vía; tomó el paquete y lo ubicó sobre la base de la moto, entre su estómago y el panel de navegación. Arrancó y siguió el camino sintiéndose incomodo en todo momento, incluso con el temor de que se fuera a caer la bolsa durante el trayecto.

Revisó el teléfono y allí vio en el mapa que estaba a cinco minutos de distancia, es decir que muy cerca del destino, intentó levantar la bolsa pero estaba tan pesada que tuvo que tomarla con las dos manos, pesaba en exceso como si en su interior llevase cemento o algo por el estilo. Se la puso sobre las piernas y continuó su recorrido en dirección al Cantón Militar.
La motocicleta avanzaba con bajo ritmo preciso, por el peso increíble del paquete.

Con el miedo de accidentarse Esteban se detuvo en una esquina, junto a un lote abandonado, apagó la moto y con la impertinencia de un niño necio, abrió la bolsa para ver que pasaba en su interior, estaba tan pesada que sintió el esfuerzo excesivo en su cuerpo para poderla bajar de la moto y ponerla en el suelo.

Allí la abrió y no encontró nada en su interior, solo había oscuridad, como la boca de un túnel que en su profundidad solo trae la negritud de la nada.

Se pasó la mano por encima del casco en señal de incomprensión, por un instante quiso dejar allí tirada la bolsa, pero bien sabía que estaba bajo supervisión de la aplicación de transporte.

Se sintió atraído a meter la mano para buscar si había algo extraño pero un ligero temblor por su cuerpo le dio la señal de que era una mala idea, se quitó el casco y se rascó la cabeza como una muestra de inquietud, no sabía preciso que hacer.
Se quedó de pie un rato mirando al interior de la bolsa, en algún momento en medio de su distraída mirada sintió que algo dentro de la bolsa negro le observaba, algo extraño. Se agachó y con ambas manos intentó abrir del todo el paquete, allí se sorprendió con un juego de luces leves, brillantes puntos aparecían como si fuesen pequeñas galaxias.

Se sintió tonto, pensó quizás que estaba demasiado mareado por el calor del día, cerró la bolsa nuevamente y apretó el nudo, intentó levantarla para llevarla en la motocicleta, pero estaba tan pesada que no pudo siquiera levantar un centímetro del suelo. Nuevamente se rascó la cabeza en señal de preocupación.

Se agachó, cansado además, deshizo el nudo y quiso mirar adentro de la bolsa para entender qué ocurría. Una voz ligera, distorsionada, ilegible, inesperada le saludó.

Soltó la bolsa con la reacción de un animal que es sorprendido por su depredador. Abrió los ojos lo suficiente para ver en el fondo de esa oscuridad otros ojos, una mezcla de colores varios, resaltaban el verde, el violeta, el naranja, resaltaba todo y la oscuridad también. Aquellos ojos le miraron fijamente como una corriente de aire que choca con la nada.

Esteban intentó alejarse, sentía miedo y el deseo de gritar, pedir auxilio. Giró su cabeza para buscar a alguien en el camino, pero no vio a nadie, no vio nada.
Todo era oscuro a su alrededor, estaba en otra parte, su motocicleta había desaparecido al igual que todo lo que fuera creado por el ser humano.

Alzó la vista buscando al cielo, simplemente encontró la nada, un agujero de luz se iba empequeñeciendo, como si se tratase de una bolsa plástica que se cierra.

Todo era oscuridad rodeada de pequeños universos.
 
AV.

16 de diciembre de 2025

Memorias (Pedro Conejo).

 

Imagen creada con IA.

Pedro Conejo retomó su acostumbrado trayecto al centro de la ciudad para surtir su negocio de tecnología, algo ligero para ser un ingeniero con trayectoria. Recordó su encuentro semanas atrás con su viejo colega de la universidad, un pensamiento de deseo de buena voluntad.

Durante el recorrido dejó posar su mente en un estado pleno de recuerdos, como una sábana de nostalgia, larga, plana, sin color, una compleja estancia de momentos vividos en etapas de la vida que ahora parecen lejanas. Recordó su esfuerzo de aprender a montar bicicleta, un triunfo que a lo largo de los años fue, simplemente fue.

