Mostrando las entradas con la etiqueta ciclos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ciclos. Mostrar todas las entradas

7 de julio de 2022

La Cosecha (Caminates)

 



Imagen tomada de: https://co.pinterest.com/pin/running-cat-painting-art-print-earth-colors-cat-watercolor--815573813832068958/


Somos caminantes y dejamos huella, somos nómadas y vamos como depredadores acabando con lo que encontramos. Somos espirituales y nos entregamos a la esperanza, sucumbimos ante el miedo, gritamos y reímos. Somos seres básicos, fallidos.

En este andar por la vida hemos ido conociendo todo tipo de personajes, amigos para darles sustantivo, unos de gran recordación y otros que fueron más bien fugaces, a todos por supuesto se llega al lugar común de afirmar que por alguna razón hicieron presencia en la vida.

Hay a quienes uno añora con el duelo mismo de extrañar a los abuelos que ya no están en la familia, un cariño tan grande que su ausencia hoy es un vacío insoportable. Hay personajes que siguen constantes, como un paisaje que adorna la cotidianidad y en ella se ha edificado un manual de comportamiento tolerable a lo que se llama amistad. Incluso, hay personajes que a pesar de haber sido fugaces, dejaron una huella tan clara como si fuese una etiqueta de por vida en el alma. Un karma.

Recuerdo mucho a Julio César, a quien la vida me lo puso de nuevo en el camino el año pasado, apareció exclusivamente para mostrarme el camino en dos asuntos puntuales, para volver a desaparecer. Inolvidable la gran Paulina, una mujer maravillosa que siendo ella misma y su amor por el Independiente Santa Fe me abrió una amistad pura y sincera que durante la década del dos mil figuró como eterna.

Por mentar algún par.

Personajes claves que con errores y faltas fueron dejando atrás lo que quizás parecía iba a ser un aprendizaje permanente. Otros fueron menos agradables pero dejaron un propósito común. Algunos son eternos, como el olvido mismo, como la voluntad popular, como el universo: inexplorados.

Son seres de toda índole que se suscriben a las etapas de la vida, a dinámicas laborales, emocionales, sexuales, económicas o incluso, espirituales. Son frutos que servimos en la mesa al momento que la maestra vida considere deba de serlo.

Todos, absolutamente todos nos complementan, nos fragmentan, nos aportan o hurtan un poco de vida. Cada cual en su función única: enseñar.

Hoy la estoy pasando de manera atenta. Sensible hasta la raíz, las respuestas me las está dando la vida en otros nombres y otros rostros: Transformación.

Personajes que de la nada reaparecen para darnos el mensaje, el consejo, la herramienta que se necesita. Otros que fueron permanentes pero con una participación pasiva hoy son grandes contribuyentes: Héroes.

Llamadas, reuniones, detalles.

Aunque en la cotidianidad hay amigos que en el horizonte cuentan como estrellas, desde el silencio se convirtieron en paisaje. No los juzgo, pero tampoco puedo ser permisivo con el adiós. Solo quererles en sus justas proporciones.

Me siento en bonanza no por la cantidad sino, la calidad, y qué gran dicha además, seguir conociendo y reforzando lazos con nuevos protagonistas, labor que parece habíamos olvidado ejecutar: Nómadas.

Somos los amigos que cosechamos.

AV

26 de enero de 2016

Cuestión de Nostalgia (I)




Imagen tomada de: https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/236x/98/24/1a/98241a860b827620b2bcedbd0910be72.jpg 


A partir de la nostalgia comenzamos a construir un nuevo mundo donde no caben ni los estereotipos sociales de la buena educación ni mucho menos las exigencias de ley con que se acostumbran a formar a los empresarios y ejecutivos del mañana. Las escuelas de negocios (mal llamadas Administración de Empresas) comenzaron a cambiar el modelo de enseñanza, los llamados clásicos siguieron siendo clásicos pero ahora las teorías administrativas del mañana (realmente del ayer) comenzaron a fijarse en temas propios de las ciencias humanas.

