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27 de septiembre de 2022

Preocupaciones

 

Imagen tomada de:

https://papik.pro/en/uploads/posts/2022-07/1659137836_40-papik-pro-p-pop-art-drawings-cat-40.jpg

Hay preocupaciones que nos comienzan a perseguir en cada trayecto como una sombra, se impregnan en cada pensamiento y logran hacernos sacudir hasta el más firme de los huesos como si tuviéramos ganas de bailar en un mundo de desesperados.

Estas preocupaciones deambulan por la eternidad, al principio nacen como una idea recurrente y nos acosan como una canción de temporada, luego se van excitando en nuestra mente y cruzan el pabellón de lo inservible para instalarse cómodamente en algún nervio, como un trastorno.

Las rechazamos con esfuerzo, dejamos que todo fluya y ocupamos la mente en las complejas tareas del día a día, despertamos en el hacer de cada actividad. Estamos programados para ejecutar, pensar lo justo y ser suficientemente necesarios. Podemos invertir las ideas en tiempos de ocio, como crear recetas de coctelería, componer canciones o escribir un blog.

Estas ideas recurrentes que ahora son trastornos, se camuflan en la esperanza de otra idea no tan recurrente. Encuentra en la ingenuidad una propuesta algo donde madurar. ¿Queremos programar un viaje? ¡Qué rico sería ir a otra ciudad!

Allá, donde la ingenuidad se combina con los sueños y anhelos, las ideas recurrentes, los trastornos, los pesares y fobias se sientan a conversar en un foro de inquietudes: ¡Hay que crear una preocupación mayor! – concluyen -.

Somos exageradamente humanos pero nuestra esencia es infinitamente emocional, energética, oral. Allí dónde el habla comienza a dar forma a aquello que la mente objeta, es dónde se confronta por igual el quejido de aquello que no hemos dado atención.

Hay preocupaciones que insisten en permanecer a pesar de que de nuestra parte se haya derrumbado una torrencial lluvia de ideas para darle solución, como si el capricho de existir fuese suficiente para no ceder.

Miramos de manera advertida a todas direcciones, buscamos consejo en otros fulanos igual de preocupados, con asuntos personales que atender, con afanes propios y vacíos existenciales prematuros. A esos fulanos les dedicamos una inquieta mueca de comprensión, porque estamos solos, vivimos en un mundo de frecuentes preguntas sin respuesta.

Cuando damos alternativas a todo aquello que nos aqueja, cada alternativa, como una espina en enredadera, va afilando preguntas que a bien puedan desbaratar el propósito de solución o bien pueden dar complejidad a una preocupación emergente. Como un juego de voces donde gana quien más alto habla.

A cada alternativa se le va dando un plan, una hora, un lugar, unos actores válidos y unos favores. Pero qué lástima es la vida y qué oscuro es el mundo cuando debemos de sobrevivir a costa de la voluntad de un tercero.

¡Qué miserable es la existencia de aquel que depende de otros para ejercer su derecho a vivir!

Nos arrojamos de cabeza al agua, como el ave que caza a su pez, sin miedo al impacto y con la certeza de que se atrapará al pez mismo, jamás pensando en el riesgo de un mal movimiento o la frustración de confundir un pez con un alga. En ese intento de decisión firme y constante vamos atacando a las preocupaciones y creamos propósitos.

No podemos caer en desespero, debemos de dar a lo sereno espacio de reflexión, a lo altivo algo de complicidad y mucha adrenalina quizás, a lo íntimo y personal, algo de olvido, quizás.

Quizás.

Podemos soñar a diario y enfrentar diferentes versiones de nosotros mismos, podemos cumplir las labores del día a día de acuerdo a un plan de acción y en ese plan dejar fluir pensamientos recurrentes, podemos incluso, no hacer nada y allí, en la nada, encontrar ideas perturbadores de lo que la nada misma dignifica.

Fantasías.

Como el aire que respiramos y el café que bebemos, no tenemos la conciencia exacta de cómo y cuando ha sido necesario cada suspiro, cada sorbo de oficina, el origen y destino de los pensamientos que se anidan mientras el café hace su efecto en el empleado del mes.

Mientras el oxígeno se convierte en preocupación.

AV


23 de enero de 2016

Fronteras, Monumentos y Canciones.



Imagen tomada de: http://nabi767.deviantart.com/art/Nabi-still-in-the-Night-Forest-572328388 
Nabi (still) in the Night Forestby.
Traditional Art / Drawings / Illustration / Storybook
©2015-2016 

Las canciones son fronteras para el corazón, felicidad armoniosa que llega con trova y bebidas que le acompañan. Las canciones son musas que sirven a quienes buscan en el amor un camino para la vida, musas que alimentan los argumentos y le dan vocabulario al silencio que escapa lentamente de soliloquios y muecas cobardes.

El mundo es lo suficientemente amplio para comprenderle por su dimensión misma de divinidad y banalidad. Es una frontera constante de moralismos y argumentos, de explicaciones sobre lo invisible y lo increíble, de reiteradas frases de pensadores ya fallecidos donde el mensaje siempre reduce al ser humano al deber ser y el comportamiento adecuado. Fronteras donde lo superficial es en ocasiones lo más sensato que se pueda tomar para comprender en sí lo simplista que es la vida.

Los amigos son conocidos que van tomando nombre con la cordura y el paso del tiempo, barreras que se van saltando en la soledad de las ideas y se conjugan en la banalidad de las reuniones cotidianas. Personajes que construyen momentos con las mismas manos con que adecúan recuerdos en vidas pasadas. Son seres eternos, que se desvanecen en distantes compromisos pero que tarde o temprano aparecen de regreso para dar la mano al que la ha soltado.

Los libros se permiten leerse una y otra vez, quizás para acompañarnos a envejecer de manera digna y elocuente. Inventar excusas en historias que se escribieron desde mucho antes de que naciéramos, libros que también han nacido mucho después que nosotros y siguen siendo válidos a la hora de proponernos historias para la vida.