Recordó de sus primeras navidades los regalos de sus abuelos, la ternura puesta sobre un árbol artificial decorado con bolas de colores y luces.

Continuó su recorrido en el bullicio de la ciudad, el aroma a grasa tanto de comida como de motor de vehículo, el humeante residuo de los buses, el sol que abrasa a quienes caminan desesperados, el ruido de quienes quieren vender, todo se halaba a la paciencia de Pedro, que cada sábado asistía como un soldado a su entrenamiento.

Adentro de un pasaje comercial fue a comprar varios insumos, allí siempre le atendía Reinaldo, un caballero más joven y de corte de cabello particular, exótico dirían las señoras. Este le vendía siempre a un precio de amigo, con descuentos a veces sospechosos de la calidad, pero precio de amigo finalmente.

Pedro acostumbraba saludarle y conversar por un rato, en aquella mañana omitió el espacio de diálogo y se retiró dando un gracias tan pausado como seco, su mente seguía encerrada en recrear lo vivido años atrás.

Reinaldo más atrevido que de costumbre dio una palmada en el hombro a Pedro, le dejó un saludo y le miró con la complicidad de quien siempre está a la orden de la aventura. Pedro siguió caminando, se sintió algo nostálgico y tomó la opción de sentarse en una cafetería cercana, el aroma a grasa era tan común como el aspecto de quienes allí consumían, se sentó y pidió un café, con una bolsa plástica en sus manos esperaba la bebida caliente y en esa espera, la desesperada razón de lo no vivido.

Un torrente, un temporal de pensamientos acorraló la paz de Pedro y lo empujó a un pueblo oscuro de ansiedad.

No había recuerdos, no había anécdotas, no había personajes ni emociones, por el contrario, muchas mentiras y anhelos danzaban como si se tratase de un concurso de talentos.

Aquel “hubiera” estaba de pie como un General inspeccionando a sus patrulleros.

¿Qué hubiera pasado si? Una pregunta que caía como un martillo sobre la carne.

Emergieron dudas, de las dudas miedos pequeños que se atiborraron en temores inmensos. De los temores volvieron las dudas y de las dudas florecieron otros temores. Un ciclo perfecto de condena que llevaba a Pedro Conejo a apretar sus manos contra sí mismas.

Recordó a Valeria Rojas, una muchacha que conoció en sus primeros años de ingeniería, tan bella como una reina de belleza, tan elegante como aquellas mujeres que aparecen en la televisión. Nunca se atrevió a saludarle ni mucho menos, a invitarle a tomar algo. Comenzó a recordarla con la nostalgia de quien jamás besó sus labios rosados.

También recordó aquel viaje a Nicaragua que nunca realizó, porque decían, eso por allá estaba muy peligrosos. A la final no viajó y quedó con el sin sabor de conocer otro país.

Su mente volaba como un ave de rapiña que con sus garras desprendía cada mentira y la convertía en carne fresca, ¿y si hubiera estudiado en la universidad pública? Siempre las preguntas rondando.

Logró salir de su oscuridad, de esa bóveda de malos pensamientos, sacudió su cabeza intentando retomar el aire.

Miró de un lado a otro y se llevó la sorpresa de estar en su propia casa, sobre el mesón estaba la bolsa de compras de insumos de tecnología, además de algunos productos comestibles.

No recordó cómo llegó a casa, ni siquiera tuvo presente en qué momento se tomó el café y regresó a su carro, al otro lado del centro de la ciudad.

No recordó nada, estaba allí sentado en su hogar, con la mirada fija en la nada, con la sorpresa de que en la vida algo lo controlaba, la duda de que algo más allá de cualquier entendimiento le dejaba migajas de realidad.

Como el conejo blanco que perseguía Alicia. 

AV.


11 de diciembre de 2025

Amor y decepción (Tiempo).

 


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¿Podemos pedirle al amor algo de comprensión y ternura para quien lo sufre?  ¿Podemos, incluso, exigir algo de cordura a quien cae en el ansioso ritmo de la incertidumbre?