Preocupaciones como el discurso gerencial, la apariencia física del personal, la identidad con los productos de la compañía (y no con la empresa en sí), el cambio en las modalidades de contratación (tercerización) y una fuerte desregularización del empleo invocando al neo empleado a ser su propio jefe o emprendedor, han dado a que la administración de negocios sea ahora un asunto cada día más propio de las ciencias sociales y la estrategia y no de las ciencias de la organización. 

Quizás es una visión que recoge en gran medida las decisiones de urgencia que en la década de los noventa se tomaron en gobiernos morosos en América Latina. La esencia del endeudamiento pasó al discurso de lo cotidiano y se convirtió en un ejercicio “snobista”, se lograría a llegar ser persona aquella que recibiese un crédito financiero.

Preocupaciones que tienen más de nostalgia que de revolución industrial. Es menester entender que tanto las preocupaciones gerenciales como los cambios en la contratación y los asuntos organizacionales dejaron de ser labores de la industria, pasaron a ser secciones de jefaturas administrativos, luego a ser sectas de profesionales de la psicología y por último pero no menos importante, son interpretaciones culturales donde los Politólogos, Sociólogos y Antropólogos comienzan a definir el perfil de las organizaciones transformadas. Cuestión de Gestión Humana que llaman.

Es una nostalgia que pesa además porque quienes están ahora en cargos ejecutivos y gerenciales son precisamente aquellos que vivieron su infancia (real infancia) bajo el Ojo de Thundera, bajo las ocurrencias de un conejo burlón como Bugs, bajo las acciones violentas de grandes pensadores como Stallone, Willis, Schwarzenegger o modelos ejemplares como Basinger, Kinski, Kelly Lebrock, Shiiffer, Fox o inclusive la eterna Amparo. Se trata de una nostalgia que en la década de los 80s fue marcada por la calidad de productos que hoy son ley del mercado. ¿Qué ha ocurrido? Quienes toman las decisiones en el presente sabe que su poder adquisitivo no es ajeno sino que les pertenece a tanto nivel que su egoísmo se convierte en una política de consumo.

Tanto el desarrollo tecnológico como el desarrollo de identidad deben de derivar en el individuo, su rol individualista será premiado por el consumo popular y con ello el mercado tendrá cada vez mayores segmentos o nichos de atención. Las legiones del cine, las series de televisión, las marcas de ropa que ya no existe o modelos de zapatería o estampados que no volvieron son tendencia en los últimos 5 años a raíz de esas decisiones gerenciales. El teletrabajo que fue tendencia en la década de los sesenta retoma ahora su lugar, porque es más importante la independencia productiva del empleado que el gasto que genera su presencia en una planta física.

El individualismo se toma las mismas formas de realizar las transacciones comerciales y relaciones de mercado. No hay tiempo para reunirnos, pensemos solos y aprobemos propuestas por videollamada o chat. Si nos reunimos, que sea para firmar o para decir adiós. ¿de dónde viene este modelo? ¿Suena algo familiar?

La urgencia de la guerra en el cine y la televisión daba la representación rebelde que la música respaldó desde finales de los setenta, las crisis económicas que no dieron a familias funcionales un lugar al padre y la madre en la mesa del comedor sino, que el televisor de la sala fue la base de la educación. Niños que odiaron el ausentismo y ahora de adultos detestan las multitudes, porque reaccionan a la ausencia con rechazo. Jóvenes que en el cine de terror, acción, ciencia ficción y comedia desahogaron emociones y construyeron líderes, fanatismos, son los coleccionistas del hoy, los productores de sus propios deseos.

El mercado debe de esperar, porque cada vez menos colectiva será la manera de relacionarnos cuando los jóvenes de ahora sean gerentes. O dicho de otro modo, los cargos gerenciales serán removidos y solo tendremos sujetos con nombres propios. El discurso ampliará sus explicaciones a las marcas y productos, no al sujeto que los diseña o comercializa. No importará quien tome las decisiones o qué día habrá junta de negocios.