Son viajes que vamos tomando con cautela, porque los libros y los amigos son lo que nos permite comparar lo que se siente con lo que se sabe. Porque el mundo es lo suficientemente amplio como para limitarlo a una sola canción, o a dos, ¿por qué no? Mejor preguntarnos de donde viene lo divino, hacernos hijos en cada madre y cada padre, darnos amor en cada espacio que el olvido conquista, darnos melodías en cada silencio.

Hacernos eternos en lo cotidiano, hacernos amplios en lo idiota que pueden llegar a ser los hombres, esos egoísmos que se olvidan del origen y la palabra, que dan a la cultura un factor más histórico que natural, que hace de las ciudades un territorio habitable y no un actor analizable. Somos así, ajenos a lo que los hombres en sus tiempos han dado a relucir en monumentos y documentos  que a la final ni construyen héroes, ni recuerdan leyes, solo letras y hechos que se redactan según el discurso de los vencedores.

Hacernos en lo cotidiano más allá del esfuerzo y darle prioridades a los sueños. Ser materia y esencia, creer en lo que permitimos creer, darnos la oportunidad de ascender en lo elemental y confiarnos  en cada palabra que nos fue dada con amor. Solemos dar expectativas e impulsos a muchas iniciativas pero a la final olvidamos que el proceso es un eco que merece ser protagonista por igual.

Vienen retos y el  mundo si bien se hace con distancias más cortas sigue siendo amplio a merced de la humanidad, seguimos idolatrando monumentos y documentos, pero poco o nada de personas y momentos. Seguimos construyendo casas sobre sueños en vez de soñar por encima del hogar.

Continuamos forjando nuestras canciones a lo elemental de nuestros gustos perdiendo a diario dicha capacidad de asombro, dejar lo especial en lo desconocido por haber preferido lo amargo de la comodidad. Ser rutinarios, ser confiados, encontrarnos en el espejo y dejarlo allí sin importar si brilla o si se raya.

El ser humano está sometido a múltiples redes de interdependencia, los intelectuales le llaman globalización a dicho fenómeno, otros un poco más filosóficos le exceden a tal fenómeno la confianza misma a punto de definirle como un acto de hipermodernidad, trascendemos en el discurso, logramos abarcar miles de palabras para re interpretar viejas costumbres y necedades.

Múltiples redes de interdependencia que terminan por ser herramientas de construcción de muros y callejones sin salida. Fronteras musicales, ideológicas, de dogma, de sexo, de preferencia electoral y de diseño de marca. Fronteras que terminamos por darles el honroso primer puesto en originalidad en vez de comenzar a derribarlas, pero de ahí lo especial de la dicotomía. 

¿Quién sometería a la humanidad a una banalidad artística llena de libros y canciones que versen sobre las mismas ideas? ¿Quién olvidaría que el hombre no es más que hombre y las banderas no son más que cortes de tela? ¿Quién se pregunta  lo filosófico de los monumentos en vez de lo artístico de las estatuas?

Continuamos buscando héroes, forjando padres y hermanos, tejiendo redes de dependencia mayores a las que habíamos conquistado con el mercado. Terminamos por darle excesos de realidad a lo habitable.

Terminamos por ponerle precio a las musas y al silencio.



AV

11 de noviembre de 2015

Antropología, No.





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Esta semana de viajes y deberes, tuve la oportunidad de reunirme con la Decana de la facultad de humanidades de una prestigiosa universidad. Conversamos de lo bueno y lo malo de la democracia, de los retos de la región para con la comunidad y claro, del reto que la academia asume a diario con la política.
Vimos de reojo el resultado de las elecciones recientes y con ello comprendimos que gran parte de la población está aun permeada por los vientos del miedo y el costumbrismo político, no sabemos si se trate de un caudillismo con rejo o si por el contrario, es una apatía elevada la que legitima a los pocos que salen a votar por los mismos de siempre, como se expresaría mi madre o mi abuela cuando este tema sale en la mesa.

Abrimos el panorama a todo tipo de debates, desde la inter-culturalidad hasta la banalidad misma de los informes que el Ministerio de Educación demanda a sus instituciones de educación superior.

Recordé a modo de anécdota aquel tiempo en que ejercí mi labor profesional para la realización del registro calificado de una universidad privada en el sur-occidente del país, le compartí mi visión de las exigencias que con decoro realizar el Estado a sus universidades, de cómo un buen plan de trabajo y una seria estrategia pueden servir de base para obtener sin mucho sufrimiento la aprobación en el proceso en mención. Más con satisfacción que otra cosa, explicaba a mi compañera de mesa de la importancia de lograr procesos y dar importancia a todos los detalles, en especial si de certificar a la institución o al programa se tratase.

Pasamos la página y ella comenzó a compartirme un poco de su vida, mencionó su profesión y luego la posterior formación en posgrado que tuvo. Coincidimos en una universidad y de un salto recordamos de lo bueno y bello que es ser de la estirpe de Javier, de cómo una identidad nos forja como hermanos y nos comprometemos en ayudarnos en cualquier camino que la vida nos encuentre.

Proseguimos en la reunión – de la manera más informal del mundo – y comenzamos a revisar la propuesta de formación académica que de mi parte se había entregado el pasado mes de septiembre. Fue grata la respuesta, gustó y convención, tanto que se dispuso el debate a revisar la viabilidad o no de subir de categoría el documento y convertirlo en un proyecto de formación en Posgrado. Ahí comenzamos a deshuesar al humano que todos llevamos dentro.

En primera instancia dialogamos sobre la urgencia de comenzar a crear programas de Maestría en la facultad para con ello mejorar las posibilidades de alcanzar una acreditación institucional, sueño que toda institución de educación superior tiene, y para esta oportunidad mi propuesta académica caía a la perfección, ¡qué mejor que una maestría en temáticas sociales!