Somos testigos de muchas historias donde el amor triunfa, donde se dejan lecciones y hasta rencores, sabemos que en el camino las reflexiones van madurando con la edad, llegando casi siempre al extremo de la decepción.

Un péndulo que se mueve con la suavidad de una llovizna, de un lado encontramos la fuerza de un sentimiento capaz de derrumbar imperios y cruzar océanos, de otro, en el extremo opuesto, está la silla vacía de una esperanza que se ha evaporado frente a todo el mundo.

En ese péndulo el trayecto nos va llevando acorde la edad nos permita pensar, sentir quizás, creer que todo está listo. Que hemos vivido suficiente o que estamos ante la oportunidad de volver a creer, a la final todo se resume en la esperanza y la decepción.

Algunos sujetos, de pragmática vocación, sugieren vivir en el estado pleno de la decepción y la desconfianza, por aquello de evitar heridas o frustraciones. Se enfundan una secuela de pensamientos que no dan cabida a un amor o alguna ilusión de esas que conlleva a comprar perfumes o flores. Esos sujetos, que con el caparazón de los años han construido un refugio para la nobleza de sus emociones son preciso, quienes nos han guiado en anteriores historias por las más bellas canciones y poemas del mundo.

No se trata pues de juzgar al amor como aquel acto sagrado de pretender a una pareja o cortejar a algún personaje desconocido. No es navegar en el ocio de la sexualidad y los vacíos emocionales, es más bien, escalar una pared que tiene un inmenso letrero de “Salida de emergencia”. Es querer expresar en diferentes letras y experiencias todo aquello que el acto mismo del amor nos puede enseñar, desde el respeto y admiración por un amigo, el afecto por el trabajo, por el conocimiento, la revolución incansable del tiempo libre, el amar la soledad, el amor por la madre.

Siempre que se pretende ubicar al amor en un segmento se nos escapan esos detalles que no son propiamente amorosos, sino, razonables. Porque el amor es constancia, disciplina, confianza y claro, mucha pero mucha fe.

Amar es un acto de fe ciega, de excesiva confianza y de mucha, pero mucha vulnerabilidad, por eso nos duele cuando un amigo nos falla, cuando un proyecto no triunfa, cuando el silencio nos fastidia, cuando la pareja nos falla.

Hoy en estas letras me siento con la tranquilidad de quienes nos han fallado son parte de algo más grande, de un proceso o un aprendizaje del que ahora se hace parte, quizás como mensaje, quizás como abrigo, quizás como cualquier personaje itinerante, quizás, incluso, como algo innecesario.

¿Podemos exigir algo de cordura a quien cae en el ansioso ritmo de la incertidumbre?

No, pero si podemos abrazar a esa incertidumbre y brindar una buena taza de café.

Es justo y necesario conversar. 

AV.


6 de diciembre de 2025

Un encuentro casual (Pedro Conejo).


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By: DonDiLuca


Alguna vez Pedro Conejo se encontró con un viejo amigo de sus años de infancia, su nombre real es Pedro Alejandro Coello Miranda, pero sus mas fieles compañeros le apodaron conejo, por aquello de una traducción mal hecha. Se trataba de Miguel Espitia Laverde, un amigo que en las calles repletas de incautos se le atravesó aquel sábado de diciembre y en un saludo familiar, revivieron el recuerdo de tanto tiempo juntos.

Aquel encuentro por demás cordial, permitió a Pedro saber que Miguel ahora era padre de familia, ingeniero de profesión (de esos que arregla computadores y diseña páginas web) entre otros aspectos superficiales del ser humano.

Miguel se retiró con unos paquetes de plástico llenos de ropa para regalar, estaba preciso comprando los regalos de fin de año para sus empleados, era propietario de una pequeña firma(boutique) de software y vainas por el estilo. Al llegar a casa saludó a su esposa, una dama de buena apariencia con la que estudió en la universidad, le informó de su encuentro breve con Conejo, Pedro, le explicó.

Ella soltó una sonrisa amable y simuló escuchar toda la historia.