Quizás la nostalgia es la base de todo porque una sociedad que reprime su consumo es una sociedad que rechaza con fervor las ideas “innovadoras”, pero en esa lucha de Innovación y Nostalgia ambos extremos salen ganadores porque ambos comienzan a generar valor en la comunidad, pero en el medio se queda el modelo gerencial estandarizado, el del jefe, el del gerente, el de recursos humanos, el de los horarios de entrada y salida, el de las prestaciones sociales. Ese modelo, terminará por asfixiar a quienes temen por emprender (o desregularizarse), terminará por quebrar una burbuja de relaciones comerciales (guetos), se someterá a nuevos mercados intentando absorberlos sin darse cuenta que ya están sometidos.

Todavía existen empresas que prometen ascensos.

Todavía existe la nostalgia.


AV

29 de julio de 2015

La Ciudad de la Melancolía .




"Marshy the Marsh Cat" By: Paula Villanova

Me encuentro con maletas listas y a disposición de emprender mi viaje de rutina a las húmedas tierras del Chocó. Calles polvorientas que hacen un Quibdó una capital natal que se desvela entre el comercio y la expectativa de una mejor calidad de vida, de una ciudad que se sonríe a sí misma en medio de los calores de un sol que no da tregua  a los desesperados, de un cielo que se descubre al majestuoso río atrato pero que no es tolerante con las avionetas que en desespero buscan salir del caraño.

Tanto que nos llenamos de historias en cada viaje, que nos envolvemos en el lenguaje de la melancolía, donde las canciones se van desvaneciendo en un radio que pierde su fuerza, que deja su energía en unas pilas agotadas, en una esquina donde se comercia cerveza y se espera a que llueva, o a que deje de llover, a la final el juego es esperar, ver la vida desfilar en fundaciones y organizaciones de ayuda social, vernos reflejados en locales que se remodelan apresurados, porque hay que vender.

Recorrer las calles es viajar en medio de un bulevard que no quiere servirse al progreso, una ciudad que no debería jamás enfrentarse a las intolerables convicciones del tiempo, ya lo mentaban los juglares en el alto Magdalena cuando observaban al progreso como un demonio, como un inmenso tren que arrasaba con todo lo que se le cruzara.

Una ciudad que se deja coquetear por todos, porque sabe que todos quieren estar con ella pero no para ella. Una ciudad que se lleva en el corazón de los poetas y bohemios, una ciudad que ve a sus hijos despejar las calles con el paso de la edad, jóvenes que encuentran en Medellín o Bogotá recetarios para su melancólica historia de vida, noches en que el fuerte viento canta con el silencio, fuertes brisas que dejan su lamento en los recovecos de edificios lejanos.

Noches que se desviven en una fiesta constante, una parranda que se construye no para la celebración sino, para la distracción. Aprender a entretenernos en el rutinario don de la música y la palabra, acostumbrarnos a ocupar el tiempo libre en canciones, los más afortunados, en programas de televisión.

Nos recordamos en esperanzas, porque no las vivimos de infantes. Nos especulamos en proyectos y soluciones a crisis que llevan más imaginarios que problemas, porque la crisis del Chocó no es su pobreza, es su amplia brecha con el mudo real: En el mundo real no se es permitido vivir de la naturaleza y ser fieles a la belleza interior. Se exige lo contrario.

Grandes juglares viajaron por los pantanos y trochas de la gran Colombia, dejaron en sus caminos mujeres embarazadas, hombres heridos y despechados, botellas vacías de licor, pañuelos renegados al olvido, dejaron muchas letras y miles de lamentos. Más que un trabajo social, ser juglar se convirtió en la primera mitad del siglo XX en un oficio intelectual, un recetario de reconstrucción histórica.

Grandes desafíos que terminaron en leyendas. Ciudades enteras se vieron forjadas con vallenatos y poemas, el gran porro y la cumbia que fueron dando a la voz femenina esa tristeza que la compañía no podía  calmar en los tiempos de azules y rojos. Aquellos generales que enamorados de la mujer equivocada comprendía que la guerra era mejor imaginarla que vivirla.