Continuábamos la cita, exponía mi interlocutora que crear más especializaciones no sería del todo una buena idea pues ya contaban con 2 programas de especialización en una facultad que tiene pocos programas de pregrado, lo mejor sería ir por la senda del Magister, si bien el interés rondaba por las ciencias sociales, no hallaba aún una ciencia que le respaldara la idea misma de crear el programa y al llegar mi propuesta comprendería pues, que el reto estaba en las ciencias sociales y las ciencias administrativas como un híbrido de herramientas y conocimientos.

De mi parte todavía no concebía que un decano de una universidad dictara tal propósito como un tema rutinario de agenda, quizás mi condición de consultor externo me daba esa idea o tal vez, mi desapego con la región me permitía entender la falla de tal caso, pues se buscaba más un programa por cumplir un mercado que una propuesta que respondiera como tal a la región.

Las reflexiones son necesarias y con ellas el debate académico, siempre abiertas las posturas a cada caso y si no hay caso, pues dejar que fluya entonces el argumento por su propio cauce, a la final cada intento de razón cae en otro intento de razón, la ratio cae  pues en una espiral de motivaciones y pocas veces, encuentra en ello nuevas inspiraciones epistemológicas.

Desde el escritorio y con la informalidad de la conversación, proseguimos con el anhelo de posgrado, ahora la decana dejaba en evidencia su interés por una propuesta que sentara sus bases en la Sociología como ciencia social o, en la Comunicación Social como disciplina de reflexión, inclusive girar en torno a las humanidades o preferiblemente hallar un punto de equilibrio entre la gestión y la ciencia y allí es precisamente donde llegaba yo.

Siguieron las vacilaciones y fue allí cuando sentenció la conversación o por lo menos, mi interés por el proyecto: (…) dentro de las ciencias sociales a considerar y viendo los profesionales a entregar a la región, no vemos a la antropología como una propuesta académica viable, pues nadie sabe a ciencia cierta para qué sirve una maestría en esta ciencia.

Guardé silencio, porque eso es lo que hacemos los guapos.
Cerré mi cuaderno, porque eso es lo que hacemos cuando terminamos de prestar atención.
Crucé mis piernas como los doctores de la capital y mirándole fijamente sentencié con una humilde pero muy poco discreta frase: Qué interesante, ¡cuéntame más!

La decana prosiguió su exposición de motivos y fuimos llegando poco a poco a acuerdos y tareas de parte y parte para con la propuesta, permitirnos construir entonces nuestra meta académica y dejar la documentación necesaria para un escenario de trabajo viable para el año 2016.

Al salir de la oficina no terminaba de entender cómo era posible que alguien con tales credenciales diera un no rotundo a la antropología como ciencia, más si de una universidad se trataba, más si la región la demanda, y mucho más si la movilidad académica y estudiantil le permite a cualquier fulano desempeñar su profesión fuera de la tierra que le vio estudiar.

Al llegar a la portería de la institución educativa y como un cómodo aplauso de la vida encontré un monumento que edificaron en los años 70s como homenaje a la diversidad y a la academia, el mismo en su placa conmemorativa expresaba lo siguiente: “(…) Conocimiento en biodiversidad étnica y cultural”

Ironías.


AV 

22 de septiembre de 2015

Sueños del 95.





Comenzamos a caminar por entre carpas y largos espacios de expectantes civiles, comenzamos a adentrarnos en el rumbo de una tarima. Observamos artesanos y emprendedores, jugamos a ser consumidores, nos volamos en una vaivén de ideas y antojos; caminamos porque era lo mejor que podíamos hacer mientras recorríamos decenas de carpas adornadas por el comercio, llegamos ahí, a donde era mejor quedarnos. 
Estiramos la manta y nos ubicamos haciendo eco de un pic nic un poco alejado de su real condición, estábamos los dos, enamorados, tomados de la mano, sonriendo, observando el escenario, observando los árboles adornados por faroles y rodeados de ciudadanos igual de expectantes que nosotros, era de noche y hacía calor, nos tomamos una cerveza, luego otra, y así hasta contar dieciocho en una noche musical.

Era el año 2015, por supuesto.

Comenzamos a caminar por entre los carros, nos dejamos confundir con la presencia de muchos y pocos, observábamos los rojos edificios de una universidad imponente y llena de jóvenes variopintos. Caminamos, porque no teníamos mejor opción que seguir haciéndolo hasta donde los carteles informaban, entramos sin dificultades porque mi madre era profesora en dicha institución y bueno, porque eran los mejores días del veranos. Llegamos a una cancha de fútbol en cemento, a su lado una pizzería y una heladería, ahí estaba la tarima, sencilla para nuestros días, pero majestuosa ante nuestras miradas.
Nos sentamos en el césped a esperar, estábamos los dos, felices como un par de amigos, sonriendo, observando el escenario, observando los adornos de una sencilla universidad, rodeados de estudiantes igual de expectantes que nosotros, eran las tres de la tarde y comenzaba a llover, nos tomamos una coca cola en una lluviosa tarde musical.

Era el año 1997, por supuesto.

Comenzamos a caminar por entre calles y negocios, el frío de la ciudad no era tan frío ya para nuestra cotidianidad, sumergidos en el encanto de la música conversábamos sobre esto y lo otro, sobre aquello y una que otra temática particular. Paramos a comprar un par de arepas con queso, seguíamos conversando. Subimos al apartamento y nos sentamos a esperar a Maritza, porque claro, ella siempre llegaba tarde a todas partes.
Rodeados de música, de historias para contar, de la memoria de los años noventa, del rock de los años ochenta, de las preocupaciones del nuevo milenio, del cigarrillo y el vino, de la soledad de los inteligentes, de las espesuras del amor y sus demonios. Nos sentamos expectantes, rodeados de cuentos y palabras de todo talante, los dos, como dos amigos que se conocían cada día más, como dos fulanos absorbidos por el ocio pero encantados por la música de El Dorado.