Al finalizar se retiró a seguir organizando los muñecos de felpa con los que pretendía decorar la navidad de su residencia, en ese instante un mensaje de chat le notificó que Alejandra le estaba enviando una nota de voz. La escuchó con la simpatía de un carpintero y allí descubrió que Jesús Manuel había vuelto con Margarita Peña, la muchacha que conoció aquel día en el club de tenis.

Respondió la nota con otro mensaje de voz argumentando sorpresa, pues la vez última Margarita había estado saliendo con Jota (Jose Manuel), el amigo de la universidad. Alejandra respondió que Jota hace mucho que no le contestaba llamadas a Margarita, que tal vez allí radicara la intención de acercarse a Jesús (el amigo).

Regresó a donde su esposo, Miguel, con un beso coqueto en la mejilla y un tono de voz de niña caprichosa, le contó de la novedad de Margarita y Jesús, él, concentrado organizando los paquetes de regalo para sus empleados respondió con la misma sonrisa amable que recibió al llegar a casa.

Margarita escribió un mensaje a su amiga Alejandra, pidiendo algo de prudencia le informó que las cosas con Jesús estaban algo inestables, desde un par de noches que venían saliendo siempre terminaban discutiendo por temas superfluos pero hirientes. Alejandra, que estaba sentada en la cama de su propia habitación, en pantalón corto y blusa de pijama, respondió con sorpresa, no esperaba que las cosas entre ellos fueran tan fugaces.

Tomó el teléfono y con otro mensaje de audio le notificó a su amiga, la esposa de Miguel, la novedad.

Margarita leyendo las palabras de consuelo de Alejandra, decidió responderle cambiando de tema. Allí le preguntó por Boris, el trigueño que conoció días atrás la reunión de trabajo.

Alejandra guardó silencio por un largo rato, se sentía avergonzada por lo ocurrido y prefería ignorar el tema.

Respondió con un cortante “bien” e intentó cambiar el tema, no esperaba de Margarita la insistencia.

Evadía cada pregunta al punto de responder con agresividad.

Pedro Conejo terminó de hacer memoria de aquel sábado en el que se encontró con su amigo Miguel, tomando nota de cada detalle, sonrió como un triunfo de la vida el poder ver a sus viejos amigos crecer y madurar.

Tomó su teléfono móvil y escribiendo un breve mensaje al grupo de amigos del colegio, comentó de su encuentro casual con Miguel, deseándole siempre salud y muchos éxitos en su empresa.

Nadie respondió el mensaje dejando en visto el intento de socializar, pero las consecuencias de ese encuentro no fueron esperadas para Pedro, pero sí para Miguel que en un matrimonio frío como una sala de quirófano, revolvió la vida de su esposa, de Alejandra, de Margarita y de dos caballeros más a los que no conoce.

Un encuentro casual que terminó por desenredar un nudo complejo.

AV.

4 de diciembre de 2025

La iglesia de los optimistas (Métodos).

 


Imagen Tomada de: https://www.craiyon.com/en/image/AG_V9osoSICmVRL8TUTQPw

Nos acostumbramos a estar encerrados en pensamientos, a declarar en palabras los peros suficientes para no avanzar como se debería. Fuimos testigos de cosas que no sucedieron pero que avanzaron estrepitosamente en la mente.

Caminamos en círculo buscando soluciones a situaciones que no fueron reales, solo un sin número de universos danzando en la mente del joven poeta. Recreamos mil batallas cuando solamente esperaban de nosotros la respuesta a una pregunta personal. Fuimos enemigos del protocolo cuando la intimidad estaba en debate.

Hablamos de amor cuando estamos diseñando pretextos, damos método a eso que exigimos, a la correspondencia de las ilusiones, porque creemos que todos nos ilusionamos con el color del atardecer o el aroma de un libro nuevo.

Conversamos en soledad, para que las ideas se sientan cómodas y puedan salir sin ser vistas o prejuzgadas.

Insistimos con abrazar la ternura de una canción, sin importar el género musical preciso, por la capacidad misma de escucharla en sus múltiples versiones globales.