Tiempos de amores y esperanzas que se tacharon con el bareque de los nuevos vecinos, igual a los desplazados que fundaron el ficticio Macondo, llegaron desde Fundación y muchos otros lugares, ese mágico país costero que se re fundó en el desespero, ese espejo que en la segunda mitad del siglo XX tuvo que vivirse en el otro país, el del pacífico.

Aquellos juglares del Pacífico no fundaron ciudades ni dejaron leyendas, no hubo hombres heridos ni militares enamorados, porque en estas zonas el amor es de otro tono, el hombre es más institución que persona, se es justo con el poderoso y cruel con el despojado de esperanzas. Recordarnos en miles de estrellas caídas, en cuentos de esclavos y resentimientos. No es pues escribir sobre la desgracia de un pueblo unido sino, aprender a conocer a un pueblo que aun unido, tuvo que sostenerse entre lágrimas y violencia, porque su problema jamás fue de pobreza.

Reconocer una tierra de tradición europea en la miseria misma del olvido, de un majestuoso río que se presume de valiente pero que nadie lo quiere navegar porque los bandidos esperan más arriba en la ribera. No se permiten morir historias ni anécdotas, pero se nos hace mejor hablar de la industria cultural y la no tan recordada leyenda paisa, del país paisa por conveniencia y necedad, de esa terquedad que a la final se quedó en cada calle y hogar.

Reinventar el cuento o dejarlo morir, no hay tradición oral que de continuidad a los juglares olvidados, a esas guitarras que entonaron melódicas notas de borrachos y bohemios. La percusión y la marimba que más que una fuerza musical fueron una revolución en sí, porque la iglesia siempre ha sido amiga de lo establecido y no de la tradición local.

Lo cultural se hace inmarcesible, los agentes culturales en su parte terminan siendo más perecederos que las instituciones que dicen defender. 
Ahora cada calle tendrá de adorno el mejor mensaje del mundo, porque estamos en campaña y el progreso hay que traerlo.

Porque ellos – dicen – son el cambio.

AV

14 de enero de 2015

Sobredosis.




The Story of a Seagull and the Cat
by: Lina Dudaite


Cada jornada trae su momento y en el nos opacamos con la esperanza de hacerlo único, de volverlo éxtasis, de enfilar nuestras intenciones con palabras ordenadas de manera poética, que se dejan conquistar tras sí, como los niños que observan la vida pasar en la mirada de sus abuelos, como las nubes que sobrevuelan muy de prisa el cielo marchito, dejando su sombra gris sobre el verde césped del cementerio, del amor en los tiempos de la amistad.

Jugamos a ser adultos, conversamos de sexualidad y violencia, nos afanamos con la política y damos un voto de confianza o rechazo, juramos hacer de nuestro primer salario una gran fiesta nacional, callamos ante la voluntad de otros, nos entrometemos en la incomodidad del prójimo, enmudecemos ante una canción desesperada, pero nos cegamos a los veinte poemas previos de amor. Melancolía y justicia, guitarra y ron, comida y silencio, pasajeros que llegan desde las lejanas calles para encerrarse en sus redes sociales, allí, al borde de la plaza.

Llegamos a lo contemporáneo, nos sometemos al examen médico de rutina y vamos poco a poco haciendo propias de nuestro discurso palabras esdrújulas como “Triglicéridos”, vemos en las baladas un indicador de vejez, nos ofuscamos con la rebeldía de las opiniones expresadas por el desconocido que nos acompaña en la fila, lamentamos diligenciar formularios o firmar pendientes.
Volvemos a la escuela para aprender algo nuevo.