Era el año 2002, por supuesto.

La noche comenzó a darnos su calor y allí como dos enamorados, conversábamos sobre lo que era y ya no es, sonreíamos con las ocurrencias de los amigos presentes y de los que se presentaban de manera casual entre la multitud. Bromeamos con aquello y con lo otro, sentados a modo de pic nic le dimos inicio pues a nuestra cita sabatina, nuestro momento de compartir, alrededor de las nueve de la noche salió Aterciopelados a cantar, disfrutamos a más no poder, quizás en el fondo yo los estaba esperando desde hace mucho tiempo y es que sus canciones me pertenecen en la memoria, en el imaginario de los que se fueron, los que no están pero que a bien recuerdo; canciones que a hoy día en pleno 2015 son una complicidad de lo cotidiano.

Recordar entonces esa tarde lluviosa en el año noventa y siete con pachito, cantar Florecita Rockera bajo la lluvia en un torrente de inexperiencia y excesiva juventud.

Recordar entonces esas tardes en mi apartamento en Bogotá, aquel dos mil dos con diatribas y bebidas, al buen César Muñoz, gran hombre e ingrato amigo, sus ocurrencias y virtudes, sus cotidianas tragedias y su Bolero Falaz.

Ser agradecidos claro, porque son ahora los sueños en el 2015 los que se construyen, los que se fundan en pareja, permitirnos vivir el aquí y el ahora, dejar de ser exageradamente nostálgico y disfrutar del pic nic cantando La Estaca mientras nos abalanzamos en una noche llena de cerveza y buena energía.

Recordar aquel álbum de El Dorado, adentrarnos en cada canción y dar cabida a lo esencial que nos permite la música vivir. Entender que una nueva etapa en la vida ha sido bienvenida por Aterciopelados, como si fuese una cita que estaba pendiente.

Como si fuese una nueva historia para el noticiero de lo cotidiano.

AV

29 de julio de 2015

La Ciudad de la Melancolía .




"Marshy the Marsh Cat" By: Paula Villanova

Me encuentro con maletas listas y a disposición de emprender mi viaje de rutina a las húmedas tierras del Chocó. Calles polvorientas que hacen un Quibdó una capital natal que se desvela entre el comercio y la expectativa de una mejor calidad de vida, de una ciudad que se sonríe a sí misma en medio de los calores de un sol que no da tregua  a los desesperados, de un cielo que se descubre al majestuoso río atrato pero que no es tolerante con las avionetas que en desespero buscan salir del caraño.

Tanto que nos llenamos de historias en cada viaje, que nos envolvemos en el lenguaje de la melancolía, donde las canciones se van desvaneciendo en un radio que pierde su fuerza, que deja su energía en unas pilas agotadas, en una esquina donde se comercia cerveza y se espera a que llueva, o a que deje de llover, a la final el juego es esperar, ver la vida desfilar en fundaciones y organizaciones de ayuda social, vernos reflejados en locales que se remodelan apresurados, porque hay que vender.

Recorrer las calles es viajar en medio de un bulevard que no quiere servirse al progreso, una ciudad que no debería jamás enfrentarse a las intolerables convicciones del tiempo, ya lo mentaban los juglares en el alto Magdalena cuando observaban al progreso como un demonio, como un inmenso tren que arrasaba con todo lo que se le cruzara.

Una ciudad que se deja coquetear por todos, porque sabe que todos quieren estar con ella pero no para ella. Una ciudad que se lleva en el corazón de los poetas y bohemios, una ciudad que ve a sus hijos despejar las calles con el paso de la edad, jóvenes que encuentran en Medellín o Bogotá recetarios para su melancólica historia de vida, noches en que el fuerte viento canta con el silencio, fuertes brisas que dejan su lamento en los recovecos de edificios lejanos.

Noches que se desviven en una fiesta constante, una parranda que se construye no para la celebración sino, para la distracción. Aprender a entretenernos en el rutinario don de la música y la palabra, acostumbrarnos a ocupar el tiempo libre en canciones, los más afortunados, en programas de televisión.

Nos recordamos en esperanzas, porque no las vivimos de infantes. Nos especulamos en proyectos y soluciones a crisis que llevan más imaginarios que problemas, porque la crisis del Chocó no es su pobreza, es su amplia brecha con el mudo real: En el mundo real no se es permitido vivir de la naturaleza y ser fieles a la belleza interior. Se exige lo contrario.

Grandes juglares viajaron por los pantanos y trochas de la gran Colombia, dejaron en sus caminos mujeres embarazadas, hombres heridos y despechados, botellas vacías de licor, pañuelos renegados al olvido, dejaron muchas letras y miles de lamentos. Más que un trabajo social, ser juglar se convirtió en la primera mitad del siglo XX en un oficio intelectual, un recetario de reconstrucción histórica.

Grandes desafíos que terminaron en leyendas. Ciudades enteras se vieron forjadas con vallenatos y poemas, el gran porro y la cumbia que fueron dando a la voz femenina esa tristeza que la compañía no podía  calmar en los tiempos de azules y rojos. Aquellos generales que enamorados de la mujer equivocada comprendía que la guerra era mejor imaginarla que vivirla.

Tiempos de amores y esperanzas que se tacharon con el bareque de los nuevos vecinos, igual a los desplazados que fundaron el ficticio Macondo, llegaron desde Fundación y muchos otros lugares, ese mágico país costero que se re fundó en el desespero, ese espejo que en la segunda mitad del siglo XX tuvo que vivirse en el otro país, el del pacífico.