Vamos al altar de los ideales y nos despojamos de toda fe, la prestamos a la esquina del contexto para que allí madure y se convierta en evidencia. En esos ideales sembramos conjeturas para que maduren en verdades obstinadas, lugares comunes de la edad, favoritismos del corazón juvenil.

Por momentos caemos bajo las letras de una canción atrevida, y el experto de esas redes fue a mi parecer, el incomprendido de Alejandro Lerner, que con su suave tacto nos revolcó la mente en el miedo a que nos dijeran que no.

Nos arriesgamos a compartir la desnudez de la vida a través de las letras de un blog, lo celebramos como si fuese el hito más importante desde aquel primer beso, o como si se tratase del acto de cierre de una edad de oro, a la final, todo se redondea en ese método al que llamamos optimismo.

Conservamos en la memoria las motivaciones de lo que queríamos lograr en la adultez, conservamos en los bolsillos del pantalón las frases de cajón que tenemos preparadas para nuestro niño interior al momento de llegar ese interrogatorio de la vida.

Dibujamos en notas de colores las frustraciones de cada etapa, desde el baile que no aprovechamos, al viaje que no culminamos, de la lluvia que nos dañó la esperanza y el sol que nos quemó la razón.

Sabemos a la larga que todo es un cuento progresivo que en métodos y plegarias, seguimos idealizando.

Somos optimistas por conveniencia.

AV.

3 de diciembre de 2025

Quemar las Velas (Diciembre).

 

Imagen Tomada de: https://laurenpretorius.com/

Black Cat & Candle By:  Lauren Pretorius

Retomamos la laguna labor de escribir por escribir, no de emitir ficciones en cuentos y relatos con mensajes de fábula sino, de darnos un respiro en el ejercicio de las letras como lugar común de encuentro.

Diciembre, mes de cierre de año laboral y de expectativas de promesas de antaño llega con la presión de un trimestre que ha sido para este, su amigo y vecino, una temporada de demasiada frustración y aprendizajes, de esos que dejan huella y cicatrices.

Podría iniciar por menoscabar en los vientos de agosto como un mes donde encontré la felicidad y en ella la esperanza de que el curso de cada decisión y pensamiento podrían darse en buenos términos, pero santa es la vida que su expreso sentido del humor es tan negro como las intenciones de quien desea el fracaso llegue a las puertas de esta residencia.

Aquella felicidad que con aires de crecimiento profesional abrazaron al escritor de este blog, se fue transformando en un sentimiento de esos que uno comparte con los allegados al llegar de un viaje, tuve la oportunidad de conocer personas maravillosas y re encontrarme con otras a las que les tengo alta estima, como a la gran Jefecita, o a la poeta, a la que tanto afecto (y deseo) le guardaba en los bolsillos del alma.

Septiembre se comportó como un péndulo que entre lo real y lo imposible dio lugar a cada descuido, desde el tropiezo académico con viejos conocidos hasta la afrenta económica con decisiones que se pudieron evitar, salgo un par de consejos inconclusos. Un mes que dejó huella con tanta presión que en la arena había más que gotas de sudor, muestras de cansancio y frustración, porque quien observa desde la comodidad de la distancia puede opinar sin tomar de frente la responsabilidad.

Octubre es un mes de esos que yo adoro por el místico semblante de la fiesta de Halloween pero de fondo es el mes de mi onomástico, una celebración que con el paso de los años se va diezmando a un café y un par de amigos de alta calidad y especialidad.

Un mes además de dar cierre a esos agujeros que como heridas se fueron prolongando entre pensamientos y acciones que en ocasiones, no daban fruto sino, mala hierba a quien esperaba mejores resultados, insisto, la ingratitud fue tomando forma y espacio hasta dejar en el cansancio la decepción de quienes yo pensaba eran nuestros aliados.

Diciembre es difícil y quizás mi interpretación de lo que ha sucedido desde los meses previos es que se ha quemado cada uno de los barcos en los que alguna vez estuve.

Una temporada de pérdidas, de despedidas, de desidias y claramente de soledad.

Aprender que amar es un principio tan básico como el sentido común, aunque no seamos básicos, ni sea el más común de todos los sentidos.

Y vamos en el tercer día del mes. 

AV.