Sabemos que el tiempo ha sido miserable cuando las candidatas al reinado nacional de belleza son más jóvenes a nuestra edad, cuando los deportistas se consagran teniendo diez años menos a nuestra expectante rutina, nos odiamos en el discurso del pre candidato presidencial, pero no nos entrometemos en los asuntos de lo público, porque acusamos, que eso es para ladrones y desocupados.
La vida nacional nos va consumiendo con sus temas diarios, los amigos se van desapareciendo al mejor estilo de los dinosaurios de Charly García, vamos reduciendo la dosis de azúcar en el café y acogemos en el deporte una distracción personal, más licor importado y menos cerveza nacional.

Llegan los hijos, esos pequeños seres que soportan nuestras frustraciones,  esos diminutos ángeles a los que comenzamos a moldear con la paciencia que nunca tuvieron nuestros padres, allí, en el supermercado mientras se hace fila para pagar la merienda es cuando reflexionamos y en un llanto mudo y desgarrador, con el pensamiento como sistema de correo, pedimos excusas a nuestros padres, quizás, por aquello del corazón vagabundo.

Conocemos amores y desamores en el camino, los perdemos por inútiles, nos pierden por soberbios, les ofrendamos canciones y atardeceres, nos regalan sonrisas y gemidos, nos ofuscamos con el tiempo, nos regalan sus mejores días. Somos constantes en la desidia de las opiniones, las peores de todas: Nuestra opinión personal.

No podemos pretender encontrar en nuestro pasado un olvido que nos permita ser, no debemos oprimir las ganas de vida con un reproche de la memoria, inclusive, emitimos juicios de valor cuando cruzamos la línea de lo moral y damos identidad a un recuerdo, con nombre propio, con colores y sonidos, con el aroma de la soledad; mejor es imponer la soledad en la conciencia, aprender a conocernos y dar a cada crisis un significado, dar a cada oportunidad un reto y una experiencia de vida.

¿A cuántas noches tendremos que dar conteo regresivo para comprender que el olvido no es un verbo sino, un adjetivo de lo que dejamos de vivir?

Podemos enredar cada ocasión con los deseos personales, podemos sobreactuarnos en cada experiencia vivida y narrarla con la más déspota de las voces, levantarnos en medio de la conversación y retirarnos como el soldado que humilla a la cónyuge, como la violencia que una mirada puede gestar. Nos merecemos mucho en la vida, pero no el sentirnos evacuados de la agenda cuando los deberes del ideario humano nos excluye, ya vivimos lo que fue el rechazo y la experiencia, nos hicimos adolescentes en la era de la juventud desesperada, nos hicieron jóvenes en la era de la adultez olvidada sencillamente porque nos retrocedieron el discurso, nos postergaron la madurez a otra espera para así encontrarnos en cada de nuestros padres con la misma frecuencia con que los hijos del ayer cuestionaban a sus pares.

Debemos aprender a esperar, de eso se bastante porque para escribir hay mucho que esperar.
Debemos aprender a encontrarnos en el espejo antes que en los ojos de los demás y podría atreverme a afirmar que de eso se bastante también, porque en la espera es que aprendí a encontrarme, a escucharme.

Conocemos todo tipo de personas en el camino y a la misma velocidad las vamos eliminando de nuestro armario, pocos quedan al borde de la cama y otros menos favorecidos terminan en una servilleta con la historia por contar, no nos interesa invitarles una taza de café ni mucho menos ofrecerles fuego para su cigarrillo, inclusive, hasta ahora se nos señala por fumar.

No importa cuánto haya por contar, terminamos excediendo la naturaleza de los sentidos, nos enajenamos a una película antigua, algunos emulan ser un cuento de Woody Allen, otros se sienten cómodos con la escritura de Clive Barker o Lovecraft, a la final todo es un cuento por contar, una historia por juzgar, desde Arjona hasta Bukowsky, desde lo literario hasta lo estrafalario.

Reconocernos en lo obsceno, identificarnos en la espera diaria, soportar cada etapa como una dedicación personal, una exigencia profesional, gritar ¡Basta! O someternos a la cotidianidad. Ser exagerados, para aprender a soportar lo mínimo que nos corresponde.

Caer en la sobredosis de la vida.