Aquellos juglares del Pacífico no fundaron ciudades ni dejaron leyendas, no hubo hombres heridos ni militares enamorados, porque en estas zonas el amor es de otro tono, el hombre es más institución que persona, se es justo con el poderoso y cruel con el despojado de esperanzas. Recordarnos en miles de estrellas caídas, en cuentos de esclavos y resentimientos. No es pues escribir sobre la desgracia de un pueblo unido sino, aprender a conocer a un pueblo que aun unido, tuvo que sostenerse entre lágrimas y violencia, porque su problema jamás fue de pobreza.

Reconocer una tierra de tradición europea en la miseria misma del olvido, de un majestuoso río que se presume de valiente pero que nadie lo quiere navegar porque los bandidos esperan más arriba en la ribera. No se permiten morir historias ni anécdotas, pero se nos hace mejor hablar de la industria cultural y la no tan recordada leyenda paisa, del país paisa por conveniencia y necedad, de esa terquedad que a la final se quedó en cada calle y hogar.

Reinventar el cuento o dejarlo morir, no hay tradición oral que de continuidad a los juglares olvidados, a esas guitarras que entonaron melódicas notas de borrachos y bohemios. La percusión y la marimba que más que una fuerza musical fueron una revolución en sí, porque la iglesia siempre ha sido amiga de lo establecido y no de la tradición local.

Lo cultural se hace inmarcesible, los agentes culturales en su parte terminan siendo más perecederos que las instituciones que dicen defender. 
Ahora cada calle tendrá de adorno el mejor mensaje del mundo, porque estamos en campaña y el progreso hay que traerlo.

Porque ellos – dicen – son el cambio.

AV

24 de julio de 2015

Lenguaje



Imagen Tomada de: www.dreamalittlebigger.com  
Catty Art – Feline Silhouette Paintings Tutorial by Allison Murray 


En ocasiones, las piedras son solo eso, piedras. No podemos imaginarnos que son algo diferente o que simbolizan algo especial, no, simplemente son piedras. No podemos pretender entender a las personas, buscar leer su mirada o hacer de su gestualidad un lenguaje comprensible al entendimiento humano, no se nos hace fácil entendernos entre humanos, fallamos constantemente en el milenario arte de la comunicación oral, ahora complejizamos todo esperando entender comportamientos y conductas que de nada dicen y mucho nos preocupan.

Nos formamos como ciudadanos para amar de manera incondicional, para dar por el otro lo que de mejor modo nos salga, somos seres solitarios en un mundo que día a día se va volviendo una maraña de aplicativos y artilugios de intercomunicación, de un entorno donde las palabras hacen más ruido y en el que las imágenes son más avasallantes que antes; nos comprometemos a entender el humor y la ironía, a preguntarnos día a día sobre el qué o para qué de las cosas, darle fe a las personas que no conocemos para que por medio de un usuario nos den un nuevo orden del día a día, de ese intrínseco modo de interactuar entre seres humanos.

Dejamos que el amor por el amigo, la familia, la pareja, la ciudad misma o las grandes corporaciones que nos adornan la felicidad con sus maravillosos productos y servicios crezca de modo exponencial, somos presa constante de la frustración cuando algo no sale acorde a nuestras expectativas. 

Nos dejamos influenciar con facilidad de bonitas intenciones, de brillantes y coloridas marcas o aromas, de excusas que indignan o de palabras que alientan, a la fina terminamos todos en lo mismo: Entendiendo lo que nos frustra, pero de comunicación interpersonal cada vez muy poco.

Nos enojamos porque somos humanos, nos gusta reír y correr, disfrutamos de un beso y de caricias, nos apegamos a eso que nos brinda el estado de comodidad, de esa felicidad o estabilidad que trae consigo el tiempo y el esfuerzo invertido. Nos hallamos rodeados de mucha comunicación, día a día crecen los canales para comunicarnos, día a día fracasan nuestros intentos por ser claros en el mensaje porque otras variables que surgen lo vuelven poco viable, poco transparente.

Entre silencios y monumentos vamos construyendo mensajes en líneas de texto, en renglones que de algún modo incomprensible logran generar acento, tonalidad, dan gestualidad a una simple palabra o a una imagen que sonríe o llora, algún personaje sin nombre que resume el cómo nos sentimos con una sola imagen.

En ocasiones cambiamos de estado de ánimo pero no de tonalidad en el mensaje porque la tonalidad se vuelve silencio, el acento se hace gramatical, el verbo se hace constante y se resume a pronombres y adjetivos cada día más excluidos o reemplazados por imágenes.

Podremos escribir miles de versiones de una misma historia y asimismo, podremos encontrar miles versiones de una historia que hemos leído, nos llenamos de confusiones, de mal interpretaciones y hasta de vagas dudas que no nos permiten aclarar nada.

Somos vagos al hablar, se nos hace limitado el discurso, el lenguaje se hace etéreo en una espiral de imágenes y grabaciones de audio y video, se nos vuelven fotografías los momentos, se nos vuelve rutinario el hablar. Dependientes.

El amor escapa a todo, lo brindamos en el lenguaje, construimos historias y emociones, las extendemos a los amigos o familiares, a las personas que hemos elegido para amar o a los que nos han elegido  como suyos, volvemos a la final a lo mismo, a querer entendernos más allá de lo dicho, querer explicarle al universo universal lo que el otro siente o le ocurre sin querer preguntárselo,  nos volvemos visionarios del lenguaje, intrusos del silencio.

Adivinos o no, solemos darle simbolismo a todo y lo ajustamos a la conveniencia de nuestro conocimiento, nos ensañamos con lo moral y lo ético, nos virtualizamos con las sonrisas y los miles de muñecos sonrientes que se disponen en un catálogo de imágenes. Nos convertimos en expertos comediantes y hasta en intelectuales con el don de la ironía.

Nos volvemos guardianes del lenguaje, del amor, de los sentimientos, expertos en tecnología y hasta desarrolladores de propuestas para pequeñas corporaciones, nos volvemos lo que siempre hemos sido pero al servicio de una plataforma diferente a la que le llaman innovación.

Nos volvemos aire y tierra, nos volvemos maestros del lenguaje, lastimosamente somos solamente un arquetipo entre muchos, el producto de lo que consumimos.

En ocasiones, las piedras simplemente son eso, piedras.


AV

22 de julio de 2015

Una Deuda Cultural (Entre muchas)



Imagen Tomada de: www.gatsvallromanes.org
Tarda De Gats En Radio Vallromanes. Gats Vallromanes: Marzo 2013

El valor cultural de toda canción se siente no solo en su melodía sino, en las historias que nos cuentan, la pasión del intérprete y claro, la claridad con que sentimos empatía con lo escuchado. Sucede pues con “El Cantor de Fonseca” que es de esas canciones vallenatas que me transporta a otros tiempos, me diluye en un imaginario de cuentos y canciones, de personajes que existieron en la cultura popular de una región, de imaginarios que se construyeron con los regionalismos y los sueños de colombianos que anhelaron el progreso, de señores de mucha edad conviviendo con la nostalgia y el calor, inclusive, de canciones que disfrutaban más de sí mismas que de premios y discos vendidos.

“Alicia Adorada” me recuerda esos amores eternos, esos encuentros con el tiempo que se fueron permeando en recuerdos y besos a la entrada de grandes casas coloniales. Ese aroma a selva y trópico, de calores asfixiantes y mujeres de vestidos variopintos, de sandalias modelando bellos tobillos sin cadenas ni colores, sin tatuajes ni calles pavimentadas. De canciones que en su sonar nos mezclan religión y política sin sonar incorrectas, musas que inspiraron a borrachos y poetas, de historias que se gestaron al fondo de una botella y se esfumaron en la radio local mientras se paseaba en el tren de la sabana.

Canciones de muertes y derrotas, porque no es solamente el dar lírica al despecho o a la soledad, de dar a la  melancolía un lugar hipotético en la radio o por qué no, de darle motivos a bellas y desesperadas con dedicatorias vallenatas. No lo veo de tal manera por la sencilla razón de que lo básico en ocasiones (por no decir casi siempre) permite contar historias y crear grandes obras musicales, no ver la necedad (y necesidad) de inventar complejas mezclas, ediciones exageradas con lenguajes reforzados, a veces basta solo con enamorarse, o también, querer morir de amor.

La tradición de los pueblos se permite reproducirse en la oralidad de los cuentos, en el respeto por los viajeros y los abuelos. Esa mágica costumbre de dejarnos asombrar por las historias que se construyen con el anecdotario de los olvidados, dejarnos presumir por cuentos que salen de las viejas calles empolvadas del tiempo, del río donde las lavanderas dejan fluir la ficción de sus penurias, del parque donde se sientan a conversar los que ya no tienen nada que decir.

Historias que se impregnan al qué hacer cultural, donde el acordeón no es un instrumento musical ni mucho menos un lujo, es por el contrario una extensión del hombre vallenato, una muestra de su virilidad en tiempos de violencia y cacicazgos, un talento que se construye entre familias y se hereda entre compadres, porque la tradición se vuelve musical y deja lo oral para lo superficial, se desvanecen miles de personajes reales para darle paso a miles  de intenciones ficticias que a nombre de amor o desamor, comienzan por narrarnos una a una las peripecias y desgracias de un pueblo que se vale honesto y trabajador, de una cultura que se declara ajena al conflicto y amiga del amor.

El poder de la música, la mística de las historias, los cuentos y los anhelos, ese deseo reprimido de muchos de salir de la pobreza, de ver en la música una industria y no un medio cultural. Encontrarnos en la historia miles de canciones después, miles de excusas para consumir licor a ritmo de un vals del Valle, dejarnos enlodar la memoria con temas musicales que se adhieren al despecho y al amor, que se alejan progresivos los años noventas, de una mística cultural para darnos solo entretenimiento, dejarnos atrás los parranderos mensajes de pueblos trabajadores, de mujeres encantadas con el hombre vallenato, el caimán eterno de una virilidad construida socialmente.

Amores pasajeros y peleas de gallos, Celos y discusiones, problemas de memoria y canciones de duelo, resentimientos entre regiones, familias condenadas al olvido y otras al exilio, gobernantes posesionados en discos de oro y platino, comerciantes que desconocen a sus compositores, niños que aprenden el saber pero no el arte, tiempos modernos que llegan y acaban con todo, como la industria que llevó el progreso a regiones bananeras y algodoneras.

Descansarnos en el tiempo libre, es pues este rompecabezas el que nos descifra el perdón del tiempo perdido, dejarnos herir por el complaciente público que aplaude cuanta canción llega con un acordeón de fondo sin importar su letra o mensaje.

Compadres que ya no son compadres, rivales de discotienda quizás, mujeres embajadoras de la música vallenata en tierras salseras  y rockeras, diatriba del mercado que nos confunde con ritmos urbanos y letras golosas, ambiciosa oleada de cantantes y reencauches: Todo tiempo tiene sus melancólicos comentaristas.

La deuda cultural estará siempre vigente, porque la cultura se construye reiterativamente, se imagina a sí misma y se reinventa en otras sonatas, en nuevos bailes y nuevas necesidades (necedades), pero siempre debe existir ese telón de fondo que poco a poco hemos visto desaparecer: Hablar de la tierra.

Es indispensable (pienso),  se cuente la historia de lo que esconde el dolor o la felicidad, no es caer únicamente en el pretexto de amar o querer amar, mucho menos caer en el caótico ejercicio de hacer campaña a una ideología o a un programa político, no ser religiosos por serlo ni criticar el establecimiento actual como inspiración musical.
Es ser compositores de lo que se olvida en el río, de esas noches y tardes que el ruido se ha robado, ser sensibles a la historia, a la memoria colectiva y con ella a los que ya no están con nosotros pero nos dejaron su sudor.