AV

17 de noviembre de 2009

Carnival


Imagen Tomada de: http://fineartamerica.com/images-medium/cat-carnival-in-west-venice-dr-seuss.jpg

Cat Carnival In West Venice - Dr. Seuss.

Painting - Serigraph On Canvas

Calles alumbradas con caras tristes que siguen sus pasos en dulces de algodón, niños con sueño cansados de gritar y correr, de arrastrar a sus padres en polvorientos pasillos de fiesta y desorden.

Bajo la taquilla una franja horaria informa al turista de los beneficios de llegar temprano a la ceremonia, de disfrutar en calma de promociones y artilugios interesantes para llevar a casa sin importar su inutilidad, de igual modo el día y la tarde se mezclan en juegos pirotécnicos y en pensamientos misóginos, en llamadas desesperadas y en canciones despistadas.

En sus calles las bailarinas sueles seducir a viejos comensales con canciones de antaño, donde el olvido se presenta como un modo de vida y no como un escudo, donde la maldad se disfruta con la misma sonrisa con que se duerme en casa, canciones que siguen su rumbo, suerte que se prepara en la confitería, malabares que se lanzan al aire.

En esos momentos en que una canción interrumpe tu interacción con el presente y un antojo por comer dulce te sacude la piel con la suavidad con que miramos la televisión, damos por sentado que el placer hace su aparición más allá de las calles y de los bares; servirnos en favores y agradecernos en palabras venenosas, ubicarnos en odios prestados, en pasajes a la fama, en imitaciones de amor y en jugueterías de pasión. Los niños salvan su juventud con el tiro al blanco, al mejor estilo de los circos, los magos salen a los andenes a desaparecer amarguras, dibujar sonrisas y sacrificar minutos.

Los payasos corren con globos en sus manos ofreciendo a todos la necesidad de reír, la diversión y la locura se inflan en el interrogante de las bailarinas, aun conservando a los viejos clientes se sigue cuestionando su rol en esta sociedad de festejo y de amnesia.

Querer al prójimo con la misma ternura con que se le cocina a la persona que amamos suele en ocasiones chocar con el egoísmo del presentador, quizás a veces no es culpa del espectáculo ni de los payasos, pueda que el maíz no esté del todo dulce o que las bailarinas sea ociosas, lo único válido es el egoísmo, palabra aguda como el veneno que le precede, ese choque con el presentador del show puede ocasionar itinerantes explosiones, llantos a doquier o quizás cortarle la lengua a los payasos, dejar morir sin gloria al monociclista del tiempo.

El mundo se despeja en la claridad de un aguacero, las naciones y los deportistas se convocan en el despotismo de los recién casados, en el millonario talento de un hijo único o en el abandonado recuerdo de un abuelo, todos, incluyendo a la niña de los tiquetes, se reúnen en la plaza principal y observan al equilibrista danzar sobre la piola, el mago desesperado con su magia sigue sacudiendo amarguras y los payasos corren en círculo tratando de creer en el amor. Las Bailarinas observan en silencio, el Presentador sentado sobre el barril del vino se encierra en su oscuridad y mira a los vendedores, algunos prefieren seguir endulzando el maíz, otros juegan con la miel, los demás espolvorean el azúcar sobre el algodón para venderlo más rosa.

La vida se ríe de sí misma, la música sigue los acordes de unos juegos artificiales, los fenómenos de cada noche salen a despedirse de los invitados deseándoles suerte en su semana de laburo, el jorobado y los siameses comienzan a recoger la basura arrojada sobre las calles, la mujer barbuda y los amigos del enanismo cuentan el dinero recogido en la carpa de los tiquetes, el mago recogiendo sonrisas de la cocina sigue en camino con los payasos en ayudar a guardar los instrumentos musicales, la noche llega a su fin y las bailarinas agradecen al sol por permitirles otro día de vida, darles el gusto de quitarse las zapatillas y ensayar descalzas.