Es componer en el nuevo mundo lo que el viejo mundo nos enseñó, es escuchar lo que la Guajira misma nos heredó y tierra abajo nos legó. Imaginarnos navegando el río y sufriendo de amor con el atardecer rosado de fondo. Ahora nos ufanamos en lo urbano,  en lo insensible de un mercado que me permite ser melancólico con las viejas historias.

Hay nuevas historias que nos traen nuevos valores culturales, nos cambian el modelo del mundo, no obligan a temer un poco a las edades que se van encontrando porque a la final, siempre hablaremos de amor y de desamor.

Refrescar la memoria y por qué no, el paladar  con una buena canción.

Reinventarnos.

Siempre. (Suena "Matilde Lina" de fondo)


AV

25 de junio de 2015

La Casa Vacía.






El palacio de la memoria es ese lugar donde vamos resguardando nombres de personas, lugares, contraseñas y experiencias. Es de gran utilidad para esos que sufren de amnesia, para aquellos que no recuerdan un nombre o se les dificulta el poder relacionar nombres con rostros, es un lugar ficticio por supuesto, allí residen miles de ideas, se le da hogar a múltiples pensamientos y se protegen las más sensibles emociones del pasado. Es un palacio del tamaño de cada dueño, producto de su creación y su fortuna, puede ser una gran catedral o un interminable laberinto. Para otros puede ser simplemente un archivador, o un catálogo de datos de la A a la Z.

Nos dejamos consumir como una vela que se enfrenta a la tormenta, o como el tedioso viaje en bus que nos confronta con el silencio de una calle congestionada, nos vamos desdibujando e inclusive vamos apartando cada recuerdo a su lugar de origen. Somos selectivos y como consecuencia damos prioridad a los recuerdos, quizás como mecanismo de defensa o tal vez como una impresentable costumbre de querer vivir mejor, de mudar de piel.

Anhelamos los cambios y los transformamos en conductas, le damos a los hábitos pequeñas dosis de cortesía, de solemnes canciones, de pendientes por cancelar.
Imaginar una casa que nos de refugio, construir en la sala lo más importante de nuestra vida, cada detalle decorativo, cada espacio apropiado con nuestra identidad, dar a las paredes imágenes y nombres que den un punto en la historia, adornos que quizás se resumen en momentos de felicidad. Ambientar con canciones los silencios de cada rincón.

Una casa que se convierte en refugio para el tiempo que se queda, un hogar de sigilosas pausas que se dan en la vida, el tamaño puede variar por supuesto, puede volver en sí un palacio o una cueva, disfrazarse de bodega, servir de resguardo a todo lo que en los años vamos almacenando.

Una casa que compartimos cuando amamos a otra persona, cuando damos a esos amigos un lugar especial y los dejamos entrar, los dejamos apoderarse de nuestras emociones y les damos las llaves para que nos cuiden, nos den su belleza en lo más noble del corazón. Pero los años pasan y con ellos los amigos, algunos van desapareciendo, como desaparecen los colores en las paredes después de mucho tiempo, o como los juguetes que dejan de ser juguetes y poco a poco van dando otro orden a la habitación.

Muchas historias que se refugian en habitaciones varias, cada una con su grado de importancia, con sus defectos y virtudes. Somos arquitectos de lo mundano y con ello damos forma a lo que suponemos, puede ser trascendental. Memorizamos para construir vida, para algunos más osados, construir vidas paralelas.

Una casa es un bonito lugar para cuidar, para transformar con el tiempo que vamos ganando, es por igual, un deseable establo para dejar fluir los olvidos, esos agujeros que aparecen en sus esquinas y se van desvaneciendo como la niebla, como las ideas perdidas o los encuentros furtivos. Es un hermoso lugar de descanso, donde vamos cosechando atardeceres y le vamos ampliando el mobiliario: aparecen visitantes, nuevas decoraciones, diplomas en las paredes, alfombras y electrodomésticos, vamos pues, hasta menguando los paisajes de cada ventana.

Al madurar (supongamos que eso sea posible),  vamos modificando la casa, quizás ya no sea de fantasía sino, un lujoso apartamento, un palacio o quizás una casa más grande, con jardines y hasta ventanales para atrapar el sol, le vamos dando al deseo la licencia suficiente para decorar sus nuevas paredes, para darle un ambiente a vida, a cambios.

Nos agrada la idea de querer desocupar la casa para volverla amoblar con nuevas experiencias, ideas. Y es que así como los amigos y los amores van cambiando con el paso de los años, los miedos y anhelos se van transformando, algunos para crecer y otros para destruir; pero llegan otros personajes a llenar la casa con sus sonrisas, nuevos ambientes y agradables maneras de relacionarnos, como si apareciese un patio de juegos o un jardín trasero para reuniones sociales.

Debemos siempre tener la postura de desaprender en la vida, vaciar nuestra mente, nuestra casa, dejar ir lo que sabemos y con ello, nuestras mañas o convicciones, para así permitirnos ingresar nuevos conocimientos, llenar la casa, la jarra de agua, dejar que nuevas ideas nos iluminen para así poder darle forma a esos prejuicios del ayer, entenderlos y quizás, fortalecerlos o desaparecerlos. Debemos ser una constante fuente que renueva nuestra imaginación y conocimiento.

Hoy los habitantes de la casa son otros si los comparamos con los de hace 5 o 10 años, nos vamos arriesgando a que algunos se queden u otros muden para jamás volver; el cómo siempre será importante, porque no se trata de llenarnos de ideas o conocimiento sino, de saber cómo ingresar cada día a esta, nuestra casa.

Aprender a pintar las paredes de vez en cuando, aprender a vaciar la casa.

AV.

6 de febrero de 2015

El Soñar de los Caminantes (I)





Anoche en mi rutina de ver una de mis series favoritas de la televisión contemporánea se me abrió nuevamente esa puerta a la que tanto miedo y a su vez gusto le tengo, a propósito, no sé si la palabra idónea sea puerta o ventana, porque en estos aspectos casi siempre mundanos para la cotidianidad la infraestructura de la casa es lo de menos a atender, porque de hecho allí, es dónde residen los cimientos de la locura; en este esperanzado tramo de letras y excusas es que retomo el giro inicial de esta espiral, y es que allí, en la televisora vi de nuevo el tema de la mente como algo desastroso, como la cueva llena de hedor a dónde tanto temo llegar.

Comencemos desde el principio si es que logro ser sensato con lo que podemos denominar el inicio de las cosas. La mente humana es un maravilloso pozo sin fondo en el que fluyen las mejores ideas y sentimientos, de igual naturaleza se ven nacer las más oscuras y sediciosas intenciones que un ser de carne pueda ostentar en su interior.
Allí en ese pozo, se revuelven como mezcla de pintura diversas emociones, algunas que caen del techo como gota de agua sobre el pavimento, otras van naciendo como enredadera en columna de madera, surgiendo, fluyendo, atrayendo a sí las mejores oportunidades para dejarse encontrar.  Es pues la mente humana un universo tan desconocido pero tan investigado, que es aquí dónde me detengo en rol de espectador a asumir los miedos que de ella puedan evocarse.

Conozco amigos y fulanos estudiosos de la Psicología humana, también hay uno que otro “Sicólogo”, conozco en igual medida a los grandes pensadores del deber ser y de la ironía de las normas, a esos Filósofos y pensadores de la Cultura y la moral: Esa mezcla de Antropología y Filosofía, hermoso balneario de conocimientos.
Sin embargo lo que nos convoca producto de la banalidad no es el entender el origen de los pensamientos o la vocación de los sentimientos, mucho menos es de mi interés profundizar en el qué hacer de las ideas, de esa “psiquis” que se va desbaratando en la representación social, por el contrario, soy curioso con lo que calla el oscuro vacío de la mirada, lo que no se resume en palabras o fonemas: Esa alma que se sacude contra las paredes de la inconsciencia.

Grandes tiempos que me ha dado la vida para reflexionar y entender en ella las diversas etapas de la vida, sumergir mis curiosas preguntas en libros de ciencia y tecnología, hallar en el morbo del cine y la prensa nacional casos de frustraciones familiares, de desgracias tempranas que acaban con unidades enteras de familias y amigos; ser dictador de cada momento en el espacio / tiempo de la mente y la salud física, trascender de la ideología y darle la mano a la medicina, a la salud de los tiempos modernos. Ya no podemos abiertamente decir que X o Y personaje ha enloquecido de vejez, le ha dado la edad Senil de la vida, no, me niego a seguir cayendo en esas vulgares apreciaciones cuando miles de científicos y médicos día a día descubren y dan nombre a cada trauma, a cada frustración o dolor.

También tenemos otro debate aparte de lo ideológico, muy ajeno a decir verdad, tan cerrado como las convicciones y las lamentaciones: Hallamos en el camino pues muchas creencias tanto populares como radicales que nos van allanando el camino a la Fe, ciega o no, suficiente para dejarnos vivir en paz, para disfrazarnos el dolor o las mentiras en colores necesarios porque tanto la tristeza como el miedo, la melancolía como el espanto pueden ser producto de fenómenos naturales de un momento quizás, pero la locura, la depresión, el miedo absoluto son en oraciones frescas, también síntomas de algo que pueda ser de preocupación, pueden ser el principio del fin.

No le temo a los humanos sino, a lo que ocurre en sus mentes, lo que viaja en sus pasillos de ideas y sueños, deseos y frustraciones, de dolores y sensaciones, de pendientes y ocurrentes planes, como si en ese entramado de neuronas se guardara la llave de más de una caja de pandora; Ser Argonautas o Morganos, ser justicieros o fugitivos.

De una parte nos cruzamos con las enfermedades de la mente, esas traicioneras luces que con el paso de los años nos van destruyendo lentamente hasta robarnos el habla o la misma capacidad  de amar, de otra parte observamos en la llanura  esas enfermedades de la genética que se van apoderando en silencio de las grandes mentes, que nos van apartando presa por presa de un dialecto que ya no será entendible. Ambas situaciones repercuten de forma y fondo en los que rodeamos a cada quien que padece tal celeridad de la vida, como si el camino al más allá se afanara o mejor, se detuviera en una pausa intelectual que reclama miles de suspiros.

Observar a los seres queridos y sentir el frío en la espalda cuando un Alzheimer (EA) o síndrome de Asperger  comienza a hacer de las suyas desde la pequeña infancia o la ya tardía infancia de los años vividos, vislumbrar en un  Parkinson la poesía perfecta para acallar una néurosis que a la larga no sea una banal neurosis sino, una depresión irreversible, cualesquiera sea su causa o síntoma, cualesquiera sea el orden o justicia con que se permitan aparecer, cualesquiera sea el temor que se convierte en Fobia, cualesquiera sea la noticia del cotidiano pasajero.

Más allá de un temor a la muerte, es un encuentro con la vida en plena muerte, es un retablo de sensaciones que se va armando a sí mismo hasta coleccionar en su interior las peores noticias que un transeúnte pueda hallar en su mera casualidad, porque es la vejez la que advierte todos los periodos de gracia y desgracia, pero la mente es la que firma pone sello de autor en cada una de sus causas escondidas, tan así que hasta la ciencia se sorprende de sí misma.

Un tema extenso que por llover puede durar las entradas suficientes para este Blog, pero es un tema tan energúmeno que sus propias páginas a la hora de la verdad solo nos prepararan para otro tema central de conversación, de allí el nombre de este primer post.

Sigue…

AV