El espectáculo se prepara en la sombra de las dos de la tarde, hora justa para la llegada de los domadores de fieras, el quipo de limpieza se encarga de aceitar el cable del equilibrista, las cortesanas atienden al Presentador del Espectáculo y los niños de la beneficencia comienzan a realizar la mezcla secreta para el maquillaje de los payasos, ya los globos han sido inflados.

Otra noche que despega con el trabajo de un carnaval que roba vidas y regala esperanzas, otra noche de un carnaval que no tiene jaulas ni juega con los giros del tiempo, solo se detiene en si mismo a reflexionar sobre los riesgos de luchar por el otro y recordad el riesgo de dejar que el otro luche por uno.

Los músicos y el mono ciclista del tiempo preparan los acordes: cada era tiene su propia sinfonía.

AV

21 de octubre de 2009

La Huella de los Ciclos


Self Portrait with Grey Cat
2003
Acrylic on canvas
80 x 68 inches
Collection of the Estate of Fritz Scholder

La fuerza del agua no da espera a la violencia del tiempo, solo sigue su curso aguantando las quejas de otros, antepone los argumentos en pretextos, como si nada ocurriese se toma un suspiro y da nuevas rutas al camino, deja guiar a los pasajeros de otro tren en su caudal; el Fuego no asume responsabilidad, solo festeja y rechaza, ignora y agrede. Ambos sin importar su necesidad o su fatiga gustan del viento en contra corriente, les da vida y les ayuda a permanecer en esa esquizofrénica necesidad de dejar huella: Las huellas del agua son más profundas pero las del fuego mucho más extensas, las huellas del hombre son borradas por ambas.

Son cambios que se asoman por la ventana esperando llegar alguna parte, palabras que se refieren a emociones propias de una edad transicional, sueños que se quedan.

El proceso de tomar decisiones se relevó pasados unos días el vigésimo sexto aniversario de aquellas noches, tiempo necesario para caer en la cuenta de todo aquello que se ha comentado en el tiempo y en el espacio, tiempo de análisis de cada cruzada libre sin temores y sin rencores, sólo cicatrices.

Ciclos que retornan pero de diferente matiz, de tiempos que se anhelaban en otros zaguanes y se escabullían sobre escalones de madera, de compromisos de viaje y reconciliación con el nombre que se construye. Ha sido inestable poder entender cada decisión, visualizar los golpes de cada peldaño en un recuento de historias, en un diario vivir. Preparándonos para volver a comenzar dimos nombres a nuestras pertenencias, regalamos a las sombras pasajeras sonrisas con tal de huir a la responsabilidad de amar, ocultarnos en cuerpos frágiles, madrugar al olvido por medio de relevos, sentar experiencia en frascos vacíos.

Los ciclos al igual que el viento vienen de lo más profundo de la sensatez sabiendo cuando comenzar y de qué manera dar fin, inclusive son esos ciclos anacrónicos los que permiten darle coherencia a la existencia. De manera aleatoria o diacrónica todo se concluye en un fluir espontáneo de locura y tristeza. Tristeza por lo que se termina, locura por las revoluciones, y aquella espontaneidad que se da el lujo de administrar nuestro suelo.

Si los sueños dejasen huellas no serían precisamente visibles como las del fuego y el agua, por el contrario se cargarían en la memoria con un símil de calor y ardor, de frío y presión; como la música las razones se acomodan en notas y acordes pero los fines se estimulan en memorias, se da vida a huellas pasajeras y pasos prestados, se endeuda la prisa del tiempo con la invisibilidad de cada ciclo, lo intangible de la memoria se corea con la voz.

Sin temores y sin rencores cada cruzada se libera en razones y espacios, el tiempo aun con sus cicatrices comienza por asumir la responsabilidad del vientre, se administra y se reordena el miedo, se explica la fantasía y se encintan los fantasmas. Aquellos pasos con melodía seguirán la cruzada de la locura, se renovaran las noches en un nuevo aniversario y se retomará el ejercicio de tomar decisiones.

Al final como si nada ocurriese se toma un suspiro y se dan nuevas rutas al camino.

AV